Lupara Bianca Capítulo 75
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Capítulo 75

Romeo

Acompaso mi respiración con cada uno de los golpes que lanzo al saco de boxeo.

Intento concentrarme en mi propio entrenamiento, pero las constantes risas que provienen del lado opuesto del gimnasio me distraen.

Me detengo para tomar aire y observo a Elmo intentando enseñar a su madre a hacer flexiones.

Ella pone todo de su parte, pero sus brazos no aguantan el peso de su cuerpo y termina cayendo de cara en varias ocasiones.

Es extraño ver a Ilenia De Santis aquí. Ella y Elmo llegaron cuando yo ya estaba ejercitándome.

No me saludaron, ni siquiera miraron en mi dirección.

Tampoco es que esperara que lo hicieran.

Para el pequeño demonio yo no soy más que un empleado al que mangonear a su antojo, y su madre…

Bueno, no creo haber cruzado más de dos palabras con ella desde que la conozco, y, ahora que sabe que me he follado a su marido, forzar una conversación sería, como poco, muy incómodo.

Tras un buen rato, en el que sigo sin lograr concentrarme, me doy por vencido. Camino hacia el lugar donde he dejado mi toalla y una botella de agua. Me seco el sudor y estoy bebiendo cuando escucho que alguien se me acerca por detrás.

—¿Te sobra un poco de agua? —escucho la voz de Ilenia a mi espalda y me giro deprisa.

Es extraño verla vestida con ropa deportiva.

Siempre va tan arreglada y elegante… Aunque llamar «ropa deportiva» al pantalón de licra rosa y la camiseta con volantes en los hombros que lleva puesta es un sacrilegio para cualquier deportista.

No obstante, es muy fiel a su estilo. Ilenia jamás pierde su glamour , ni siquiera haciendo ejercicio.

Es más, su pelo castaño sigue perfectamente peinado, como si acabara de salir de la peluquería.

Estira el brazo en mi dirección y solo entonces soy consciente de que no he respondido a su pregunta; en vez de eso, me he quedado mirándola como un idiota.

—Solo tengo esta —digo antes de darle un nuevo trago.

—Bueno, si yo comparto a mi marido contigo, lo mínimo que puedes hacer es compartir tu botella de agua conmigo, ¿no crees?

Me atraganto y escupo el agua en su dirección. Empiezo a toser mientras intento hablar para disculparme. Ilenia se queda quieta unos segundos, después se acerca más y da varias palmadas en mi espalda para ayudarme.

—¡Dios! —Tomo una bocanada profunda y la miro—. Lo siento.

—¿Qué es lo que sientes exactamente, ducharme con tus babas o tirarte a mi marido? —comenta, cogiendo mi toalla para secarse.

Me quedo mirándola de nuevo. Una gota baja por su cuello y se pierde entre sus pechos.

Pestañeo y aparto la vista de inmediato.

No debería estar fijándome en las tetas de la mujer de mi amante, examante, enemigo o lo que seamos Vincenzo y yo ahora mismo.

Por muy bonitas que sean, no deja de ser algo inapropiado.

—Eh…, toma. —Le tiendo la botella y espero a que me la devuelva antes de recuperar mi toalla.

—Gracias, Romeo —dice, dando media vuelta para dirigirse al lugar donde su hijo sigue haciendo flexiones.

Lo intento, de verdad que sí, pero no soy capaz de refrenar el impulso de echar un vistazo a su trasero.

Enfundado en esas mallas de licra, es una imagen digna de recordar.

Me imagino lo que se sentirá estrujándolo con las manos mientras…

Corto de golpe el rumbo de mis pensamientos al notar que mi polla se endurece. ¡Mierda!

Antes de que pueda hacer alguna estupidez, como convencerme a mí mismo de que es una buena idea intentar follarme a la mujer de mi amante, salgo del gimnasio a toda prisa.

Necesito hacer algo para sacarme estas ideas de la cabeza y, de paso, bajarme el calentón.

Sé exactamente a quién acudir para esa tarea.

Vincenzo

La puerta del despacho se abre sin previo aviso.

Al levantar la mirada, veo a Romeo entrar en la habitación.

Lleva puesta ropa de deporte. Seguro que viene del gimnasio.

No me permito seguir mirándolo. Ya sé lo bien que le queda esa camiseta ajustada o cómo se le marca el paquete con esos pantalones de algodón.

—No sé qué mierda quieres, pero puedes largarte —farfullo sin moverme de mi silla.

Lo escucho acercarse. Se detiene al otro lado de la mesa y repiquetea con los dedos sobre la superficie de madera.

—Ya veo que sigues enfurruñado. ¿Hay algo que pueda hacer para cambiarte el humor?

Reconozco ese tono provocativo de inmediato. Alzo la cabeza y le lanzo una mirada dura.

—Fuera de aquí, Romeo. Si tengo que volver a repetirlo, será con un plomazo.

Exhala con fuerza. Su aroma a sudor mezclado con su loción de afeitar inunda mi nariz.

Aprieto los puños y me obligo a mí mismo a no moverme ni un centímetro.

Ese olor tan familiar me trae demasiados recuerdos.

Teníamos por costumbre encontrarnos aquí mismo, todos los días, justo después de su entrenamiento matutino.

Por supuesto, eso era antes, cuando yo aún no sabía que me estaba tirando a un puto traidor.

—Me pregunto cuándo he dejado de ser bienvenido en este despacho.

Lo observo mientras se desplaza hasta el mueble bar, sirve una copa de licor y le da un trago antes de rodear la mesa para acercarse más a mí.

—En el mismo instante en el que descubrí que me has estado utilizando para ayudar a la zorra de tu amiguita —escupo entre dientes.

Romeo se detiene con el vaso a medio camino de la boca y me taladra con la mirada.

—Cuidado con cómo hablas de Bianca. —Su tono es cortante y duro.

Inevitablemente, mi polla da una sacudida. Hasta que conocí a Romeo, creí que yo era un hombre dominante. En realidad, lo soy en casi todos los ámbitos de mi vida, a excepción de cuando estoy con él. Romeo sabe con exactitud qué decir y hacer para tenerme de rodillas a sus pies.

—Si has venido a defenderla, estás perdiendo el tiempo. Por mí podéis pudriros ambos en el jodido infierno —digo, apartando la mirada.

—Esa arrogancia… —Chasquea la lengua y da un nuevo paso hacia mí—.

No somos tan distintos, ¿sabes? Los dos somos hijos de unos traidores.

A nuestros padres los mataron solo por querer ganar dinero de la misma manera que sus supuestos compañeros y amigos lo hacían.

La diferencia es que yo no sigo pensando que ser leal a la Cosa Nostra es algo honorable.

Son asesinos. No les importa arrebatar las vidas de mujeres y niños si con ello pueden sacar beneficio.

—¿Y tú eres mejor? —inquiero, esbozando una falsa sonrisa.

Se encoge de hombros y, tras beber un nuevo trago de su vaso, da otro paso más en mi dirección.

—No soy mejor, solo más listo —susurra, ya demasiado cerca de mí.

—Luciano Rossetti dio la cara por ti cuando eras un niño. Te ofreció un lugar en su casa para librarte de la muerte. Ese es el mismo hombre al que quieres destruir, Romeo. No disfraces tu cobardía de inteligencia.

—Luciano Rossetti —susurra, y toma una respiración profunda—.

¿Sabes? Durante mucho tiempo yo también creí que ese hombre era mi ángel de la guarda, pero entonces una mañana encontré a Bianca medio muerta después de haberse cortado las venas.

¿Sabes qué fue lo que más me afectó al verla así?

No fue la sangre ni la palidez de su piel.

Lo que de verdad me hizo hervir la sangre de rabia fue ver las marcas de mordiscos en sus muslos, los arañazos en la cintura, su trasero amoratado…

—¿De qué hablas? —pregunto confuso.

—El hijo de puta de Rossetti no solo violaba a su propia hija, también la torturaba.

—Se queda callado unos segundos. Su garganta se mueve con violencia al tragar saliva—.

La noche anterior escuché unos gritos, pero no le di importancia.

Creí que era alguna de las chicas del servicio haciendo el tonto, pero no, era Bianca.

Ese desgraciado estuvo toda la noche en su habitación, abusando de ella como un animal.

—Entonces, es verdad —susurro.

—Por supuesto que lo es. —Se acerca aún más, hasta que sus piernas tocan las mías—. Mi lealtad está con Bianca ahora y lo estará siempre. No pude salvarla esa noche ni ninguna de las anteriores. Se lo debo.