Capítulo 74
Luca
Tumbado en la cama con Bianca encima de mí, no puedo dejar de pensar que, a pesar de todo lo que ha pasado, no cambiaría esto por nada del mundo. Deslizo los dedos por su espalda e inspiro profundamente. ¿Por qué tiene que oler tan bien? Es embriagador.
—¿He vuelto a dejarte inconsciente? —pregunto en un susurro. Bianca suelta un sonido ahogado muy bajo que me hace sonreír—. Me tomaré eso como un no.
De pronto, alza la cabeza como un jodido resorte y me mira con los ojos muy abiertos.
—¡Luca, tu herida! —exclama.
Se hace a un lado y empieza a toquetear la venda. Está manchada de sangre, aunque es solo un pequeño círculo irregular de apenas un par de centímetros.
—Estoy bien. No se ha saltado ningún punto —digo para tranquilizarla.
—Eso no lo sabes. —Sopla un mechón de pelo rubio que le tapa los ojos y frunce el ceño—. ¿Por una vez no podías estarte quieto?
Abarco su mejilla con la mano y busco su mirada.
—Ha valido la pena —susurro, esbozando media sonrisa.
Pone los ojos en blanco y niega con la cabeza. Ese gesto, que antes tanto me molestaba, ahora es tan familiar para mí que no podría vivir sin verlo.
—Está claro que a imprudente no te gana nadie, pero has superado los treinta segundos. Bien por ti.
Sonrío por su humor ácido, negando con la cabeza. Intenta levantarse de la cama, pero la sujeto por el brazo antes de que pueda irse.
—¿Dónde crees que vas? —Me mira frunciendo el ceño—. Si vuelves a mencionar esa estupidez de dormir en la sala de estar, juro que…
—Relájate —me corta, tirando de su brazo para liberarse—. Necesito darme una ducha.
—¿Por qué? —inquiero frunciendo el ceño.
—¿Es una pregunta seria? —Asiento con un golpe de cabeza—. Luca, estoy sudada y pegajosa en sitios que prefiero no mencionar. Créeme, una ducha es lo que más necesito ahora mismo.
—Yo también, y no tengo ninguna intención de salir de la cama.
Se pone en pie y estrecha la mirada sobre mí.
—Bueno, tú eres un cerdo y yo no.
—Vuelve aquí y te demostraré cómo de cerdo puedo llegar a ser —la provoco.
Niega con la cabeza, pero se le escapa una sonrisa por la comisura.
—Ya ha sido bastante ajetreo por un día, Luca. Intenta dormir. Volveré enseguida.
Gruño cuando da media vuelta y empieza a caminar en dirección al baño.
La llamo e intento quejarme, pero solo me ignora y cierra la puerta a su espalda.
Bufo con fuerza y me cubro el rostro con el brazo.
Me duele el costado, aunque no pienso decírselo.
Si lo hago, es probable que acabe recibiendo una regañina.
Enseguida escucho el agua en la ducha e intento relajarme y no pensar en lo que va a pasar mañana. Tengo que tomar una decisión importante. En realidad, tampoco es que tenga demasiadas opciones, pero antes de pedirle ayuda al puto irlandés voy a agotarlas todas.
Con cada minuto que pasa, me siento cada vez más agotado.
Se me cierran los ojos y casi me he quedado dormido cuando escucho un estridente tono musical sonando en la habitación.
Abro los ojos de golpe y, haciendo una mueca de dolor, me incorporo.
Es el teléfono de Bianca, está sobre su mesita de noche.
Me estiro para cogerlo justo cuando la puerta del baño se abre de golpe y ella sale con solo una toalla cubriendo su cuerpo desnudo.
—Deja, ya me encargo yo —dice mi esposa, acercándose a toda prisa.
Antes de que pueda tocar el aparato, se hace con él, echa un vistazo a la pantalla y rechaza la llamada. Después vuelve a dejarlo sobre la mesita y da media vuelta para dirigirse al vestidor.
—¿Quién era? —pregunto lo bastante alto como para que pueda oírme desde donde se encuentra.
No responde de inmediato, y eso solo me hace sospechar que no quiere contarme quién la ha llamado.
Tras unos segundos, vuelve al dormitorio vestida con una de mis camisetas de algodón.
Me encanta que se ponga mi ropa, pero no dejo que la visión de la mujer más sensual que he conocido nunca me nuble la mente.
La sigo observando mientras se mueve por la habitación. Cuando se gira hacia mí y se da cuenta de mi escrutinio, frunce el ceño.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así? —pregunta.
—No me has contestado. ¿Quién te ha llamado, Bianca?
—Oh, eso. —Hace un gesto con la mano para restarle importancia—. Era mi tía Sarah. La llamaré por la mañana.
Inspiro hondo por la nariz.
—¿La tía Sarah de verdad o el puto Kincaid?
Bianca se me queda mirando fijamente y suspira.
—Era mi tía Sarah. —Mi expresión debe de ser un fiel reflejo de mis pensamientos porque enseguida resopla y se cruza de brazos—. No me crees, ¿verdad?
—No sería la primera vez que me mientes —escupo las palabras con crudeza.
Se acerca de nuevo a la mesita de noche, coge el teléfono y me lo lanza al regazo
—Adelante, compruébalo por ti mismo. Solo tienes que devolver la llamada. —Bufo, apartando la mirada—. No, Luca. Hazlo, por favor. Si eso te deja más tranquilo, yo no tengo problema.
Cierro los ojos con fuerza y la culpa me invade. Me gustaría creer ciegamente en ella, pero no puedo. Eso es lo que ocurre cuando alguien te traiciona, que la confianza se esfuma y es muy difícil recuperarla. Dejo el teléfono sobre el colchón y niego con la cabeza.
—Ven aquí —susurro, estirando el brazo en su dirección.
Bianca tarda unos segundos en obedecer y, cuando llega a mi lado, la hago tumbarse en la cama antes de abrazarla.
—Desde ya te digo que más temprano que tarde acabaré hablando con Ryan.
—Gruño al escuchar su nombre y ella alza la cabeza para mirarme—.
Cabréate si quieres, pero lo haré de todas formas.
Sin embargo, cuando eso pase, no me inventaré ninguna excusa.
Sé que mi palabra no es muy válida para ti, pero, si sirve de algo, prometo que nunca más volveré a mentirte.
Exhalo con fuerza y vuelvo a empujar su cabeza contra mi pecho.
—Me sirve —mascullo entre dientes.
—Bien, porque no tengo nada más para ti.
Nos quedamos en silencio un buen rato. Debería estar durmiendo, pero estoy disfrutando demasiado de su cercanía, de la forma en la que sus piernas y las mías se entrelazan, del cosquilleo que su pelo provoca en la base de mi cuello, y de su olor…
Señor, es tan agradable y familiar, es el aroma de la verdadera felicidad.
—¿Por qué te llamaba tu tía? —suelto la pregunta tal como me llega a la mente.
Bianca se endereza de nuevo, tensa y con el ceño fruncido.
—¡Maldita sea, Luca! Haz esa puta llamada y acabemos con esto —sisea entre dientes.
Estrecho la mirada sobre ella y niego con la cabeza.
—Vamos a tener que hacer algo con esa boca tan sucia. —La sujeto por la barbilla para obligarla a alzar la vista hacia mí—. No estoy desconfiando. Solo tengo curiosidad —aclaro.
Se me queda mirando con desconfianza unos segundos más y al fin vuelve a relajarse sobre mi pecho.
—No lo sé —responde con una exhalación—. Supongo que solo quiere saber cómo estoy, si he comido, si paso frío… O puede que hoy prefiera interrogarme para saber cómo ha ido mi día. No necesita una excusa para llamarme.
Se me escapa una sonrisa. Beso la parte alta de su cabeza y la estrecho más contra mi cuerpo.
—Suena a que te conoce bastante bien como para saber que siempre andas metida en líos —comento.
—Es de las pocas personas que me conoce de verdad —confiesa en voz baja.
—¿Sabe lo que estás haciendo para acabar con tu padre? —No responde, pero su cabeza se mueve negando—. Entiendo que no quieras preocuparla, pero ¿no has pensado en ponerla sobre aviso? Si algo se tuerce…
—Mis planes no se tuercen, Luca. Lo tengo todo muy bien pensado. Bueno… Casi todo. Lo de enamorarme de mi marido tarado era una variante que no había calculado.
Estiro el brazo hasta la altura de su trasero y lo pellizco con fuerza. Bianca da un respingo y me clava los dedos en las costillas a modo de venganza.
—¡Ey, con cuidado! No te aproveches de un hombre lisiado —me quejo en broma.
—No me pellizques. Los dedos no los tienes lisiados, ¿verdad?
—Por suerte para ti, no —respondo en tono jocoso.
Vuelvo a besar su pelo y ella se acomoda mejor sobre mi pecho—.
Dejando a un lado las bromas, hablo en serio sobre lo de contarle a tu tía lo que está pasando.
Tu padre puede usarla contra ti. En realidad…
No entiendo muy bien cómo permitió que te marcharas con ella a Europa.
—No lo sé —dice, encogiéndose de hombros.
—¿Nunca te lo has preguntado? Ese hijo de puta te tenía atrapada en su casa. Cuando tu tía se enteró de lo que estaba pasando, lo más sencillo hubiese sido eliminarla, pero no solo no lo hizo, sino que además dejó que te fueras con ella. Es raro, ¿no te parece?
Permanece pensativa unos segundos antes de responder.
—Lo es —susurra.
Volvemos a quedarnos en un cómodo silencio.
En cierto momento, escucho que la respiración de Bianca se vuelve pesada y soy consciente de que ya está dormida.
Cierro los ojos y dejo que el sueño y el cansancio me envuelvan.
Pocas veces en mi vida me he sentido así, tan agotado y satisfecho a la vez.
Sé que es por Bianca. Ella es una contradicción en sí misma.
Valiente y frágil, luchadora y sumisa, un ángel y un demonio… Mi ángel y mi demonio. Mía, solo mía.