Lupara Bianca Capítulo 59
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Capítulo 59

Bianca

Luca lo sabe. Me ha descubierto. Pude verlo en su mirada en el mismo instante en el que desperté y lo encontré mirándome fijamente.

Estoy segura de que en ese preciso momento estaba planeando matarme, o tal vez solo buscaba el valor para hacerlo.

De cualquier forma, su postura, su expresión y esa mirada de odio y furia lo delataron.

Intenté distraerlo de la mejor manera que puede hacerse con un hombre: ofreciéndole sexo.

Mi intención era tomarlo por sorpresa y salir huyendo, pero fue él quien me sorprendió a mí, primero con la pistola, tan cerca de mi rostro que casi me echo a temblar.

Pude disimular bien y volví a convertirlo en algo sexual, sin embargo, cuando me agarró del cuello y empezó a apretar…

Creí que mi final había llegado. Lo que no entiendo es por qué sigo viva.

Mi corazón ya casi había dejado de latir y estaba perdiendo el sentido cuando me soltó.

Aún con la respiración alterada me miro en el espejo. Tengo el pelo revuelto, los ojos llorosos y rojos por la falta de oxígeno y unas marcas color carmesí alrededor de mi cuello.

—Maldita sea —susurro con voz ronca.

Ni siquiera puedo pararme a pensar en lo que acaba de ocurrir. Ya tendré tiempo para lamentarme y lamerme las heridas más tarde, si logro sobrevivir a esto. Ahora necesito encontrar la manera de salir de aquí.

Tardo solo unos minutos en darme una ducha.

Me recompongo lo mejor que soy capaz y salgo del baño con solo una toalla rodeando mi cuerpo.

Todos mis sentidos están alerta cuando me adentro en el dormitorio.

Luca alza la vista en mi dirección. Sigue sentado en el sillón.

Tiene una copa de licor a medio beber en una mano y un cigarrillo encendido en la otra.

La pistola de doble cañón está sobre la mesa auxiliar, justo a su lado.

Inspiro hondo por la nariz y esbozo una sonrisa a medias.

Voy a seguir con mi jueguecito. Necesito ganar tiempo.

Camino hacia el vestidor bajo su atenta mirada, ni siquiera pestañea.

«Sigue avanzando, Bianca». Me digo a mí misma.

En cualquier momento puede dispararme por la espalda.

Intento no caer presa del pánico, pero me tiemblan las piernas con cada paso que doy. «Cu furza e curaggiu si vince tuttu» .

Al fin me adentro en el vestidor, lejos de su mirada de odio y también de su trayectoria de tiro.

Me apresuro a buscar en la estantería superior mi mochila de emergencias.

La cojo y compruebo que tengo en ella todo lo que necesito: pasaporte, una muda de ropa, dinero, un teléfono prepago sin registrar y lo más importante…

El objeto que puede salvarme la vida: una pistola.

Mientras espero a que el teléfono se encienda, me visto a toda prisa.

Si salgo del vestidor con ropa de calle, llamaré demasiado la atención.

Lo mejor es actuar como si aún no supiese que mi marido quiere asesinarme.

Decido ponerme una de sus camisas. Ajusto las mangas a la altura de mis codos y me apresuro a escribir un mensaje a Romeo.

«Nos han descubierto. Sal de la casa inmediatamente».

Lo envío y guardo el teléfono en la mochila.

Introduzco la pistola bajo la camisa, que me cubre hasta la mitad de los muslos, la sujeto a la parte baja de la espalda con el elástico de la ropa interior y me aseguro de que la mochila esté pegada a la puerta antes de tomar una respiración profunda y regresar al dormitorio.

Luca sigue en la misma posición, pero el cigarrillo que estaba fumando ahora está aplastado contra el fondo del cenicero, aún humeando. Su mirada me recorre de pies a cabeza mientras camino hacia él con toda la seguridad que soy capaz de fingir.

—¿No crees que te has excedido un poco? Mañana tendré cardenales por todo el cuerpo —comento, como si lo que me ha hecho hace solo un rato no hubiese sido una brutalidad.

No hubo nada de placentero en el sexo, solo fue una demostración de poder.

Me acerco más. Noto el leve movimiento de su mano y por un instante creo que va a alcanzar la pistola, pero solo remueve el contenido del vaso con suavidad. Cuando llego a su lado, me subo a horcajadas a su regazo y deslizo el dedo índice por el centro de su pecho.

—¿Qué te hace pensar que vas a llegar a mañana, Diavuletta? —susurra en un tono de voz tan frío que corta el aire a nuestro alrededor.

Lo miro a los ojos. Esto no tendría que haber terminado así.

Sabía lo que me estaba jugando. Un hombre como Luca De Santis jamás dejaría pasar una traición como la mía, pero esperaba, al menos, poder explicarle mis motivos.

Yo estaba allí cuando ejecutó a su padre a sangre fría.

No le tembló el pulso. Lo han educado para combatir la traición con sangre, y eso es lo que pretende hacer conmigo.

Quizá, si se lo hubiese contado yo en vez de esperar a que lo descubriera por otro lado, todo habría sido distinto y ahora no estaría aquí, fingiendo que el odio y la rabia que transmite su mirada no me está destrozando el corazón.

Subo la mano hasta su rostro y acaricio su mejilla con suavidad. Su mandíbula se tensa y entrecierra los ojos.

—Lo siento, Luca —susurro. Frunce el ceño.

La confusión se refleja en su rostro durante apenas un segundo, ese es el tiempo que tardo en echar la mano hacia atrás, agarrar la pistola y colocarla bajo su barbilla.

Luca intenta alcanzar la suya, pero clavo el cañón en su piel a modo de advertencia—.

Ni un solo movimiento o juro que decoraré la pared con tus sesos.

—Hija de perra… —sisea entre dientes.

—Debiste haberme matado cuando tuviste la oportunidad.

—Aún estoy a tiempo —replica.

Niego con la cabeza y me levanto despacio. No lo pierdo de vista ni un instante. Con una mano sostengo la pistola y con la otra le doy un manotazo a la mesa para tirar su arma al suelo. En cuanto la escucho caer, empiezo a retroceder de espaldas sin dejar de apuntarle a la cabeza.

—Nadie tiene que morir hoy, Luca. Solo quiero irme de aquí.

Me observa desde el sillón sin responder. Llego hasta la puerta del vestidor, me agacho un poco y estiro el brazo hacia atrás para coger la mochila. Cuando la alcanzo, me la cuelgo del hombro y sigo avanzando paso a paso en dirección a la salida.

—No vas a ir a ningún lado, al menos, no mientras sigas respirando. —Se pone de pie y empieza a avanzar hacia mí.

—¡Quieto! ¡No te acerques! —grito.

Cuando está a solo unos pasos de distancia, alza el brazo.

Estoy a punto de disparar, pero no lo hago.

Por puro instinto, cierro los ojos cuando noto el líquido que contenía su vaso en mi rostro.

Ni siquiera me da tiempo a reaccionar. Enseguida lo tengo encima de mí, sujetándome por la muñeca para controlar la mano con la que sostengo la pistola.

Mi espalda golpea la pared. Intento sacármelo de encima, pero es mucho más fuerte que yo. Con un movimiento rápido, me inmoviliza, retuerce mi muñeca y me arrebata el arma.

—Ahora ya no eres tan valiente, ¿verdad? —sisea, dando un paso atrás. Coloca el cañón en mi frente y exhala con fuerza—. ¿Por qué? ¡Confié en ti, maldita sea! ¿Por qué me has traicionado? ¿Es un plan de Rossetti para quitarme de en medio?

Intento respirar profundamente, pero se me cierra la garganta. Siento miedo, sí, pero también culpa y remordimientos. Hay tanto dolor en su voz y en su mirada…

—No tiene nada que ver contigo, Luca. Solo te he usado para destruir a mi padre. Decidí casarme contigo porque eres el único que no besa el suelo por donde pisa.

—¡¿Tú lo decidiste?! —Asiento con la cabeza—. ¡El puto irlandés y tú lo planeasteis todo, ¿verdad?!

—Sí —confieso.

Gruñe y amartilla la pistola.

—¿Crees que puedes utilizarme, traicionarme y vivir para contarlo?

—Luca… —susurro.

—¡Cállate! No se jode con un De Santis. Eso ya deberías saberlo. —Vuelve a pegar el cañón a mi frente e inspira hondo por la nariz—. ¡Habría puesto el mundo entero a tus pies, joder!

Una lágrima solitaria desciende por su mejilla y, entonces, lo noto, su mano, la que sujeta el arma, está temblando. Clavo mi mirada en él. Ya no hay odio en sus ojos, solo dolor y decepción.

—No quieres matarme —susurro con una exhalación.

Duda y su mano tiembla aún más. Traga saliva con fuerza y más lágrimas recorren su rostro.

—¡Joder! —vocifera, bajando la pistola.

Retrocede un par de pasos y yo suspiro aliviada. No va a matarme, no puede o no quiere hacerlo. Lo observo en silencio mientras da vueltas sobre sí mismo, maldiciendo. Reúno el poco valor que me queda y doy un paso hacia él.

—Luca…

La puerta se abre de golpe, interrumpiéndome.

Al ver a Romeo en la entrada, todas mis alarmas se activan de golpe.

Puede que a mí no quiera matarme, pero no dudará en acabar con mi amigo.

Luca lo mira y esa rabia y ese odio resurgen en sus ojos.

Casi a cámara lenta, lo veo alzar el brazo.

Va a disparar a Romeo, estoy segura. Lo sujeto por la muñeca con ambas manos, la retuerzo como hizo él antes conmigo y, con un movimiento rápido, se la quito.

—¡Bianca! —grita Romeo, tirando de mí hacia la salida.

Luca se abalanza sobre mí para cogerme de nuevo el arma, está a punto de alcanzarme. Intento alzarla para amenazarlo, pero, cuando toca mi mano, el movimiento hace que mi dedo presione el gatillo.

El estruendo de la detonación me deja paralizada. Luca baja la mirada a su abdomen y veo que su camiseta gris empieza a teñirse de un rojo intenso. Levanta la cabeza y sus ojos se clavan en los míos.

—No… —susurro, negando con la cabeza.

—¡Bianca, hay que irse! —Romeo vuelve a tirar de mí.

Se agacha para recoger mi mochila, que se ha caído en el forcejeo, y me arrastra fuera de la habitación.

—Lo he matado —murmuro, creo que para mí misma, no estoy segura.

—¡Eso da igual ahora! ¡Corre, maldita sea! Van a venir a por nosotros.

Dejo que tire de mí por el pasillo. Mis piernas se mueven solas. Por puro instinto de supervivencia empiezo a correr; sin embargo, en mi mente sigo viendo el rostro de Luca cuando se dio cuenta de que le había disparado. ¡Dios santo! ¿Qué he hecho?