Capítulo 66
Bianca
El rostro de Luca pasa de la estupefacción a la furia en cuestión de segundos.
Suelta un grito ronco y empieza a golpear la pared con los puños.
Lo observo inmóvil. Temo acercarme y ser víctima de su ira, pero no puedo dejar de pensar que, con esa actitud agresiva, lo único que va a conseguir es que se le vuelva a abrir la herida.
Estoy a punto de intentar detenerlo cuando la puerta del dormitorio se abre y Romeo asoma la cabeza. Lo más probable es que el grito de Luca y el sonido de sus golpes lo hayan alertado. Mi marido se detiene de repente, se gira y lo fulmina con la mirada.
—¡Fuera! —grita, colérico.
Romeo me mira a mí en busca de confirmación. Sé que está preocupado, pero esto es algo que tenemos que resolver Luca y yo a solas.
—Todo está bien —aseguro.
—Estaré cerca. Si me necesitas…
—¡¿No la has escuchado?! —lo corta Luca—. ¡Que te largues, joder! —Lo empuja fuera de la habitación y cierra la puerta con un sonoro estruendo.
Me siento en el borde de la cama y sigo observándolo en silencio mientras maldice y se mueve de un lado a otro del dormitorio. Al fin parece tranquilizarse un poco. Toma una respiración profunda y se gira hacia mí.
—Se te ha abierto la herida —comento, señalando su vientre.
—No me importa. —Exhala con fuerza y sus ojos se inundan de lágrimas—. ¡Dios santo, Bianca!
Intenta venir hacia mí, pero lo detengo alzando una mano.
—Cambia esa maldita expresión de tu rostro —siseo entre dientes. Se queda inmóvil y estrecha su mirada sobre mí—. No te atrevas a mirarme con lástima. Soy una jodida superviviente. Estoy cambiando mi destino. No quiero ni necesito tu condescendencia.
Se acerca despacio, como si temiera que en cualquier momento fuera a explotar. Cae de rodillas delante de mí y coloca las manos sobre mis rodillas.
—No me compadezco de ti, Bianca. Eres la persona más fuerte y valiente que he conocido nunca, pero no puedes quitarme el derecho a estar furioso por lo que ese hijo de puta te hizo.
No me pasa desapercibido que ha no ha dicho «mujer», sino «persona». La persona más fuerte y valiente que ha conocido nunca.
—Acepto tu furia, no tu lástima —susurro.
Inspira hondo por la nariz y asiente.
—Cuéntamelo todo. ¿Cuándo pasó? ¿En qué momento?
—No te va a gustar escucharlo —mascullo, apartando la mirada.
Sujeta mi barbilla y me obliga a girar la cabeza en su dirección.
—Cuando decidí casarme contigo, supe que tendría que escuchar muchas cosas que no me gustarían, y, aun así, aquí estoy.
—¿Qué te hace pensar que tú lo decidiste? —Arqueo una ceja con arrogancia—. Todas tus elecciones y decisiones, incluso antes de que nos casáramos… Yo te llevé a ellas, Luca. Nunca tuviste otra opción.
Suelta mi barbilla y se pone en pie con un gruñido, no sé si por el dolor en su costado o por lo que acabo de afirmar.
—Ahora estoy tomando una decisión por mí mismo. Quiero saberlo todo.
Inspiro hondo por la nariz y asiento. Siempre supe que, tarde o temprano, tendría que contárselo. Un secreto así no es posible ocultarlo eternamente.
Hago una pausa para coger aire, y explicar un secreto que me acompaña y me pesa desde hace años. Nunca pensé que la primera persona que iba a escucharlo sería Luca, pero ahora tiene todo el sentido del mundo.
—Siempre fue un hombre cariñoso conmigo —empiezo a decir.
Miro a Luca de reojo y este asiente con la cabeza, animándome a continuar—.
Nunca me parecieron extraños los besos y las caricias que recibía de él.
Aunque también es cierto que solo era una niña y él era mi padre.
Suponía que era así como los padres querían a sus hijas.
No había nada de malo en ello. Al menos eso pensaba hasta que una noche, cuando volví del internado, con trece años, me despertó de madrugada y dijo que quería jugar conmigo.
—Vamos a jugar —murmura, creo que para sí mismo.
Asiento. Luca cierra los ojos y maldice en voz baja.
Estoy segura de que ahora mismo está recordando todas esas veces en las que me abalancé sobre él sonámbula, repitiendo esa misma frase.
Yo me esfuerzo cada día para olvidarla. Intento borrar de mi mente todas las noches en las que sentí cómo mi propio padre me arrancaba el alma a pedazos.
—Mi subconsciente es un hijo de puta cruel y retorcido —mascullo entre dientes.
—Continúa —pide.
—Esa noche supe que lo que él me había hecho no estaba bien.
A partir de ese momento, se convirtió en una costumbre.
Cada vez que mi querido padre quería desahogarse, se metía en mi habitación en mitad de la noche y me obligaba a…
—Trago saliva con fuerza y sacudo la cabeza de un lado a otro—.
Hablar de esta mierda siempre me afecta.
Cuando lo recuerdo, regreso allí, a aquel dormitorio.
Puedo sentir su peso encima del mío, su aliento en mi cuello, sus manos recorriendo mi cuerpo, incluso su olor a sudor y alcohol.
—Hijo de puta —sisea Luca, y se acerca más a mí—. ¿Se lo contaste a alguien?
—Claro que no. ¿A quién iba a decírselo? Incluso a esa edad era muy consciente del poder que Luciano Rossetti tenía sobre todo aquel que lo rodeaba. Nadie me hubiese creído.
—¿Hasta cuándo duró? ¿Cuándo fue la última vez que él…?
—¿Me violó? —Esbozo una falsa sonrisa y me encojo de hombros—. Puedes decirlo, Luca. Llámalo por su nombre.
—¿Cuándo? —gruñe, apretando los puños.
—La noche de nuestra fiesta de no compromiso, como tú la llamas.
Cuando todos los invitados se fueron, yo me retiré a mi habitación.
Quise darme una ducha, y al regresar lo encontré sentado sobre mi cama, esperándome.
Me dijo que lo que había pasado ese día era una desgracia, pero que en parte se alegraba porque significaba que seguiría estando bajo su techo.
—Suspiro y me cubro el rostro con las manos—.
¿Sabes lo peor? Yo también me alegré de no tener que casarme contigo.
Así podría seguir en la mansión, protegiendo a Rina.
—Por eso me pediste que anulara nuestro compromiso —deduce.
—Sí, y también porque eres un jodido tarado, pero eso es lo de menos.
—¿A tu hermana también…?
—No, por eso no quería casarme contigo, porque entonces sería Rina la que ocuparía mi lugar.
¿Sabes cuál era su excusa para abusar de mí?
Desde niña siempre decía que yo era demasiado parecida a mi madre, le recordaba a ella, y esa era razón suficiente para hacer conmigo lo que quisiese.
El jodido problema es que Rina también se parece a nuestra madre.
Yo ya estaba acostumbrada a lo que me hacía, podía soportarlo, pero ella no.
—¿Cómo conseguiste salir de esa casa? ¿Qué pasó para que él te permitiera irte a Europa?
—Bueno, ese día no solo cambió tu vida para siempre.
Resulta que, cuando mi padre terminó de abusar de mí y se dispuso a marcharse, al otro lado de la puerta encontró a mi tía Sarah.
Ella no tardó en darse cuenta de lo que estaba sucediendo.
Se puso histérica, y empezó a gritar y a golpearlo.
Él se la llevó a rastras. Creí que iba a matarla, pero no fue así.
Después de un buen rato, la tía Sarah entró en mi habitación, me dijo que hiciera una maleta, que iba a vivir con ella en Europa.
Para entonces, Rina ya estaba en el internado, así que no dudé en aprovechar la salida que me estaba ofreciendo.
—¿Y cómo pasaste de estar huyendo de tu padre a aliarte con el puto Kincaid? ¿Cuál era tu plan, Bianca?
—Mi plan «es» destruir a mi padre. Ryan solo me impulsó a llevarlo a cabo.
—Odio que pronuncies su nombre —masculla entre dientes.
—Le debo mucho, Luca. Él vino a buscarme cuando vivía en Múnich con mi tía. Se acercó a mí con la esperanza de alcanzar sus objetivos.
—El puerto —sisea.
—Sí. Lo más sencillo hubiese sido que nos casáramos, pero mi padre jamás aceptaría que me uniera en matrimonio a alguien como él.
La mafia irlandesa… No, era imposible. No tardé en averiguar sus intenciones y, entonces, nos asociamos.
Él conseguiría el puerto y yo destruiría a mi padre antes de que Rina abandonara el internado.
—¿Y qué pinto yo en todo esto?
—Tú fuiste mi tapadera. Por mucho que viviera en Europa, solo era cuestión de tiempo que me obligaran a casarme con un siciliano del agrado de mi padre.
Mantuve a los pretendientes alejados, creando rumores sobre mí misma y los cientos de amantes y escándalos en los que me metía, pero, al final, Augusto Colombo fue el elegido.
—Nunca tuviste intención de casarte con él, ¿verdad?
—¿Con ese viejo decrépito? Ni se me pasó por la cabeza, pero necesitaba una excusa para volver y, sobre todo, tenía que llamar tu atención.
Le pedí a Ryan que metiera a sus hombres en tu territorio, que te molestara lo máximo posible.
Fue un verdadero incordio para ti, y cuando te ofreció la posibilidad de obtener más poder ni siquiera lo dudaste.
—Sabías que iba a secuestrarte la noche antes de tu boda.
—Por supuesto. Dejé la puerta abierta para que entraras. Romeo se encargó de que nadie os cortara el paso. Viniste a buscarme porque yo así lo decidí.
—Lo tenías todo planeado.
—Así es, al menos hasta que me llamaste aquella noche cuando estaba en París. No esperaba que me propusieras tener un hijo. Eso sí fue una verdadera sorpresa.
—¿Qué habría pasado si te hubiese dejado embarazada?
Arqueo una ceja y casi se me escapa una sonrisa.
—Luca, tomo anticonceptivos desde que era una niña. ¿Qué pensaría la gente si la hija del Don de Nueva York apareciese embarazada con trece años? Él se aseguró de que nadie descubriera su sucio secretito.
—¡Voy a matarlo, joder! —gruñe, dándole otro puñetazo a la pared.
—¿Esa reacción es por lo de mi padre o porque no te conté lo de los anticonceptivos? —inquiero.
Luca me mira con furia y resopla.
—Por ambas razones. Siempre fui un jodido títere en tus manos, ¿verdad? Lo tenías todo planeado, cada pequeño detalle. ¿Algo de lo que sé de ti es cierto?
Decido no responder a su pregunta y continuar con mi relato. Quiero que sepa toda la verdad.
—Como decía… Tu propuesta me sorprendió y a partir de ese momento todo se fue a la mierda porque empecé a improvisar.
No esperaba viajar contigo a Sicilia, ni mucho menos que compartiéramos dormitorio.
Los paseos, la forma en la que diste la cara por mí delante de todos esos hombres poderosos…
Incluso de mi propio padre. Empecé a conocerte mejor.
—Inspiro hondo por la nariz y clavo la mirada en la suya—.
Me di cuenta de que no eras el hombre que yo creía.
Siempre te vi como un clon de mi padre, pero más joven y atractivo; sin embargo, con tus acciones me demostrabas que estaba equivocada.
Quería seguir detestándote, pero todas esas discusiones y riñas entre nosotros solo hacían que sintiera cosas por ti que jamás creí posibles.
—¿Qué cosas? —pregunta en un susurro.
Me pongo de pie y camino hacia él con nerviosismo. Las palabras que estoy a punto de decir nunca antes las he pronunciado y me aterra saber cuál será su reacción.
—No sé en qué momento me enamoré de ti, Luca.
Cada día me digo a mí misma que no te soporto.
Tu arrogancia, esas ansias de poder… Eres todo lo que detesto en un hombre, pero en el instante en el que me desperté y te vi a los pies de la cama, observándome con tanto odio…
Justo en ese segundo supe que te amo y que te había perdido para siempre.
Luca se me queda mirando a los ojos, inmóvil y en silencio, por un tiempo que se me hace eterno. Veo que su garganta se mueve al tragar saliva con fuerza y aparta la vista.
—El maldito problema de decir tantas mentiras es que ahora no sé si estás siendo sincera o solo quieres volver a manipularme —dice de manera entrecortada.
—Lo entiendo —susurro con una exhalación.
Empiezo a retroceder de espaldas mientras trato de contener el llanto con todas mis fuerzas.
No voy a llorar delante de él. Ya me he humillado bastante por hoy.
Estoy a punto de darme la vuelta cuando siento su mano en mi muñeca, tira de mí con fuerza hacia su cuerpo y con el otro brazo rodea mi cintura.
—Me da igual si mientes. Soy un idiota, ¿recuerdas? Prefiero creer que es verdad. —Enmarca mi rostro con ambas manos y pega su frente a la mía—. Manipúlame todo lo que quieras, pero no vuelvas a huir de mí.
Antes de que pueda entender el significado de sus palabras, estrella sus labios contra los míos y no puedo hacer más que abrazarlo por el cuello y abrir la boca.
El primer contacto de su lengua con la mía es como una jodida explosión con fuegos artificiales incluidos.
Su sabor, su olor, la forma en la que me aprieta contra su cuerpo…
Lo odio por hacerme sentir así, tan débil y vulnerable, y, sin embargo, lo amo por las mismas jodidas razones.