Lupara Bianca Capítulo 67
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Capítulo 67

Luca

Empujo a Bianca hacia la misma pared contra la que la retuve antes.

La beso con ganas, hundiendo la lengua en su boca, saboreándola como si estuviese bebiendo de ella.

Ignoro el dolor en mi costado cuando aplasto mi cuerpo contra el suyo.

Me da igual desangrarme. Moriré encantado si puedo seguir besándola unos segundos más.

—Luca, para —jadea, empujándome por los hombros.

Niego e intento pegar mis labios a los suyos de nuevo, pero gira la cabeza, huyendo de mí.

—No hagas eso —gruño. La sujeto por la barbilla y me adueño de su boca otra vez.

El beso dura solo un instante, ya que Bianca no tarda en volver a esquivarme.

Resoplo. ¿Por qué tiene que joderlo todo?

Al menos, mientras la estoy besando, no pienso en todo lo que ha pasado.

Prefiero ignorar que la mujer que tengo entre mis brazos me ha engañado y manipulado durante años, y más aún los motivos que la llevaron a hacerlo.

Lo entiendo, de verdad. Todo lo que ha hecho para destruir a su padre es justificable, pero una parte de mí sigue furiosa. Aunque quiera, me cuesta confiar en ella y sé que eso es algo que no va a cambiar; al menos, no por el momento.

—Tienes que detenerte ahora. —Retrocedo solo unos centímetros—. Vas a abrirte más la herida y no me apetece ver cómo te quedas sin sentido otra vez.

Bufo con fuerza y retrocedo un par de pasos.

—Está bien. Larguémonos de aquí de una maldita vez. —Frunce el ceño y yo vuelvo a gruñir—. Bianca, esto no es una sugerencia. Nos vamos a casa, te guste o no. ¿Dónde está mi pistola?

—¿Para qué la quieres? —inquiere, arqueando una ceja.

—Para cargarme a Kincaid. No pienso irme sin antes meterle un par de balas en la cabeza.

—¡Luca, no puedes hacer eso! —exclama.

—¿Quién lo dice? Ese hijo de puta no solo me la ha jugado, también ha estado follándose a mi mujer. Que siga respirando aún es un jodido milagro.

—No puedes matarlo. Ryan es importante para mí.

La miro con furia. ¿Cómo se atreve a decir algo así?

—Repite eso y te juro que no solo me lo cargaré a él. Reduciré a cenizas esta maldita casa con todos los hombres, mujeres, niños o quien quiera que esté en su interior.

—¡Dios santo! Baja un poco la intensidad, ¿quieres? —Exhala con fuerza y se pinza el puente de la nariz—. Ryan…

—Deja ya de decir su nombre —gruño.

—¡Y tú deja de comportarte como un maldito tarado psicópata! ¿No puedes entender que le debo mucho?

—¡No le debes una mierda! Te usó para acercarse a mí y conseguir el puerto de Nueva York.

—Puede que sí, pero también me salvó la vida. Me dio un propósito, algo por lo que luchar.

Niego con la cabeza. No va a convencerme de que deje vivir a ese hijo de puta.

—Quéjate todo lo que quieras. Haz un jodido drama, me da igual, pero lo voy a matar, y al traidor de Serra también. Ahora, dame mi pistola.

—¿En serio? Resulta que Romeo también es un problema —masculla—. Con él no me he acostado.

—Es un traidor y te alejó de mí. No necesito más motivos para matarlo.

—Te equivocas. Si no fuese por Romeo, ahora mismo no estaría aquí, aguantando tus gilipolleces. Ni siquiera nos habríamos casado. —Estira las manos con las muñecas hacia arriba—. Él me salvó la vida. No es una frase hecha, Luca, literalmente le debo la vida.

Agarro sus manos y deslizo los pulgares por encima de sus tatuajes. Furza y Curaggiu . Con los guantes no puedo sentir el relieve de las cicatrices que se esconden bajo la tinta, pero sé que están ahí.

—Cuéntamelo —pido.

Bianca aparta rápido las manos y retrocede, negando con la cabeza.

—¿Qué importa eso ahora?

—A mí me importa. Estamos siendo sinceros, ¿no? Pues quiero saberlo todo. ¿Por qué te hiciste esto?

Bufa y se encoge de hombros.

—No lo soportaba más. Una niña de quince años debería estar preocupada por salir el fin de semana con sus amigos, quedar con el chico que le gusta o aprobar un examen.

—Inspira hondo y cierra los ojos—. Lo único que me preocupaba a mí a esa edad era encontrar la forma de que mi padre no abusara de mí todas las malditas noches.

—Bianca…

—No —me corta—. ¿Quieres saberlo todo? Pues escúchalo.

Estaba harta. Me odiaba a mí misma por no ser capaz de luchar contra él.

Se supone que debería resistirme, pero no lo hacía, solo me quedaba inmóvil mientras él me hacía todo lo que tus pensamientos más perversos puedan alcanzar.

Si mi padre me ordenaba que se la chupara durante horas, lo hacía. Si quería follarme…

—¡Suficiente! —exclamo para hacerla callar.

No puedo soportar seguir escuchando lo que ese hijo de puta le hacía.

—¿No querías saberlo? Eso fue lo que me llevó a cortarme las venas. Quería que mi vida se terminara, y por unos instantes, mientras me desangraba en el baño, me sentí en paz porque sabía que no tendría que volver a vivir nada de eso, pero, entonces, Romeo me trajo de vuelta al infierno.

—Te salvó la vida —murmuro para mí.

—Esa mañana habíamos quedado para entrenar.

Le pareció extraño que no apareciera y fue a buscarme.

Recuerdo escuchar sus gritos antes de perder el conocimiento, y, cuando desperté, mi padre estaba allí, al lado de mi cama.

Me dijo que si volvía a intentarlo no dejaría que ningún médico me atendiera, pero entonces sería Rina la que tendría que encargarse de él, ella ocuparía mi lugar.

Vuelvo a estampar mi puño, esta vez contra la puerta.

—¡Voy a matar a ese hijo de puta! —grito.

Bianca se acerca a mí con decisión. Alza la barbilla y niega con la cabeza.

—Ni se te ocurra. No vas a echar por tierra todo el esfuerzo de los últimos años. Seré yo quien termine con su vida, pero antes haré que pierda todo su poder. Lo quiero hundido, humillado y suplicando clemencia. Solo entonces le daré el tiro de gracia.

Sujeto su rostro entre las manos y busco su mirada.

—De acuerdo, Diavuletta. Tú lo matarás, pero antes me divertiré un rato con él.

—Me lo pensaré.

La agarro por la nuca y pego mi rostro al suyo.

—No te estaba pidiendo permiso. Ahora dime dónde está mi pistola.