Capítulo 60
Romeo
Atravieso toda la casa, arrastrando a Bianca detrás de mí. Tenemos que salir de aquí cuanto antes. El disparo debe de haber alertado a todo el mundo y apuesto a que ya nos están buscando. Bianca tropieza en las escaleras y está a punto de caerse, pero consigo sujetarla y sigo tirando de ella.
Ya en la planta baja, nos dirigimos a la salida principal, pero somos interceptados por Vincenzo y cuatro de los chicos de seguridad.
Los reconozco enseguida. Estos últimos meses he trabajado en distintas misiones con todos ellos, y Vin…
A él lo conozco de una forma mucho más íntima y personal.
Le arrebato la pistola a Bianca y la escondo detrás de mí mientras apunto al que hasta hace solo unas horas era mi amante.
—¿Vas a dispararme, Serra? —pregunta, frunciendo el ceño.
—Solo si no me dejas otra opción —contesto con la respiración acelerada.
Vincenzo echa un vistazo alrededor y frunce el ceño.
—¿Dónde está mi hermano? Si esa zorra a la que proteges está viva, él… —Deja la frase en el aire y niega con la cabeza.
Apuesto a que, al escuchar el disparo, pensó que había sido su hermano quien había ejecutado a Bianca.
—En su dormitorio.
—¡Hijo de puta! —Saca su arma y me apunta.
—Antes de que puedas apretar el gatillo te habré volado la cabeza. —Doy un paso lateral, cubriendo a Bianca con mi cuerpo—. En vez de perder el tiempo conmigo, deberías enviar a alguien a la planta de arriba, un médico a poder ser, antes de que tu hermano se desangre.
Vincenzo suelta otra maldición. Hace un gesto con la barbilla y los tres hombres se dirigen corriendo a las escaleras. Mientras las suben, yo sigo mirándolo a él.
—No vais a salir de esta casa con vida, Romeo —sisea entre dientes.
Trago saliva y esbozo media sonrisa.
—Vamos, amor, sabes que sí lo haré. ¿Te digo por qué? —Doy un paso hacia él sin dejar de apuntarle—. Porque, si en dos minutos no envío un mensaje, alguien le mandará a Leone fotografías y vídeos tuyos muy comprometidos.
Estrecha la mirada sobre mí. No necesito explicarle qué imágenes son esas. No existen, pero eso él no lo sabe.
—Es un farol —escupe.
—¿Estás seguro? Yo no me arriesgaría. Nadie necesita verte con mi polla en la boca, amor, ni mordiendo una almohada mientras…
—¡Cállate, joder! —grita—. Si eso es verdad, tú también estarías jodido.
Suelto una falsa carcajada y me encojo de hombros.
—Mírame, ya lo estoy. Llevo media vida cargando con los pecados de mi padre. No tengo nada que perder, al contrario que tú. El tiempo pasa, Vin. Baja la pistola y acabemos con esto.
Aprieta los dientes y exhala con fuerza.
—Tú ganas, pero esto no termina aquí —gruñe, tirando el arma a un lado.
Respiro aliviado y me acerco a él en un par de zancadas, lo sujeto por la nuca y busco su mirada.
—Lo siento. —Antes de que pueda apartarse, estrello mis labios contra los suyos un segundo y después golpeo su nariz con la frente.
Vincenzo retrocede, sujetándose el rostro con ambas manos. Está sangrando por la nariz. Aprovecho el momento de distracción para volver a tirar de Bianca y salimos de la casa a toda prisa.
Miro hacia atrás en varias ocasiones. Bianca corre conmigo, pero no pronuncia ni una sola palabra y parece como… ausente. Solo cuando nos adentramos en el garaje y nos acercamos a uno de los todoterrenos negros, la escucho hablar.
—No, el Ferrari —dice, sacudiendo la cabeza de un lado a otro.
—Sí, a mí también me gusta tu deportivo, pero con uno de estos llamaremos menos la atención.
—No es por eso. —Inspira hondo y señala su coche—. El Ferrari no tiene localizador GPS. Lo pedí por encargo, por si algo así pudiese pasar.
Sonrío y beso su frente de manera fugaz.
—Chica lista. —Vuelvo a tirar de su mano y nos subimos al deportivo a toda prisa.
El motor ruge mientras conduzco a toda velocidad por la ciudad.
Ahora mismo me da igual que nos pare la Policía.
Lo único que me importa es alejarme lo máximo posible de los De Santis.
Solo cuando llegamos a las afueras, desacelero un poco y echo un vistazo en dirección a Bianca.
No ha vuelto a abrir la boca desde que salimos de la casa y sigue perdida en sus propios pensamientos.
—Apuesto a que tienes alguna ruta de escape planeada. ¿A dónde vamos? —Tras unos segundos en los que parece no escucharme, me detengo a un lado de la carretera—. ¿Bianca? ¡Eh!
Entonces ella gira la cabeza en mi dirección y un sollozo sale de su garganta.
—Creo que lo he matado —susurra con un hilo de voz—. Yo no quería. Fue un accidente.
Las lágrimas desbordan sus ojos y niega con la cabeza.
—Mierda. —Exhalo y la atraigo hacia mí para abrazarla—. Todo va a estar bien, cielo. Sería un gran inconveniente que muriera. No necesitamos que la organización nos cargue con el asesinato de un Don, pero si ocurre…
—¡¿Crees que eso me importa?! —exclama, apartándose de mí—. ¡He disparado a mi marido! Me da igual que vengan a por mí. ¡No quiero que muera, joder! No puedo… No… —Vuelve a sollozar y se cubre la cara con las manos.
La observo en silencio. Escucho su llanto y se me rompe el corazón.
En todos los años que la conozco, nunca había visto así a Bianca, ni siquiera en sus peores momentos.
El día que intentó suicidarse, fue sin lloros ni quejas.
Estaba sufriendo, pero no derramó ni una sola lágrima. Sin embargo, ahora…
—Lo quieres —digo al entender al fin cuál es su preocupación. Mi amiga alza la cabeza, sorbe por la nariz y asiente de manera casi imperceptible—. Eso sí es una putada. Necesitamos ir a un lugar seguro. Después encontraré la manera de saber algo de él. ¿De acuerdo?
Asiente de nuevo y se seca las mejillas con el dorso de la mano.
—Llama a Ryan y cuéntale lo que ha pasado. Nos quedamos en su casa. Es el lugar más seguro en estos momentos. Vincenzo no se atreverá a atacar al jefe de la mafia irlandesa en su propio territorio.
—No, eso es algo más propio de Luca.
Aparta la mirada e inspira hondo por la nariz.
—Si aún sigue vivo, no estará en condiciones de hacerlo. Vamos. No hay tiempo que perder.