Lupara Bianca Capítulo 72
85%

Capítulo 72

Luca

Tras pasar un buen rato tranquilizando a mi madre por mi imprudencia al ir solo en busca de Bianca, paso por la cocina para comer algo rápido y voy directo a mi dormitorio.

Hace más de una hora que di por finalizada la pequeña reunión con Bianca, Serra y mi hermano.

Llegué al límite de mi paciencia cuando mi querida esposa insistió por enésima vez en que su plan no tendría éxito sin la participación del puto irlandés.

En el fondo sé que tiene razón. Necesitamos sus contactos con los federales para poder incriminar a Rossetti, y eso es lo que más me enerva.

Me encantaría borrar a ese hijo de puta de nuestras vidas de una maldita vez, si es posible, a balazos.

Cabreado y muy frustrado por no ser capaz de encontrar otra solución al problema, entro en mi dormitorio y lo encuentro vacío.

Frunzo el ceño. Creí que Bianca estaría aquí.

Hago una llamada rápida a uno de los hombres que se encargan de vigilarla por orden mía y me informa de que Serra y ella están en el invernadero.

Mi primer instinto es ir a buscarla. No entiendo por qué tiene que quedarse a solas con él.

—¿Se puede saber qué están haciendo exactamente? —gruño al teléfono.

—Nada importante, Don. Solo hablan.

Tomo una respiración profunda. Estoy agotado y dolorido. Lo único que quiero hacer ahora mismo es darme una ducha y dormir unas horas. Tengo que recuperar fuerzas. Las necesitaré para mañana.

—¿Cuánta distancia hay entre uno y otro? —pregunto, solo para asegurarme.

—¿Perdón? No entiendo…

—Distancia entre ellos. ¿Están muy juntos o separados?

—Eh… —Se queda callado unos segundos antes de responder—. Unos tres o cuatro metros. La señora De Santis está sentada sobre una de las mesas y Serra cerca de la puerta del invernadero.

—Bien. Sigue vigilándolos. Quiero que me avises si esa distancia se acorta a menos de dos metros, ¿entendido? —No responde. Resoplo con fuerza y me aferro con fuerza al teléfono—. ¿Lo has entendido o no?

—Sí, Don. Dos metros. Entendido.

Cuelgo sin despedirme y me llevo el aparato conmigo al baño para estar pendiente de él. Como el hijo de puta de Serra vuelva a tocarla, me aseguraré de que sea lo último que haga.

Debido a mi problema de movilidad, tardo más de una hora en quitarme la ropa y la venda, que se ha quedado pegada a mi abdomen por la sangre seca, ducharme y volver a salir.

Con ayuda del espejo, logro ver ambas heridas.

La de la parte trasera está bien, pero la más grande, en la parte frontal del costado izquierdo, tiene un par de puntos flojos.

Tras rodear mis caderas con una toalla, salgo del baño para ir en busca de un par de analgésicos.

Nada más dar un paso al interior del dormitorio, veo a Bianca sentada a los pies de la cama.

Alza la vista al escucharme. Contengo el aliento cuando su aroma floral invade mi nariz.

Es su maldito perfume, que inunda cada estancia en la que se encuentra, y yo me he convertido en un adicto a ese olor.

Exhalo despacio y sigo caminando. Paso justo por delante de ella, pero no digo nada, ni siquiera la miro.

Me gustaría actuar como si todo estuviese bien entre nosotros; sin embargo, no soy capaz de hacerlo.

Me duele su traición, sus mentiras, que acudiera a ese bastardo en busca de ayuda en vez de confiar en mí.

Me mata que aún siga pendiente de él y convencida de que no podremos acabar con Rossetti si no tenemos su ayuda.

—¿Te encuentras bien? —pregunta cuando ya me he tomado un par de pastillas.

Me giro a medias para mirarla. Parece preocupada, aunque no sé si esa es una reacción real o sigue fingiendo.

—Sobreviviré —mascullo antes de darle un nuevo trago al vaso de agua.

—Luca, entiendo que estés cabreado por lo que dije en la cocina, pero sabes tan bien como yo que tengo razón. Ryan…

—Por última vez, deja de decir su jodido nombre —siseo, fulminándola con la mirada.

—¿Cómo quieres que lo llame? —inquiere, poniéndose en pie de un salto—.

Dame un maldito nombre en clave para que lo use si así estás más tranquilo, pero seguirá siendo él, Luca.

No puedo ni quiero cambiar mi pasado. Todo lo que he vivido me ha traído a este momento, aquí, contigo.

Y sí, eso también incluye al que no debe ser nombrado.

—¿Podemos dejar la pelea que se avecina para mañana? Estoy agotado —mascullo, dando media vuelta para evitar mirarla.

La escucho resoplar con fuerza y poco después sus pisadas, que se acercan a mí.

Se detiene justo detrás de mí, puedo notar su presencia, el olor de su perfume se intensifica.

Cierro los ojos e inspiro profundamente cuando siento sus manos en mi espalda desnuda.

Acaricia mis hombros con suavidad antes de rodear mi cuerpo con los brazos, después siento que posa sus labios en el espacio que hay entre mis omoplatos.

—Lo siento. Lamento que estés sufriendo y que yo sea la culpable de ese sufrimiento. Nunca fue mi intención hacerte daño, Luca.

Un nudo de emociones encontradas se instala en mi garganta. Por una parte, la creo y entiendo que toda su vida ha tenido que actuar por pura supervivencia, pero por otro… No quiero seguir amando a una mujer en la que no confío.

—Lo sé —murmuro para mí.

Irremediablemente, esa parte de mí que siempre me lleva a cometer locuras gana la partida. Agarro sus manos, que se han instalado en mi pecho, y me giro despacio. No hablamos, solo nos quedamos quietos mirándonos a los ojos durante un buen rato.

—Deberías desinfectar las heridas y cubrirlas antes de meterte en la cama —dice Bianca, apartando la vista con una pequeña exhalación. —Asiento—. ¿Me dejas ayudarte?

—Solo si prometes no volver a dispararme —digo medio en broma.

Una de las comisuras se estira, pero no es una sonrisa sincera.

Enseguida se aparta de mí, entra en el baño y cuando vuelve lo hace con un botiquín entre las manos.

Me pide con un gesto de la barbilla que tome asiento en el borde de la cama y, por supuesto, yo obedezco como el buen perro amaestrado que soy.

En solo unos segundos, saca del botiquín desinfectantes, gasas y vendas.

Lo esparce todo sobre el colchón y empieza a curar la herida trasera con mucho cuidado.

Me obligo a no respirar hondo. Ya es suficiente con tenerla tan cerca.

No necesito inhalar su olor también. Si lo hago, es probable que termine cediendo ante el impulso de tumbarla sobre la cama y demostrarle que nadie en este ni en ningún otro universo puede desearla y amarla más que yo.

Supero la primera prueba. Bianca se mueve, descarta las gasas usadas y, entonces, se arrodilla delante de mí, mandando a la mierda todo mi autocontrol.

Mierda, se ve increíble en esa postura. Tan solo tendría que agarrarla de la nuca, tirar de su cabeza hacia mi entrepierna y hundir la polla en su boca.

Inspiro hondo por la nariz e intento sacar esos pensamientos de mi mente; sin embargo, soy incapaz de refrenar la erección que empieza a asomar bajo la toalla.

—Vas a tener que tomártelo con calma. Casi se te saltan un par de puntos —dice, concentrada en desinfectar la herida con pequeños toquecitos.

Un gruñido sube por mi garganta y me aferro con fuerza a la colcha. Bianca alza la cabeza. «Mierda, que deje de mirarme así desde abajo». ¿Cómo se supone que voy a guardar reposo si lo único que quiero es follarla hasta dejarla sin aliento?

—¿Te duele? —Niego con la cabeza y dejo escapar un gran suspiro.

Parece no haber notado que a solo unos centímetros de su rostro se eleva mi polla apuntando directa hacia ella.

—Levántate —ordeno en tono cortante.

Bianca pestañea rápido. No voy a contenerme durante mucho más tiempo. Si no se aparta en este preciso instante, la follaré y que les jodan a las heridas. Moriré desangrado, pero dentro de ella.

—Ya casi he terminado —susurra.

—Déjalo así y ponte de pie, ahora mismo.

Se levanta deprisa, y creo que lo hace algo molesta también. Coge una venda y la lanza en mi regazo sin mirar antes de empezar a guardar todo el material restante en el interior del botiquín.

—Cubre bien las heridas para que no se infecten y duerme. Vendré a verte por la mañana —dice, dejando el botiquín sobre la mesita de noche.

Frunzo el ceño al ver que se dirige a la puerta.

—¿A dónde demonios crees que vas? —gruño.

Se detiene a medio camino y se gira para mirarme.

—Ya que has vaciado mi habitación, no me queda otra que dormir en la sala de estar. No me arriesgaré a salir al resto de la casa. Temo que tu hermano no pueda contenerse y termine matándome a traición.

Me pongo de pie, haciendo una mueca de dolor. ¡Ni de puta broma voy a dejar que se marche! Aunque dormir con ella y no tocarla tampoco es una opción. Bueno, supongo que la decisión ya está tomada. Es posible que muera esta noche.

—Mi hermano no te pondrá un dedo encima, te lo aseguro. Y el único lugar en el que vas a dormir es aquí, en nuestro dormitorio, a mi lado.

Echa la cabeza hacia atrás y exhala con fuerza antes de regresar su mirada a mí.

—No te entiendo, Luca. Hace solo unos segundos me has pedido que me marche.

—Yo no he dicho en ningún momento que quiera que te vayas. Solo te ordené que te levantaras. —Arquea una ceja de manera interrogante. Estiro en su dirección la mano en la que tengo la venda que me ha dado—. Ven aquí y termina con lo que has empezado —ordeno.

—Pero dijiste…

—Sé lo que dije —la corto—. He cambiado de idea. Ven aquí.

Con un resoplido sonoro, se acerca a mí y coge la venda.

Tras estirarla, coloca un par de gasas sobre las heridas y empieza a extenderla sobre mi abdomen.

Alzo los brazos y dejo que rodee mi cuerpo.

Da una vuelta, otra y una tercera. La cuarta vez que se pega más a mí soy incapaz de contenerme, hundo el rostro en su cuello e inhalo con fuerza.

—¿Qué haces, Luca? —pregunta con un hilo de voz.

—Apriétalo bien, Diavuletta. Necesito que esa venda esté bien sujeta para que no se abran las heridas con lo que está a punto de pasar.

A regañadientes, levanto la cabeza y busco su mirada.

—¿Qué es lo que está a punto de pasar? —pregunta, aunque por la forma en la que le tiemblan las manos, estoy seguro de que ya se está haciendo una idea.

—Termina de ajustar la venda y te lo muestro.