Capítulo 1 · 1.3
Era la última ventana que cabía en la ley, y la abrí de par en par.
LA SEGUNDA LUNA
La cuenta la hice yo sola, en el papel de las cartas, con la puerta cerrada y la pluma temblándome un poco.
Diez meses de la ley, contados desde la muerte de Gonzalo.
Nueve y algo de la naturaleza, contados desde el día en que se engendra.
Si me quedaba preñada en mis días buenos de aquella segunda luna, la criatura nacería justo antes de que se cumpliera el plazo.
Justo antes, sin margen. Si me quedaba en la luna siguiente, nacería con el plazo cumplido y sería, a ojos de la ley, de cualquiera menos de mi marido.
No había tercera luna. Aquella era la última ventana que cabía en la ley.
Taché la cuenta con tinta hasta que no se pudo leer, y quemé el papel en el brasero, que para quemar papel sí servía.
Catalina volvió de Plasencia con el aderezo de azabache y los ojos llenos de cosas que contar.
Me puse los pendientes negros para darle el gusto y le dejé hablar una tarde entera de las posadas del camino, del arriero, que era muy fresco, y de la casa de mi padre, que le había parecido un palacio.
Luego le dije que seguía queriendo velar sola por las noches, que en Plasencia se había llevado mucho frío y que durmiera junto al fogón de la cocina, que era el sitio más caliente de la casa.
Asintió, y creo que me compadeció. Una viuda de veintiséis años que no quiere compañía por las noches tiene que estar muy triste.
Cuando empezaron mis días buenos le mandé recado a Ramiro con la cocinera: que la señora quería repasar las cuentas de la montanera aquella noche, después de ánimas, porque de día le dolía la cabeza.
Subió. Se arrodilló al pie del estrado, en su sitio.
—¿Qué se asienta esta noche, señora?
—Todo lo que haya.
No lo dije con dulzura. Lo dije como se da una orden en un incendio. Él se quedó callado un momento, y luego le oí respirar hondo, y luego sus manos me encontraron los tobillos y no se detuvieron en la rodilla.
Aquella luna no se pareció a la primera.
La primera había tenido algo de ceremonia, de cosa que se hace con cuidado porque no se sabe cómo se hace.
La segunda fue una batalla. Yo tenía cinco noches y una cuenta que no admitía errores, y él lo sabía, y no hubo cortesía ni paciencia, aunque sí hubo, siempre, las preguntas.
«¿Así?» «¿Otra vez?» «¿Puede usted?» Yo podía.
Podía más de lo que habría creído nunca, y cada vez que contestaba que sí me sorprendía la voz con que lo decía, una voz ronca que no era la de la señora de los Lobera ni la de la hija del tratante de Plasencia, sino otra que no había oído nunca y que me daba vergüenza y me gustaba.
Le pedía cosas. Me había acostumbrado a decirlas en voz alta, a oscuras, y aquella luna las pedí sin disfrazarlas.
Le pedí que me pusiera encima de él, para verle respirar aunque no se le viera.
Le pedí que no parase cuando pensé que me iba a partir en dos, y no paró.
Le pedí, la tercera noche, con los dientes apretados y las uñas en sus hombros, que me preñara.
Así, con esa palabra, que era una palabra de cuadras y de corrales y que ninguna señora dice nunca, y que yo dije dos veces, la segunda más alto.
Él se detuvo dentro de mí un instante, como si la palabra le hubiera dado un golpe. Luego me contestó con el cuerpo.
Y no le bastó con una vez. Se quedaba dentro después, largo rato, con la frente en mi hombro, y cuando yo creía que se iba a ir, volvía a empezar, más despacio, preguntando, siempre preguntando, hasta que yo ya no sabía qué contestaba ni a qué.
Había noches en que se iba cuando ya clareaba por la rendija del postigo, y yo me quedaba tumbada en el estrado, con los muslos pegajosos y las piernas temblando, oyendo cantar los primeros gallos del arrabal y pensando que en toda mi vida no me había sentido tan viva ni tan culpable.
Los besos seguían prohibidos. La cuarta noche estuvo a punto de romperse la regla y no fue culpa mía, o no solo.
Estábamos los dos tumbados, sin aliento, y él tenía la cara muy cerca de la mía, tan cerca que noté su aliento en los labios, y se quedó allí.
No se apartó como otras veces. No avanzó.
Se quedó a un dedo, respirando, tanto tiempo que empecé a contar sus respiraciones para no hacer lo que quería hacer, que era cerrar ese dedo de aire.
Conté catorce. A la decimoquinta se apartó, despacio, y yo me eché a llorar sin ruido, de rabia, sin saber contra quién.
—¿Le he hecho daño, señora?
—No.
—¿Quiere que me vaya?
—No.
No se fue. Se quedó tumbado a mi lado hasta el primer gallo, sin tocarme más que con el hombro, y yo me fui quedando dormida contra ese hombro como no me había dormido nunca contra nadie.
La quinta noche fue la última de mis días buenos. No se lo dije. Tampoco hizo falta; él también sabía contar, y creo que llevaba la cuenta mejor que yo. Aquella noche no me pidió nada. Me preguntó solo una cosa, al final, con la voz muy baja:
—¿Ya está, señora?
—Ya está —dije—. Ahora hay que esperar.
Le oí levantarse. Le oí vestirse. Le oí cruzar la sala hacia el cuartito de los braseros sin tropezar, como todas las noches, y detenerse en la puerta un momento que duró mucho, como si fuera a decir algo, y luego irse sin decirlo.
Me quedé despierta hasta el alba, con las manos sobre el vientre.
Me había propuesto rezar, y no recé. Me había propuesto contar los días que faltaban para saber si la regla venía o no venía, y tampoco los conté.
Descubrí, cuando ya entraba la luz gris por la rendija del postigo, que llevaba toda la noche contando otra cosa.
Sus respiraciones. Las catorce de la cuarta noche, una a una, en el orden en que habían llegado.
Eso no entraba en ninguna cuenta. Por eso me asustó tanto.