Lupara Bianca Capítulo 61
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Capítulo 61

Vincenzo

Camino de un lado a otro del despacho, resoplando y maldiciendo en voz baja. ¡Esos dos desgraciados van a pagar por esto! ¡Los quiero muertos, joder! Casi matan a mi hermano. Cuando lo encontré inconsciente sobre un charco de su propia sangre, creí que no sobreviviría.

Me detengo al escuchar que llaman a la puerta. Enseguida, la cabeza de mi esposa se asoma al interior de despacho. Mierda. Se supone que debo hablar con ella. Después de lo que pasó anoche en la cena, le debo una explicación.

—¿Puedo pasar? —pregunta, como siempre, con cautela y educación.

—Sí, claro. —Carraspeo y espero a que cierre la puerta.

Ilenia se acerca y respira hondo antes de hablar. No menciona nada sobre mi nariz hinchada. Si sabe que ha sido Romeo el que me ha golpeado, decide ignorarlo. Es propio de ella.

—Acabo de ir a ver a Luca. Tu madre está con él ahora. Sigue dormido.

—Lo sé. El médico lo ha sedado. Estará fuera de combate unas horas más.

—Pero se va a poner bien, ¿verdad?

Asiento con la cabeza.

Nos quedamos callados un rato. El ambiente se vuelve pesado. Es una situación incómoda. ¿Cómo le explicas a tu esposa que le has sido infiel con un hombre? Resoplo y hundo los dedos en mi pelo.

—Ilenia, te debo una explicación sobre lo que pasó anoche durante la cena.

—No me debes nada. Tú eres… Yo… —titubea y se retuerce las manos con nerviosismo—.

Creo que siempre lo supe, pero no quise verlo.

Es complicado. En el mundo en el que vivimos, las mujeres no tenemos sueños ni metas, solo maridos.

Desde niñas nos preparan para ser unas esposas obedientes, dóciles y complacientes.

Damos por hecho que nuestros maridos tendrán amantes ocasionales; sin embargo, nadie me dijo nunca cómo actuar o pensar en el caso de que mi esposo se sintiera atraído por otros hombres.

—No es culpa tuya —aclaro, acercándome y cogiéndole las manos—. Yo te quiero. Eres una esposa maravillosa y una gran madre. Tenemos un matrimonio sólido. No quiero que nada de eso cambie.

—No va a cambiar, Vincenzo. —Esboza una sonrisa tímida y retrocede un par de pasos—. Conozco mi lugar y mis deberes. Solo… Me gustaría que contestaras una pregunta.

—Claro, lo que quieras.

—¿Alguna vez sentiste atracción por mí? Quiero decir… Nuestra vida sexual tampoco ha estado tan mal todos estos años, y no sé si era algo que te salía de forma natural o estabas… fingiendo.

Me acerco de nuevo a ella y acaricio su mejilla con suavidad.

—Nunca he fingido nada. Eres una de las mujeres más hermosas que conozco, de eso no tengas ninguna duda. —Tras asentir, sigue retrocediendo de espaldas hasta llegar a la puerta, da media vuelta y abandona el despacho en silencio.

Mascullo una maldición. Nada de esto tendría que haber pasado.

Si tan solo hubiese sido capaz de mantener la polla dentro de los pantalones…

Intenté evitarlo, de verdad que lo hice, pero el hijo de puta de Romeo Serra es mi perdición, mi maldito punto débil.

Hasta que él llegó a nuestras vidas, mantenía mi sucio secreto lejos de la casa familiar.

Mi teléfono empieza a vibrar sobre la superficie de la mesa. Al cogerlo, leo en la pantalla el nombre del que hace solo unas horas consideraba mi amante. Atiendo la llamada y me llevo el aparato a la oreja.

—¿Cómo te atreves a llamarme? Maldito traidor…

—Antes de que empieces a gritar e insultarme, ¿puedo saber cómo está tu hermano?

—¡¿Qué mierda te importa?!

—A mí nada, pero Bianca está preocupada.

—Esa pequeña zorra y tú…

—¡Ey! ¿Con quién demonios crees que estás hablando? —me corta—. Vas a decirme ahora mismo cómo está tu hermano. ¿Entendido?

Trago saliva con fuerza al notar cómo mi polla empieza a endurecerse.

Siempre he sido un hombre autoritario, después de Luca soy yo el que tiene el mando de la familia; sin embargo, cuando Romeo me habla en ese tono, me convierte en su jodida puta, y hace ya mucho tiempo que dejé de fingir que no me gusta.

Carraspeo y respiro hondo para recuperar el control de mis propias emociones.

—¿De verdad crees que puedes darme órdenes, hijo de puta? Te mataré.

Escucho cómo ríe al otro lado de la línea.

—¿Cuándo vas a matarme, Vin? ¿Antes o después de suplicar que te deje chupármela? Ambos sabemos que ahora mismo estás empalmado, y eso es gracias a mí.

—¡Que te follen! —siseo entre dientes.

—Pronto. Ahora dime si tu hermano ha sobrevivido. Tengo a Bianca a punto de cortarse las putas venas por la jodida culpa.

—Es lo mejor que puede hacer, que acabe con su vida antes de que Luca la encuentre. Es cuestión de tiempo, y no demasiado. En cuanto despierte, querrá ir a por ella y, conociéndolo, sé que le hará pagar por su traición de la peor manera imaginable.

—Bien, aquí lo esperamos —dice antes de colgar.

—¡Maldito hijo de perra! —vocifero, y golpeo la mesa con el puño cerrado.

Me sirvo una copa y me dejo caer en el sofá.

No sé qué hacer. Con mi hermano inconsciente, toda la responsabilidad sobre las decisiones recae sobre mí.

Lo más coherente sería informar al capo de la situación; sin embargo, eso es algo que nos traería muchos problemas.

Le advertí a Luca que asociarse con los irlandeses no era una buena idea.

Nos han ayudado a recuperar parte del estatus y el poder que poseía nuestra familia antes de que nuestro padre se convirtiera en un traidor, pero ¿a qué coste?

Ahora que sabemos quiénes son los que están intentando acabar con la organización, no podemos hacer nada, porque de alguna manera fuimos nosotros quienes los pusimos en esa posición.

Kincaid, Bianca, Romeo… Todos ellos tienen el poder que nosotros mismos les otorgamos.

No, esto es algo que tenemos que resolver de manera interna.

En cuanto Luca se recupere, iremos a por ellos, los mataremos a todos y nunca nadie sabrá lo que ha sucedido.

Paso gran parte de la noche encerrado en el salón, bebiendo y lamentándome por haber sido tan idiota.

Sabía que algo no iba bien con Bianca Rossetti, lo intuía, pero no hice nada al respecto, y en cuanto a Romeo…

El muy hijo de puta me distrajo con su maldito cuerpo de dios griego y ese pelo revuelto y alborotado en el que tantas veces he hundido los dedos.

Lo peor de todo es que, incluso después de su traición, sigo deseándolo.

Bianca

—¡Está vivo! —anuncia Romeo tras colgar la llamada.

Exhalo con fuerza y me cubro la cara con ambas manos.

No he podido dejar de llorar desde que llegamos a la casa de Ryan.

Me siento como si una enorme grieta estuviese separando en dos mi pecho, una herida sangrante y profunda que amenaza con destruirme.

El dolor es real, físico, como nunca antes lo había sentido.

—Es una buena noticia —comenta Ryan—. Los De Santis no informarán a nadie. Van a querer resolverlo por ellos mismos. Casi seguro que vendrán a por nosotros.

Me seco las mejillas y tomo una respiración profunda.

Ni siquiera he podido pensar en las consecuencias de todo lo que ha pasado.

Mi única preocupación hasta ahora era Luca y su estado de salud, además de la culpa que me corroe por dentro, y no solo por el disparo, que fue completamente accidental.

La traición, ese dolor y decepción que expresaban sus ojos, sus lágrimas, la forma en la que me miró cuando se dio cuenta de que había apretado el gatillo…

¡Dios santo! No creo que pueda borrar nunca esa imagen de mi mente.

—Bianca, ¿te encuentras mejor?

Pestañeo y asiento en respuesta a la pregunta de Romeo. Inspiro hondo por la nariz y miro a Ryan.

—¿Crees que nos atacarán aquí? —inquiero.

—Es poco probable —responde Romeo—. Conozco a Vincenzo. No es tan imprudente como para iniciar una guerra con los irlandeses en su propio territorio. Además, eso llamaría demasiado la atención. Ahora mismo, lo más seguro para ellos es mantener un perfil bajo.

—Estoy de acuerdo —dice Ryan, acercándose—. Por el momento estáis seguros aquí. Reforzaré la vigilancia en la casa, pero Vincenzo no se atreverá a planear un asalto, mucho menos sin el permiso de su Don.

Asiento, dándole la razón y muevo el cuello de un lado a otro.

Sigo estando dolorida y apuesto a que tengo las marcas de los dedos de Luca en la piel.

Si no estuviese herido, estoy segura de que él sí sería lo bastante insensato como para presentarse aquí con el objetivo de matarnos.

Una parte de mí desea que lo haga, al menos significaría que ya está recuperado y fuera de peligro.

—¿Qué vamos a hacer ahora? Todo el plan se ha ido a la mierda. Nos hemos quedado sin nada —se queja Romeo.

Ryan se acerca más al sofá donde he pasado todo el día acurrucada y se arrodilla delante de mí.

Me sujeta las rodillas y por un segundo pienso que esas manos tan suaves e inmaculadas no son las que deseo tener sobre mí.

Incluso con la piel quemada y arrugada, el tacto de Luca es mucho más reconfortante.

—Bianca, sé que todo esto te ha afectado mucho.

Conozco muy bien lo que se siente cuando arrebatas tu primera vida, esa sensación de vacío y la certeza de que algo dentro de ti ha cambiado y nunca volverá a ser como antes.

Entiendo que estés afectada, pero ya has escuchado a Romeo, De Santis está vivo. No tienes por qué seguir culpándote.

Alzo la vista a mi amigo y este niega con la cabeza. Él sabe que mi estado de ánimo no tiene nada que ver con que haya estado a punto de matar a alguien, el verdadero problema son mis sentimientos por ese alguien.

—Estaré bien —digo, intentando sonar convincente.

—Eso espero, porque ahora más que nunca necesitamos todo tu ingenio para salir de esta situación.

—No tenemos demasiadas opciones. Seguir adelante con el plan ya no es factible. El intercambio con los mexicanos se llevará a cabo muy pronto, pero estoy segura de que, ahora que saben que estamos detrás de toda la persecución policial, cambiarán el lugar de encuentro.

—Cierto, necesitamos un nuevo plan, y tiene que ser rápido porque el tiempo se acaba. ¿Se te ocurre algo?

Niego con la cabeza y suspiro.

—Necesito pensar. Tal vez, después de una ducha caliente y descansar un rato, se me ocurra alguna idea para salir de esta. Tenemos algo de tiempo aún. Como has dicho, los De Santis no vendrán a por nosotros, al menos, no hasta que Luca se recupere.

—Sí, creo que lo mejor es que todos nos vayamos a dormir —sugiere Romeo.

Ryan se pone de pie y me tiende la mano para ayudarme a hacer lo mismo.

—He pedido que os preparen un par de habitaciones. —Se acerca más a mí y esboza una pequeña sonrisa—. Aunque, si lo prefieres, puedo compartir mi dormitorio contigo.

—Eh… En realidad, creo que lo mejor es que esté sola. Podré concentrarme en intentar buscar una solución a este enorme problema que tenemos entre manos —respondo a modo de excusa.

Ahora mismo no tengo ganas ni energías para explicarle a Ryan que lo que sea que teníamos se ha terminado. No voy a seguir fingiendo que estos meses con Luca no han cambiado mi parecer. Se lo diré, pero no ahora.

Como siempre, se muestra comprensivo y él mismo me acompaña a mi habitación.

Una vez sola en su interior, vuelvo a derrumbarme una última vez.

Estos momentos son los únicos que perderé lamentándome y lloriqueando por algo que jamás debió suceder.

Luca y yo no estábamos destinados a estar juntos.

Fui yo la que forzó esa unión y debo aceptar que ha llegado a su fin, aunque eso me destroce por dentro.

Lo peor de todo es que él jamás sabrá lo mucho que me importa y que, tal vez, si las cosas hubiesen sido de otra manera, podríamos haber llegado a ser una pareja real.