Capítulo 70
Luca
Recorremos el trayecto de vuelta a casa en absoluto silencio.
Estoy tan furioso que sé que solo necesitaría una palabra para perder el control.
¿Por qué demonios tuve que enamorarme de una mujer tan cabezota e irritante?
Tengo la sensación de que disfruta llevándome al límite de mi propia paciencia.
Ya casi ha anochecido cuando detengo el todoterreno frente a la puerta principal.
Bianca sale de inmediato y se dirige al interior sin esperarme.
Maldigo en voz baja al sentir un tirón en el abdomen cuando me apresuro para alcanzarla.
Casi he llegado a ella cuando media docena de mis hombres la rodean y apuntan sus pistolas en su dirección.
Bianca se detiene de golpe y veo que echa la mano hacia atrás.
Lleva un arma en la parte baja de la espalda.
—No dejéis que se escape —escucho la voz de mi hermano, y enseguida aparece empuñando su propia pistola. Al verme, abre mucho los ojos—. ¡Mierda, Luca! Estábamos a punto de ir a buscarte.
—Ya no hace falta —digo, y me coloco frente a Bianca mientras echo un vistazo en dirección a mis hombres—. ¿Hay algún motivo para que estéis amenazando a mi esposa? ¡Bajad las putas pistolas!
Obedecen de inmediato. Escucho las pisadas de Serra a mi espalda. Mi hermano lo mira por encima de mi hombro y tensa la mandíbula.
—¿Qué hacen estos traidores en nuestra casa? Dime que los has traído para ejecutarlos.
Chasqueo la lengua y aprovecho que Bianca está distraída vigilando los movimientos de Vincenzo para quitarle el arma.
—¡Oye! ¡Eso es mío! —se queja.
—No vas a necesitarla, y no me fío de ti con una de estas. Ya me has agujereado bastante. Entrad y esperadnos en el despacho —ordeno.
Mi esposa frunce el ceño y se cruza de brazos.
—Sabes que no soy uno de tus perros, ¿verdad?
Exhalo con fuerza y doy un paso hacia ella. Como ya esperaba, no retrocede, solo alza la cabeza para seguir desafiándome con la mirada.
—Ahora vas a ser una buena perrita y esperarme en el despacho. Como tenga que llevarte yo, no será agradable, al menos para ti —susurro para que solo ella pueda oírme, aunque, por la forma en la que Serra carraspea, creo que él también lo ha escuchado.
Bianca enarca una ceja y esboza media sonrisa, acercándose más a mí hasta que solo unos milímetros separan nuestros cuerpos.
—Vas a tener que dejar de disfrazar las promesas de amenazas, De Santis —dice en tono provocativo. Retrocede un par de pasos y mira en dirección a Serra—. Romeo, ¿tienes hambre? Yo no he comido nada en todo el día.
Ambos se adentran en la casa escoltados por nuestros hombres. Cuando Vincenzo intenta ir tras ellos, lo detengo.
—Tenemos que hablar —digo, guardándome la pistola de Bianca en la espalda. La mía la llevo en la parte delantera de la cintura, aunque sigue descargada.
—No podría estar más de acuerdo contigo.
Primero te largas, herido y sin decir nada, y ahora apareces así…
—señala mi tronco desnudo, a excepción de la venda en mi abdomen manchada de sangre y la chaqueta que me cubre los brazos—, y con estos dos traidores como si nada hubiese ocurrido. ¡¿Te has vuelto loco, Luca?!
—He pasado todo el día desaparecido. Podría estar muerto, pero no te veo muy preocupado por mí, hermano. Es más, ni siquiera te has molestado en salir a buscarme.
—¡Maldito idiota! No sabes de lo que hablas.
Nos costó varias horas averiguar cuál de los coches te habías llevado.
Te rastreé por GPS, y, al darme cuenta de que habías ido a casa de Kincaid, tuve que reunir a una gran cantidad de hombres y buscar la manera de traerte de vuelta.
No todos somos tan imprudentes e insensatos como para asaltar la casa del jodido líder de la mafia irlandesa sin un plan ni un ejército armado.
—Bueno, pues no vas a necesitar el ejército. Que todos los hombres vuelvan a sus tareas.
—Sigues sin responder a mi pregunta. ¿Qué ha sucedido?
—Fui a buscar a mi mujer.
—Tu mujer —repite. Asiento y mi hermano resopla con fuerza sujetándose la nariz amoratada—. ¿La misma que intentó asesinarte? ¿Por qué no está muerta aún?
—Eso no es asunto tuyo, Vin. Bianca tuvo sus motivos para hacer lo que hizo. Yo no me meto en los problemas que tienes con tu esposa, espero lo mismo de ti.
—¡¿Qué?! ¡Maldita sea! Esa mujer estuvo follándose a Kincaid y conspirando contra nosotros desde antes de que os casarais.
No se trata de un problema de pareja, Luca.
Te engañó y te manipuló hasta que la descubrimos, y después intentó matarte antes de huir corriendo en busca de su amante. Bianca es una traidora.
—Es posible, pero soy yo el que decide, y digo que vamos a ayudarla.
—¿Ayudarla a qué? ¿A destruirnos? —Vincenzo sacude la cabeza de un lado a otro—. Por mucho menos mataste a nuestro padre.
Me abalanzo sobre él y lo agarro por el cuello de la camisa. Un tirón en mi abdomen me hace apretar los dientes para contener el dolor.
—¿Crees que maté a nuestro padre por traidor? —siseo contra su rostro—. Le volé la puta cabeza para salvarte la vida a ti, a nuestra madre, a tu mujer embarazada y a mí mismo. Era él o nosotros, y tú, hermanito, no tuviste las pelotas de apretar el gatillo.
Lo suelto con un empujón y exhalo profundamente.
—¿Qué demonios te ha dado esa mujer, Luca? ¿Vas a dejar que acabe con nosotros?
—Su objetivo nunca hemos sido nosotros. Quiere destruir a Luciano Rossetti, y vamos a ayudarla a conseguirlo.
—¿Te estás escuchando? Ya no se trata de quedarnos con algunos negocios de Rossetti o robarle su territorio. Estamos hablando de traicionar a uno de los nuestros y… ¿por qué exactamente? ¿La niña se ha enfadado con su papi?
—Los motivos de Bianca son muy válidos.
—Por supuesto. ¿Qué motivos son esos? —Se cruza de brazos y esboza una sonrisa sarcástica—. La dejó sin postre cuando era niña. No, peor aún, la castigó sin salir. Estás permitiendo que esa zorra mentirosa te manipule a su antojo y…
—Abusaba de ella —siseo cortándolo.
Vincenzo se queda callado unos segundos y después frunce el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—Exactamente de lo que has escuchado. El hijo de puta de Rossetti violaba a su hija. Ese es uno de los motivos por los que Bianca quiere acabar con él, y me importa una mierda lo que pienses, vamos a ayudarla.
—¿Cómo sabes que no es otra de sus mentiras?
—Lo sé y punto —gruño.
—Eso no es suficiente. No puedes pedirme que arriesgue mi vida y la de mi familia solo porque tú crees todo lo que te dice tu mujer.
Estrecho la mirada sobre él y me cruzo de brazos.
—No te lo estoy pidiendo, hermano. Es una jodida orden. Ahora entremos en casa. Hay mucho de lo que hablar. Quiero a Rossetti muerto antes de que acabe la semana.