Capítulo 63
Bianca
Dicen que después de una buena noche de descanso los problemas no parecen tan malos.
Supongo que por eso yo sigo viéndolo todo negro, ya que, en total, dudo que haya alcanzado las dos horas de sueño en toda la noche.
Estoy aún más confusa que ayer y no se me ha ocurrido ninguna idea para solucionar el lío en el que estamos metidos.
Al entrar en el comedor encuentro a Ryan sentado en la cabecera de la mesa.
Mechones de pelo rubio le caen sobre la frente cubriendo parte de sus ojos verdes.
Es tan distinto a Luca… Y no solo físicamente.
Sus personalidades son del todo opuestas.
Ambos son hombres respetados y poderosos en sus organizaciones, pero mientras que Ryan siempre opera con tranquilidad y exagerada meticulosidad, y es frío y calculador en muchos aspectos, Luca se mueve siempre por impulsos.
Es poderoso, sí, pero de una forma mucho más salvaje y visceral.
Hasta hace poco creí que esa forma de actuar era una debilidad, ahora ya no estoy tan segura.
Doy un paso más al interior del comedor y carraspeo para hacerme notar.
Creí que estaría acompañado por alguno de sus hombres.
Esta casa está llena de gente. Es imposible no cruzarse con alguien que baja o sube del sótano.
Según tengo entendido, ese es el punto de reunión para todos sus hombres.
Hay peleas, apuestas y a saber cuántas cosas más.
Sinceramente, tampoco es que me interese saberlo.
—Buenos días —saluda Ryan al verme.
Esboza una sonrisa y me indica con la mano que tome asiento a su lado. En cuanto me he acomodado, una de las chicas del servicio se acerca para ponerme un cubierto y después se retira.
—Te veo muy solo. Creí que encontraría la mesa repleta de gente —comento, sirviéndome una taza de café.
—Me gusta tener paz durante el desayuno. El resto del día ya es un caos constante —responde animado.
Asiento y le doy un trago largo a mi taza.
Durante un buen rato comemos en silencio.
Es extraño, Ryan y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo.
Hemos compartido un objetivo común y horas interminables en la cama, pero nunca antes había convivido con él en su propia casa.
No conozco sus costumbres ni hábitos, y él tampoco los míos.
Me siento como si estuviese compartiendo mesa con un desconocido.
—¿Romeo? —pregunto tras apartar mi plato. No he comido demasiado. Mi apetito desapareció al segundo o tercer bocado.
—No lo sé. Aún no lo he visto. —Volvemos a quedarnos callados unos minutos más—. ¿Tú cómo te encuentras?
Me encojo de hombros a modo de respuesta. Por suerte no me han salido cardenales en el cuello y ya no me duele. Ahora la única herida que sigue abierta es la que se encuentra en el centro de mi pecho.
Estoy segura de que Ryan también está notando este ambiente tan extraño entre nosotros e intenta romper el hielo haciendo alguna pregunta sin relevancia, aunque no tiene éxito.
—Creo que debería ir a buscar a Romeo. Quiero que vuelva a llamar a Vincenzo para interesarse por el estado de Luca.
Estoy a punto de levantarme cuando él habla de nuevo.
—Bianca, espera un momento —me pide. Frunzo el ceño y busco su mirada—. Ayer no estabas tan abatida por pensar que habías matado a alguien, ¿verdad? Hay algo más que no me estás contando y creo saber de qué se trata.
—Ryan…
—No, déjame hablar —me interrumpe, y toma una respiración profunda—.
La noche en la que fui a buscarte a ese restaurante, me di cuenta de que Luca De Santis y tú estabais compartiendo un momento…
¿íntimo? No sé si esa es la palabra correcta, pero sí que la tensión y atracción entre vosotros era evidente. ¿Me estoy equivocando?
—No —contesto en un susurro.
—Ya, eso me imaginaba. ¿Sientes algo por él?
—Es mi marido.
—No te estoy preguntando eso. Los dos estuvimos de acuerdo en que casarte con él era la decisión más acertada para librarte de la influencia de tu padre.
Era un mal necesario; sin embargo, algo ha cambiado estos últimos meses.
Puedo verlo en ti y en la forma en la que te brillan los ojos cuando hablas de él.
Además, el estado en el que apareciste ayer en mi casa…
Estabas sufriendo. No por lo que hiciste, sino por a quién se lo hiciste.
Incluso ahora mismo puedo verlo en tu mirada.
Si tuvieses la oportunidad, irías corriendo a buscarlo, y eso no tiene nada que ver con el matrimonio o tus propios intereses. Hay sentimientos de por medio.
Inspiro hondo por la nariz y asiento despacio.
—Tal vez debí contártelo antes, pero…
—¡Nos atacan! —exclama Romeo, entrando en el comedor a la carrera.
Nos levantamos de un salto cuando empezamos a escuchar los disparos.
—¿Los hermanos De Santis? —inquiere Ryan.
—Él —le corrige Romeo. Me mira a mí y resopla con nerviosismo—. Tu marido se ha presentado aquí solo y se está cargando a todo aquel que se cruza en su camino.
Luca
Me resguardo tras un pilar del vestíbulo principal y aprovecho para comprobar cuántas balas me quedan en el cargador.
Ya he matado a seis hombres. Bueno, puede que el último no esté muerto, le alcancé a la altura del hombro.
Un disparo pasa muy cerca de mi cabeza. Bufo y hago una mueca al sentir un nuevo tirón en el costado.
Creo que se me acaba de saltar otro punto. Espero que la sutura aguante.
Aprieto los dientes, me giro y disparo un par de veces más. Uno de los tipos cae justo delante de mí. Me agacho, aguantando el dolor en el costado, y lo obligo a enderezarse.
—Enhorabuena, acabas de ascender de cadáver a escudo humano —mascullo en su oído, agarrándolo por detrás.
Salgo de mi escondite, dejando que el tipo que tengo agarrado por el cuello reciba los balazos que eran para mí.
Lo empujo hasta el centro de la sala y aprovecho para cargarme a un par de tipos más.
Entonces, lo veo: el hijo de puta de Kincaid aparece de la nada acompañado por Serra y… ella. Joder, Bianca está aquí.
—¡Bajad las armas! —ordena el irlandés. Los disparos cesan. Bueno, casi todos, yo aún disparo una vez más, abatiendo a uno de sus hombres en el acto—. De Santis, eso también va por ti. Baja la puta pistola.
—Gracias por tu sugerencia, maldito hijo de puta, pero prefiero seguir conservándola. Al menos hasta que mi esposa y yo estemos fuera de aquí.
—Entonces, es por eso… ¿Has venido a buscar a Bianca?
Ella da un paso en mi dirección, pero Ryan la sujeta por el brazo.
—¡No la toques! —bramo.
Empujo el cuerpo de su hombre y lo apunto a la cabeza. Los tipos que aún siguen con vida vuelven a alzar sus armas.
—Tranquilos, chicos, esto es algo entre De Santis y yo.
—En realidad, tú me importas una mierda. He venido a por mi mujer. —La miro a ella—. Nos vamos, Bianca.
—Ella no va a moverse de aquí —intercede Kincaid, cubriéndola con su cuerpo—. Esto es entre tú y yo. Baja la pistola y resolvámoslo como hombres.
Sonrío. Nunca me he acobardado ante un desafío, y menos aún cuando me muero de ganas por darle una paliza a quien me está desafiando. Bajo el brazo, me quito la chaqueta y la lanzo al suelo, seguida por el arma.
—Adelante. Veamos de qué eres capaz.
—¡¿Qué?! ¿En serio? —Bianca resopla y se cruza de brazos—. ¿Crees que la mejor manera de resolver esto es a puñetazos?
Ni siquiera me molesto en contestar. Espero a que Kincaid dé un paso en mi dirección y me abalanzo sobre él.
Mi primer puñetazo impacta en su mandíbula.
Siento una nueva punzada en el costado, pero no me detengo.
Sigo golpeándolo, aunque él también contrataca.
Nos revolcamos por el suelo lanzando puñetazos.
Su codo me alcanza en el ojo izquierdo, dejándome algo aturdido.
Consigo sacármelo de encima, antes de que vuelva a golpearme, lanzándole una patada en el estómago.
Me pongo en pie con dificultad. Un hilo de sangre recorre mi mejilla desde la ceja y una mancha enorme empieza a dibujarse en mi camiseta. Parece que al final la sutura no ha aguantado. Kincaid me mira con furia. Tiene un corte en el pómulo y los nudillos ensangrentados.
Nos enfrentamos de nuevo, esta vez sujetándonos por la ropa, y, cuando estoy a punto de darle un cabezazo en la nariz, una detonación nos sobresalta. Ambos miramos a Bianca, tiene mi pistola en la mano y acaba de disparar al techo.
—Parad de una maldita vez o juro que yo misma os mataré a los dos —sisea entre dientes.
A regañadientes, nos separamos, aunque seguimos mirándonos con rabia contenida. Bianca se interpone entre nosotros.
—Vámonos de aquí —le ordeno sin aliento.
Baja la pistola y clava la mirada en mi costado.
—Luca, estás sangrando.
Desvío la mirada y me toco la zona. Lo que antes era una mancha de sangre se ha convertido en un charco que se escurre por mis piernas hasta llegar al suelo.
Quiero decirle que estoy bien, que lo único que me importa es sacarla de este lugar cuanto antes y llevármela a casa, pero unos puntos negros se cuelan en mi campo de visión y, cuando intento hablar, me tambaleo.
—Mierda, va a perder el conocimiento —dice alguien, creo que es la voz de Serra.
Trago saliva con fuerza e intento mirar a Bianca, pero los puntos negros se convierten en manchas enormes que me impiden verla con claridad.
Cierro los ojos y sacudo la cabeza de un lado a otro antes de perder el equilibrio.
Noto cómo caigo, y al impactar con la espalda en el suelo se me escapa el poco aire que tenía en los pulmones.
—¡Luca! ¡Luca! —Noto las manos de Bianca en mi rostro. Estoy seguro de que es ella, podría reconocer su tacto entre un millón—. Luca, no te desmayes. ¡Mierda, que alguien llame a un médico!