Prólogo · 1.3
Cumplió todas mis reglas, y así supe que llevaba años sabiéndoselas.
SIN LUZ
El toque de ánimas en Santa María tiene tres campanadas largas y una corta, y después la villa se queda callada como si alguien le hubiera tapado la boca.
Aquella noche las conté desde el estrado, con la toca puesta y las manos en el regazo, igual que las había contado mil noches, pero por primera vez no estaba contando para dormirme.
Había mandado a Catalina a dormir con la cocinera, diciendo que quería velar sola, y Catalina, que no era tonta, había puesto cara de entender que una viuda quiere llorar sin testigos y se había ido con la almohada debajo del brazo.
Había tapado el brasero con su tapadera de latón para que no diera ni un resplandor.
Había corrido la cortina de la antesala, donde ardía el velón de la costumbre.
La sala del estrado estaba tan negra que no me veía las manos.
La escalera de servicio sube desde el patio de la cocina hasta un cuartito que hay detrás de la sala, donde se guardan los braseros en verano.
La puerta del cuartito no chirría porque Ramiro manda engrasar todas las bisagras de la casa cada otoño.
Aun así, la oí. No la puerta: a él. Oí cómo apoyaba el peso en el primer escalón para ver si crujía, y cómo lo quitaba, y cómo subía por el borde de los peldaños, que es por donde no crujen. Eso no se aprende en una noche.
Entró en la sala y cerró detrás de él. Luego, nada. Contuve la respiración para oírle y no le oí. Durante un rato largo no supe dónde estaba.
Después le oí respirar, muy cerca, al pie del estrado.
La sala del estrado de aquella casa tiene en medio un taburete de cuero, a la izquierda un arcón con las ropas de invierno, a la derecha el brasero, y entre el brasero y la tarima un hueco de dos palmos donde siempre tropezaban las visitas.
No había tropezado con nada. Había cruzado a oscuras una habitación que no pisaba nunca sin libro y sin la puerta abierta, y había llegado hasta mí como se llega a la propia cama.
—¿Da usted su permiso, señora?
Tenía la voz más ronca que de día. Me llevé las manos a la cabeza y empecé a quitarme los alfileres de la toca.
Eran nueve; Catalina me los ponía siempre en el mismo orden.
Los fui dejando uno a uno sobre el almohadón, y cada uno hizo un ruido pequeño, y a cada ruido le oí respirar distinto.
Cuando me quité la toca se me cayó el pelo por la espalda, y el aire de la sala me tocó el cuello por primera vez desde el día del entierro.
—Ya está —dije.
Se arrodilló en la tarima. Ningún hombre había puesto nunca la rodilla en aquel estrado, ni siquiera mi marido.
Noté que le temblaba la mano cuando la puso en mi tobillo, y noté cómo la obligaba a dejar de temblar.
Subió despacio, por encima de la media, hasta la rodilla, y se detuvo, como si esperara a que yo me arrepintiera.
No me arrepentí. Le cogí la muñeca y le subí la mano yo.
No hubo besos. Él no los buscó. Había oído la regla y la cumplió como cumplía las demás, entera, sin regatear un real.
Cuando se echó encima de mí en los almohadones del estrado noté su boca muy cerca de la mía y noté cómo la apartaba, y la escondía en mi pelo, en el hueco del cuello, en el hombro.
Me respiró el pelo como quien respira un campo después de la lluvia. Nadie me había respirado nunca así.
Gonzalo, las noches de la luna, se quitaba lo imprescindible y terminaba pronto.
Yo creía que así era aquello. Creía que era una cosa que los hombres te hacen y que tú aguantas mirando las vigas, y que el placer, si existía, era un invento de las coplas o un pecado de otras.
Ramiro no se quitó la camisa, pero se tomó un tiempo que no le había pedido.
Me abrió las piernas con las manos, despacio, y antes de entrar me tocó con los dedos donde nadie me había tocado nunca, con la misma precisión con que repasaba una suma, hasta que me encontró algo que yo no sabía que tenía, y lo repasó, y lo repasó, y yo tuve que meterme el borde de la toca en la boca para que la casa no me oyera.
Entonces entró. Era grande en todo, y al principio me dolió un poco, y luego ya no.
Se movía como hacía todo, sin prisa y sin error, y yo me agarré a su espalda por encima de la camisa y sentí los músculos trabajar debajo del lino como las mulas de la noria.
No dijo nada. Ni una palabra. Solo, una vez, cuando le clavé las uñas, dijo «señora» contra mi cuello, muy bajo, y aquella palabra que llevaba siete años oyéndole decir con el libro en la mano me pareció de pronto la más indecente que había oído nunca.
Cuando noté que le faltaba poco le sujeté por las caderas.
—Dentro —le dije—. Es lo único que importa.
Obedeció. Se quedó dentro de mí, temblando, con la frente en el almohadón junto a mi cabeza, y yo sentí cómo se me derramaba por dentro algo caliente que podía ser la casa, las dehesas, el apellido y mi libertad, y también sentí otra cosa que no tenía nada que ver con la casa y que me dio más miedo que todo lo demás junto.
Se apartó sin prisa. Me bajó la falda él mismo, con cuidado, como quien dobla una carta. Le oí levantarse, le oí buscar a tientas el borde del estrado, le oí cruzar la sala hacia el cuartito de los braseros. Tampoco tropezó a la vuelta. La puerta se cerró sin ruido.
Me quedé tumbada en la oscuridad, con las piernas juntas y las manos sobre el vientre, como me había dicho la comadre de Plasencia que había que quedarse. Me dolían los muslos. Me ardía la cara. Olía a él.
Busqué los alfileres de la toca sobre el almohadón y no los encontré. Los busqué un buen rato, a tientas, entre los pliegues de la bayeta. A la mañana siguiente estaban en fila sobre el arcón, los nueve, uno junto a otro, en el orden en que Catalina me los ponía.
No había tropezado con nada. Ni a la ida ni a la vuelta. Nadie aprende una sala a oscuras sin haberla cruzado muchas veces con la imaginación.
Aquella noche, por primera vez en siete años, perdí la cuenta de algo.