Lupara Bianca Capítulo 58
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Capítulo 58

Luca

Cuando tuve que matar a mi padre no lo dudé ni un segundo.

Levanté la pistola, apunté a su cabeza y apreté el gatillo.

Sin embargo, con Bianca la situación es distinta.

Lo he intentado, pero no he sido capaz. Después de decirme a mí mismo que solo necesito más tiempo, me serví una copa, después otra y otra más.

Ya he perdido la cuenta de todo el alcohol que he bebido y el dormitorio se ha convertido en una especie de sauna, pero de humo de cigarrillo. Al menos he conseguido borrar ese maldito aroma a flores del aire que me rodea.

Sentado en el sillón orejero que hay a los pies de la cama, la observo mientras sigue durmiendo ajena a todo el sufrimiento, la rabia y la desesperación que hierven en mi interior.

Mi mujer, mi esposa, Bianca. ¿Cómo no me di cuenta antes de su traición?

Me tomó por imbécil. La imagino riéndose de mí, de lo fácil que es engañarme y mentirme, de lo manipulable que soy. Con él, el puto irlandés. ¿Son amantes?

Exhalo profundo y le doy un nuevo trago a mi copa.

Voy a matarlos a ambos. A ella en cuanto despierte.

La miraré a los ojos mientras le disparo, y a él…

Ese hijo de puta se merece una muerte mucho más lenta.

Primero lo destrozaré a golpes, y, cuando esté al borde de la muerte, sumergiré su cuerpo en ácido.

Voy a disfrutar escuchando sus gritos de dolor.

Bianca se mueve bajo el edredón y todo mi cuerpo se tensa. Supongo que ha llegado el momento. Dejo el vaso a medio beber en la mesa que hay junto al sillón y me pongo de pie. Estoy a punto de empuñar mi arma cuando escucho su voz.

—¿Luca? —Me detengo a los pies de la cama y sigo observándola.

Enciende la lámpara que está sobre la mesita de noche y me mira—.

¿Has visto mi teléfono? Juraría que lo había dejado justo aquí.

—No respondo, solo sigo mirándola fijamente, con los puños apretados y la mandíbula tensa—.

¿Qué haces ahí parado? Mirándome así, pareces aún más tarado de lo que eres.

Trago saliva con fuerza y me concentro en notar el peso de mi pistola en la parte baja de la espalda.

Solo quiero memorizar su rostro unos segundos más, su cabello rubio, sus ojos verdes y esa sonrisa descarada que tanto la caracteriza.

Bianca arquea una ceja y aparta el edredón con un gesto rápido e inesperado.

Inspiro hondo al verla completamente desnuda.

Es la mujer más preciosa que he conocido nunca y hasta hace solo unas horas pensé que era mía.

¡Qué idiota soy, joder! Se ha burlado de mí.

Frunzo el ceño al verla acercarse gateando sobre el colchón.

Se detiene justo delante de mí y su sonrisa se agranda.

Cuando va a tocarme, la sujeto por la nuca, enredo los dedos en su pelo y lanzo su cabeza hacia atrás con rudeza.

Echo la otra mano hacia atrás y alcanzo la empuñadura del arma.

Es ahora. Solo tengo que colocar el cañón en su frente y apretar el gatillo.

—¿Estás cabreado porque no te esperé despierta? —susurra Bianca—. Puedo compensarte por eso.

Coloca las manos sobre mi pecho y las desliza hacia abajo, pasa por mi vientre y se detiene justo en mi entrepierna.

Inspiro hondo por la nariz cuando noto que acaricia mi polla por encima de la tela.

De manera inevitable, me pongo duro al instante.

Entonces aprieto los dientes y sujeto su pelo con todavía más fuerza.

¿Por qué no puedo resistirme a ella? En cuanto me toca pierdo la puta razón, y ahora no puedo ni quiero que eso pase.

Saco la pistola. Sus ojos se abren como platos al verla, pero no dice nada. Ni siquiera parece darse cuenta de que está a punto de morir. Deslizo el doble cañón por su mejilla. No hay miedo en su mirada, solo confusión. Llego a sus labios y le doy un nuevo tirón a su pelo.

—Abre la boca. —Tarda unos segundos en procesar mi orden. La sujeto con más fuerza. No voy a dejar que se escape—. Abre la puta boca, Bianca —repito.

En vez de forcejear conmigo o intentar apartarse, la muy perra esboza una sonrisa descarada. Separa los labios con extrema lentitud y lame el doble cañón. Mi polla salta en respuesta. ¿Cree que esto es un juego?

—Ese rollito de tipo duro y peligroso me pone muy cachonda —susurra, respondiendo a mis dudas.

Cierra el puño, aprisionando mi erección, y se me escapa un jadeo ahogado.

Bianca vuelve a sonreír, abre más la boca y empieza a succionar el cañón de la pistola.

Cierro los ojos y contengo un nuevo gemido.

Cada pasada de su lengua por el metal la siento directa en mis pelotas.

Gruño y lanzo la pistola al suelo. Antes de matarla, la follaré una última vez.

Una despedida y un castigo, eso es lo que se merece.

La empujo con fuerza. Su espalda apenas ha tocado el colchón cuando tiro de uno de sus pies para acercarla más al borde de la cama.

En solo un par de segundos ya he liberado mi erección y estoy separando sus piernas.

Me acomodo entre sus muslos, la agarro por la garganta y me hundo en su interior con un fuerte empellón.

Bianca gime, no sé si por placer o por dolor, tampoco me importa.

La follo con dureza, sin ningún remordimiento.

La embisto cada vez más rápido y con más ímpetu mientras la sigo sujetando por el cuello.

Intenta hablar, pero, antes de que pueda decir una sola palabra, aprieto con más fuerza su garganta y sigo follándola.

Cuando me canso, la obligo a girarse y me hundo en su coño desde atrás.

Mi mano regresa a su garganta, y esta vez la aprieto tanto que noto que se queda sin aire.

—Eres una maldita zorra —siseo en su oído con la respiración acelerada.

Golpeo con las caderas con tanta fuerza que mi pelvis empieza a estar dolorida, pero eso no va a detenerme ni mucho menos. Bianca jadea en busca de aire, me sujeta la muñeca con ambas manos e intenta apartarla de su cuello. No se lo permito.

—Luca… —dice con un hilo de voz.

—¿No te gusta, cariñito? Así es como mereces que te traten, como una verdadera puta. —Con la mano libre azoto su trasero con fuerza mientras sigo follándola desde atrás—. Piénsalo, es una forma muy placentera de morir.

Sus uñas se clavan en mi muñeca, la siento retorcerse.

Rodeo su cintura con el brazo y sigo apretando su garganta con fuerza.

Entonces empieza a batallar al mismo tiempo que un latigazo de placer recorre mi columna.

Con un último empellón, exploto en su interior mientras ella sigue revolviéndose entre mis brazos.

Siento cómo su cuerpo se relaja a cada segundo.

Cierro los ojos y espero a que deje de moverse.

Este será su final, sin sangre, sin gritos, solo una dulce liberación que la llevará a la muerte.

Convulsiona una vez, después otra, y, cuando estoy seguro de que su vida pende de un hilo…

, grito de pura frustración y libero su cuello.

Me alejo un par de pasos con el corazón latiendo a toda velocidad y casi sin aliento. Su cuerpo cae sobre el colchón, pero la escucho jadear en busca de oxígeno. ¡Maldita sea! Podría haberla matado. ¿Por qué no lo he hecho?

Me recompongo el pantalón, recojo la pistola del suelo y me dejo caer en el sillón.

Doy un trago largo a mi bebida y la observo con rabia contenida.

La veo moverse despacio y poco a poco su respiración se va normalizando.

Se incorpora con dificultad. Cuando intenta bajar de la cama, le fallan las piernas y está a punto de caerse, pero logra mantenerse en pie y da un paso.

No me mira, tampoco dice nada, y eso es lo más extraño.

Es imposible que siga pensando que lo que acaba de suceder ha sido solo un juego sexual.

¿O no? Da un nuevo paso de espaldas a mí.

—¿Dónde crees que vas? —inquiero.

Se detiene y tarda unos segundos en girarse para mirarme. Cuando lo hace, sus ojos no hacen contacto con los míos. Se toca la garganta y niega con la cabeza.

—Al baño —responde. Su voz suena áspera y rasgada.

Asiento y vuelve a girarse. Cuando entra en el baño y la puerta se cierra, exhalo y cierro los ojos con fuerza.

Estoy aplazando lo inevitable, pero ¿quién puede juzgarme por ello?

Acabar con la vida de la única mujer que he amado es, sin duda, lo más difícil y doloroso que me he tenido que hacer jamás.