Capítulo 69
Bianca
Tardo apenas unos segundos en recorrer toda la casa. Encuentro a Ryan en la sala de estar, sentado en uno de los sofás con una copa de licor en la mano. Por la forma en la que me mira cuando me escucha entrar en la estancia, casi puedo apostar que no es la primera que se toma.
—¿Todo bien? —inquiere Romeo.
Giro la cabeza de golpe en su dirección. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba aquí.
—Sí. ¿Puedes vigilar la puerta de mi dormitorio? Temo que en cualquier momento el tarado de mi marido salga de allí y vuelva a liarla.
—¿Está armado?
—Sí —meto la mano en el bolsillo de mi pantalón y saco unas balas—, pero su pistola está descargada, aunque él no lo sabe.
Romeo esboza un amago de sonrisa y, tras asentir, abandona la sala, dejándome a solas con Ryan. Él me observa mientras me acerco. Da un pequeño trago a su bebida y deja el vaso sobre la mesa baja que tiene delante.
—¿Quieres una copa?
—No, y tú tampoco deberías tomarla. Necesito que estés sobrio para que hablemos.
Ryan exhala con fuerza y se encoge de hombros.
—Sobrio o no, lo que estás a punto de decir no me va a gustar, ¿verdad?
Ignoro su pregunta y señalo su rostro. Tiene el pómulo hinchado y un corte en el labio inferior que ya empieza a cerrarse.
—¿Te duele? —pregunto.
Recupera el vaso y se bebe lo que queda de licor de un solo trago antes de ponerlo de nuevo en la mesa.
—No tanto como escuchar cómo te follabas a De Santis en mi propia casa.
—No he… —dejo la explicación a medias. No tiene sentido darle detalles sobre lo que ha pasado con Luca en el dormitorio.
Aparto el vaso vacío y me siento en el borde de la mesa, justo delante de él—.
Lamento que hayas tenido que escucharlo.
Te pido perdón por faltarte al respeto de esa manera en tu casa.
Esboza un amago de sonrisa y niega con la cabeza.
—No soy un puto siciliano, Bianca. Eso del respeto y el honor me da igual.
Lo que me duele es saber que ese hijo de puta te tiene y yo no.
—Arqueo una ceja y él enseguida se explica—.
Sé que no tengo derecho a reclamarte nada.
Yo mismo te sugerí que te casaras con él, y lo nuestro siempre fue una relación…
¿ambigua? No sé siquiera si esa es la definición correcta.
—Lo pasamos bien —afirmo.
—Sí, y yo me enamoré de ti, pero tú no sientes lo mismo.
Busco su mirada y niego con la cabeza.
—Yo no elegí nada de esto, Ryan, solo pasó.
—Lo sé, y lo peor es que yo mismo te envié directa a él. ¿Cómo iba a imaginarlo? De Santis simboliza como hombre todo lo que más detestas. Creí que, cuando todo esto terminara, tú y yo… —Exhala con fuerza y sacude la cabeza de un lado a otro—. Soy idiota y te he perdido.
—Créeme, todo esto me ha tomado tan por sorpresa como a ti. No esperaba enamorarme de él y mucho menos descubrir que en realidad es muy distinto a como me lo imaginaba. Aunque te cueste creerlo, Luca es mucho más que un tarado violento y sin escrúpulos. Él…
—No necesito que enumeres todas sus cualidades —me corta.
Inspira hondo por la nariz y se inclina hacia delante para acercarse más a mí.
—Voy a hacer un último intento, Bianca. Pídemelo y acabaré con la jodida Cosa Nostra al completo. Todos caerán, incluyendo a tu padre.
Abro mucho los ojos. Ese no era el plan.
—¿Y qué pasa con el puerto?
—¡Que le jodan! Tú eres más importante para mí que cualquier negocio. Mi contacto en los federales solo necesita que se lo ordene para actuar. Todos acabarán muertos o en prisión.
Contengo el aliento. «Todos».
—Luca también —susurro.
Ryan exhala con fuerza y abarca mi mejilla con su mano.
—Sabes que lo que sea que haya entre vosotros no es sostenible a largo plazo. Él nunca perdonará tu traición. Vuestra relación está destinada al fracaso, pero conmigo…
Ryan se queda callado al escuchar gritos. Aún estoy intentando averiguar qué es lo que ocurre cuando oigo a alguien entrar en la sala. Alzo la vista justo a tiempo para ver a Luca agarrar a Ryan por la parte posterior de la camisa y apartarlo de mí con un tirón contundente.
—Se acabaron los putos tres minutos —gruñe mientras Ryan se revuelve para liberarse de su agarre.
Me pongo en pie a toda prisa y dirijo la mirada a Romeo. Se supone que él tenía que vigilarlo.
—He intentado detenerlo —dice con la respiración acelerada. Me fijo en su cara y veo que tiene una marca roja en la mandíbula. Estoy casi segura de que mi marido le ha dado un puñetazo.
—¡Luca! —grito al verlo apuntar a Ryan con el arma.
Aprieta el gatillo y un débil clic se hace eco en la sala. Luca me mira frunciendo el ceño. Parece furioso.
—¡¿Me has descargado la puta pistola?! —vocifera.
Varios hombres armados entran en la sala. Ryan les ordena que no se metan, pero tampoco se marchan. Se quedan vigilando desde cerca de la entrada.
—Me prometiste que no lo matarías —digo cabreada.
—Sí, y también dije que quemaría esta casa hasta los cimientos si volvía a tocarte, y eso era precisamente lo que estaba haciendo cuando llegué.
—Ryan lo empuja por el pecho, pero Luca agarra su muñeca—.
Este es el castigo por tocar lo que me pertenece, hijo de puta —sisea mientras retuerce su mano con fuerza hasta que se escucha cómo el hueso se rompe.
Ryan suelta un grito ronco que pone a sus hombres en alerta de nuevo.
—¡Luca, maldita sea! —vocifero.
Intento acercarme a Ryan, pero el tarado de mi marido se interpone en mi camino.
—He cumplido mi parte del trato. Sigue vivo. Ahora nos vamos de aquí.
Escucho a Ryan maldecir en voz baja. Muevo el cuello para poder verlo; sin embargo, Luca enseguida se desplaza y lo cubre con su cuerpo.
—¿Estás bien? —pregunto.
Ignoro el gruñido de mi marido deliberadamente.
—Sí —sisea Ryan.
Luca se gira hacia él y al fin puedo verlo. Tiene los dientes apretados y se está sujetando la mano rota contra el pecho.
—Juro que si vuelves a ponerle un dedo encima a mi mujer no tendré piedad contigo, Kincaid. Si aún sigues respirando es porque ella cree que te debe algo, pero yo no estoy de acuerdo.
—Si quieres pelea, podemos volver a liarnos a puñetazos, De Santis. Esta vez intenta no arruinar otra alfombra con tu sangre.
Luca hace ademán de ir hacia él, pero ahora soy yo la que se cruza en su camino.
—¡Parad con esto de una maldita vez! —grito—. Ya he tenido suficiente testosterona por un día.
—Nos vamos —sisea Luca, agarrando mi mano.
Echo un vistazo en dirección a Ryan.
—Bianca, piensa bien lo que vas a hacer. Sabes que él no te hará feliz.
—¡No le hables! —grita Luca, dando un paso amenazante hacia él—. ¡Ni siquiera la mires, joder!
Tiro de su mano para impedir que llegue hasta Ryan. Lo que menos me apetece es tener que volver a presenciar que se peguen como dos salvajes. Me coloco frente a Luca y lo empujo por el pecho.
—¿No tenías prisa? Vámonos de una jodida vez.
—Bianca… —susurra Ryan.
Me giro a medias y le hablo por encima del hombro.
—Te llamaré después.
—Por encima de mi cadáver —intercede mi marido.
Pongo los ojos en blanco y vuelvo a empujarlo por el pecho.
—Por encima o por debajo de su cadáver, te llamaré.
Luca rodea mi cintura con el brazo y me atrae hacia él.
—Voy a hacerte pagar muy caro lo que acabas de decir —susurra en mi oído.
Estoy a punto de empujarlo de nuevo, pero, antes de que pueda hacerlo, se aparta y tira de mi mano en dirección a la salida. Los hombres que escoltan la puerta levantan sus armas.
—Dejadlos ir —ordena Ryan.
Luca se gira sin soltarme la mano y dirige la mirada en dirección a Romeo.
—Serra, ¿estás esperando una puta invitación? ¡Nos vamos!
Mi amigo frunce el ceño. Me mira a mí. Ambos sabemos cómo se ocupan los De Santis de los traidores. Aunque Luca me ha prometido que no lo matará, no quiero ponerlo en peligro.
—Quédate si quieres. Yo estaré bien —susurro.
Luca vuelve a gruñir.
—¡¿Qué demonios le pasa hoy a todo el mundo?! Te he dado una puta orden, Serra. Vámonos. Los problemas de familia los resolvemos en privado.
Romeo exhala con fuerza y asiente antes de empezar a caminar hacia nosotros.
Los tres juntos salimos de la casa sin que nadie nos lo impida.
Luca me hace subir en un todoterreno, supongo que el mismo en el que ha venido hasta aquí, después se sienta al volante y espera a que Romeo, que conduce mi Ferrari, se adelante antes de acelerar el motor y salir quemando rueda del lugar.