Lupara Bianca Capítulo 76
89%

Capítulo 76

Vincenzo

Lo miro fijamente. Todo lo que acaba de decir… Si es cierto, puedo entender que se sienta responsable de Bianca, pero eso no lo excusa y tampoco lo convierte en alguien en quien se pueda confiar. Cuando va a inclinarse hacia delante, me pego al respaldo de la silla y lo empujo con fuerza.

—Atrás. Eres un puto traidor —siseo con rabia.

Se endereza y arquea una ceja con diversión. En solo un instante, toda esa rabia y tristeza que aparentaba sentir se han esfumado. Chasquea la lengua y busca mi mirada.

—Vin, podemos pasar el rato hablando de todo lo que he hecho mal, tal vez llegue hasta a disculparme por haberte mentido y golpeado en la nariz, tú te cabrearás y después acabaremos follando como siempre. ¿Por qué no nos saltamos todo eso y pasamos directos a la mejor parte?

—Estás loco si crees que voy a ponerte un dedo encima.

—Vale, no quieres follar. Entonces, hablemos. —Se apoya en el borde de la mesa y le da un nuevo sorbo a su bebida—. Acabo de ver a tu mujer en el gimnasio. No me había fijado nunca en las tetas tan apetecibles que tiene.

Pestañeo rápido, intentando asimilar lo que acaba de decir. ¿En serio está hablando de Ilenia?

—No te acerques a ella —siseo, poniéndome en pie de un salto.

El muy cabrón vuelve a sonreír y da un paso hacia mí. Retrocedo y él aprovecha para sentarse en mi silla. Deja el vaso sobre la mesa y entreabre las piernas. Como el jodido imbécil que soy, no puedo evitar echar un vistazo a su entrepierna. ¿Está empalmado?

—Lo has notado, ¿verdad? —Desliza la palma de la mano por encima de su erección—. Ha sido verle las tetas y ese culo tan prieto y ponerme cachondo.

Inspiro hondo por la nariz. Me niego a admitir que con su jueguito de seducción está logrando justo lo que pretende, cabrearme y excitarme. ¿Ilenia? ¿En serio?

—Romeo, márchate —pido en un tono más calmado.

—Y si no, ¿qué?

Sin dejar de mirarme, introduce la mano en el interior de la ropa y se saca la polla. Empieza a masturbarse despacio y yo… Joder, a mí se me hace la boca agua. Quiero arrodillarme frente a él y meterme ese enorme pedazo de carne en la boca.

—Ven aquí —ordena con ese tono de voz que me doblega por completo. Niego con la cabeza y él frunce el ceño—. No te estaba preguntando. Ven aquí.

Inspiro hondo y doy un paso hacia él. Siempre pasa lo mismo. Cuando se trata de Romeo, no tengo ni una pizca de orgullo ni dignidad. Me detengo justo delante de la silla que está ocupando. Romeo acelera la velocidad de su puño y suelta un pequeño gemido.

—¿Por qué no puedes dejarme en paz? —susurro sin poder apartar la mirada de su polla cada vez más dura.

—Amor, conmigo siempre estás en paz —responde, esbozando media sonrisa. Estira la otra mano y la desliza por mi abdomen—. ¿Sabes qué pensé cuando le vi el culo a tu mujer?

—Romeo… —digo a modo de advertencia, pero el muy hijo de puta no se detiene.

—Me imaginé follándolo, ensanchándolo con mi polla. ¿Cómo se siente eso, Vin? —Aparto la mirada y exhalo con fuerza. La mano de Romeo se detiene a la altura de mi cadera—. Oh… No lo sabes, ¿verdad? Nunca le has follado el culo a tu mujer.

—No —mascullo entre dientes.

Su mano desciende más hasta que llega a mi ya endurecida entrepierna.

—Pero quieres hacerlo. Claro que sí.

Deja de masturbarse, se inclina hacia delante y, con un movimiento rápido y preciso, desabrocha mi cinturón y el pantalón de traje que llevo puesto. Después saca mi polla y la menea un par de veces antes de metérsela en la boca.

—¡Oh, santa mierda! —exclamo cuando me engulle por completo.

Durante un buen rato dejo que sea él quien me chupe, lama y succione a su antojo. Cuando lo sujeto por la nuca y empiezo a mover las caderas con fuerza, Romeo no me detiene. Le follo la boca como un jodido animal. Estoy a punto de correrme cuando él se aparta, se pone de pie y me besa.

Su sabor invade mi boca y un gemido ronco rasga mi garganta.

Enseguida se aparta, me empuja hacia la mesa y se coloca detrás de mí.

Cierro los ojos cuando me baja más los pantalones, y, al sentir cómo su lengua se desliza por mi ano, vuelvo a gemir.

Entonces, presiona con un dedo mi entrada.

Me relajo y dejo que lo introduzca centímetro a centímetro.

En cuanto está completamente alojado en mi interior, lo saca y una nueva presión empieza a dilatarme poco a poco.

A continuación, un segundo dedo se cuela en mí.

Romeo se pone de pie, noto su lengua recorriendo mi espalda, y enseguida la punta de su polla empieza a abrirse paso entre mis nalgas.

Le lleva varios intentos meterse, pero, cuando lo consigue, echo la cabeza hacia atrás y disfruto del placer que se concentra en mis pelotas.

Unos segundos después, empieza a moverse al mismo tiempo que cuela su mano entre mi cuerpo y la mesa y me agarra la polla con fuerza.

—Dime, Vin —resuella contra mi nuca—. ¿Te imaginas a tu querida y remilgada esposa viendo cómo te rompo el culo?

—Cállate —siseo, pero mi polla se pone aún más dura si es posible cuando esa imagen cruza mi mente.

—Por supuesto que lo estás imaginando. Ahora quiero que la visualices de rodillas, justo delante de ti, con su pelo castaño alborotado mientras le follas la boca.

—Sigue arremetiendo en mi interior mientras yo gruño de puro placer—.

Eso es, amor. Piensa que mi mano es su boca, te aprieta, te succiona hasta que no queda ni una sola gota de semen en tus pelotas.

—¡Joder! —exclamo, echando la cabeza hacia atrás cuando el orgasmo me alcanza como un puto rayo.

Romeo sigue masturbándome mientras me embiste con fuerza por detrás. Sé que él también está a punto de correrse. Conozco su respiración, cómo jadea cuando ha llegado al límite. No tarda ni cinco segundos en retirarse, tira de mi hombro para girarme y con un gesto brusco me empuja hacia abajo.

—De rodillas —gruñe, apretándose la polla. Me dejo caer junto a sus pies y abro la boca—. ¡Sí, joder! Que no se escape nada.

Chorros espesos y calientes invaden mi lengua mientras Romeo sigue sacudiéndosela con violencia. Cuando termina, me cierra la boca con una mano y espera a que yo termine de tragarlo todo. Solo entonces retrocede un paso, se sube el pantalón y toma asiento en mi silla otra vez.

Me pongo de pie sin saber muy bien qué hacer a continuación. Echo un vistazo a la alfombra y hago una mueca al ver mi propio semen esparcido por la superficie. Me acomodo la ropa y, cuando vuelvo a girarme, encuentro a Romeo bebiendo de su vaso, aún con la respiración acelerada.

—Ya tienes lo que has venido a buscar, ahora lárgate —mascullo, apartando la mirada.

—De eso nada. Quiero algo más de ti, Vincenzo.

Exhalo con fuerza y lo miro frunciendo el ceño.

—¿El qué? ¿Qué mierda quieres ahora?

Esboza esa sonrisa traviesa que deja sus hoyuelos al descubierto. Esa expresión nunca augura nada bueno.

—A tu mujer. Voy a follármela y tú estarás ahí para verlo. Es más, si eres un buen chico, te dejaré participar.