Epílogo
Romeo
Sentado sobre unas cajas de madera en un polvoriento almacén, me meto otra patata frita en la boca mientras veo cómo De Santis termina de arrancar un colgajo de piel en estado de descomposición del cuello de Luciano Rossetti.
Ese hijo de puta ya está medio podrido. Sabiendo lo impulsivo que es Luca De Santis, creí que acabaría con él en un par de horas, pero ya lleva dos meses de torturas, palizas y baños de ácido.
Rossetti apenas se mueve ni responde al dolor, y el aroma que despide lo que queda de su cuerpo es, como poco, asqueroso.
—Tu marido es un puto tarado —murmuro, haciendo una mueca.
Bianca mete la mano en mi bolsa de patatas y se lleva un puñado a la boca.
—Lo sé, pero eso me gusta de él, al menos cuando usa toda esa creatividad para hacer pagar a mi padre.
—¿No temes que algún día se le vaya la cabeza y la use en tu contra?
Niega con un gesto y después termina de tragar antes de responder.
—En absoluto. Luca sería incapaz de hacerme daño.
—Si tú lo tienes claro…
—Lo tengo. —Me arrebata la bolsa de patatas y empieza a engullirla como si no hubiese un mañana.
—¿Ya se lo has contado? —pregunto tras hacer una nueva mueca de asco cuando De Santis le arranca parte de la cabellera a Rossetti sin apenas esfuerzo.
—Aún no. Estoy esperando el momento adecuado.
—¿Contarle el qué? —gruñe Vincenzo a nuestra espalda.
Ambos nos giramos a la vez y yo le lanzo una sonrisa poco disimulada.
—Métete en tus jodidos asuntos —responde Bianca, cortante.
—Si estás ocultando algo, más te vale hablar ahora o…
—Déjala en paz —ordeno, haciéndolo callar.
Vin me mira a mí y después a Bianca. Gruñe algo en voz baja que no soy capaz de entender y se marcha.
—¿Qué demonios le pasa ahora a este? —inquiere Bianca.
—Ignóralo. Está cabreado porque anoche me tiré a su mujer.
Mi amiga se atraganta con las patatas y empieza a toser con fuerza. Luca enseguida se gira y la busca con la mirada. Alzo el dedo pulgar en su dirección mientras le doy pequeñas palmaditas en la espalda. Al fin Bianca consigue parar de toser y me mira frunciendo el ceño.
—¿Acabas de decir…? —Asiento y ella toma una respiración profunda—. ¿Con la remilgada de Ilenia?
—No es tan remilgada, te lo aseguro —comento en tono burlón.
—No sé si quiero saber los detalles.
—Tampoco te los contaría. Soy un caballero.
—Claro, un caballero que se acuesta con el marido y la mujer. ¿Te extraña que Vincenzo se cabree? Creí que él te gustaba.
—Y me gusta, pero Ilenia tiene algo que me atrae también, y lo que le cabrea a Vin no es que me haya acostado con ella, no soporta saber que conmigo ha disfrutado más en una sola noche que con él durante años de matrimonio.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir follando con los dos?
—Sí, por el momento lo haremos por separado, al menos hasta que los convenza a ambos de probar juntos. Podría ser interesante. —Le guiño un ojo y ella cabecea, poniendo los ojos en blanco.
—Más te vale mantener ese pensamiento entre nosotros. Como mi querida suegra se entere, pondrá el grito en el cielo.
Asiento sonriendo. Aunque la relación entre Bianca y Stella ha mejorado, siguen siendo la atracción principal de las cenas familiares, y lo sé porque desde hace un tiempo yo he sido invitado a participar en esas veladas junto a Rina, que se ha mudado con nosotros tras dejar el internado.
Es curioso, he pasado de ser el hijo de un traidor a tener una familia. Algo disfuncional y extraña, sí, pero con los De Santis me siento como en casa, Rina es mi media hermana y Bianca… Ella siempre ha sido mi otra mitad. Iría al mismísimo infierno para protegerla.
De pronto, Bianca me tiende la bolsa de patatas vacía y se pone de pie de un salto.
—¿A dónde vas? —inquiero.
—A terminar con esto de una vez. Ha sido divertido ver a mi padre perder sus extremidades una a una, pero ya me estoy aburriendo. Además, si no hablo con Luca cuanto antes, tu amorcito acabará metiendo cizaña y no tengo ganas de pelear con los hermanos De Santis.
—¿Te deseo buena suerte?
—Mejor dame tu pistola.
La saco de la cinturilla del pantalón y se la tiendo, pero, cuando está a punto de cogerla, la aparto y busco su mirada.
—Espera… No pretendes usarla contra Vincenzo, ¿verdad?
—Tranquilo, a ese lo tengo controlado.
Vuelvo a estirar el brazo y ella coge la pistola, comprueba que está cargada y, tras quitarle el seguro, camina hacia su marido con decisión.
—Si me necesitas, grita —le digo, aunque no creo que me haya escuchado.
Ni siquiera se molesta en pedirle a su marido que se aparte, solo alza el arma, apunta a la cabeza de Rossetti y dispara. El sonido de la detonación reverbera contra las paredes de cemento del almacén. Luca se gira de golpe y la mira frunciendo el ceño.
—¡¿Qué demonios has hecho?! —vocifera.
—Ahorrarte unos cuantos días más aquí, aguantando el olor a podredumbre. Ya estaba medio muerto.
—Podría haber aguantado algún tiempo más. Hay maneras de…
—Es aburrido. No tenía sentido mantenerlo con vida. Yo estoy satisfecha y tú también deberías estarlo. Ahora, mete su cuerpo en uno de esos bidones de ácido que tanto te gustan y marchémonos a casa.
—¿Por qué tanta prisa?
Mi amiga se acerca a él y le dice algo en voz baja. Sonrío al ver cómo Luca la alza en brazos y la besa entre risas.
—¿Qué está pasando ahí? —me pregunta Vincenzo, que se ha alejado de la pareja para darles más intimidad.
—Nada importante, solo que Bianca acaba de hacer a tu hermano el hombre más feliz del jodido universo. —Se me queda mirando con gesto extrañado—. Alegra esa cara, vamos a ser tíos.
—¿Está…? —Asiento y él resopla con fuerza—. ¡Genial! A ver cómo le explico a mi hijo que posiblemente tenga que competir con su primo para convertirse en el cabeza de esta familia.
—Puede ser una niña. ¿Te lo imaginas? Una chiquilla rubia, con ojos claros, el carácter manipulador de su madre e impulsivo de su padre.
—¡Dios nos libre! —exclama, abriendo mucho los ojos.
Lo sujeto de la camisa y tiro de él hacia mí.
—Vamos, gruñón, ambos sabemos que te alegras por ellos. Son felices.
—Yo también lo sería si no te hubieses follado a mi mujer —gruñe.
—Bueno, anoche fui yo, mañana podemos ser los dos. —Empieza a negar con la cabeza, pero le sujeto la barbilla para detenerlo—. Va a pasar, solo es cuestión de tiempo.
Vin bufa con fuerza cuando empiezo a reír porque sé que ya lo tengo medio convencido. Aunque lo niegue, a él le pone tanto como a mí pensar en el momento en que ambos estemos dentro de su mujer. Va a ser increíble.