LUTO (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS #9) Prólogo · 1.2
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Prólogo · 1.2

Le pedí un hijo con la misma voz con que le pedía el balance de la montanera.

LAS CUENTAS

Ramiro subía con el libro todas las tardes del novenario, después de vísperas.

El luto no suspende las cuentas; las multiplica.

Hay que pagar los responsos, las limosnas, las bayetas, el paño de la tumba, los lutos de los criados, el vino de los que velaron y el aceite y los cirios de todo lo que se encendió, y el mayordomo de una casa como aquella tiene que presentarle todo eso a quien manda, aunque quien manda esté sentada en un estrado con la cara metida en un marco blanco.

Se quedaba de pie junto a la puerta, que se dejaba abierta, con Catalina cosiendo en un rincón, y leía las partidas en voz baja.

Tenía una voz que no subía nunca. Leía «a don Matías, por dieciocho responsos cantados» con el mismo tono con el que en otoño leía lo que había dado la montanera o lo que pagaban los serranos por las hierbas del invierno.

Yo le escuchaba y le miraba, porque para eso tenía la toca: para mirar sin que se notara.

Era un hombre grande, más grande de lo que hace falta para llevar libros, con las cejas pesadas y el pelo muy negro, cortado a tijera por alguien que no le tenía cariño.

Tenía las manos manchadas de tinta en los dedos de escribir y un callo de rienda en la palma; lo había visto una vez que me dio una carta.

Olía a tinta de agallas y a cuero de silla.

Era hijo de una criada de la casa, Juana Durán, a la que todos llamaban la Durana, que murió cuando él tenía doce años, y de un padre que nadie nombraba porque nadie sabía quién era, o porque todo el mundo lo sabía y convenía callar, que en Trujillo viene a ser lo mismo.

Se crió en el escritorio, a la sombra del viejo mayordomo, que le enseñó letras y números, y a la muerte del viejo se quedó con el escritorio y con los números, y los números de aquella casa no se habían equivocado nunca desde entonces.

El que se había equivocado, y mucho, era Gonzalo.

En siete años no me había mirado a la cara ni una sola vez.

Lo sé porque lo había comprobado. Miraba el libro, o el suelo, o un punto de la pared a un palmo por encima de mi hombro, y cuando tenía que darme algo en mano lo dejaba en la mesa, a mi alcance, para no tener que acercarse.

Al principio creí que era desprecio. Después creí que era timidez.

Después dejé de creer cosas y me fijé mejor.

Aquella tarde, la sexta del novenario, mandé a Catalina a la cocina a por un caldo que, en realidad, no me apetecía.

Él dejó de leer a media partida. Oyó los pasos de ella bajando la escalera y se quedó con el dedo en el renglón, esperando. Me levanté del estrado, crucé la sala y cerré la puerta. El ruido del pestillo sonó en aquella habitación forrada de bayeta como un portazo.

—Siéntate —le dije.

No se sentó. Los criados no se sientan delante de sus amos, y él no iba a empezar aquella tarde.

—He hecho una cuenta —dije— y quiero que me la repases.

—Usted dirá, señora.

—Si no hay hijo, la casa es del primo. El primo tiene mayordomo en Cáceres, un tal Figueroa, que le lleva las deudas.

A ti te pone en la calle antes de la matanza.

A mí me mete en las franciscas o me devuelve a Plasencia con una dote que esta casa no puede pagar, y mi padre me mete en otras monjas que le salgan más baratas.

—Lo sé, señora.

—La ley da diez meses.

No dijo nada. Pero cerró el libro. Fue la primera vez que le vi cerrar un libro sin haber llegado a la suma, y entendí que había entendido antes de que yo terminara, porque era más rápido que yo con los números y yo no me había dado cuenta hasta entonces de que también lo era con las personas.

—Necesito un hijo de mi marido —dije—. Y lo necesito antes de que acabe el novenario.

El velón de la antesala hacía un ruido pequeño, como de pájaro. Ramiro miraba el punto de la pared de siempre, a un palmo de mi hombro, y por primera vez me pareció que le costaba.

—¿Por qué yo?

Le di dos razones. La primera, que era el único hombre que podía subir aquella escalera sin que nadie contara cuántas veces.

La segunda, que si Álvaro se quedaba con la casa él perdía lo mismo que yo, o más, porque yo por lo menos tenía un sitio adonde ir, aunque fuera una celda, y él no tenía ninguno.

La tercera no se la di. La tercera era que en siete años no me había mirado nunca a la cara, y una no aprende a no mirar a alguien con tanto cuidado si no le cuesta.

—Hay reglas —dije—. Sin luz. Sin besos. Sin nombres. Y con la toca puesta, no se toca.

—¿Y si la señora se arrepiente a mitad?

—Me pongo la toca.

—¿Y si el que no quiere soy yo?

—Entonces bajas, y mañana me traes las cuentas de los responsos como si esta tarde no hubiera existido.

Se quedó un rato sin moverse. Luego se metió el libro debajo del brazo.

—Déjeme cuadrarlo, señora.

Y se fue. Catalina subió el caldo, que estaba templado, y me lo bebí entero para no tener que explicar por qué no lo quería.

A la tarde siguiente, después de vísperas, oí sus pasos en la escalera a la hora de siempre. Catalina levantó la cabeza de la costura. Yo no. Él se paró en la puerta, que estaba abierta, y yo esperé a oír el roce de las hojas del libro.

No lo oí.

—Hoy no traigo cuentas —dijo.

Levanté los ojos. Tenía las manos vacías, colgando a los lados, como si no supiera qué hacer con ellas sin algo que sujetar.

Catalina miró las manos de él y luego me miró a mí.

Le dije que bajara a ayudar en la cocina, que el mayordomo tenía que hablarme de la dehesa, y ella se fue con la costura sin preguntar, que para eso la había elegido.

—Una condición —dijo él cuando nos quedamos solos—. Solo una.

—Di.

—Que cuando nazca, no me prohíba mirarlo.

Esperé a que siguiera. No siguió.

—¿Solo eso?

—Es mucho, señora. Usted no sabe cuánto.

No lo sabía. Lo supe después, y tardé.

—Mirarlo no te lo voy a prohibir —dije—. Esta noche, después del toque de ánimas. Por la escalera de servicio.

Se inclinó como se inclinaba siempre, un poco, lo justo, y se fue. Me quedé mirando la puerta. Aquella tarde no traía el libro. Traía las manos vacías, y fue lo primero que le miré.