Capítulo 1 · 1.1
En la dehesa las bellotas caían solas; en la casa, yo contaba los días.
MONTANERA
De día yo era una viuda. De noche no sabía lo que era, y no quería saberlo, porque saberlo habría sido tener que darle un nombre, y los nombres estaban prohibidos.
El novenario tiene una forma de pasar los días que no deja pensar.
Misa por la mañana en Santa María, con la capilla de los Lobera llena de mujeres que rezan mirándote la nuca.
Pésames por la tarde en la sala enlutada, detrás de la cortina, con las visitas sentadas en los taburetes bajos y hablando de lo bueno que era Gonzalo, que no era bueno.
Rosario al anochecer. Y entre medias, la casa, que no deja de comer porque alguien se haya muerto.
A Ramiro lo veía en misa, al fondo, de pie entre los criados, con el sombrero en las manos.
No miraba al altar. No me miraba a mí. Miraba sus propias manos, o el sombrero, y yo le miraba a él de lado, por el hueco que deja la toca junto a la sien, y pensaba en lo que esas manos hacían de noche y en lo poco que se parecían a las que le sujetaban el sombrero.
Una mañana me descubrí rezando el padrenuestro con la boca mientras contaba los dedos de su mano derecha.
No sé para qué los contaba. Eran cinco. Lo sabía.
El otoño en Trujillo es el tiempo de la montanera.
En las dehesas de la casa, las encinas sueltan la bellota y los porqueros meten a los cochinos debajo para que engorden hasta la matanza, y en la villa se empieza a oler a humo de jara y a tierra mojada.
Es también el mes en que bajan los serranos con los rebaños merinos de la Mesta, desde las sierras de León y de Soria, a pasar el invierno en los pastos que les arriendan los señores de Extremadura.
Los Lobera arrendaban las hierbas de la dehesa del Berrocal desde tiempos del Fundador, y todos los otoños el mayoral de los serranos subía a la casa a pagar lo convenido.
Aquel año subió el tercer día del novenario.
Yo lo vi desde la rendija del postigo, que se había convertido en mi única ventana al mundo.
Ramiro había sacado la mesa del escritorio al patio, porque los serranos no se quitan el polvo del camino para entrar en una casa, y contaba el dinero moneda a moneda, apilando los reales en columnas con la punta del dedo.
El mayoral era un hombre ancho, con la cara quemada de muchos inviernos al raso, y mientras esperaba levantó la vista hacia mis ventanas cerradas y dijo algo que no oí, pero que le hizo reír a su zagal.
Ramiro dejó de apilar. No levantó la cabeza. Dijo algo, muy bajo, y el mayoral dejó de reírse.
Después me enteré, por la cocinera, que se enteraba de todo, de lo que había pasado.
El mayoral había dicho que era una lástima que la viuda de arriba fuera tan joven y estuviera tan sola, y que si necesitaba compañía para el invierno él tenía un zagal muy apañado.
Y Ramiro, sin levantar la vista de las monedas, le había dicho que las hierbas del Berrocal habían subido un real por cabeza aquel año, que así constaba en el libro, y que si le parecía mucho podía llevarse las ovejas a pastar a la plaza.
Lo pagaron. No había otros pastos libres en seis leguas y los dos lo sabían.
Aquella noche, cuando le oí subir por el borde de los peldaños, estaba más nerviosa que la primera. Ya no había excusa de la primera vez. Ya sabía lo que iba a pasar, y lo quería, y no quería quererlo.
Se arrodilló al pie del estrado, en el mismo sitio, a oscuras.
—¿Qué se asienta esta noche, señora?
Lo dijo así, como si me presentara el libro. Me reí sin querer, un ruido corto que se me escapó por la nariz, y le oí sonreír. No sé cómo se oye sonreír a alguien en la oscuridad, pero se oye.
—Lo mismo que anoche —dije.
—Anoche se asentaron tres partidas.
—Pues las tres.
—¿Y si hay con qué, una cuarta?
—Si hay con qué.
Había con qué.
Así empezó una costumbre que duró todo el tiempo que duramos a oscuras: él no hacía nada que no hubiera preguntado antes.
Nada. Ni ponerme la mano en el pecho, ni bajarme la camisa, ni volverme de lado.
Primero lo pedía, con esa voz de leer partidas, y luego esperaba a que yo contestara.
«¿Me deja la boca aquí, señora?» «¿Quiere que siga?
» «¿Más despacio o como antes?» Al principio me pareció una manía de mayordomo, de hombre que no sabe hacer nada sin apuntarlo.
Después me di cuenta de que era la cosa más obscena que me habían hecho nunca, porque me obligaba a decir en voz alta lo que quería, y yo no había dicho en voz alta lo que quería en toda mi vida.
—¿Por qué preguntas tanto? —le dije la cuarta noche.
—Nada sin asiento, señora. Así se llevan las casas.
—¿Y si te pido algo que no está en el libro?
—Se abre partida nueva.
Le pedí algo que no estaba en el libro. No voy a decir qué. Se abrió partida nueva.
Lo que no pidió nunca fue la boca. Se la notaba cerca, en la oscuridad, un calor a un dedo de la mía, y se la notaba irse cada vez, como quien retira la mano del fuego.
Me besaba el cuello, los hombros, los pechos, el vientre, el interior de los muslos, con una paciencia que me hacía llorar sin saber por qué, pero la boca no.
La regla era mía y él la cumplía mejor que yo.
Hubo noches en que fui yo la que buscó su cara en la oscuridad, sin darme cuenta, y fue él el que la apartó.
Me decía a mí misma que era por la casa.
Que cada noche era una partida más en la cuenta de los diez meses, y que lo que yo sentía en el estrado era un efecto secundario del negocio, como el polvo del camino en los serranos.
Me lo decía por la mañana, en misa, con la toca bien apretada, y me lo creía hasta el toque de ánimas.
El noveno día se cantó la misa de cabo de novenario.
Doña Leonor lloró otra vez, menos. Álvaro había vuelto a Cáceres, pero había dejado un criado en la posada de la plaza que se pasaba el día sentado en el poyo de piedra de la casa de enfrente, mirando nuestra puerta.
Las mujeres de Trujillo me dieron el último pésame y se fueron a sus casas a esperar noticias de mi vientre, como esperan la lluvia: sin fe, pero mirando al cielo.
Aquella noche él subió igual, y yo le dejé subir, aunque mis días buenos ya se habían terminado. No se lo dije. Tampoco él me lo preguntó.
Después ya no quedaba nada que hacer más que esperar a que mi cuerpo dijera si había servido de algo. Y mi cuerpo, que llevaba siete años diciéndome que no, se tomó su tiempo.