Epílogo 2
Luca
Años después
Mis pisadas resuenan sobre el suelo mientras sigo el sonido de los gritos que provienen de la sala de estar. Al entrar, me encuentro con una escena que lamentablemente me es demasiado familiar.
—¡Eres una vulgar e irrespetuosa mujer que no merece llevar el apellido De Santis! —vocifera mi madre.
—¡Esta vulgar e irrespetuosa va a patearte el culo de vieja amargada! —replica mi esposa.
Me planto en el centro de la sala y me cruzo de brazos.
—¡¿Se puede saber qué demonios está pasando aquí?! —gruño mirando a ambas con el ceño fruncido.
—Luca, hijo, controla a tu mujer. Quiere convertir la fiesta de cumpleaños de Donato en una atracción de feria. Ni siquiera me deja invitar a nuestros más allegados.
—¡Esos allegados son unos jodidos hipócritas que ni siquiera conocen a mi hijo! —exclama Bianca con las venas del cuello hinchadas y los ojos inyectados en sangre.
La observo un par de segundos y compruebo que no hay ningún objeto puntiagudo a su alcance antes de intentar mediar entre ellas. Pocas veces la he visto tan cabreada, y eso que yo soy todo un experto en hacerla perder los nervios.
—Bianca, ¿qué está pasando? —pregunto con voz tensa pero calmada.
—Pregúntale a tu querida madre —responde exhalando con fuerza.
Me acerco más a ella y busco su mirada.
—Te lo estoy preguntando a ti. ¿A qué viene todo esto? Creí que tú te estabas ocupando de la fiesta de cumpleaños de nuestro hijo.
—Y así era, hasta que Stella decidió que, como siempre, todas mis decisiones son una mierda y ella está mucho más capacitada para llevar a cabo esa tarea.
—¡Es que lo estoy! —interviene mi madre. Se atusa el pelo corto que lleva recogido en un moño y alza la barbilla de manera desafiante—. Llevo toda mi vida encargándome de planear y supervisar todos los acontecimientos y celebraciones de la familia. Es mi deber…
—Lo era —gruño cortándola.
Mi madre pestañea rápido y estrecha la mirada sobre mí.
—¿Cómo dices?
—Mamá, es el cumpleaños de nuestro hijo. Si Bianca decide que quiere montar la jodida fiesta de espuma del año en esta casa, está en todo su derecho.
—Pero… es una locura. Las tradiciones dicen…
—Me importan una mierda las putas tradiciones. Mi mujer es la que toma las decisiones y, si no estás conforme, te invito a que permanezcas en tu ala de la casa durante el tiempo que dure la fiesta.
—¿En serio? —Inspira hondo por la nariz y me mira de esa manera que hace que siempre me sienta culpable—. Si tu padre estuviese vivo, jamás permitiría que…
—Ahora va a usar la baza del muerto —masculla Bianca interrumpiéndola.
Le lanzo una mirada de advertencia que ella ignora y regreso la vista a mi madre con dureza.
Estoy harto de esto. Soy el jodido Don más poderoso del país.
Controlo todos los negocios ilícitos de la costa este, tengo cientos de hombres que cumplen mis órdenes sin rechistar; sin embargo, en mi casa, soy incapaz de poner paz entre mi madre y mi esposa. Esto tiene que acabar ya mismo.
—Mamá, no quiero verme en la obligación de tener que apartarte.
Me gustaría que compartieras con nosotros la celebración del octavo cumpleaños de tu nieto, pero, si me haces elegir entre tú y mi esposa, ten por seguro que siempre la escogeré a ella.
No hay ningún debate al respecto. ¿Lo has entendido?
Resopla y pone los ojos en blanco, algo muy impropio de ella.
—Lo que tú digas. Está claro que yo ya no soy nadie en esta casa. ¿Puedo al menos ir a buscar a Donato? Apuesto a que ahora mismo estará atiborrándose a chocolatinas y seguramente después no cenará.
Echo un vistazo en dirección a Bianca y le hago un gesto con la barbilla para que sea ella la que le dé su aprobación.
—Adelante, Stella, haz lo que quieras —dice encogiéndose de hombros.
Mi madre enseguida abandona la sala de estar con la espalda tensa y la barbilla en alto, como la mujer orgullosa e intransigente que es. En cuanto nos quedamos a solas, me giro hacia mi esposa y estrecho la mirada sobre ella.
—De uno al diez, ¿cómo de cabreada estás? —pregunto acercándome con lentitud.
Ella inspira hondo por la nariz y niega con la cabeza.
—Contigo, cero. Con tu santa madre… —Exhala con fuerza y se pinza el puente de la nariz—. ¿Tan mal lo estoy haciendo? Juro que me esfuerzo para obtener su aprobación y respeto, pero es como si en todo momento estuviese buscando la manera de recordarme que este no es mi lugar.
Me acerco más y rodeo su cintura con el brazo para pegarla a mi cuerpo.
—Hablaré con ella, lo prometo. Si no empieza a respetarte como lo que eres, mi esposa y la señora de esta casa, es ella la que sobra aquí.
Bianca se me queda mirando fijamente unos segundos y una pequeña sonrisa tira de las comisuras de su boca. Rodea mi cuello con los brazos y sus dedos se enredan en el pelo de mi nuca.
—Gracias por defenderme —susurra.
La estrecho más contra mi cuerpo y niego con la cabeza.
—No es a ti a quien he defendido. Creí que en cualquier momento te abalanzarías sobre mi madre y acabaríais a golpes. Por un instante temí por su vida.
Recibo un golpe en el hombro y sonrío de oreja a oreja.
—Tampoco es para tanto. Supongo que ya debería haberme acostumbrado a lidiar con ella, al igual que con tu hermano, pero la dichosa fiesta de cumpleaños me tiene desquiciada. ¿Sabes que tu hijo quiere invitar a unos compañeros del colegio?
Hago una mueca con los labios.
—Te advertí que no era buena idea que acudiera a un colegio común. Hay sitios especializados que acogen a alumnos que son hijos de…
—¿Mafiosos? —inquiere arqueando una ceja.
—Personas importantes —la corrijo.
—No es eso lo que quiero para él, Luca. Se merece tener una infancia normal, lejos de este mundo de caos, sangre y muerte.
—Es nuestro mundo —le recuerdo.
—Lo sé, y también que cuando crezca, si así lo desea, podrá ocupar el lugar que le pertenece en la organización, pero por el momento prefiero que siga siendo un niño normal y corriente. A nosotros no nos dieron esa oportunidad.
Asiento. Enviar a Donato a un colegio común fue una decisión que tomamos juntos.
Bueno, en realidad, quien la tomó fue Bianca.
Yo no estuve de acuerdo. Discutimos, nos peleamos y, como siempre, acabé accediendo porque la muy perra sabe exactamente cómo manipularme para que haga lo que ella cree oportuno.
—¿Cómo vas con la preparación de la fiesta? —inquiero para cambiar de tema.
—Bien, o eso creo. Ya casi todo está listo.
—Me alegro. Estoy deseando que termine de una vez. Tenemos trabajo pendiente.
Bianca esboza esa sonrisa arrogante que tanto me molesta y quita una pelusa invisible de mi hombro.
—¿Tanto me echáis de menos? Apuesto a que el inútil de tu hermano nunca lo admitirá, pero está perdido sin mí.
Gruño y hundo la nariz en su cuello. Inhalo con fuerza para llenar mis pulmones con su aroma a flores.
Por más que me cueste aceptarlo, Bianca se ha convertido en alguien indispensable para el buen funcionamiento de los negocios.
Su mente fría y su pensamiento crítico en momentos de estrés es algo que Vincenzo y yo nunca hemos tenido.
Desde que empezó a trabajar con nosotros, justo después del nacimiento de nuestro hijo, el territorio de los De Santis no ha hecho más que crecer.
Aunque es verdad que la muerte de su padre también ha tenido mucho que ver. Nuestro capo me escogió a mí para ocupar su lugar, y Valente hace ya un par de años que decidió hacerse a un lado y cedernos la gran mayoría de sus negocios. Al fin y al cabo, su único nieto y heredero es un De Santis.
Al principio ninguno de los demás cabezas de familia estuvo de acuerdo en que una mujer se inmiscuyera en los negocios de la organización. Me costó mucho convencerlos; sin embargo, incluso el propio Maurizio Leone ha llegado a pedirle consejo para dirigir ciertas operaciones.
Al fin están entendiendo que los tiempos cambian y que debemos dejar atrás ciertas normas y tradiciones obsoletas y machistas que no benefician a nadie.
Lo que aún les cuesta aceptar es que, si queremos seguir manteniendo nuestro estatus y poder, tarde o temprano tendremos que empezar a asociarnos con organizaciones externas.
Mexicanos, rusos, albaneses o incluso irlandeses.
Al fin y al cabo, esos salvajes no son de los que guardan rencor.
Maté a Kincaid y enseguida pusieron a otro en su lugar, aunque el nuevo líder tuvo el buen juicio de escoger otro territorio para asentarse.
Las posibilidades son infinitas y sé que tarde o temprano ocurrirá.
Puede que para entonces yo ya no exista, y sea mi hijo o mi sobrino el que se encargue de llevar a lo más alto el apellido De Santis. Eso solo el tiempo lo dirá.
Vuelvo a respirar profundamente y, tras depositar un beso fugaz en el cuello de Bianca, alzo la cabeza y busco su mirada.
—¿Estás ocupada ahora mismo? —pregunto deslizando la mano hacia su trasero.
—No demasiado. ¿Qué tienes en mente?
—Mi madre estará con Donato, lo más probable es que Elmo esté encerrado en su dormitorio como siempre, tu hermana no llega hasta esta noche y los demás…
—Pongo los ojos en blanco. Todos sabemos el rollo raro que hay entre Romeo, Vincenzo y mi cuñada, aunque prefiero no comentar nada al respecto.
Ellos sabrán lo que hacen con sus vidas—.
Eso nos deja a ti y a mí solos durante al menos un par de horas.
¿Sabes todo lo que puedo hacerte en ese tiempo, Diavuletta?
Bianca se pega más a mí si es posible y desliza el dedo pulgar sobre mi labio inferior.
—La pregunta es… ¿sabes tú lo que puedo hacerte yo a ti? —susurra en tono provocativo.
Enseguida noto que mi polla se endurece; es como si solo ella tuviese el mando a distancia para ponerla erecta con una sola frase.
—Puedo imaginármelo. —Me aseguro de que pueda notar mi erección en el bajo vientre y mordisqueo su dedo pulgar.
—Oh, cielo… No puedes. —Me sujeta la barbilla con firmeza obligándome a mirarla mientras con la otra mano alcanza mi bragueta y me acaricia por encima del pantalón—. Voy a cabalgarte con tanta fuerza que explotarás como un jodido cohete.
Gruño de nuevo e intento besarla, pero retrocede y, con una sonrisa ladina, niega con la cabeza.
—No hagas eso —siseo con la mandíbula tensa.
La muy hija de perra expande su sonrisa.
—Te noto tenso, De Santis. —Aparta la mano de mi entrepierna y retrocede un par de pasos—. Dejaré que te calmes un poco. No queremos que la diversión se termine en unos… ¿treinta segundos?
Le lanzo una mirada dura que ella esquiva y suelta una carcajada.
—Voy a hacerte pagar por eso —la amenazo.
—Apuesto a que sí. —Se acerca de nuevo y muerde mi labio inferior—. Te espero en nuestro dormitorio en diez minutos.
Intenta apartarse, pero la sujeto por la cintura para detenerla.
—¿Por qué no ahora?
Me empuja despacio por los hombros arqueando una ceja. A regañadientes, dejo que vuelva a alejarse y resoplo.
—Porque necesito tiempo para ponerme ese precioso conjunto de ropa interior que me compré el mes pasado en Milán.
Inspiro hondo por la nariz y mi polla se endurece más con solo imaginármela vestida de ese modo.
—Tienes cinco minutos, ni uno más, y te aseguro que cuando acabe contigo no quedará nada de ese conjunto.
—Contaba con ello —susurra guiñándome un ojo y dando media vuelta.
Mientras la veo alejarse meneando ese trasero que tanto me gusta morder, no puedo pensar en un momento de mi vida en el que haya sido más feliz que ahora.
Sí, puede que mi madre sea un incordio, que mi hermano, su mujer y Serra anden metidos en sus movidas raras y el futuro de la organización sea incierto, pero aquí, ahora, tengo todo lo que necesito para ser el hombre más afortunado del mundo.
Bianca se detiene antes de cruzar el umbral, se gira a medias y me lanza una sonrisa pecaminosa que hace que mi polla pegue un brinco de pura anticipación.
Ella es todo lo que necesito para ser feliz.
Mi esposa, mi Diavuletta, la princesita malcriada, manipuladora y sinvergüenza que llegó a mi vida para cambiarla por completo.
Me cambió a mí, y solo puedo dar gracias a Dios, al cielo, al universo o a quien sea que mueva los hilos ahí arriba por haberla puesto en mi camino.