Capítulo 78
Luca
Bianca exhala con fuerza y luego se pinza el puente de la nariz. Me importa una mierda lo que piense o crea. Ya estoy cansado de sus jodidos juegos mentales. Va a hacer lo que yo le diga, le guste o no.
—¡¿Cómo puedes ser tan imbécil, joder?! ¿No entiendes que…?
—Bianca, retírate —ordeno cortante.
—¿Y si no obedezco? ¿Qué vas a hacer si decido actuar por mi cuenta? Puedo realizar esa llamada por mí misma.
—Ponme a prueba y acabarás encerrada y aislada.
—No puedes hacer eso —susurra.
Coloco las manos sobre la mesa y me inclino hacia delante.
—Eres mi esposa. Cada jodida parte de ti me pertenece. Tengo el poder para decidir cuándo comes, bebes o duermes. Si lo deseo, haré que pases el resto de tu vida sin volver a ver la luz del sol, así que deja de provocarme y lárgate de una maldita vez.
Recorre los pocos pasos que la separan del escritorio y adopta la misma postura que yo, con las manos sobre la mesa y el cuerpo inclinado hacia delante.
—Ahora vuelve a decir que no eres como mi padre —escupe con rabia.
—Fuera.
Se endereza y niega con la cabeza.
—De todos los hombres que hay en el mundo, justo tenía que enamorarme del más tarado.
Sí, es culpa mía. Las señales estaban ahí y decidí ignorarlas, pero no volverá a ocurrir.
¿Quieres encerrarme? Adelante. —Esboza una sonrisa peligrosa—.
Vas a hacer que nos maten de todos modos.
Aunque te advierto que, antes de morir a manos de alguno de tus amiguitos, me largaré de aquí.
—Como des un paso fuera de esta casa…
Arquea una ceja con arrogancia y alza la barbilla.
—¡¿Qué?! ¿Vas a pegarme? Vamos, te reto a intentarlo. Pasé dieciocho años conviviendo con un monstruo. Un imbécil, patético e inmaduro como tú no es rival para mí.
—Lárgate de aquí antes de que pierda lo poco que me queda de paciencia —gruño, golpeando la mesa con el puño.
Bianca retrocede, aunque no parece asustada por mi arrebato. Solo cabreada, o tal vez herida. Bueno, yo también lo estoy. Al fin y al cabo, ha incumplido su promesa. Dijo que no volvería a traicionarme ni a mentirme y acaba de confesar que lo ha hecho.
—Descuida, el último lugar donde me apetece estar ahora mismo es cerca de ti. —Da media vuelta y empieza a caminar en dirección a la salida con los puños apretados y la cabeza alta.
—Antes de irte, dame tu teléfono —ordeno.
Se detiene frente a la puerta, se gira a medias y me lanza una mirada desafiante.
—Si lo quieres, puedes venir a quitármelo tú mismo —escupe las palabras por encima del hombro y, tras abrir la puerta de un tirón, abandona el despacho a toda prisa.
En cuanto la puerta se cierra con un estruendo, me dejo caer de nuevo en mi asiento y resoplo con fuerza. El silencio se instala sobre nosotros. Al alzar la vista, compruebo que mi hermano y Serra me observan inmóviles.
—¿Algo que añadir? —inquiero.
Se miran entre ellos y Serra da un paso al frente.
—Eres un jodido imbécil, De Santis —suelta, sorprendiéndome.
—Cuidado con tus palabras —le advierto.
—¿Crees que con lo que acabas de hacer has ganado algo? ¡No tienes ni idea, joder!
—Serra, no recuerdo haber pedido tu consejo. Los problemas con mi mujer…
—¡¿Tu mujer?! —Suelta una falsa carcajada y niega con la cabeza—.
Adelante, sigue comportándote como un macho posesivo e intransigente.
Enciérrala, aíslala, anúlala como persona.
Apuesto a que el resto de los cabezas de familia de la organización estarán muy orgullosos de ti.
¿Qué será lo siguiente? ¿Vas a obligarla a follar contigo si se niega?
—Me levanto de un salto y lo encaro—. ¡Eso es exactamente lo que hacía su padre, maldito tarado!
—¿Cómo te atreves…?
—¡Alguien tiene que decírtelo, joder! —vocifera—.
He sido testigo de cómo esa mujer a la que acabas de humillar y maltratar tardó años en recuperar pizca a pizca la seguridad en sí misma.
Pasó de estar destruida, de querer morir para no seguir soportando tanto sufrimiento, a luchar con uñas y dientes por su supervivencia y la de las personas a las que ama, ¿y sabes lo más curioso?
Que tú eres una de esas personas. Si no fuese así, ya estarías muerto.
—¿De qué demonios hablas?
—El balazo… —Señala mi costado con el dorso de la mano—.
Podría haberte matado, pero no lo hizo. Y me consta que Kincaid le ofreció la posibilidad de echaros encima a los federales.
Bianca tuvo en sus manos la oportunidad de terminar con toda la organización de un solo golpe, pero se negó para salvarte a ti.
¿Cómo te atreves tú a tratarla de esta manera?
Sabes que tiene razón. Su plan es mucho mejor que el tuyo, pero eres tan arrogante, machista y egocéntrico que prefieres matarnos a todos antes de admitirlo.
—Voy a meterte una arrogante y egocéntrica bala en la puta cabeza —siseo contra su rostro.
—¿Vas a matarlo por decir la verdad?
Parpadeo y me aparto de Romeo al escuchar la pregunta de mi hermano. Le lanzo una mirada de advertencia, pero eso no lo detiene. Camina hacia nosotros con decisión y exhala con fuerza.
—No me digas que tu amorcito no se sabe defender solo —me burlo.
—Luca, esto no tiene nada que ver con Romeo.
Sabes que tu esposa no es santa de mi devoción, pero lo que dice tiene sentido.
No puedes arriesgar nuestras vidas por un jodido ataque de celos.
Kincaid es nuestra mejor opción para acabar con Rossetti y salir ilesos.
Haz esa maldita llamada y acabemos con esto.
—No le pediré ayuda al hijo de puta que se ha estado follando a mi mujer.
—¿Tu mujer? —Serra vuelve a carcajearse—. ¿Tienes idea de lo mucho que le cuesta a Bianca confiar en los demás? Ella no se fía de nadie, no se abre a nadie. Se marchó de la seguridad de la casa de Kincaid para estar contigo.
—No, vino a esta casa para seguir manipulándome a su antojo. Ella misma lo ha confesado.
—¡¿Y qué? ¡Maldita sea! ¿En serio estás dispuesto a perderla por eso?
No sé si te has dado cuenta, pero con tu actitud de mierda lo único que estás consiguiendo es darle la razón al adonis rubio.
—Frunzo el ceño confuso y él chasquea la lengua—.
¡Me refiero a Ryan Kincaid, joder! —aclara—.
Cuando Bianca huya de esta casa…, que te aseguro que lo hará por mucho que intentes impedírselo, lo buscará, porque, a diferencia de ti, él nunca la ha hecho sentir que no tiene voz ni voto.
La respeta por su inteligencia y valentía.
Sabe que no hay otra mujer como ella. Es un jodido unicornio, única e inalcanzable, y tú, maldito imbécil, la estás empujando de cabeza a sus brazos.
—Fuera de aquí, los dos —ordeno.
Romeo parece querer seguir discutiendo, pero mi hermano lo sujeta por el hombro y tira de él hacia la salida.
Cuando al fin me quedo solo en el despacho, suelto una recua de maldiciones y me dejo caer de nuevo en mi asiento.
Durante un buen rato oculto mi rostro tras los antebrazos y trato de tranquilizarme.
Sigo furioso con Bianca, y ahora también con Vincenzo y el hijo de perra de Serra, pero lo que ha dicho antes de irse…
«Es un jodido unicornio, única e inalcanzable, y tú, maldito imbécil, la estás empujando de cabeza a sus brazos».
Chasqueo la lengua y alcanzo mi teléfono, que está sobre la mesa. Me lleva varios intentos buscar el número de Kincaid en los contactos, y más aún decidirme a apretar el maldito botón de llamada. Inspiro hondo y me llevo el aparato a la oreja. Responde al segundo tono.
—De Santis, qué agradable sorpresa —oigo que dice a modo de saludo.
Tenso la mandíbula y cierro los ojos con fuerza. Solo su voz ya me saca de quicio. Intento evitar pensar que el hijo de puta que está al otro lado de la línea ha tenido sus manos sobre mi mujer, pero no me resulta sencillo.
—Necesito tu ayuda —suelto a regañadientes.
—Ya, eso supuse cuando vi tu nombre en la pantalla. ¿Dónde está Bianca? ¿Por qué no me ha llamado ella?
Aprieto el teléfono con tanta fuerza que estoy seguro de que acabaré haciéndolo pedazos. Vuelvo a respirar hondo. No quiero perder el control ahora.
—Lo que ocurra con mi mujer no es asunto tuyo. Negociemos. Podemos llegar a un acuerdo que nos beneficie a ambos.
El muy hijo de puta se queda callado unos segundos antes de contestar.
—No —dice, sorprendiéndome.
—¿No? ¿Qué mierda significa eso?
—No tengo nada que negociar, De Santis. Si quieres mi ayuda, dile a Bianca que me llame. Solo hablaré con ella.
—Hijo de… —Antes de que pueda terminar la frase, la llamada se corta.
Lanzo el teléfono sobre la mesa y grito de pura frustración. ¡¿Cómo demonios he llegado a esto?! Hace solo unos días creí que tenía controlado todo lo que estaba a mi alrededor, y ahora… Ahora soy un maldito títere en las manos de mi esposa y su examante. ¿Se puede ser más patético?