LUTO (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS #9)
© inepub.com
Prólogo · 1.1
Enterré a mi marido un jueves, y el viernes ya había un hombre contándome las ventanas.
NOVENARIO
A Gonzalo lo trajeron cruzado sobre la silla de su propio caballo, con la cara hacia el suelo y el pelo lleno de tierra, y lo primero que pensé al verlo entrar por el zaguán fue que en siete años de matrimonio nunca había llegado tan pronto a casa.
Se había caído en la calzada que sube de la dehesa, donde las losas están gastadas de tantos siglos de herraduras.
Dijeron que el caballo había metido la pata en un hoyo.
Dijeron que ya estaba oscureciendo. No dijeron que volvía de jugar a los naipes en casa del regidor Solís con media jarra de vino de Cañamero en el cuerpo, porque eso en Trujillo se sabe sin necesidad de decirlo, y los muertos de buena casa tienen derecho a que no se les cuente todo.
Yo estaba en el patio cuando lo bajaron.
Me acuerdo de que tenía un cesto de membrillos en las manos y de que no supe dónde dejarlo.
Me acuerdo del ruido que hizo su espuela contra el brocal del pozo.
De lo demás me acuerdo peor, o me acuerdo de otra manera, como se acuerda una de lo que ha oído contar.
Me acuerdo, eso sí, de que no lloré. Lo pensé muchas veces después, en la sala, con la cara ceñida por la toca: que no me había salido ni una lágrima y que no me parecía mal.
Siete años casada con un hombre y ni una lágrima.
En otra mujer me habría escandalizado. En mí solo me pareció una cuenta que por fin salía.
Doña Leonor sí lloró. Lloró como se llora en Extremadura a los hijos varones, a gritos, abrazada al cuerpo, con dos criadas tirándole de los brazos para apartarla.
Después se levantó, se arregló el manto y dio las órdenes que había que dar, una detrás de otra, sin que le temblara la voz.
Esa es la suegra que me tocó: capaz de llorar como una loca y de contar las sábanas del amortajamiento al mismo tiempo.
La casa se enlutó en una tarde. Toda casa principal tiene una sala del estrado, que es donde una señora existe de cara afuera: una tarima baja pegada a la pared, cubierta de alfombra y almohadones, donde las mujeres nos sentamos casi a ras de suelo, como se sentaban las abuelas de nuestras abuelas, y al pie unas sillas para los hombres que vienen de visita, que hablan desde abajo y no suben nunca.
En la mía clavaron bayetas negras en las paredes, taparon los espejos con paños, cerraron los postigos y encendieron un solo velón en la antesala, para que nadie pudiera decir que la viuda estaba a oscuras del todo.
Catalina, mi criada, me prendió la toca con alfileres, llorando más que yo.
La toca de viuda es una tela blanca que te abraza la cara desde la frente hasta debajo de la barbilla.
No se ve el pelo, no se ve el cuello, no se ve nada que no sea necesario para rezar.
Me miré en el único espejo que quedaba destapado antes de que lo cubrieran y me pareció que tenía la cara metida en un marco.
Lo enterramos en Santa María, en la capilla de los Lobera, debajo del retrato del Fundador.
El Fundador era un indiano que volvió del Perú con tanta plata que tuvo que comprarse un apellido para que no le llamaran lo que era, y lo primero que hizo con el apellido fue atarlo con un mayorazgo, para que nadie pudiera deshacer lo que él había hecho.
Tiene cara de hombre que ha contado mucho dinero y de noche.
Me miraba desde lo alto del altar mientras el cura rezaba, y yo le devolvía la mirada, porque era el único de toda la iglesia que no me estaba mirando el vientre.
Todos los demás, sí. Las mujeres de Trujillo vinieron a darme el pésame a la sala enlutada, de dos en dos, como vienen siempre, y me cogían las manos y me decían «qué desgracia, qué desgracia», y luego bajaban los ojos.
No al suelo. Un poco más arriba. Hacía siete años que me lo miraban.
Al principio con esperanza, luego con pena, luego con esa cosa que no es desprecio pero se le parece, la que se reserva para las mujeres que no cumplen.
«La seca», me llamaban, cuando creían que no las oía. Tenían buen cuidado de que las oyera.
El viernes, con el novenario recién empezado, llegó de Cáceres el primo Álvaro.
Lo vi desde la rendija del postigo antes de que subiera. Estaba en el patio, con la capa todavía puesta, la cabeza levantada, moviendo los labios. Tardé en entenderlo. Contaba las ventanas.
Subió con el escribano y con doña Leonor, que no le había invitado y no se lo perdonaba.
Ramiro Durán, el mayordomo, entró el último y se quedó de pie junto a la puerta, con el libro de la casa apretado contra el pecho como si alguien fuera a quitárselo.
Nadie le dijo que se sentara. En siete años nadie se lo había dicho nunca.
El escribano leyó primero la escritura de fundación.
Yo la conocía; la había leído la primera semana de casada, cuando todavía creía que en esa casa me esperaba algo.
El Fundador lo había dejado atado con palabras que parecían nudos: que el mayorazgo pasara de varón en varón, por línea recta de varón, y que no pudiera heredar hembra ni nadie que viniera por hembra.
Si faltaba el hijo, el pariente varón más cercano por la línea de los varones.
Ese era Álvaro. Lo sabíamos todos, y aun así el escribano lo leyó entero, con su voz de pleito, y Álvaro asintió en cada nudo como si lo estuviera atando él.
Después leyó el testamento de Gonzalo, que era más corto y más cobarde.
Mi dote, que se me devolviera «cuando la casa tuviese con qué», lo que en una casa como aquella quería decir nunca.
Unas misas por su alma. La fórmula de costumbre: que si su mujer quedara preñada, el póstumo que naciera fuera su heredero.
Y una cláusula que no conocía, escrita, supe después, la última vez que fue a Madrid a perder dinero: que si su viuda volvía a casarse, la tutela de sus hijos pasaría a su primo don Álvaro.
—Previsor, el pobre —dijo Álvaro—. Para no tener hijos.
Doña Leonor lo miró como se mira a un perro que se ha meado en la alfombra. Él sonrió.
—Hasta que pasen diez meses nadie tocará nada, prima.
La ley es la ley. —Se volvió hacia mí con mucha cortesía—.
Aunque en siete años no ha habido milagros, y no creo que Nuestro Señor vaya a molestarse ahora.
Las franciscas de aquí tienen celdas muy decentes.
O su padre de usted, en Plasencia, si lo prefiere.
No contesté. La toca tiene eso bueno: se puede no contestar dentro de ella.
Diez meses. Lo dijo él, pero yo ya lo sabía.
Mi padre, que era tratante de lanas y le debía dinero a medio Plasencia, tenía en el escritorio una Partida encuadernada en becerro para asustar a los que le debían a él, y yo me la había leído de niña, entera, porque era el único libro de la casa que no era de cuentas.
La ley tiene por hijo del marido al que nace dentro de los diez meses siguientes a su muerte. Si nace un día más tarde, ya no.
Me quedé sentada en el estrado mientras bajaban la escalera, y conté.
Siete años contando enseñan cosas. Yo sabía el día en que me había venido la última regla, ocho días antes de que trajeran a Gonzalo cruzado en el caballo.
Sabía que el cuerpo de una mujer tiene unos días buenos y otros que no sirven para nada, porque me lo había explicado una comadre de Plasencia a la que pagué a escondidas el segundo año, y porque desde entonces los había contado todos, luna tras luna, sin que sirviera de nada.
Mis días buenos eran aquellos. Los del novenario.
Y sabía otra cosa. La noche antes de caerse del caballo, Gonzalo había subido a mi cuarto.
Subía una vez por luna, como quien va a firmar un recibo, y aquella fue la última firma.
Catalina lo vio entrar; se cruzó con él en el pasillo con el calentador de la cama y se apartó para dejarle pasar.
Nadie en el mundo podía decir que mi marido no había dormido conmigo la víspera de su muerte.
Pensé en los hombres que pueden cruzar la puerta de una viuda.
El capellán, don Matías, tenía setenta años y olía a sacristía.
Los mozos de cuadra hablan en la taberna del arrabal, y en Trujillo las tabernas tienen las paredes de papel.
Un forastero no llegaría ni al zaguán sin que lo supiera toda la villa.
En aquella casa había un solo hombre que subía la escalera de la sala enlutada todos los días, con la puerta abierta y un motivo en las manos.
Aquella noche, mientras las mujeres rezaban el rosario en la sala de abajo, decidí que iba a darle un hijo a mi marido. Solo me faltaba el padre.