Capítulo 55
Bianca
Vincenzo ni siquiera lo ha negado. Tampoco tenía cómo hacerlo. Lo delató la forma en la que me miró en el preciso instante en que dije esas jodidas palabras. Me arrepiento tanto… Sabía que la cena no acabaría bien, estaba segura.
En cuanto Luca suelta a su hermano, este sale corriendo del comedor sin dar explicaciones. Ilenia y Stella no se han movido de sus lugares en la mesa y actúan como si lo que acaba de ocurrir no les afectara.
—¿Es cierto? —me pregunta Luca.
Bufo y me pinzo el puente de la nariz.
—Joder, no debí decir eso.
—No, no debiste hacerlo, pero te estoy haciendo una pregunta, Bianca. ¿Es cierto o no?
Lo miro y asiento levemente con la cabeza. Exhala con fuerza y se frota el rostro con ambas manos.
—Lo siento. No era mi intención…
—¡¿El qué?! ¿No era tu intención beber más de una botella de vino? ¿Tampoco era tu intención ocultarme que mi hermano…?
Deja la frase a medias, vuelve a resoplar y aprieta los puños con fuerza.
—Me disculparé con él —digo, y estoy dispuesta a hacerlo.
Puede que Vincenzo me caiga mal, pero nadie se merece algo así. Lo he sacado del armario delante de toda su familia y en contra de su voluntad.
—No, ya has hecho suficiente por hoy —sisea entre dientes antes de pasar por mi lado y abandonar el comedor.
—Mierda —mascullo.
Escucho el sonido de una silla arrastrándose por el suelo, y al mirar a Ilenia compruebo que se ha puesto en pie. Tiene el rostro desencajado, como si estuviese en estado de shock.
—Buenas noches —susurra antes de marcharse.
Estoy a punto de irme yo también cuando mi suegra se me acerca. A pesar de su habitual serenidad, puedo intuir que no está contenta.
—Supe desde el principio que no serías una buena esposa para mi hijo. Casarse contigo va a llevarlo a la ruina.
Inspiro hondo por la nariz y cuento hasta diez mientras jugueteo con la media docena de pulseras que llevo en la muñeca. «Contrólate, Bianca. Ya la has cagado bastante por una noche», me digo a mí misma en mi mente.
—Con todo el respeto, señora, lo que usted crea me tiene sin cuidado.
—Eres una descarada. ¿Nunca te han enseñado a respetar a tus mayores?
Clavo mi mirada en la suya y doy un paso amenazante en su dirección.
—Precisamente porque me lo han enseñado es que aún no te he dado la bofetada que llevas pidiendo desde que pisé por primera vez esta casa —siseo contra su rostro, tuteándola por primera vez.
—¡¿Cómo te atreves?! Soy la señora De Santis. No puedes…
—¡No! —vocifero—. ¡Yo soy la señora De Santis!
Tú solo eres una vieja amargada que se aprovecha de la culpabilidad de su propio hijo para manipularlo.
Puede que sea la peor esposa del mundo, pero escúchame bien, Stella, no voy a permitir que sigas usando la baza de la pobre viuda con Luca. Esto se acaba aquí y ahora.
Antes de que pueda replicar, doy media vuelta y me marcho del comedor hecha una furia. Tengo que hablar con Luca.
Ya en la planta principal, me encuentro con Romeo. Nada más verlo, la culpabilidad me atiza como un jodido puñetazo en el estómago. Ni siquiera me da tiempo a pensar cómo contarle lo que he hecho, ya que es él quien se acerca a mí.
—¿Qué demonios significa esto? —pregunta, mostrándome la pantalla de su teléfono. Por su expresión, tengo la sensación de que se me han adelantado.
Leo el mensaje que aparece en la pantalla. Son solo un par de frases.
Ya lo saben. Bianca se ha ido de la lengua.
Suspiro al leer el nombre del remitente. Como ya esperaba, es Vincenzo.
—Lo siento, Romeo —susurro.
—Entonces ¿es cierto? —Asiento y observo cómo él abre mucho los ojos.
—Por un momento llegué a pensar que era una especie de broma macabra de Vin, pero es verdad. ¡¿En qué mierda estabas pensando, Bianca?!
—Ese es el maldito problema, que no estaba pensando. He bebido demasiado durante la cena y… Lo siento mucho.
—¿Qué es lo que sientes? Me has traicionado. ¿Esto también forma parte de tu plan?
—¡¿Qué?! ¡No, claro que no! Te prometo que…
—¡¿Me prometes?! ¡¿Igual que me prometiste que mi secreto estaba a salvo contigo?
! —me corta, y resopla con fuerza—. ¡Confié en ti, maldita sea!
Creí que yo era distinto, pero al final solo soy un peón más en tu juego, una pieza a la que usas y manipulas, igual que al adonis o al tarado de tu marido.
—No…
—Sí, Bianca, eso es lo que haces. Estás tan obsesionada con tu maldita vendetta que no te importa a quién te llevas por delante para llevarla a cabo.
—¡¿De qué hablas?! Intento proteger a mi hermana —replico con lágrimas en los ojos.
—¡No, joder! Lo que quieres es vengarte de tu padre, y lo entiendo, tienes todo el derecho del mundo a hacerlo, pero no a cualquier coste. Yo siempre he estado a tu lado. Me juego el cuello cada día por ti.
—¡Lo sé! Rina, la tía Sarah y tú sois mi única familia, Romeo —digo, perdiendo la batalla contra el llanto.
Mi amigo me mira con los ojos empañados y una expresión de dolor y decepción en el rostro.
—¿Familia? Deberías plantearte qué es lo que significa para ti esa palabra, porque a la familia no se la traiciona, Bianca.
Siempre hablas de tu padre, pero mírate…
Mientes, engañas y traicionas a las personas que te quieren.
Sin ni siquiera darte cuenta, te estás convirtiendo en él.
—Una lágrima solitaria recorre su mejilla mientras niega con la cabeza antes de dar media vuelta.
—Romeo, espera, no te vayas —pido, pero me ignora.
Me quedo lamentándome y maldiciendo en voz baja durante un buen rato.
¿Cómo he podido cagarla tanto? Romeo, aparte de mi mejor amigo, es también la única persona que siempre me ha apoyado de manera incondicional.
Fue él quien me encontró cuando decidí ponerle fin a mi vida.
Se quedó a mi lado, cuidándome, cuando nadie más lo hizo.
Me dio una razón para seguir adelante, y yo lo he traicionado.
Sigo buscando a Luca por toda la casa mientras en mi mente se repiten una y otra vez las palabras de mi amigo: «Siempre hablas de tu padre, pero mírate…
Mientes, engañas y traicionas a las personas que te quieren.
Sin ni siquiera darte cuenta, te estás convirtiendo en él».
¿Eso es lo que me está pasando? ¿Desde cuándo?
No, lo de Vincenzo ha sido solo un error.
Yo no quería hacerle daño, y mucho menos usarlo como cree Romeo.
Solo espero que me dé la oportunidad de explicárselo cuando esté más calmado.
Paso más de una hora recorriendo toda la casa en busca de Luca, pregunto a varios de los chicos y me confirman que no se ha ido; por lo tanto, tiene que seguir aquí, pero ¿dónde?
Cuando ya casi me he dado por vencida, decido salir al jardín.
Lo recorro de punta a punta hasta que al fin lo encuentro, sentado al borde de la piscina de la casa de invitados, con los pies sumergidos en el agua y la vista clavada en el cielo nocturno del horizonte.
Tiene un cigarrillo encendido entre los dedos y una nube de humo espesa rodea su cabeza.
Me acerco despacio y, al llegar a su lado, carraspeo. Gira la cabeza solo un poco y me mira.
—¿Cómo me has encontrado? —pregunta antes de darle una calada a su cigarrillo.
—He seguido el aroma de tu arrogancia —respondo, intentando sonar graciosa, aunque en realidad estoy asustada. No quiero que me rechace ni me aparte de su lado.
Esboza un amago de sonrisa y eso me da la valentía suficiente para sentarme junto a él, aunque yo mantengo los pies fuera del agua. Nos quedamos en silencio un buen rato. Estiro el brazo, le quito el cigarrillo y le doy un par de caladas antes de devolvérselo.
—¿También me has ocultado que fumas?
Suspiro y niego con la cabeza.
—Lo siento, Luca. No era mi secreto. Si tu hermano hubiese querido que lo supieras, él mismo te lo habría contado.
—Ya, pero no lo hizo —farfulla, y exhala con fuerza—. Eso es lo que más me cabrea, que no confíe en mí para contarme algo tan importante.
Lo miro unos segundos sin saber si debo seguir profundizando en el tema. Luca no es el tipo de hombre que habla abiertamente sobre sus sentimientos, pero tengo la sensación de que hoy lo necesita más que nunca.
—Si estuvieses en su lugar, ¿se lo contarías a alguien? —Me mira con una ceja arqueada—. Tú mejor que nadie sabes en qué mundo vivimos, Luca. La homosexualidad no es un tema sencillo a tratar, y menos aún cuando eres el hermano de un Don.
Cierra los ojos y se pinza el puente de la nariz.
—Es que no puedo imaginarme a Vincenzo… ¡Es raro, joder! Creí que era feliz con Ilenia. Tienen un hijo, son una familia.
—Ya, no creo que tu orientación sexual sea algo que puedas elegir. De hecho, estoy segura de que es así. No escogemos de quién nos enamoramos.
Me mira a los ojos y asiente.
—En eso tengo que darte la razón. —Inspira hondo por la nariz—. También te debo una disculpa.
—Ah, ¿sí? —pregunto, arqueando una ceja
—Sí. Antes pagué mi frustración contigo y no tienes la culpa.
—Bueno, un poco sí. Fui yo la que soltó la bomba delante de todos.
—Aun así, no es tu responsabilidad lo que Vincenzo decide hacer con su vida. Solo le guardaste un secreto a alguien importante para ti y no puedo juzgarte por ello.
Al escucharlo no puedo evitar volver a compararlo con mi padre. Luciano Rossetti jamás se disculparía con nadie, y mucho menos admitiría haberse equivocado. Hago una mueca con los labios y él frunce el ceño.
—Bueno, es posible que también haya llamado vieja amargada a tu madre cuando te fuiste —confieso.
Luca bufa y niega con la cabeza.
—¿Qué voy a hacer contigo, Diavuletta?
Coloco la mano en su nuca y acaricio su cabello corto con suavidad. No, él es distinto a mi padre. Por más que quiera seguir buscando similitudes entre ambos, aparte de su puesto y el hambre de poder, no hay nada más.
—Si puedo elegir, me gustaría que me llevaras a la cama. Necesito una dosis de De Santis antes de dormir —susurro, buscando su mirada.
Suelta una carcajada y, cuando abarco su mejilla con la mano, ladea la cabeza, buscando mi contacto.
—Vamos, te daré tu dosis de De Santis, aunque sean solo treinta segundos.
Se pone en pie y me tiende una mano para ayudarme. Enseguida la cojo y dejo que tire de mí.
—Oye, no te quites méritos. Son treinta segundos muy placenteros —bromeo
Enseguida lo tengo pegado a mí, con su brazo rodeando mi cintura y la nariz hundida en mi cuello. Inspira hondo y su aliento cálido baña mi piel, provocándome un escalofrío. Mi corazón se acelera y una sensación de ahogo se instala en mi garganta.
«Mientes, engañas y traicionas a las personas que te quieren.
Sin ni siquiera darte cuenta, te estás convirtiendo en él».
Por una vez me gustaría ser sincera con Luca.
¿Me perdonaría si supiese todo lo que he hecho a sus espaldas?
El roce de su barba corta me hace cosquillas en el cuello.
Rodeo sus hombros con los brazos y me pongo de puntillas para abrazarlo.
Dudo que pudiese perdonarme y yo soy demasiado cobarde como para arriesgarme.
Tal vez esté siendo egoísta, pero prefiero disfrutar de esto y sentirme culpable antes que perderlo del todo.