LUTO (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS #9) Capítulo 1 · 1.2
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Capítulo 1 · 1.2

Siete años me llamaron seca, y la sangre llegó para darles la razón.

LA SECA

Me casaron a los diecinueve años, una primavera, en Plasencia, con una dote de cuatro mil ducados que mi padre había juntado vendiendo la lana de media Extremadura a los holandeses.

Él quería un apellido, y los Lobera necesitaban plata; el Fundador se había traído mucha del Perú, pero sus nietos habían tenido tiempo de sobra para gastársela.

Era un buen trato. A mí nadie me preguntó, porque las mercancías no firman los contratos.

Gonzalo era guapo. Eso se lo concedo aunque esté muerto.

Alto, rubio para ser de aquí, con unos dientes que enseñaba mucho y unas manos que no habían hecho nada nunca.

La noche de bodas me trató con la cortesía con que se trata a un caballo caro que uno no piensa montar a menudo.

Después se fue a Madrid a enseñarle los dientes a la corte, y volvió en otoño, y se volvió a ir.

Venía a mi cuarto una vez por luna. Lo había decidido su madre, creo, o algún médico de su madre: una vez por luna, en los días en que la luna crece, porque así se engendraban varones.

Llamaba a la puerta, entraba, se quitaba lo imprescindible, terminaba pronto y se iba a su cuarto sin apagar la vela.

Nunca me preguntó nada. Nunca me tocó más de lo necesario.

Yo miraba las vigas, que en aquel cuarto son de castaño y tienen un nudo con forma de ojo, y esperaba.

El primer año, doña Leonor me miraba el vientre con esperanza.

El segundo me mandó a una comadre de Plasencia que tenía fama, la misma a la que después pagué yo a escondidas para que me enseñara a contar, y que me palpó por dentro con unas manos frías y dijo que yo estaba bien hecha, y entonces empezaron las promesas: una novena a San Ramón, una cinta de la Virgen de Guadalupe atada a la cintura durante un año entero, unas aguas de un pozo de Montánchez que sabían a hierro y no sirvieron más que para darme cólicos.

El tercer año ya no había esperanza en la mirada de mi suegra, solo cálculo.

El cuarto empezaron a decirlo en la villa.

«La seca.» Las mujeres lo decían con pena, los hombres con risa, y los curas con el tono con que se habla de los castigos de Dios.

La comadre de Plasencia me enseñó a contar mis días buenos el segundo año, y desde entonces los conté todos.

Lo que no pude fue elegir en cuáles venía él.

Venía cuando lo mandaba la luna de su madre, y la luna de su madre y la mía no se ponían de acuerdo casi nunca; y la mitad del año, además, él estaba en Madrid.

Un invierno, de pura rabia, hice la cuenta entera: en siete años, sus visitas habían caído en mis días buenos cuatro veces.

Cuatro. Nadie me preguntó nunca qué día me convenía, y yo no me atreví a decirlo.

Yo no sabía de quién era la culpa. Cuatro veces pueden ser mala suerte, o pueden ser él, o puedo ser yo.

Esa es la verdad que no le he dicho a nadie.

En siete años nunca me atreví a pensar del todo que pudiera ser de él, porque él tenía un apellido y yo solo una dote, y porque en el fondo, donde una guarda las cosas que no se atreve a mirar, tenía miedo de que la seca fuera yo.

Por eso contaba los días. Contar es lo que hace la gente que no puede hacer otra cosa.

Me vino la regla el undécimo día después del cabo de novenario, de noche, en la cama.

La noté llegar como se nota llegar la lluvia en las rodillas: primero un peso, luego el calor húmedo entre las piernas.

Me quedé tumbada sin moverme, mirando el nudo de la viga, que a oscuras no se veía pero yo sabía dónde estaba, y dejé que la vieja humillación de siempre me subiera por el cuerpo hasta la cara.

Siete años. Siete años y un hombre distinto, y lo mismo. Tenían razón. La seca era yo.

Estuve así mucho rato. Y luego, de golpe, me incorporé en la cama con el corazón en la boca, porque había entendido otra cosa, y la otra cosa era mucho peor que la humillación.

Aquella sangre era una prueba.

Si alguien sabía que me había venido la regla después de muerto mi marido, cualquier hijo que tuviera después no podía ser suyo.

Cualquier comadre lo sabía. Cualquier escribano.

Cualquier primo con deudas y un criado sentado en el poyo de enfrente.

Y en una casa como aquella, lo sabía siempre alguien: la criada que lava los paños.

La criada que lava los paños era Catalina.

No dormí. Al alba la mandé llamar, y cuando entró con la jofaina le dije, con la toca ya puesta y la voz de mi suegra, que tenía que ir a Plasencia aquella misma mañana, con el arriero de los martes, a casa de mi padre, a buscar el aderezo de azabache de mi madre, que yo lo quería para el luto y que no me fiaba de nadie más para traerlo.

Catalina abrió mucho los ojos. Plasencia está a dos días de camino, y no había salido nunca de Trujillo más que para ir a su pueblo.

Le di una carta para mi padre, dinero para las posadas y un pañuelo de seda para que se lo quedara.

Se fue llorando de emoción. Me sentí la peor mujer de Extremadura, y no fue la última vez.

Aquellos días me atendió la cocinera, que ya no está para escaleras y subía lo justo. Los paños los fui guardando en el arcón, envueltos en una sábana vieja, debajo de la ropa de invierno. Por la noche, cuando la casa dormía, los sacaba de uno en uno y los metía en el brasero.

El lino ensangrentado no arde bien. Echa un humo espeso, pardo, que huele a cosa quemada y a carnicería, y se queda en las telas, en el pelo y en la garganta.

La primera noche abrí un poco el postigo para que se fuera, y el frío entró de golpe, y el humo se quedó de todos modos.

Tosía con la cara metida en la almohada para que no se me oyera.

Me temblaban las manos con la tenaza. Una parte de mí, la que se había criado entre curas, pensaba que lo que estaba quemando en aquel brasero era mi alma, y otra parte, la que se había criado entre libros de cuentas, calculaba cuántas noches me quedaban.

La tercera noche subió Ramiro.

No le había llamado. Hacía una semana que no le llamaba, y él no había subido; así era él. Pero aquella noche oí los peldaños crujir por el borde, y la puerta del cuartito, y luego su voz al otro lado de la cortina de la antesala, muy baja:

—Huele a quemado, señora. Desde el patio.

No le dije que pasara. Pasó igual, y se quedó parado en la entrada de la sala, a oscuras, con el olor alrededor, y no sé cuánto tardó en entenderlo; creo que muy poco. Era más rápido que yo con los números, ya lo he dicho.

—Me ha venido —dije.

No contestó. Le oí cruzar la sala, como siempre sin tropezar, y agacharse junto al brasero.

Levantó la tapadera. El resplandor de las brasas le dio en la cara desde abajo, y fue la primera vez que le vi la cara de noche: las cejas bajas, la boca apretada, los ojos fijos en lo que quedaba del paño, un borde pardo que no terminaba de arder.

—Así no se va a quemar nunca —dijo—. Está demasiado mojado. Y el humo lo huele cualquiera que pase por la calle.

—Ya lo sé.

—¿Cuántos quedan?

Le dije cuántos quedaban. Se levantó, fue al arcón, que no le había dicho dónde estaba, y sacó la sábana vieja con los paños dentro.

Sacó también, con la tenaza, lo que no había ardido del brasero.

Lo envolvió todo en su pañuelo, un pañuelo grande de algodón azul que llevaba siempre al cuello, e hizo un hatillo apretado, con un nudo de arriero.

—Mañana voy al Berrocal a ver la montanera —dijo—. Allí hay tierra de sobra.

Me quedé mirándole sin saber qué decir. Estaba de pie en la oscuridad, con mi sangre en la mano, envuelta en su pañuelo. No había en su voz asco, ni pena, ni ninguna de las cosas que yo esperaba. Había la misma exactitud de siempre, la de quien resuelve una partida que no cuadra.

—Hay otra luna, señora —dijo desde la puerta.

Y se fue.

Aquella noche el mayordomo de mi casa se llevó mi sangre envuelta en su pañuelo, y en siete años de matrimonio no hubo un solo gesto más íntimo que ese.

Por la mañana, cuando bajé a misa, me crucé en el pasillo con doña Leonor.

Se detuvo, levantó un poco la nariz, como los perdigueros, y me miró.

No dijo nada. Siguió andando hacia la escalera con su rosario en la mano, y yo me quedé allí, con la toca apretada y el corazón en los oídos, oliendo en mi propia ropa el humo pardo que ella acababa de oler.