Lupara Bianca Capítulo 62
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Capítulo 62

Luca

Trago la jodida pastilla con un sorbo de agua y le devuelvo el vaso a mi madre.

No se ha separado de mí desde anoche. Desperté de madrugada, desorientado y muy dolorido.

Por suerte, la medicación no tardó en hacerme efecto y volví a sumirme en un sueño profundo hasta hace solo un par de horas, que desperté.

Me siento mejor, aunque sigo débil y el costado me duele bastante.

Hago una mueca al incorporarme en la cama.

Tuve suerte de que la bala no tocara ningún órgano vital.

Entró por el costado derecho y salió por la espalda de manera limpia.

El médico solo tuvo que coser la herida y transfundirme sangre para reemplazar la que había perdido.

Se supone que la pérdida de sangre es lo que me tiene tan agotado.

—Luca, despacio —me regaña mi madre, y enseguida me ayuda a enderezarme, colocando un cojín en mi espalda.

Exhalo con fuerza y cierro los ojos. Odio sentirme tan inútil, y más aún cuando estamos metidos en un lío de dimensiones gigantescas. Tengo que levantarme de esta maldita cama y resolverlo antes de que Maurizio Leone se entere y tome cartas en el asunto.

—¿Dónde está Vincenzo? —inquiero.

—Tu hermano está en su despacho. Dijo que vendría a verte más tarde. ¿Qué necesitas?

—Salir de la cama. Tengo mucho trabajo que hacer.

—Luca, hijo, el mundo no se va a derrumbar porque descanses un poco. Te han disparado. Podrías haber muerto.

Frunzo el ceño. Ella me ha disparado y ahora estará con el cabrón de Kincaid celebrando su victoria. Solo con imaginar que él pueda tocarla, besarla o… ¡Dios santo! Quiero matarlos a ambos. Bufo con fuerza y aparto el edredón con violencia.

—Ayúdame a levantarme —pido.

—Luca…

—Mamá, si no me ayudas, lo haré yo solo, pero voy a salir de la jodida cama ahora mismo.

Al fin logro convencerla y, con cuidado, me pongo de pie. Me tambaleo un poco, pero enseguida logro enderezarme. El dolor en mi costado se incrementa, aunque es bastante soportable.

—¿Cuáles son los analgésicos? —pregunto, señalando la media docena de frascos de comprimidos que hay sobre la mesita de noche.

Mi madre me da el bote. Enseguida me tomo un par más de pastillas y vuelvo a dejarlas sobre la mesita.

—Vas a ir a buscarla, ¿verdad? —Frunzo el ceño, confuso por su pregunta—. A tu esposa. No dejarás que se marche sin más.

—Me disparó. ¿Crees que puedo dejarlo pasar? —siseo entre dientes.

Mi madre esboza media sonrisa y se acerca más a mí. Acaricia mi mejilla con suavidad y niega con la cabeza.

—Hijo, ambos sabemos que lo que menos te importa es que haya intentado matarte. Irás a buscarla porque la amas y no eres capaz de vivir lejos de ella.

—¿Cómo dices?

Resopla y se sienta al borde de la cama, cruza las piernas y se ajusta el bajo del vestido antes de volver a mirarme.

—Heredaste la tenacidad de tu padre y también su ansia de poder, una de ellas te llevará a la tumba, igual que le ocurrió a él, pero la otra…

—Estrecha la mirada sobre mí—. La otra hará que esa mujer tan irrespetuosa y malcriada caiga rendida a tus pies.

Es tu esposa, Luca. Tráela de vuelta. Lo que sea que haya hecho, estoy segura de que podréis superarlo.

—Espera… Creí que odiabas a Bianca, ¿por qué me estás diciendo todo esto?

Se pone de pie y viene de nuevo hacia mí.

—Porque tú la amas. No importa lo que yo diga, o Vincenzo, ni siquiera el mismísimo capo. Es tu mujer y su lugar está aquí, a tu lado.

—Es una traidora, mamá. Merece la muerte —mascullo, apartando la mirada.

Mi madre me sujeta la barbilla y me obliga a mirarla de nuevo.

—Ahora entiendes por qué he estado tan furiosa contigo estos últimos años.

Entiendo que cumpliste con tu deber y que nos salvaste a todos, pero le arrebataste la vida a la persona que yo amaba…

No sabes lo que es echarlo de menos cada día, saber que por mucho que pase el tiempo jamás volverás a verlo…

—Inspira hondo y sus ojos se llenan de lágrimas no derramadas—.

No es algo que le desee a nadie, Luca, y mucho menos a mi propio hijo.

—Lo siento, mamá —susurro.

—Lo sé, y eso lo hace aún más difícil, pero tu historia no tiene que acabar como la mía. Trae a tu esposa de vuelta y arréglalo.

—¿Cómo? Ni siquiera confío en ella. Me estuvo mintiendo y engañando todo este tiempo. Solo me utilizó.

—Encontrarás la forma, hijo. Estoy segura. ¿Quieres que te ayude a darte un baño? —Niego con la cabeza y ella ríe—. No te avergüences. Te he visto desnudo muchas veces.

—Cuando era un niño, pero ya no lo soy. Puedo solo.

—Está bien. Llámame si necesitas algo.

Asiento y la observo mientras se dirige a la puerta. Está a punto de salir cuando la llamo.

—Mamá. —Se gira a medias y me mira por encima del hombro—. Gracias —susurro.

Esboza una nueva sonrisa y después se marcha, dejándome solo en el dormitorio. Exhalo con fuerza y hago una mueca de dolor al dar los primeros pasos en dirección al baño.

Tardo más de una hora en lavarme y cambiarme de ropa.

El vendaje que cubre todo mi abdomen me impide moverme con naturalidad.

Al regresar al dormitorio, encuentro mi pistola sobre la mesa auxiliar que está junto al sillón, el mismo sillón donde pasé sentado toda la noche reuniendo valor para asesinar a mi esposa.

Me acerco a la mesa y alcanzo el paquete de cigarrillos que dejé a medias, saco uno y, tras encenderlo, le doy una calada larga.

No puedo dejar de pensar en las palabras de mi madre: «Es tu esposa, Luca.

Tráela de vuelta. Lo que sea que haya hecho, estoy segura de que podréis superarlo».

¿Es posible? ¿Puedo perdonar su traición?

¿Quiero hacerlo? No estoy del todo seguro.

Además, ella no siente nada por mí. Todo fueron mentiras y engaños entre nosotros. Ni siquiera la conozco de verdad.

«Encontrarás la forma, hijo. Estoy segura». La voz de mi madre vuelve a resonar en mi mente y resoplo con fuerza.

Aunque la perdone, no puedo obligarla a estar conmigo en contra de su voluntad.

Bianca es una mujer fuerte, poderosa e intransigente.

Si ella ha decidido que… Sacudo la cabeza de un lado a otro y aplasto el cigarrillo contra el fondo del cenicero mientras tomo una respiración profunda.

¡Maldita sea! Yo también soy poderoso. Es mi jodida esposa, me pertenece.

Si quiere librarse de mí, va a tener que volver a dispararme, y más vale que esta vez apunte a la cabeza.

Me guardo la pistola en la cinturilla del pantalón, me pongo una chaqueta de traje sobre la camiseta de tirantes y, tras coger mi teléfono y unos guantes, salgo del dormitorio lo más rápido que soy capaz.

Sé muy bien dónde se está escondiendo, con él, el maldito Kincaid la protege.

Bien, pues que se prepare porque pienso meterle una bala en la cabeza y recuperar a mi esposa.