Lupara Bianca Capítulo 57
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Capítulo 57

Luca

Resoplo una vez más y me pinzo el puente de la nariz. Solo quiero terminar con esta mierda de una maldita vez.

—Tienes diez segundos y me voy —siseo entre dientes.

Vincenzo asiente y, tras darle la vuelta al ordenador, lo empuja hacia mí sobre la superficie de la mesa.

—Me sobran cinco. Echa un vistazo a eso.

Mientras suelto un bufido, me acerco y clavo la mirada en la pantalla.

—¿Qué se supone que tengo que ver?

Rodea de nuevo la mesa y empieza a abrir pestañas en el ordenador.

—Cuando estaba investigando a tu mujer…

—¡¿Cómo dices?!

—Te advertí que iba a investigarla y tú me dijiste que podía hacerlo.

—Eso fue hace meses.

—Exactamente, y en ese momento no encontré nada extraño sobre ella, pero hoy, cuando me encerré en mi despacho después de la cena, volví a echar un vistazo a los informes de esa investigación y ni siquiera sé cómo me di cuenta. ¡Estaba ahí todo el tiempo, joder!

—¡¿El qué?! Dices cosas sin sentido. Primero Kincaid, ahora Bianca… ¿Estás colocado?

—¡No! Sigues sin escuchar. Todo está aquí. —Señala la pantalla del ordenador con nerviosismo—. Las mismas ciudades, los mismos hoteles y las mismas fechas. Todo coincide.

—¿Qué es lo que coincide?

—Bianca y Kincaid se encontraban en Europa a escondidas.

Pestañeo rápido y se me escapa una carcajada.

—Vale, hermano. Voy a hacerte un favor. Me iré de aquí y olvidaré que esta ridícula conversación ha tenido lugar.

—¿No me crees?

—Por supuesto que no. Lo que acabas de decir es una jodida estupidez.

—¡Pues compruébalo por ti mismo! —Me sujeta del brazo e intenta tirar de mí, pero me lo saco de encima con un manotazo.

—¡Suficiente! Vete a dormir, Vincenzo. Estás haciendo el ridículo.

Toma una respiración profunda y se planta delante de mí.

—Hermano, por favor, solo mira la jodida pantalla. Si después quieres irte, adelante, pero necesito que lo veas.

Me planteo noquearlo de un puñetazo para que deje de hacer el ridículo, pero las palabras de Bianca acuden a mi mente.

«Solo escúchalo y no lo juzgues. Da igual lo que te diga.

Apuesto a que lo único que necesita ahora mismo es el apoyo de su hermano».

Me pregunto si seguiría pensando lo mismo si estuviese aquí.

—Está bien. ¿Qué tengo que ver? —farfullo, yendo hacia la mesa.

—Aquí, mira. —Señala la pantalla—. Estas son las fechas en las que Kincaid estuvo en Europa. París, Dublín, Madrid, Londres… —Abre otra pestaña prácticamente idéntica—. Estas son las fechas en las que Bianca estuvo en esas mismas ciudades, lo he comprobado.

—¿Y qué? Puede ser una coincidencia. Ambos viajaban mucho a Europa. Eso no significa que mi mujer se encontrara a escondidas con el irlandés.

—Yo también lo pensé. De hecho, me costó encontrar la conexión, porque cuando busqué en las bases de datos de los hoteles en los que se hospedaba Kincaid, no constaba el nombre de Bianca, pero me seguía pareciendo demasiada casualidad que las fechas y las ciudades coincidieran, así que fui más allá.

—Abre otra pestaña donde aparecen fechas, ciudades y nombres de hoteles—.

Busqué a nombre de Romeo y ahí fue cuando me di cuenta de lo que estaba pasando.

—¿Qué es…? —inquiero tras exhalar con fuerza.

—¡Míralo! Hace dos años, en septiembre, Kincaid se hospedó en la habitación cuatrocientos doce del Hilton Garden en Dublín. En esas mismas fechas, la habitación cuatrocientos once estaba reservada a nombre de Romeo.

Frunzo el ceño y acerco más el rostro a la pantalla para comprobar lo que está diciendo.

—No tiene ningún sentido. Debe de tratarse de un error.

—Te vas a cansar de decir eso, hermano. Fíjate bien. Abril del año pasado, Madrid, en el hotel Palace, habitaciones doscientos dos y doscientos tres. París, hace solo unos meses…

—Cállate —ordeno, leyendo mientras intento buscar una explicación para todo esto.

Las fechas, los hoteles, las ciudades… Todo coincide. Las habitaciones siempre son contiguas y fueron reservadas a nombre de Romeo Serra. Hay recibos, firmas y hasta horarios de entrada y salida.

—Lo he comprobado y en todos los hoteles hay accesos de una habitación a otra de manera interna. Además, no es algo reciente. Los encuentros se remontan hasta hace más de cinco años.

Trago saliva con fuerza y niego con la cabeza. Esto no puede ser real. Me enderezo y clavo mi mirada furiosa en mi hermano.

—Vincenzo, si te estás inventando todo esto para perjudicar a Bianca, juro que te mataré —lo amenazo.

Abre mucho los ojos y niega con la cabeza.

—¿En serio? ¿Ni siquiera con esto me crees? ¡Es increíble, joder! Piénsalo solo un segundo. Siempre supimos que Kincaid tenía a alguien entre los nuestros. Toda la información que consigue… ¡Son esos dos traidores!

Vuelvo a negar. Me llevo la mano al centro del pecho y tomo una respiración profunda, pero no logro que el aire me llegue a los pulmones.

—No puede ser —susurro.

—¿Por qué crees que ella quiso meterse en los negocios de la organización?

Los federales, la fuga de información… Estoy seguro de que Bianca y Romeo son los topos.

Nos han engañado todo este tiempo. Y lo de las habitaciones conectadas…

Tal vez tenías razón y Kincaid se encontraba con su amante en esos hoteles, con tu mujer.

Me giro de golpe y agarro a mi hermano por el cuello.

—¡Cierra la puta boca! —grito zarandeándolo.

Levanta los dos brazos a modo de rendición y niega con la cabeza.

—Vamos, golpéame si quieres, pero eso no va a cambiar la verdad. Tu esposa es una traidora y vas a tener que matarla, te guste o no.

Lo empujo con fuerza y salgo del despacho casi a la carrera.

Mientras recorro el pasillo hasta la habitación, la presión en mi pecho va en aumento.

«Tu esposa es una traidora y vas a tener que matarla».

Las palabras de Vincenzo resuenan en mi mente una y otra vez como una jodida campana.

Me detengo frente a la puerta cerrada del dormitorio y trato de tranquilizarme.

Tiene que haber una explicación para todo esto.

Bianca no… Ella no me engañaría, no me traicionaría.

Tiro de la manija y mi mirada va a parar a la cama.

Se supone que iba a esperarme despierta, pero la mujer que tengo delante de mí está profundamente dormida.

Me acerco despacio, con el corazón latiendo a toda velocidad, las piernas temblorosas y una presión en el pecho que no me deja ni respirar.

Me detengo junto a la cama y la observo dormir.

Me niego a creer que me ha traicionado. Tan solo, no soy capaz.

Ni siquiera sé cuánto tiempo paso mirándola.

Intento hacer memoria, pensar en cualquier cosa que la haga parecer culpable o inocente.

Repito en mi mente casi todas las conversaciones que hemos tenido desde que nos conocemos.

Una de sus condiciones para casarse conmigo fue poder viajar con libertad, sin ningún acompañante, a excepción de Serra, y, cuando llegamos al acuerdo de tener un hijo, quiso que a cambio la dejara inmiscuirse en los negocios de la organización.

«No puedo ni quiero conformarme con vivir bajo la sombra de mi padre ni de mi marido el resto de mi vida».

¿Por eso lo ha hecho, para ser libre? El recuerdo de la noche en la que fuimos a cenar juntos me llega de golpe.

Kincaid apareció en el restaurante por sorpresa.

No noté nada extraño cuando se saludaron, pero también es verdad que he visto a Bianca socializar con personas que no le caen bien y sabe fingir a la perfección que no es así.

Es una buena actriz. ¿Es eso lo que ha estado haciendo conmigo, un papel?

El sonido de su teléfono al vibrar sobre la mesita de noche me saca de mis pensamientos.

Estiro la mano y lo cojo con cuidado. Si es cierto que Kincaid y Bianca…

Ni siquiera puedo decírmelo a mí mismo, pero, si es cierto…

, tienen que estar en contacto de alguna manera, ¿no?

Intento desbloquear la pantalla del aparato, pero tiene verificación por huella dactilar.

Con mucho cuidado, agarro la mano de Bianca por la muñeca y presiono su dedo índice en la pantalla, esta enseguida se ilumina.

Bianca gime algo en voz baja, se da la vuelta y sigue durmiendo.

Me concentro en el teléfono. Busco en los mensajes, pero no hay nada.

Voy a los contactos. El nombre de Kincaid no está, aunque tampoco sería tan idiota como para tenerlo registrado.

Por último, reviso las llamadas. No veo nada raro, solo ha hablado con Romeo, con su tía Sarah y conmigo en los últimos días.

Cuando ya casi me he convencido de que todo esto es un error, me doy cuenta de que hay dos contactos con el mismo nombre.

En uno pone «Tía Sarah» y en el otro «Sarah».

Compruebo las horas en las que se recibieron esas llamadas, la de «tía Sarah» fue la que yo respondí y la de «Sarah» unas horas antes.

Pestañeo rápido y sacudo la cabeza de un lado a otro.

Casi estaba seguro de que la había escuchado hablar con su tía en el gimnasio, pero antes de la cena, cuando le cogí el teléfono a Bianca y puse el altavoz, oí que su tía decía que hacía más de una semana que no sabía nada de ella.

Sin pensarlo demasiado, presiono el botón de llamada y me llevo el teléfono a la oreja.

Espero en silencio hasta que suena el primer tono.

Contengo el aliento y llega el segundo. Exhalo despacio y vuelvo a inspirar por la nariz. «Que no sea verdad, por favor».

—¿Bianca? —Cierro los ojos con fuerza y una oleada de furia recorre todo mi cuerpo al reconocer la voz de Kincaid—. ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

Abro la boca, estoy a punto de gritarle al hijo de puta que está al otro lado de la línea que es un hombre muerto, pero no lo hago. Cuelgo la llamada y me llevo las manos a la cabeza. ¡Todo es verdad, joder! Kincaid, Bianca… ¡Mierda, Bianca! Me ha traicionado.

Rodeo la cama y agarro la pistola que tengo sobre la mesita de noche.

Nunca he sentido a la siamesa tan pesada en mi mano.

Apunto al bulto que hay bajo la manta y cierro los ojos.

El corazón me late con tanta fuerza que tengo miedo de que en cualquier momento me atraviese el pecho.

Se me cierra la garganta. Jadeo en busca de aire, pero es como si el oxígeno que me rodea se hubiese solidificado.

Voy a matarla. Tengo que matarla. ¡Maldita sea, quiero hacerlo! Se lo merece por mentirme y engañarme durante todo este tiempo, por seducirme, por enamorarme… Se lo merece por traidora.