Capítulo 71
Bianca
Observo a Romeo mientras hace un par de sándwiches. Hemos rechazado el ofrecimiento de una de las cocineras de prepararnos algo más elaborado. Nada más terminar, me acerca mi plato y empieza a comer con gesto serio. Está preocupado, eso es algo bastante evidente.
—Todo va a estar bien —digo para tranquilizarlo.
Traga y toma un sorbo de agua antes de mirarme.
—Yo no estoy tan seguro. Tengo la sensación de que en cualquier momento van a pegarnos un jodido tiro en la cabeza, Bianca. No creo que estemos a salvo aquí.
—No pasará. Luca me lo ha prometido.
—¿Y le crees?
Asiento mientras le doy un bocado a mi sándwich.
—Ya sabes cómo funciona. Para ellos, su palabra y el honor de su apellido está por encima de cualquier otra cosa. Cumplirá su promesa, te lo aseguro.
—Cielo, te estás dejando llevar por tus sentimientos hacia el tarado de tu marido. El plan se ha ido a la mierda. Si nos hubiésemos quedado con Kincaid, tal vez tendríamos alguna posibilidad, pero desde aquí… —Niega con la cabeza—. ¿Qué se supone que vamos a hacer ahora?
Miro en dirección a la entrada de la cocina para comprobar que no hay nadie cerca y me inclino por encima de la barra.
—El plan sigue en marcha —susurro para que solo él pueda oírme—. He pasado toda la noche dándole vueltas y te aseguro que con Kincaid no hubiésemos tenido ninguna posibilidad. Aquí es donde debemos estar, confía en mí.
—¿Esto es parte de tu plan? —pregunta, abriendo mucho los ojos. Enseguida se da cuenta de que ha alzado la voz. Se acerca más y sacude la cabeza de un lado a otro—. Sigues moviendo los hilos, ¿verdad?
Respondo a su pregunta con media sonrisa y me encojo de hombros. He valorado todas las posibilidades y sin Luca no hay manera de llegar a mi padre. Él es la pieza más importante de mi juego, el que me escoltará directa a la victoria.
Seguimos comiendo en silencio. Cada pocos segundos, mi amigo echa un vistazo en mi dirección y cabecea sonriendo.
Me alegra ver que ya no parece tan preocupado.
No es bueno dejarse llevar por el pánico.
Un poco de miedo está bien para mantenerse alerta, pero nunca debemos perder el control de nuestras emociones.
Cuando ya hemos terminado, me levanto para recoger los platos y los dejo en el fregadero. Al pasar junto a Romeo, coloco mi mano en su hombro y él enseguida clava su mirada en la mía.
—Ya sé que no me merezco tu confianza. Te fallé y, aun así, viniste a buscarme. Yo solo…
—Olvídalo —me corta. Sujeta mis hombros y me obliga a mirarlo—. Siempre estaré a tu lado, Bianca. Yo también soy un hombre de palabra. Si me necesitas, grita.
—No me lo merezco.
—Bueno, todos cometemos errores. De hecho, todas esas cosas que te dije… —Niega con la cabeza—. Estaba cabreado, pero no las pienso. Lo sabes, ¿verdad?
—No te culparía si las pensaras.
—Ya, pero no es así. —Sonríe y enmarca mi rostro con las manos—. Te conozco bien, Bianca. Eres la persona más valiente y luchadora que he conocido nunca, y sé que jamás traicionarías a los tuyos a propósito.
Me muerdo el labio inferior y lucho para contener las lágrimas que se acumulan tras mis párpados. Romeo tira de mí y me abraza. Hundo el rostro en su pecho y rodeo su cuerpo con los brazos.
—¡Aparta tus jodidas manos de mi mujer! —El grito de Luca nos sobresalta a ambos.
Nos separamos de golpe y veo que mi marido se acerca como un maldito toro a punto de embestir. Reacciono por puro instinto y me coloco frente a Romeo.
—Ni un paso más —le advierto, señalándolo con el dedo índice.
Contra todo pronóstico, Luca se detiene de golpe, aunque sigue asesinando con la mirada a mi amigo.
—Deja que ese hijo de puta te vuelva a tocar y te regalaré sus manos en una bonita caja.
Pongo los ojos en blanco y casi me parece escuchar una pequeña sonrisita a mi espalda. Luca también se da cuenta, ya que da un paso hacia delante, pero me interpongo en su camino.
—Controla tu jodido carácter, De Santis —siseo entre dientes.
Lo empujo por el pecho, y solo cuando ha retrocedido varios pasos veo que ha llegado acompañado por Vincenzo. Este nos observa con el ceño fruncido sin acercarse demasiado. Si antes ya me odiaba, ahora tengo claro que el único motivo por el que no me mata es porque su hermano se lo ha prohibido.
—Bueno, parece que ya estamos todos. ¿Ahora qué? —comenta Romeo.
Luca le lanza una mirada dura y resopla, pero no hace amago de intentar ir a por él.
—Ahora vais a explicarnos cuál era exactamente vuestro plan para acabar con Luciano Rossetti —contesta mi marido.
Romeo y yo nos miramos de reojo. Asiento de manera casi imperceptible. Él sonríe y se encoge de hombros.
—Adelante —me dice, haciéndose a un lado para dejarme a mí todo el protagonismo—. Es tu plan. Instruye a estos pobres aficionados —se burla.
Vuelvo a poner los ojos en blanco y tomo una respiración profunda. Si quiero que el plan siga adelante, necesito tener a los hermanos De Santis de mi parte. No hay otra manera.
Durante un buen rato trato de explicarles paso a paso cuáles eran mis intenciones. Vincenzo y Luca me escuchan en silencio, sin hacer preguntas ni interrumpirme. Solo cuando termino, mi marido suelta una maldición en voz baja y niega con la cabeza.
—El negocio con los mexicanos. Querías sabotearlo y que los federales intervinieran. —Asiento, aunque no es una pregunta—. Por eso insististe tanto en meterte en los negocios de la organización.
—Te dije que tramaba algo —sisea mi cuñado entre dientes.
Luca lo hace callar con una mirada dura.
—Hoy en día, la lealtad de mi padre con la organización está en entredicho.
Todos los que hasta hace poco confiaban en él ahora le están dando la espalda.
Esa operación con los mexicanos iba a ser el golpe final.
Es un negocio que depende de él en su mayoría porque la mercancía debe salir del puerto de Nueva York.
—Y si los federales intervienen, cuando las autoridades nunca han tocado el puerto…
—Exacto —digo, esbozando media sonrisa. Hasta ahora mi padre tenía el control sobre el puerto porque los políticos de Nueva York son unos jodidos corruptos, pero ni ellos pueden detener una actuación federal—.
Esa sería la confirmación de que el traidor es Luciano Rossetti.
Cualquiera de vosotros estaría dispuesto a pegarle un tiro sin dudar ni un segundo.
—Y tú te salvarías porque eres una De Santis —farfulla Vincenzo.
Asiento con la cabeza.
—¿Y tu hermana? Ella sigue teniendo el apellido Rossetti. Estaría sentenciada por traición, al igual que vuestro padre —comenta Luca.
—Está en el internado. Nadie iría a buscarla de inmediato.
Por eso es tan importante que esto se resuelva cuanto antes.
Pensaba ofrecerme voluntaria para acabar con él, igual que lo hiciste tú.
Así salvaría a Rina y, por extensión, también a mi madrastra, aunque por mí puede pudrirse en el infierno.
—¡¿En serio vas a dejarte manipular por esta zorra?! —espeta Vincenzo alzando la voz.
Luca se gira hacia él con violencia, pero, antes de que pueda decir nada, es Romeo el que da un paso adelante y lo taladra con la mirada.
—Cierra la puta boca —le ordena.
Para sorpresa de todos, Vincenzo se queda muy quieto durante unos segundos, después suspira y baja la cabeza en una clara señal de sumisión. Romeo camina hacia él con seguridad y lo obliga a alzar la mirada tirando de su barbilla. Vincenzo intenta retroceder, pero mi amigo lo sujeta por la nuca.
—Suéltame —escupe.
—Lo haré cuando dejes de comportarte como un idiota. Ahora siéntate y no digas ni una sola palabra más o juro que te lo haré pagar. ¿Lo has entendido? —Vincenzo intenta empujarlo para apartarlo, pero Romeo lo sujeta con más fuerza—. Te he hecho una maldita pregunta. Responde.
—¡Sí, joder! Apártate de una vez. —Lo empuja de nuevo y esta vez Romeo retrocede sonriendo.
—Buen chico —susurra, volviendo al lugar donde estaba antes.
Echo un vistazo en dirección a Luca. Parece aún más sorprendido que yo por lo que acaba de pasar. No sé qué juego raro se traen estos dos y tampoco pienso preguntar. Ya tengo bastantes problemas con lo mío.
—Ese es todo el plan —digo para intentar reconducir la conversación.
Luca carraspea y fija su mirada en mí.
—¿No hay nada más? Si me estás ocultando algo, este es el momento para decirlo, Bianca.
—No oculto nada —afirmo, y estoy diciendo la verdad.
—Bien. Entonces, ahora empecemos a pensar en la mejor manera de llevar ese plan a cabo. Tenemos poco tiempo. El encuentro con los mexicanos es mañana por la noche.
Escondo una sonrisa de satisfacción. Esto era lo que estaba esperando escuchar. A veces, la sinceridad, ceder el poder ante tu oponente, lo lleva a hacer exactamente lo que quieres y, por supuesto, Luca no es una excepción.
—Solo hay una forma de hacerlo, pero necesitamos a Ryan —digo, atrayendo todas las miradas.
La última jugada ya está en marcha, los peones en sus posiciones y yo, la reina, lista para ganar la partida.