Lupara Bianca Capítulo 64
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Capítulo 64

Bianca

Luca abre los ojos y enseguida vuelve a cerrarlos. Suelta un pequeño gemido e intenta moverse, pero lo detengo.

—No hagas esfuerzos o volverás a abrirte la herida —susurro, sujetándolo por los hombros.

Al escucharme, sus ojos se abren de golpe y hace una mueca con los labios.

—¿Vas a intentar matarme otra vez? Adelante, no volverás a tener otra oportunidad mejor —masculla con voz ronca.

Suspiro y niego con la cabeza.

—Eres tú quien ha venido a buscarme, Luca. Aunque aún no sé con qué intención.

Intenta moverse de nuevo y esta vez no soy capaz de impedírselo. Se incorpora, haciendo muecas de dolor, y echa un vistazo a lo que nos rodea.

—¿Dónde demonios estamos? —inquiere.

—En mi dormitorio.

Frunce el ceño y busca mi mirada.

—¿Tienes un dormitorio en la casa de tu amante? Estaba seguro de que compartiríais cama.

Me levanto con una exhalación. Parece que ya no se encuentra tan mal como antes.

—No me gusta dormir acompañada. Eso ya lo sabes.

—Ya, claro —farfulla—. Te acuestas con él, pero no duermes en su cama. Sois una pareja de lo más peculiar.

Gruñe al hacer el esfuerzo de sentarse al borde de la cama. Yo lo observo en silencio. Me alegra que esté aquí y verlo bien. Bueno, todo lo bien que puede estar con una herida de bala en el abdomen.

—Deberías guardar reposo. Un médico te suturó la herida mientras estabas inconsciente, pero has perdido mucha sangre.

—¿Pretendes que me disculpe por ensuciar el suelo de la casa de tu amante con mi sangre?

Resoplo y pongo los ojos en blanco.

—Deja de referirte a Ryan como mi amante, ¿quieres? Suena ridículo y patético viniendo de ti.

—¿Patético? Como si no fuese verdad.

—No lo es —susurro.

Vuelve a clavar su mirada en la mía.

—¿Me estás diciendo que no te has acostado con él?

—Ya conoces la respuesta a esa pregunta, y no tienes ningún derecho a reclamarme nada. Durante años no te faltaron mujeres para calentarte la cama. Es injusto que me juzgues porque yo haya hecho lo mismo.

Intenta ponerse de pie, se tambalea y vuelve a sentarse en el borde de la cama.

—¡Maldita sea! —farfulla, y bufa con fuerza—. La diferencia es que yo no conspiraba con ninguna de esas mujeres a tus espaldas. Nunca te mentí ni te engañé.

Intenta levantarse de nuevo, y esta vez lo consigue, aunque parece aturdido o mareado.

—Espera, te ayudo —digo acercándome.

Cuando estoy a punto de sujetarlo por el brazo, se aparta de manera brusca y me lanza una mirada fulminante.

—No me toques —sisea con rabia.

Retrocedo un par de pasos y trago saliva con dificultad.

Un nudo de angustia se ha instalado en mi garganta.

Odio que me mire así, como si yo fuese el peor de sus males.

Sé que la culpa y los remordimientos son los que me están afectando, pero hay algo más: anhelo.

Deseo con todas mis fuerzas que Luca vuelva a mirarme como aquella noche en el almacén, cuando se quitó los guantes por primera vez, cuando me folló sobre el Ferrari.

«Me amas, pero aún no estás lista para tener esta conversación».

Esa frase, que entonces carecía de sentido para mí, ahora la entiendo y tenía toda la razón.

Inspiro hondo por la nariz y busco su mirada.

—Ya estoy lista para tener esa conversación —susurro.

Esboza una sonrisa arrogante y niega con la cabeza.

—¿Ahora quieres hablar? Tuviste mucho tiempo para contarme la verdad, Bianca. ¿Dónde está mi pistola?

Suspiro. No lo ha entendido y tampoco puedo culparlo por ello.

—En un lugar seguro, donde no puedas usarla contra mí.

—¿Crees que necesito un arma para acabar con tu vida?

Da un paso hacia mí. Mi primer instinto es retroceder, pero me mantengo firme.

No le tengo miedo. Pudo dispararme en su casa y no lo hizo.

Eso tiene que significar algo. Luca da otro paso y después otro.

Levanto la cabeza para poder seguir mirándolo a los ojos cuando está a tan solo unos centímetros de mí.

Alza un brazo y rodea mi garganta con la mano muy despacio.

—Adelante, si es lo que quieres, no opondré resistencia.

Estrecha la mirada sobre mí y ladea la cabeza.

—Por supuesto que lo harás. Eres una luchadora. —Cierra la mano alrededor de mi garganta—. El error que cometes es pensar que me apiadaré de ti.

Con un movimiento brusco, me empuja hasta que mi espalda golpea la pared.

El cuerpo de Luca se cierne sobre mí, aplastándome mientras aprieta mi garganta con fuerza, aunque no la suficiente como para dejarme sin respiración.

Empiezo a plantearme que tal vez estaba equivocada.

¿Me he arriesgado demasiado? Quiero pensar que Luca no sería capaz de matarme, pero ¿y si me estoy dejando llevar por mis propios deseos?

—Solo tengo que gritar y veinte hombres armados entrarán en la habitación —digo con la respiración acelerada.

Luca vuelve a sonreír de esa forma que me pone los pelos de punta.

—Hazlo y tendrás veinte cadáveres a tus pies. —Me aplasta con su cuerpo y me obliga a alzar la cabeza—. Mírate ahora, ya no pareces tan valiente. Solo eres una niña asustada jugando a ser peligrosa.

—No quise hacerte daño —susurro, intentando contener el llanto.

—¡Cállate!

Incrementa la presión en mi garganta, cortando por completo el flujo de aire. Me tiene completamente inmovilizada. Lo único que puedo hacer es aferrarme a su muñeca para intentar apartarla, pero es demasiado fuerte.

—Fue un accidente —logro vocalizar ya sin aliento.

Afloja el agarre y tomo una respiración profunda.

—¿Me engañaste por accidente? ¿Me mentiste por accidente? ¿Jugaste conmigo por accidente? —Chasquea la lengua y niega con la cabeza—. No lo creo.

—El disparo… —Respiro de manera acelerada para llenar mis pulmones de aire—. No… No quería dispararte, Luca.

Se acerca más, dejando su boca a apenas unos centímetros de la mía.

—Yo tampoco quiero estrangularte, pero aquí estamos. —Afloja aún más el agarre en mi garganta y acaricia el lateral de mi cuello con su dedo pulgar.

—Poder —susurro sin apartar la mirada de sus ojos—. De eso trata todo, ¿verdad? Quieres demostrar que eres tú quien lo tiene. —Su mano asciende por mi barbilla. Desliza el dedo pulgar por encima de mi labio inferior y se pega aún más a mí.

—Es que soy yo quien tiene el poder. Tal vez hayas pensado lo contrario porque permití que lo hicieras, pero tu boca, tu piel, el aire que respiras… Toda tú me perteneces. Eres mía, te guste o no.

Entreabro los labios y deslizo la lengua por la punta de su pulgar. El sabor a cuero del guante explota en mi boca. Luca entorna los ojos, como si no esperara que hiciese eso. Esbozo un amago de sonrisa y muevo mi rodilla hacia arriba para rozar su bragueta.

—Pensar que soy solo tuya te pone duro, ¿verdad? —susurro, notando la firmeza bajo sus pantalones.

—No solo lo pienso. Es la realidad y puedo demostrarlo.

Sin saber cómo, he pasado de temer por mi vida a estar terriblemente excitada. Ese es el jodido problema con Luca De Santis. Con él no hay término medio. Nunca me aburro. Es el tipo de hombre que hace que una mujer se vuelva loca de una forma u otra.

Contengo el aliento cuando desliza la mano por mi vientre.

No se molesta en desabrochar mi pantalón, solo introduce la mano en su interior hasta llegar a mi sexo.

Abro más las piernas para proporcionarle un mejor acceso y él esboza una sonrisa peligrosa.

Sus dedos se adentran entre mis pliegues, resbalando con facilidad.

—Dios santo —susurro, echando la cabeza hacia atrás.

—Dios no está aquí, Bianca. Solo yo, y este es el poder que tengo sobre ti.

Mírate, estás empapada y dispuesta a recibir todo lo que quiera darte, porque sabes que nadie más que yo te hace sentir así.

—Hunde el rostro en mi cuello y lame mi piel desde el hombro hasta detrás de la oreja—.

Él no te pone tan cachonda, ¿verdad? No es capaz de hacer que te corras tan rápido.

—Luca… —empiezo a decir, pero introduce dos dedos de golpe en mi interior y se me corta el aliento.

Alza la cabeza, me sujeta de nuevo por la garganta y empieza a meter y sacar los dedos con más velocidad y dureza.

—Eso es, mi nombre es el único que vas a pronunciar mientras te corres. —Con el pulgar acaricia mi clítoris, haciendo pequeños círculos sin dejar de follarme con los dedos. Cierro los ojos y contengo un gemido de placer—. De eso nada. ¡Abre los putos ojos, Bianca! No vas a contenerte.

Me aferro con fuerza a su muñeca, clavo las uñas en su piel, justo por encima de los guantes.

—¡Luca! —gimo.

—Más alto. Grita mi nombre. Que ese bastardo escuche a quién perteneces.

Retuerce los dedos en mi interior y todo mi cuerpo se tensa.

—¡Luca! —vocifero.

—Otra vez —gruñe, frotando mi clítoris con el pulgar.

—¡Oh, mierda! ¡Luca!

Un latigazo de placer me recorre la columna.

Echo la cabeza hacia atrás y noto que el orgasmo se apodera de mi cuerpo.

Se expande y chisporrotea en mis terminaciones nerviosas hasta explotar en mi bajo vientre.

Luca retira la mano de mis pantalones, me obliga a mirarlo y una de las comisuras de su boca se estira.

—Puede que tu corazón no me pertenezca, pero tu cuerpo es mío, Bianca. Y mataré a cualquiera que vuelva a tocarlo.