Capítulo 73
Bianca
Con dedos temblorosos, ajusto el adhesivo sobre la venda.
El rostro de Luca está tan cerca de mi cuello que puedo sentir su aliento bañando mi piel.
Entonces, sus manos se anclan en mi cintura.
Desliza una de ellas por debajo de mi blusa y sus dedos, siempre rugosos por las cicatrices, acarician la parte baja de mi espalda.
«Necesito que esa venda esté bien sujeta para que no se abran las heridas con lo que está a punto de pasar».
Trago saliva con fuerza al imaginarme qué es eso que puede pasar.
La imagen de Luca tumbado sobre mí, arremetiendo con fuerza en mi interior, inunda mi mente y suspiro.
No hay manera de que eso pase sin que se le salte algún punto, y, por más que lo desee, no estoy dispuesta a arriesgar su vida por un revolcón.
—Detente —susurro, apartando mis manos de su abdomen.
Intento retroceder, pero me sujeta con más fuerza y clava su mirada en la mía.
—No creo que estés en posición de darme órdenes. —Baja más la mano hasta mi trasero y me atrae hacia él. Enseguida noto como su erección presiona mi bajo vientre—. Me debes una disculpa enorme.
—Ya te he pedido perdón —digo, conteniendo el aliento.
Luca esboza esa sonrisa canalla que tanto me afecta y niega con la cabeza.
—No es suficiente. —Retrocede un paso, abre la toalla y deja que esta caiga al suelo—. De rodillas, Diavuletta. Vas a pagar tu penitencia.
Bajo la mirada a su entrepierna y me muerdo el labio inferior. Me está tentando. No debería hacerlo, pero su polla está tan dura y apetecible…
—Siéntate —pido. Arquea una ceja con gesto divertido—. No vas a hacer ningún movimiento brusco.
—Lo veo poco probable —comenta en tono jocoso.
—Luca, siéntate en la cama. Esa es mi condición.
Por un instante, y pensando con sentido común, casi quiero que se niegue.
Al fin y al cabo, ambos sabemos que va a moverse más de lo que debería.
Sin embargo, Luca me sorprende al retroceder de espaldas y, sin dejar de mirarme, toma asiento en el borde de la cama.
Entreabre las piernas y me hace un gesto con la barbilla para que me acerque.
Respiro hondo antes de empezar a caminar hacia él. Me tiemblan las piernas y un cosquilleo conocido se ha instalado en mi bajo vientre. En cuanto llego a su lado, me dejo caer de rodillas a sus pies y alzo la vista para mirarlo a los ojos.
—Esta es una imagen que cualquier hombre atesoraría el resto de su vida —susurra, hundiendo la mano en mi pelo.
Coloco las manos sobre sus muslos y arqueo una ceja, sonriendo de manera provocativa.
—Un solo movimiento y me detengo. Relájate y disfruta, yo me encargo de todo lo demás. —Aún no ha terminado de asentir cuando, con una mano, rodeo su miembro erecto.
Luca sisea entre dientes cuando deslizo el pulgar por la punta, retirando una gota de líquido preseminal.
Sin dejar de mirarlo a los ojos, me llevo el pulgar a la boca y lo saboreo.
Su mirada se enciende. Sé que le encantan estos juegos de seducción.
Acerco el rostro a su entrepierna solo unos centímetros más y dejo caer un chorro de saliva justo encima de su miembro.
Enseguida noto la humedad en mis dedos. Deslizo la mano de arriba abajo, esparciéndola por toda su extensión. Luca gime bajito.
Vuelvo a sonreír y, sin apartar la mirada, bajo más la cabeza. La acaricio con la lengua desde la base hasta la punta y después la engullo casi por completo. Luca suelta una maldición, pero no me detengo. Muevo mi cabeza de arriba abajo mientras sigo masturbándolo con la mano.
Siento su mano en mi cabeza. Estoy a punto de retirarme y advertirle que no debe moverse, solo que antes de que pueda hacerlo sujeta mi cabello en un puño y, con un golpe de caderas, se hunde profundamente en mi garganta.
Contengo una arcada. Se supone que debería ser desagradable; sin embargo, hay algo excitante en notar cómo su polla se endurece y se ensancha aún más en el interior de mi boca.
Respiro por la nariz y espero a que él afloje su agarre.
Cuando lo hace, sale de entre mis labios de golpe y exhala con fuerza. Tira de mi pelo y me obliga a mirarlo.
—No voy a cumplir el trato —dice mientras usa su mano para limpiar el rastro de baba que se desliza por mi barbilla.
—Luca, no… —Intento impedir que se mueva, pero enseguida tira de mí para ponerme en pie.
Se levanta y empieza a desnudarme mientras su boca cae sobre la mía. Unos segundos, eso es todo lo que le lleva quitarme toda la ropa, y después me empuja en dirección a la cama. Caigo de espaldas y le lanzo una mirada entre furiosa y excitada.
—Me importa una mierda que se abra la herida. Voy a follarte, Bianca —gruñe, y se abalanza sobre mí.
Lo sujeto por los hombros para que su peso no me aplaste y aparto la cara cuando intenta besarme de nuevo. Un gruñido resuena en su garganta por mi rechazo.
—Así no —logro decir.
Me mira cabreado. Siempre he tenido claro que a Luca De Santis no le gusta que le lleven la contraria. Lo empujo despacio. Al principio se resiste, pero, al darse cuenta de que no voy a ceder, resopla con fuerza y deja que lo guíe hasta quedar tumbado bocarriba sobre el colchón.
Con cuidado de no hacerle daño, me subo a horcajadas sobre él.
Enseguida sus manos van a parar a mi cintura.
Me muevo despacio, de delante hacia atrás.
Gimo de puro gusto al sentir su miembro encajado entre mis pliegues empapados, rozando mi clítoris y enviando pequeñas descargas de placer por todo mi cuerpo.
—Si no te montas en mi polla ahora mismo, juro que te follaré contra la pared y entonces sí tendremos un gran problema —masculla pellizcando mis pezones, duros como jodidos diamantes.
Sonrío, viéndolo desde arriba. Incluso con la marca violácea que empieza a aparecer en su mandíbula por los golpes que recibió de Ryan, sigue siendo el hombre más atractivo que he conocido nunca.
Deslizo la mano por el centro de su pecho, haciendo que mis uñas se claven en su piel.
Paso de largo por la venda sin apenas tocarla y, al llegar a su entrepierna, agarro su miembro y lo dirijo a la entrada de mi sexo.
Estoy tan excitada que solo necesito ejercer un poco de presión con mi propio peso para que se deslice en mi interior con facilidad.
Me muerdo el labio inferior y empiezo a moverme, primero despacio, notando cómo me ensancho centímetro a centímetro, después más rápido, moviendo las caderas en círculos para que su polla alcance cada recoveco de mi interior.
—¡Dios santo, Luca! —gimo al notar cómo un orgasmo se va fraguando en mi bajo vientre.
Me muevo más rápido, de arriba abajo, sentándome cada vez con más fuerza sobre él.
Luca me sujeta por la espalda y me obliga a acercarme para adueñarse de mi boca.
Su lengua y la mía se enredan en una danza sensual mientras sigo cabalgándolo, cada vez más rápido y con más violencia.
Sus dedos se hunden en la piel de mi cintura.
Muerde mi labio inferior y, antes de que pueda evitarlo, se endereza y empieza a golpear con las caderas.
Nuestras respiraciones se aceleran aún más.
Siento que se incrusta en mi interior una vez, y después otra y otra más, haciendo que lo que solo era un pequeño rastro de placer en mi bajo vientre aumente y se expanda.
—Ahora vas a correrte para mí. Quiero que grites, que me arañes, que me muerdas —gruñe sin dejar de arremeter en mi interior—. No vas a contenerte, Diavuletta.
—¡Luca! —grito cuando el orgasmo explota dentro de mí.
La vista se me nubla y me aferro a sus hombros con fuerza. Él no se detiene, sigue follándome, resollando contra mi cuello con cada arremetida hasta que se corre.
Nos quedamos quietos, abrazados, respirando de manera acelerada y con nuestros corazones latiendo a toda velocidad.
No sé si todo lo que he hecho hasta ahora ha estado bien.
El engaño, las mentiras, la manipulación…
Sin embargo, lo que sí tengo claro es que lo repetiría una y mil veces, porque cada decisión que he tomado, acertada o no, me ha traído a este preciso momento, aquí, entre los brazos de Luca De Santis.
Un tarado inconsciente y autoritario, un peón, sí, pero también el hombre que me ha demostrado que no estoy rota, que puedo amar y ser amada.