Capítulo 84
Luca
Sigo intentando liberarme de mis ataduras mientras las balas vuelan a nuestro alrededor.
Estoy furioso con Bianca. ¿Por qué me hace esto?
No puedo verla morir así, y mucho menos por salvarme a mí.
Después de toda la mierda que sufrió a manos de su padre, se merece una vida larga, plena y feliz, lejos de cualquier hijo de puta que se atreva a lastimarla.
—Por favor, vete —susurro una y otra vez.
Bianca se aferra con más fuerza a mi cuerpo. Hundo mi nariz en su pelo e inspiro hondo. El aroma floral de su perfume inunda mi nariz y me siento en paz. Ella es lo único que necesito para seguir viviendo y estoy a punto de perderla.
Ni siquiera sé cuánto tiempo pasa hasta que las detonaciones cesan.
Con los labios pegados al lateral de su cuello, en lo único que puedo concentrarme es en notar el latido de su corazón.
Pum-pum, pum-pum. «Sigue latiendo. Sigue latiendo».
De pronto, dejo de sentir su calor. Abro los ojos y alcanzo a ver que Serra la aparta de mí de un tirón.
«¡Está viva!». Serra la separa un poco y empieza a inspeccionar su cuerpo en busca de heridas.
Hago lo mismo, pero no sé si la sangre de su ropa es mía o suya.
—El brazo —gruño al ver una especie de línea roja en la manga de su blusa.
Serra enseguida la gira y echa un vistazo a la zona.
—Es solo un rasguño —dice con una sonrisita.
Atrae a mi mujer y la abraza con fuerza. Gruño e intento liberarme de nuevo. ¿Por qué demonios tiene que pegarse tanto? Bianca lo aparta y me mira a mí, arqueando una ceja.
—Suéltalo antes de que se haga más daño por cabezota —pide.
Serra se acerca sin dejar de sonreír. Con un cuchillo, empieza a cortar las cuerdas de mis tobillos.
—Eres un bastado con suerte, De Santis —comenta.
Aprieto la mandíbula y espero a que me libere las manos para intentar ponerme de pie.
Me tambaleo un poco y mis músculos doloridos se resienten, pero consigo mantener la verticalidad lo justo para apoyarme sobre los hombros de Bianca.
Aunque el cabrón de Serra ya lo ha hecho, yo también inspecciono la herida de su brazo.
No parece profunda y ha dejado de sangrar.
—Estoy bien —dice Bianca para tranquilizarme.
Enmarco su rostro con ambas manos y busco su mirada mientras intento retener las lágrimas que se acumulan tras mis párpados.
—No vuelvas a hacer algo así nunca, ¿me oyes? —Trago saliva y exhalo con fuerza—. Si tienes que usarme como escudo humano, lo haces, pero nunca al revés.
—Termina el drama y déjame echar un vistazo a tu costado. Has sangrado mucho —replica, empujándome y empezando a tirar de mi camiseta empapada.
Echo un vistazo por encima de su hombro para comprobar quiénes siguen en pie después del tiroteo.
Suspiro de alivio al ver a mi hermano. Él y un par de nuestros hombres están inmovilizando a Rossetti.
A su lado, el puto irlandés está atado de manos y bien vigilado.
Me alegra que sigan vivos, así yo mismo podré matarlos.
Bianca ordena que le traigan un par de vendas y, tras envolver mi abdomen con ellas, me obliga a mirarla.
—No moriré hoy, aunque, si sigues haciendo estas locuras, es probable que un jodido infarto acabe conmigo —siseo entre dientes.
—Mejor eso que una bala en el cráneo. —Rodea mi cuello con los brazos y tira de mi cabeza hacia abajo—. Quiero añadir una nueva cláusula a nuestro acuerdo. Nada de morirse. —Esbozo una pequeña sonrisa y ella frunce el ceño—. ¡Hablo en serio, De Santis!
La atraigo hacia mí, sujetándola por la cintura, y aspiro su perfume hasta que mis pulmones se inundan de ese aroma floral suyo tan característico.
—Prometo no morir si tú no vuelves a mencionar la palabra «divorcio». ¿Tenemos trato? —Intenta empujarme, pero la sujeto con más fuerza—. No lo has prometido, Diavuletta.
—Eres un jodido manipulador.
Quiero sonreír, pero siento la cara hinchada y amoratada.
—Eso es que paso demasiado tiempo contigo. Todo se pega. —Recibo un golpe en el hombro y hago una mueca de dolor—. Promételo. Nada de divorcio.
Bianca inspira hondo y asiente con la cabeza.
—Nada de divorcio. Cuando me canse de ti, te meteré una jodida bala en la cabeza y asunto resuelto.
—Acepto el trato —digo justo antes de besarla.
Intento profundizar más el beso, pero somos interrumpidos por los gritos de Rossetti.
—¡No podéis hacer esto! ¡El capo os matará cuando se entere!
Me aparto un poco de Bianca para poder verlo. Noto cómo ella se tensa de pies a cabeza. Es cierto que asaltar la casa de un Don y matar a gran parte de sus hombres es algo por lo que pueden condenarnos a muerte, pero él empezó primero; se alió con Kincaid para secuestrarme y matarme.
—Dame el arma —le pido a Bianca.
Ella baja la mirada al suelo, donde está la lupara de mi abuelo. Ya me burlaré de ella después por haber escogido esa reliquia para venir a rescatarme. Ahora lo más importante es salvar nuestro propio pellejo. Se agacha y me tiende la recortada.
—Solo le queda un cartucho —empieza a decir, pero yo ya estoy caminando hacia donde están los demás.
Alzo el arma y, antes de que ella pueda alcanzarme, aprieto el gatillo.
La bala sale disparada e impacta directamente en la cara de Kincaid.
Su cuerpo cae a plomo en el suelo y un charco de sangre comienza a formarse alrededor de su cabeza.
Bianca me tira del brazo y, al mirarla, compruebo que está frunciendo el ceño.
No parece contenta con lo que acabo de hacer.
—Como se te ocurra quejarte porque he matado a tu examante, vamos a tener un problema muy serio —le advierto.
Resopla con fuerza y se cruza de brazos.
—El traidor me importa una mierda. ¡Estaba guardando el cartucho para mi padre, joder! —exclama.
Me encojo de hombros a modo de disculpa y sigo avanzando hasta llegar junto a mi hermano. Este me da un apretón en el hombro y esboza una pequeña sonrisa.
—Esta escoria no irá a ningún lado. La mayoría de sus hombres están muertos, y a los que aún respiran los tenemos encerrados.
—¿Camilla? —pregunta Bianca.
Ni siquiera recordaba a su madrastra. Rossetti siempre ha tenido a su esposa en segundo plano, tanto es así que se ha convertido en alguien invisible.
—En su dormitorio —responde Serra—. Santoro vendrá a por ella muy pronto. Hay que darse prisa.
—¿Creéis que esto va a acabar bien? —Rossetti suelta una carcajada—. Soy el Don de Nueva York. Cuando el capo se entere, os hará pagar por vuestra traición.
—¿Qué traición exactamente, padre? —inquiere Bianca con una ceja arqueada.
—Niña idiota. Eres igual de estúpida y zorra que tu madre. —Doy un paso hacia él, pero Bianca me detiene extendiendo un brazo para cortarme el paso.
Esa es su forma de decir «yo me ocupo». Retrocedo de nuevo y me cruzo de brazos. No le quitaré el gusto de aplastar al hijo de puta que tanto daño le ha hecho.
—Padre, creo que no estás entendiendo tu situación.
Estamos aquí, en la mansión Rossetti, donde mantenías retenido, ni más ni menos, que al Don de Filadelfia.
El cadáver del líder de la mafia irlandesa está también aquí, en mitad de tu sala de estar.
Yo, como mujer que soy, no entiendo mucho las leyes de la organización, pero juraría que tienes un gran problema entre manos.
—¡Fueron ellos los que se aliaron con el irlandés para destruirme! —grita—. Maurizio Leone me creerá a mí antes que a los hijos de un traidor.
—Yo no estaría tan segura de eso, no después de haber recibido el vídeo que mi madre grabó antes de morir.
Frunzo el ceño. No sé de qué vídeo habla, pero Rossetti acaba de palidecer al escucharla.
—Eso son solo delirios de una zorra ingrata como tú —balbucea.
—Bueno, preguntémosle al capo si eso es lo que piensa del vídeo y los documentos que le envié hace un rato —intercede mi hermano.
Saca su teléfono y, tras tocar la pantalla, le da la vuelta y vemos la cara del mismísimo Leone en el aparato—.
Capo, tenemos a Rossetti y a sus hombres. ¿Qué hacemos con él? —le pregunta.
Leone inspira hondo y tensa la mandíbula con fuerza.
—El castigo para la traición es la muerte.
—Capo… —intenta decir Luciano, pero Serra le da un puñetazo en el estómago.
—Erradicad el maldito apellido Rossetti. Los quiero a todos muertos. Nadie me roba y sigue respirando para contarlo.
Bianca
Me tenso de pies a cabeza. Yo soy una De Santis, no corro ningún peligro, pero el apellido de mi hermana sigue siendo Rossetti. Doy un paso al frente y le arrebato el teléfono de las manos a Vincenzo.
—Yo, Bianca De Santis, hija primogénita de Luciano Rossetti, asumo la traición de mi padre y reniego de él —digo, mirando directamente a la pantalla.
Leone frunce el ceño y niega con la cabeza.
—¿Tú? Eres una mujer. No puedes asumir nada. ¿Dónde está tu marido?
Aprieto el aparato con fuerza y me muerdo la lengua para no decirle al puto capo lo que puedo o no puedo hacer.
Solo por ser mujer ya no tengo ningún derecho.
Estoy tan harta de estas normas retrógradas y machistas…
Noto la presencia de Luca a mi espalda. Coloca una mano en la parte baja de mi espalda y mira la pantalla por encima de mi hombro.
—Capo, le aseguro que mi esposa es muy capaz de llevar a cabo la ejecución de su padre.
—¿Por qué querría hacerlo? Ella no corre ningún peligro.
—Mi hermana —siseo entre dientes.
Leone asiente, relajando su postura.
—Según tengo entendido, señora De Santis, su hermana Caterina no lleva sangre Rossetti.
—Echo un vistazo de reojo a Luca. Está frunciendo el ceño, pero no le contradice.
Ya le explicaré después lo del vídeo—. A partir de hoy usará el apellido Serra.
No quiero que vuelva a mencionarse el apellido Rossetti nunca más. ¿He sido claro? —Asiento con rapidez.
—¿Camilla? —pregunta Luca.
—¿Quién demonios es Camilla?
—La esposa de Luciano e hija de Pietro Santoro.
—Es una Rossetti y debe morir con su apellido —responde Leone.
—Entendido, capo.
—Y De Santis…
—¿Sí, capo?
—Asegúrate de que el hijo de puta no tenga una muerte rápida. Apreciaba a mi consigliere y tuve que ejecutarlo por su culpa.
—Así será —contesta Luca en tono serio.
La llamada se corta y le devuelvo el teléfono a Vincenzo. No he conseguido el permiso para ser yo quien ejecute a mi padre, pero al menos sé que Rina ya no corre peligro y el hijo de puta va a sufrir.
—No podéis hacer esto —se queja mi padre tras recuperar el aliento por el puñetazo de Romeo.
Me acerco más a él y esbozo una sonrisa arrogante.
—En realidad, padre, podemos hacer lo que queramos contigo. El mismísimo Maurizio Leone lo ha ordenado. Vas a sufrir y yo estaré ahí para verlo.
—Por supuesto que sufrirá. —Luca rodea mis hombros con el brazo y me atrae a su costado—. Cuando acabe contigo, suegro, estarás suplicando que te deje morir.
Mi padre niega con la cabeza. Su rostro es la viva imagen del más absoluto terror. Sabe que no hay nada que pueda hacer para evitar la muerte. ¿Lo estoy disfrutando? ¡Dios, sí! Esto es lo que llevo esperando casi toda mi vida.
—Luca, ¿qué vamos a hacer con Camilla? —pregunta Vincenzo.
—Esperad a que llegue Santoro. Es su hija, que al menos pueda despedirse de ella si quiere, después ejecutadla, que sea rápido.
—Su hermano asiente y se marcha de inmediato.
Luca se acerca más a mi padre y le levanta la cabeza, tirándole del pelo canoso—.
Tú y yo, hijo de puta, tenemos una cita pendiente.
Deja que me cambie de ropa y estaré contigo en un momento.
—Tiene que verte un médico, Luca —intercedo.
Él da media vuelta y regresa a mi lado.
—Por supuesto. Hay tiempo para todo. Tengo que ponerme guapo para tu padre. Será la última vez que me vea y quiero dar buena impresión.
Sacudo la cabeza de un lado a otro. Es un puto tarado, pero aun así lo amo con locura.
—Vámonos de una vez, antes de que se te salgan las tripas —digo, haciendo una mueca de asco.
Luca se apoya en mí y hace un gesto en dirección a uno de sus hombres.
—Encárgate de que todo esto quede reluciente. Lupara bianca.
—Sí, Don.
—Y tú… —Me mira de reojo, frunciendo el ceño—. Explícame cómo demonios has conseguido que Leone ordene la ejecución de tu padre.
—Eso hay que agradecérselo a la tía Sarah —comento mientras caminamos hacia la salida.
—¿A la de verdad o…? —Le doy un codazo en el costado y, cuando escucho su quejido, me arrepiento de inmediato.
—¡Mierda! ¿Estás bien? —Me detengo para comprobar el estado de su herida—. Lo siento, ha sido un golpe impulsivo.
—¿Desde cuándo actúas por impulso? ¿No eras tú la que pensaba todo antes de actuar?
—Creo que paso demasiado tiempo contigo —respondo, usando sus mismas palabras.
—Soy una mala influencia, lo sé.
Pongo los ojos en blanco y, sin poder borrar la sonrisa de mi rostro, lo ayudo a salir de la mansión. Una vez fuera, echo un vistazo a la fachada y suspiro.
—Se acabó. Casi me parece mentira que todo haya terminado. Y, contra todo pronóstico, seguimos vivos.
—Gracias a ti. Admito que tu plan era bueno, pero no debiste confiar en el puto irlandés.
Además…, ¿cómo se te ocurrió la brillante idea de venir a rescatarme con la lupara del abuelo?
—Vuelvo a poner los ojos en blanco y Luca suelta una carcajada—.
En serio, me parece fascinante que, con toda esa frialdad y calma que siempre tienes, justo hayas elegido esa arma de todas las que tenemos en casa.
—Luca, cierra la puta boca y entra en el coche —mascullo, señalando el deportivo que está frente a nosotros.
El muy cabrón vuelve a reír.
—Bianca, la empuñadora de reliquias De Santis —se mofa.
—Juro que, si sigues con el cachondeo, te haré un agujero, a juego con el que tienes, en el otro costado. Entra al jodido coche de una vez.
Cojeando y haciendo muecas de dolor, se acerca más a mí y rodea mi cintura con el brazo.
—Gracias por venir a salvarme, Diavuletta —susurra contra mi boca.
—No hagas que me arrepienta, tarado.
—Eso es algo que no puedo prometer. —Pongo los ojos en blanco y él me aprieta más contra su cuerpo—. Aquí te va una promesa…
—¿Vas a durar más de treinta segundos? —Me pellizca el trasero a modo de reprimenda y lo fulmino con la mirada.
—Prometo no lanzarte por la ventana ni asfixiarte con mis propias manos cuando me hagas perder la paciencia, que, conociéndote, apuesto que será a menudo.
—Y yo prometo no volver a dispararte ni rajarte el cuello mientras duermes, incluso cuando te comportes como el ser más arrogante y egocéntrico que he conocido nunca, que, conociéndote, será en casi todo momento.
—Trato hecho —susurra justo antes de aplastar su boca contra la mía.