Capítulo 81
Luca
Escuchar la voz del puto irlandés a través del altavoz del teléfono es una puta tortura, aunque es aún peor notar la complicidad entre él y mi mujer.
Hemos pasado toda la tarde encerrados en el despacho, planeando paso a paso todo lo que va a ocurrir durante el encuentro en el puerto.
Ya casi ha llegado el momento y Bianca no quiere dejar ningún cabo suelto.
—Está bien. Esperaré a que me des la orden para que entren los federales —dice Kincaid.
—Que no se adelanten. Necesitamos que Valente, Santoro, Colombo y Luca tengan tiempo para huir antes de que comiencen los disparos —recalca Bianca.
—Descuida, así será. Te llamaré cuando todos estén en posición.
—No, llama al teléfono de Romeo. Estaré con él.
—¿Qué le ha pasado al tuyo? —inquiere el irlandés.
Bianca me mira a mí y frunce el ceño.
—Ha tenido un pequeño accidente. Está inservible.
—Si esto sale bien, te regalaré uno nuevo.
Gruño por su tono jocoso, pero no me entrometo en la conversación. Si he podido contenerme durante todo este tiempo, no la cagaré ahora.
—Si no sale bien, lleva un ramo de flores a mi tumba, si es que tengo una —comenta ella, haciendo una mueca.
—Prometido. Llevaré el mayor ramo de lirios que nunca nadie haya visto, tus favoritos.
—Si ya hemos terminado… —interrumpo tras carraspear—. Debería ponerme en marcha y necesito el teléfono.
—Te deseo buena suerte, De Santis.
Me acerco a la mesa y desconecto la llamada sin ni siquiera responder. No necesito su falsa simpatía mientras intenta robarme a mi mujer. Bianca pone los ojos en blanco por mi actitud, que admito que es más propia de un niño malcriado que de un adulto, pero no dice nada al respecto.
—¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe? —pregunta mi hermano.
Me giro hacia él mientras guardo el teléfono en el bolsillo.
—No, si todo sale como está planeado, no correré ningún peligro.
Me llevaré a un buen puñado de hombres armados, y, si sale mal, necesito que vosotros dos os hagáis cargo de proteger a la familia.
Subíos al jet y despareced. —Echo un vistazo en dirección a Romeo—.
Quiero que protejas a mi esposa con tu propia vida, Serra.
Se endereza y estrecha la mirada sobre mí.
—Eso no necesitas ordenarlo. Antes de llegar a ella, tendrán que pasar por encima de mí.
—La esposa en cuestión os está escuchando y es de muy mal gusto que habléis sin ni siquiera contar con su opinión —intercede Bianca.
Espero a que se una a nosotros cerca de la puerta para girarme en su dirección—.
Sé defenderme yo sola y esperemos que todo vaya según lo acordado, pero, de todas formas, no te confíes y, por favor, intenta no hacer ninguna locura.
—Míralo por el lado bueno: si muero hoy, ya no tendrás que divorciarte de mí. Serás la nueva viuda De Santis.
—Voy a tener una conversación muy seria con quien sea que te haya dicho que eres gracioso —replica, poniendo los ojos en blanco.
Rodeo su cintura con el brazo y tiro de ella hacia mí. Me importa una mierda que no estemos solos. No pienso irme sin besarla antes, porque tal vez sea la última vez que pueda hacerlo.
—Hablaremos cuando vuelva —susurro contra sus labios.
—Intenta hacerlo de una pieza, y ten cuidado con la herida del abdomen, los puntos… —Antes de que pueda terminar la frase, pego mi boca a la suya.
La beso profundamente, hundiendo la lengua entre sus labios, saboreándola, inundando mis pulmones de su perfume floral.
—Alguien debería buscarse una habitación —escucho que dice Serra.
Bianca me aparta, empujándome por los hombros, y aprovecho para lanzarle una mirada de advertencia a su amigo.
—¿Vosotros dos no tenéis nada mejor que hacer? —gruño.
Vincenzo se encoge de hombros, pero Serra no pierde la oportunidad de soltar uno de sus comentarios inapropiados.
—Yo estaría en esa habitación que vosotros no queréis utilizar, pero tu hermano sigue cabreado conmigo. —Rodea sus hombros con el brazo sin dejar de sonreír.
Vincenzo lo empuja para quitárselo de encima y le lanza una mirada de advertencia. Lo ignoro. Prefiero no tener conocimiento de lo que sea que Serra quiera hacerle en esa habitación.
—Vete ya o llegarás tarde —dice Bianca, llamando mi atención.
Asiento y le doy un último beso fugaz antes de alejarme. Quiero terminar con esto cuanto antes y volver a casa con mi mujer. No voy a permitir que se aparte de mí. Haré cualquier cosa por mantenerla a mi lado.
Bianca
Sentada en la silla de Luca, jugueteo con mis pulseras de manera nerviosa.
Se supone que ya debería haber contactado con Romeo, pero hasta ahora no lo ha hecho.
Vincenzo hace un buen rato que se fue. Se está encargando de organizarlo todo por si las cosas no acaban bien y tenemos que salir huyendo del país.
—¿Por qué demonios no dice nada? —murmuro para mí, perdiendo la paciencia.
Romeo abre la boca para contestar justo cuando su teléfono emite el sonido de un mensaje entrante. Mi corazón se acelera. Esa es la señal de Luca para que los federales entren al lugar donde están reunidos. Mi amigo echa un vistazo a la pantalla y frunce el ceño.
—No es él —afirma.
—¿Qué? ¿Cómo que no es él?
—No, es un mensaje de tu tía. —Trastea en el aparato unos segundos antes de leerlo en voz alta—. «Dile a Bianca que le he enviado el vídeo a su correo electrónico». ¿De qué vídeo habla?
Cierro los ojos y exhalo con fuerza. Con todo lo que ha pasado, ni siquiera me había acordado de la conversación que tuve con mi tía hace apenas unas horas.
—No lo sé —respondo mientras abro el ordenador portátil de Luca y empiezo a acceder a mi correo—. Hablé con ella antes y me dijo que tiene un vídeo de mi madre. Ella cree que su muerte no fue accidental.
—¿Cómo dices?
Me encojo de hombros y abro el correo entrante de mi tía. Hay adjunto un vídeo y varios archivos de texto, aunque antes de abrirlos dedico unos segundos a leer el par de frases que ha escrito.
«Espero que puedas perdonarme por no haberte enseñado esto antes. Solo intentaba protegeros, cariño».
Inspiro hondo y clico sobre el icono del vídeo, este se abre de inmediato a pantalla completa y la imagen nítida de mi madre me deja sin aliento. Ahora, al verla en la pantalla, soy capaz de recordar rasgos suyos que creí haber olvidado.
—Mierda, es ella —susurro con un hilo de voz.
Activo la reproducción y su imagen comienza a moverse.
«Si alguien está viendo este vídeo es porque ya he muerto».
—Mierda, ¿es tu madre? —inquiere Romeo.
Asiento con un nudo en la garganta.
«He decidido grabar esto para que quede constancia de que, con casi toda probabilidad, mi muerte no ha sido un accidente».
—La tía Sarah tenía razón —digo, deteniendo la reproducción.
Romeo me mira con sorpresa.
—Eh… ¿Prefieres verlo sola? Esto es algo muy personal.
—No. Quédate conmigo. —Extiendo el brazo y cojo su mano.
Tras girar el ordenador para que él también pueda ver la pantalla, hago una respiración profunda y retomo la reproducción del vídeo.
—Dios santo, no recordaba lo mucho que te pareces a ella —murmura mi amigo.
«Muchos conocen a Luciano Rossetti. Es mi marido y el padre de mi hija.
—Respira hondo por la nariz y aparta un mechón rubio de su frente—.
Bianca, cariño, si estás viendo esto, lo siento mucho.
Nunca fue mi intención destruir nuestra familia, pero no decidimos de quién nos enamoramos —Vuelve a respirar profundo—.
Hace poco más de un año empecé a relacionarme con otro hombre, pero ahora Luciano lo sabe, y también que el bebé que espero no es suyo».
Romeo y yo nos miramos con incredulidad. ¿Acaba de decir que Caterina no es hija de mi padre?