Capítulo 82
Bianca
«Tengo mucho miedo de lo que pueda hacer Luciano.
Lo conozco. Sé que no pasará por alto mi traición.
Si aún sigo viva es porque el hombre que amo es más poderoso que él, aunque eso no lo detendrá.
Encontrará la manera de vengarse de nosotros.
—Alza la barbilla y exhala con fuerza—. Ahora te hablo a ti, Luciano.
Puede que hayas acabado con mi vida, incluso también con la de Francesco, pero, si alguna de mis hijas o Romeo sufre algún daño, todos los documentos que te robé, esos que prueban que has estado desviando dinero de la organización a tus propios bolsillos, llegarán a las manos de Maurizio Leone».
Contengo el aliento y casi puedo notar cómo mi corazón se detiene. Echo un vistazo en dirección a mi amigo y podría apostar que mi expresión es muy similar a la suya. Estamos desconcertados y… ¿Es cierto lo que estoy pensando?
—Dime que ese Francesco que ha mencionado no es mi padre —susurra Romeo.
Ni siquiera sé qué responder a eso, y tampoco es necesario que lo haga porque mi madre enseguida aclara nuestras dudas.
«Francesco Serra y yo nos amamos. Asumimos toda la responsabilidad del daño emocional que puedan sufrir nuestras familias debido a nuestra relación, pero no estamos dispuestos a permitir que nuestros hijos, Romeo, Bianca y este bebé que aún no ha nacido, mueran por un pecado que no les pertenece».
El vídeo se corta y ambos nos quedamos mirando la pantalla en negro sin saber qué hacer o decir.
«Mi madre era amante del consigliere del capo.
Rina y Romeo son medio hermanos. Mi padre es un traidor que robaba dinero de la organización, y tal vez aún siga robando».
Ese último pensamiento activa de golpe mi aturdido cerebro.
Vuelvo al correo y empiezo a abrir uno a uno todos los archivos de texto bajo la atenta mirada de Romeo.
—Está todo aquí —susurro—. Hay cientos de transacciones en las que mi padre desviaba dinero de la organización a cuentas en paraísos fiscales. Esto es lo que necesitamos para hundirlo.
Echo un vistazo en su dirección, pero él no parece haber escuchado nada de lo que he dicho.
—Mi padre y tu madre… —murmura, aunque creo que para sí mismo.
—Romeo, déjame tu teléfono —pido. No recibo respuesta—. ¡Romeo! —Dirige la mirada hacia mí y sacude la cabeza de un lado a otro—. Dame tu teléfono.
Enseguida me lo tiende. Busco entre los contactos el nombre de Luca y presiono el botón de llamada.
Ya no necesitamos tenderle ninguna trampa a mi padre ni la actuación de los federales.
Con estos documentos y el vídeo es más que suficiente para que Maurizio Leone ordene su ejecución.
Suena un par de tonos y, antes de que llegue el tercero, descuelga la llamada.
—Hola, cielo. Supongo que quieres hablar con tu esposo. —Se me corta la respiración al escuchar la voz de mi padre al otro lado de la línea.
Me pongo en pie de un salto y aprieto el aparato con fuerza contra mi oreja.
—¿Dónde está Luca? ¿Por qué has contestado tú la llamada? —inquiero.
—Oh, tranquila. Tu maridito y yo estamos teniendo una conversación muy agradable. Bueno, en realidad, es agradable para mí, él no lo está pasando tan bien. Eso es lo que ocurre cuando intentas joder a un hombre como yo, Bianca. Algo siempre sale mal.
Inspiro hondo por la nariz. Lo sabe. Sabe lo de la trampa, estoy segura.
—Ni se te ocurra tocarlo —siseo entre dientes.
—No te preocupes, lo dejaré vivir, al menos, hasta que tú llegues. Te espero en la mansión. Si en una hora no estás aquí, Luca De Santis acabará en el fondo de un bidón de ácido de esos que tanto le gustan.
—Es imposible que pueda llegar a Nueva York en menos de una hora.
—Entonces, prepárate para convertirte en una preciosa viuda. Por cierto, he decidido que tu hermana vuelva antes del internado. Apuesto a que le encantará verte.
Antes de que pueda decir nada más, la llamada se corta. Maldigo en voz baja y me giro hacia Romeo.
—Mi padre tiene a Luca. Va a matarlo si no voy a la mansión en menos de una hora.
—¡¿Qué?! —Se levanta a toda prisa, alterado—. ¿Cómo es posible?
—No lo sé —susurro con lágrimas en los ojos.
Tomo una respiración profunda y trato de pensar en una solución a este enorme problema. No puedo dejar a Luca allí con él, y Rina…
—¿Qué vamos a hacer ahora? Tenemos las pruebas.
—Ve a buscar a Vincenzo. Muéstrale el vídeo y los documentos. Asegúrate de que se los hace llegar a Leone cuanto antes —ordeno, moviéndome por el despacho.
Abro uno a uno los cajones del escritorio en busca de algún arma, pero no encuentro nada. Entonces, me fijo en la recortada que hay sobre el mueble bar. Me acerco y, tras sacarla de su expositor, compruebo que está cargada y me la coloco bajo el brazo.
—¿A dónde demonios vas con la lupara del abuelo De Santis? Es una reliquia.
—Tendrá que servir. Voy a ganar tiempo y evitar que maten a mi marido. En cuanto hables con Vincenzo, reúne a un grupo de hombres y entrad en la mansión Rossetti matando a todo aquel que se cruce en vuestro camino. Esto es la jodida guerra, Romeo. Matar o morir. No hay otra opción.
Antes de que pueda intentar impedírmelo, salgo corriendo del despacho.
Lo escucho llamarme a gritos y sus pisadas a mi espalda, pero no me detengo.
Al llegar al garaje, busco el Ferrari entre la fila inmensa de coches.
Enseguida me siento tras el volante, dejo el arma en el asiento del acompañante, arranco el motor y salgo quemando rueda de la propiedad.
No tengo un plan ni tampoco sé qué es lo que voy a hacer cuando llegue a la mansión. Lo único que tengo claro es que la vida de Luca depende de que esté allí antes de que el tiempo se agote, y así será, aunque tenga que quemar el motor del deportivo para conseguirlo.
Luca
Todos mis hombres han muerto. Nos emboscaron nada más entrar en Nueva York.
En cuanto el primer todoterreno se cruzó frente a nuestro vehículo, supe que alguien nos había traicionado.
No fue difícil deducir quién había sido, la mayor parte de los tipos que empezaron a dispararnos hablaban con acento irlandés.
Presentamos batalla, pero eran demasiados.
Creí que también acabarían conmigo, pero no.
Me ataron de pies y manos y me trasladaron a la mansión Rossetti, donde pude confirmar mis sospechas al ver al puto Kincaid tomándose una copa junto a mi suegro.
Desde entonces he estado tirado en el suelo, en mitad de una de las salas de estar, completamente inmovilizado y retorciéndome de dolor por los golpes que he recibido de los hombres de Rossetti.
Siento la cara hinchada, la sangre fresca se acumula en mi boca y, por la humedad que noto a la altura de mi abdomen, estoy seguro de que se me ha abierto la herida de nuevo.
—De Santis, no te duermas aún —escucho la voz de Luciano seguida de una patada en la parte alta de la espalda que me arranca todo el aire de los pulmones—. Tu esposa no tardará en llegar para unirse a la fiesta.
Intento arquearme para coger aliento, pero mis manos están atadas a la espalda y apenas puedo moverme.
Después de unos segundos, en los que tengo la sensación de que voy a morir por asfixia, al fin logro coger una gran bocanada de aire.
Enseguida empiezo a toser. Mi abdomen se resiente y noto que la herida se abre aún más.
«Bianca viene hacia aquí. No puedo permitir que el cabrón de su padre le ponga las manos encima».
—No veo la fiesta por ningún lado —digo con voz ronca cuando al fin consigo dejar de toser.
—¿Aún te quedan ganas para bromear? —El viejo se acerca más y se agacha frente a mí para que pueda verlo—. Apuesto a que no te parecerá tan gracioso ver cómo me follo a tu mujercita delante de ti.
Gruño y me revuelvo para intentar liberarme. El dolor explota en casi todo mi cuerpo por las heridas y los nuevos hematomas. Mataré al hijo de puta antes de que pueda tocar a Bianca.
—Ese no era el trato —dice Kincaid.
Rossetti se pone en pie y se gira para mirarlo.
—Dije que te entregaría a mi hija, pero lo que haga con ella antes de eso es asunto mío.
—No. Ella no debe sufrir ningún daño —replica el irlandés.
Al menos en eso estamos de acuerdo, pero ello no va a librarlo de la muerte. Cuando consiga liberarme, lo primero que haré será reventarle la puta cabeza a balazos.
—¿Daño? —Rossetti suelta una carcajada—.
Créeme, lo único que sentirá será placer.
Es curioso, tres de los hombres que estamos en esta sala hemos estado dentro de ella, aunque, lo siento, señores, yo fui el primero.
No os podéis ni imaginar lo delicioso que fue ensanchar ese coñito tan dulce por primera vez.
La sangre de su virginidad fue un lubricante maravilloso.
Sigo revolviéndome, intentando soltar las cuerdas que sujetan mis muñecas, pero no se aflojan ni un solo centímetro. El tipo que está vigilándome me agarra por el pelo y golpea mi rostro contra el suelo de granito. Me quedo aturdido unos segundos, pero enseguida continúo intentando liberarme.
—Te voy a matar, Rossetti. Te arrancaré la puta tráquea y te la meteré por el culo —siseo entre dientes.
Vuelve a agacharse frente a mí y sonríe de oreja a oreja.
—¿Por qué estás enfadado? Yo no tengo la culpa de que Bianca saliera tan zorra como su madre. Deberías darme las gracias. Yo la instruí. ¿Sabes ese movimiento que hace con la lengua cuando te la está chupando? Yo se lo enseñé. Le llevó semanas aprenderlo, pero acabó siendo una profesional.
Sin poder contenerme, le escupo en la cara. El muy hijo de puta se pone en pie y, tras limpiarse, le hace un gesto al tipo que está a mi lado para que vuelva a golpearme. Aguanto como puedo sus patadas. No grito, no me quejo, solo soporto el dolor lo mejor que soy capaz.
Mi único consuelo es que tal vez ella haya ignorado la llamada de su padre, o quizá tenga un plan para sacarme de aquí.
No, Bianca no vendría a buscarme, no poniendo su propia vida en peligro.
Tal vez la muerte no sea tan mala. Prefiero eso que tener que ver cómo Rossetti pone sus asquerosas manos sobre mi mujer.
Casi me he convencido de que ella está a salvo, lejos de aquí, es posible que de camino a otro país, cuando escucho un fuerte estruendo.
Rossetti ordena a sus hombres que vayan a comprobar qué es lo que sucede justo cuando alguien irrumpe en la sala.
Alzo la cabeza y la veo. Bianca ha venido y está apuntando a su padre con…
¿la lupara de mi abuelo? Esto no puede ser real.
Me he muerto y estoy en el puto infierno.