Capítulo 56
Luca
El sonido de unos golpes me sobresalta. Aún medio dormido intento incorporarme, pero tengo a Bianca tumbada sobre mí. Me rodea con los brazos y las piernas como un koala agarrado al tronco de un árbol. Vuelven a golpear la puerta y la escucho resoplar.
—¿Qué mierda es eso? —masculla con voz adormilada.
—No lo sé. Voy a ver. —La aparto un poco y, cuando me suelta, salto de la cama completamente desnudo.
—Es de madrugada, joder —se queja Bianca.
Los golpes regresan, esta vez con más fuerza aún. Alguien está aporreando la maldita puerta. Me enfundo un pantalón de algodón y, tras recorrer los pasos que me llevan a la puerta, la abro de un tirón.
—¡¿Qué mierda…?! —Dejo la frase a medias al ver a mi hermano en el pasillo.
No tiene buen aspecto. Su camisa está arrugada y desabotonada, tiene el pelo alborotado y, por la forma en la que entrecierra los ojos, estoy seguro de que se encuentra aún más ebrio que la última vez que lo vi.
—¿Podemos hablar? —pregunta.
Mis sospechas se confirman cuando veo cómo se tambalea sobre sus pies. Respiro hondo y asiento.
—Dame un minuto.
—Te espero en el despacho. No tardes, Luca. Hay algo importante que debes saber.
Vuelvo a cabecear y me meto de nuevo en el dormitorio. Al darme la vuelta, compruebo que Bianca me está observando desde la cama.
—¿Era Vincenzo? —pregunta.
—Sí, quiere hablar.
Nos quedamos mirándonos a los ojos unos segundos y ella suspira.
—Ve con él. No lo estará pasando nada bien.
Me pinzo el puente de la nariz y resoplo con fuerza.
—Ni siquiera sé qué decirle —farfullo.
—Luca, no tienes que decir nada. Solo escúchalo y no lo juzgues. Da igual lo que te diga. Apuesto a que lo único que necesita ahora mismo es el apoyo de su hermano.
La miro de nuevo y se me escapa una sonrisa.
—Voy a empezar a pensar que no odias a mi hermano tanto como dices.
—No lo odio. Solo me cuesta soportar su egocentrismo y misoginia, aunque contigo lo llevo algo mejor. —Me acerco a la cama y tiro de la sábana con la que se está cubriendo—. ¡¿Qué haces?! —exclama, agarrándola con ambas manos.
—Sigue provocándome y tendrás que dormir desnuda y sin mantas todas las noches.
Suelto la sábana y ella vuelve a cubrirse hasta el cuello.
—¿No te ibas? Quiero seguir durmiendo.
Bufo de nuevo y, tras vestirme con una camiseta, me siento en el borde del colchón para ponerme unos guantes. Enseguida noto sus manos en mis hombros. Cierro los ojos y disfruto del leve roce de sus dedos en mi cuello.
—Sigue tocándome así y no iré a ningún lado —mascullo.
Bianca se pega más a mí, aplastando sus pechos desnudos contra mi espalda, y noto su aliento en mi nuca.
—Vuelve pronto. Creo que no he tenido bastante dosis de De Santis. —Sonrío. Anoche la follé en la ducha y después en la cama, dos veces, pero, por supuesto, sigue sin ser suficiente para la muy descarada.
Me giro a medias y sujeto su rostro entre mis manos.
—Vas a esperarme tumbada en la cama, desnuda y con las jodidas piernas abiertas —digo antes de morder su labio inferior.
Me aparto enseguida, y ni siquiera me despido antes de salir del dormitorio para evitar caer en la tentación. El camino hasta el despacho me lleva apenas unos segundos. Son las cuatro de la madrugada. Sea lo sea que Vincenzo quiera decirme, más vale que lo haga rápido.
Nada más entrar en la estancia, encuentro a mi hermano sentado en uno de los sofás con una copa en la mano.
—Estaba a punto de ir a buscarte de nuevo —dice, poniéndose en pie.
Inspiro hondo por la nariz y me cruzo de brazos.
—Vin, podríamos haber solucionado esto por la mañana.
—No, es importante que hablemos ahora —replica, y trastabilla cuando está a punto de llegar al escritorio, aunque no tarda en enderezarse.
—Estás borracho. ¿Por qué no te vas a descansar unas horas? Por la mañana…
—¡Luca, maldita sea! He dicho que es importante.
Exhalo con fuerza y asiento. No voy a discutir con él. Escucharé lo que tenga que decir y después regresaré a la cama con mi mujer.
—Está bien. Soy todo oídos.
Se bebe el resto del licor de un trago antes de mirarme fijamente.
—Es sobre tu esposa.
—No vayas por ahí, ¿vale? Sé que lo que hizo en la cena estuvo mal, ella también lo sabe. De hecho, quiere disculparse contigo.
Mi hermano suelta una falsa carcajada y niega con la cabeza.
—Esa zorra puede guardarse sus disculpas —escupe con rabia.
—¡Vincenzo! No te lo volveré a advertir. Respeta a mi mujer.
—Por supuesto, igual que ella te respeta a ti, ¿verdad?
—Si me has hecho venir hasta aquí para ofender a Bianca, me vuelvo a la cama. Hablaremos cuando estés sobrio.
—Te advertí sobre ella, te dije que ocultaba algo y no quisiste escucharme. Ahora tengo las pruebas.
Frunzo el ceño, confuso.
—¿De qué pruebas estás hablando? Estás cabreado por lo que pasó en la cena, pero…
—¡No me estás escuchando, Luca! —vocifera—. Esto no tiene nada que ver con lo de la cena. Bueno, sí, empezó por eso, pero lo que he descubierto… —Resopla y rodea el escritorio para colocarse delante del ordenador, que está abierto—. Todo está aquí. Las pruebas.
—¿Qué pruebas? Vas a tener que explicarte mejor porque no entiendo una mierda de lo que dices —siseo.
Mi hermano cierra los ojos unos segundos, y cuando los abre parece haberse tranquilizado un poco.
—¿Recuerdas que te hablé de los viajes extraños de Kincaid a Europa?
Asiento.
—¿Qué tiene que ver Kincaid en todo esto? Cada vez estoy más confuso.
—Todo está conectado. Esta noche, después de lo que pasó, estaba furioso y decidido a buscar algo que acabara de una vez por todas con esa Rossetti.
—Mi esposa es una De Santis —lo corrijo.
Estoy empezando a perder la paciencia. Aprieto los puños e intento contenerme, pero mi querido hermanito está pidiendo a gritos un puñetazo.
—Cuando termine, desearás no haberle dado nunca nuestro apellido.