Lupara Bianca Capítulo 54
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Capítulo 54

Luca

Echo un nuevo vistazo al reloj y resoplo con fuerza. Hace más de diez minutos que Bianca dijo que casi estaba lista, pero aún seguimos aquí y ya llegamos tarde a la cena.

—Juro que, como tardes un minuto más, iré a buscarte y te llevaré a rastras —gruño desde el dormitorio.

—Treinta segundos —grita.

Exhalo con fuerza porque sé que ni en broma va a tardar ese tiempo.

El sonido que emite su teléfono al vibrar sobre la mesita de noche llama mi atención. Me acerco y le echo un vistazo a la pantalla.

—Bianca, te está llamando tu tía —vocifero para que me escuche desde el baño.

Acepto la llamada en el justo momento en el que escucho cómo sus tacones repiquetean contra al suelo y se acerca corriendo.

Mi esposa intenta quitarme el teléfono, pero lo aparto de su alcance y activo el altavoz.

Casi me echo a reír al verla dar pequeños saltitos para llegar a él.

Es su castigo por hacerme esperar tanto tiempo.

—Bianca, ¿estás ahí? —pregunta una voz femenina al otro lado de la línea.

Se queda quieta y suspira.

—Sí, tía Sarah. Ahora mismo no puedo hablar —dice en voz alta mientras me fulmina con la mirada.

—Siempre dices lo mismo. Hace más de una semana que no sé nada de ti.

—Luca, dame el jodido teléfono —sisea en voz baja.

Se lo devuelvo y ella se aleja, llevándose el aparato a la oreja. Es curioso, creí que esta tarde en el gimnasio estaba hablando con su tía. Supongo que debí de entender mal.

Frunzo el ceño al verla moverse por la habitación.

Hasta ahora no me había dado cuenta de que lleva puesto un vestido ajustado en color negro, con escote en forma de uve y tan corto que apenas le cubre los muslos.

¿Está preciosa? Sí. ¿Me ha provocado una erección instantánea?

También, y ese es el maldito problema. No puede presentarse en una cena con mi familia vestida así.

Cuelga la llamada y se gira hacia mí.

—¿Nunca te han enseñado a respetar la intimidad de los demás, De Santis? Era una llamada privada —se queja.

—Me importa una mierda la llamada. ¿Qué demonios llevas puesto?

Su expresión cambia de inmediato, incluso su postura es relajada.

—Admítelo, la espera ha valido la pena —dice, sonriendo de manera burlona mientras desliza una mano por su cadera.

—¿Dónde crees que vas así? Tienes que estar bromeando.

Frunce el ceño y se cruza de brazos. El gesto hace que sus pechos se eleven, intentando escapar del encierro de la tela.

—Creí que te gustaba este vestido.

—Por supuesto que me gusta. De hecho, mi parte favorita es cuando te lo quito, pero no es apropiado para la ocasión. Mi madre no lo aprobará, y lo sabes.

Vuelve a sonreír de esa forma que me pone en alerta. Sea lo que sea que esté a punto de decir, estoy seguro de que no me va a gustar.

—El error es pensar que siento la necesidad de agradar a tu madre. Me importa una mierda lo que piense. No va a decirme cómo debo actuar o vestirme.

—Bianca, un poco de respeto —le advierto.

—Cuando ella me respete a mí, yo haré lo mismo. Créeme, solo la tolero porque te prometí que lo intentaría, pero mi paciencia tiene límites y la viuda De Santis sabe muy bien cómo sobrepasarlos.

Resoplo de nuevo y niego con la cabeza. A veces siento que estoy en medio de una maldita guerra de poder entre mi familia y mi esposa.

—¿Puedes cambiarte, por favor? Ya vamos a llegar tarde.

—No lo haré. Si quieres que te acompañe así, perfecto. En caso contrario, estaré encantada de pedir una pizza y pasar la noche viendo la tele.

Gruño de pura frustración. ¡¿Por qué es tan cabezota?! Solo intento evitar otro maldito conflicto.

—Sé razonable, Bianca —siseo entre dientes.

—Lo soy, pero si tú no le pones límites a tu madre y a tu hermano, en algún momento tendré que hacerlo yo, y no seré delicada.

—¡Maldita sea! Solo te pido que…

—¡¿Qué?! —exclama, alzando la voz—. ¡¿Qué es lo que me pides, Luca?! ¡¿Quieres que me convierta en Ilenia?! ¡Yo no soy así, joder! Lo de poner la otra mejilla no va conmigo, y lo sabes.

—¿Sabes qué? Da igual. Ya llegamos tarde y no me apetece discutir. Al fin y al cabo, contigo siempre acabo perdiendo.

La muy perra sonríe de oreja a oreja.

—Al menos, asumes la derrota. Eso te honra, De Santis —se burla.

En solo un par de zancadas ya estoy junto a ella, la sujeto por la nuca y pego mi rostro al suyo.

—Cuidado, Diavuletta, mi paciencia también tiene límites y tú te estás acostumbrando a sobrepasarlos —siseo contra su boca.

—¿Y qué vas a hacer al respecto? —me desafía.

Rodeo su cintura con el brazo y la pego a mi cuerpo. Le muerdo el labio inferior y ella suelta un pequeño quejido que envía un latigazo de placer directo a mi polla.

—Creo que podemos llegar tarde unos minutos —susurro contra su boca.

Bianca me empuja por el pecho y niega con la cabeza.

—De eso nada, no he pasado más de media hora maquillándome para que lo arruines en treinta segundos.

«¿Ha dicho treinta segundos?». Frunzo el ceño y la sujeto por la nuca con fuerza.

—Retira eso —siseo entre dientes.

—¡Dios santo, Luca! Me refiero al tiempo que puedes tardar en arruinarme el maquillaje, no a cuánto duras en la cama. Tu masculinidad frágil es un tema que deberías tratar con un especialista. —Bufo con fuerza y niego con la cabeza.

—Te demostraré lo frágil que es mi masculinidad cuando volvamos. —Le doy un azote fuerte en el trasero y retrocedo un par de pasos—. Vámonos de una jodida vez.

La mirada que me lanza es de todo menos amistosa, pero decido ignorarla.

Camino hacia la salida, abro la puerta y hago un gesto con la cabeza para que pase delante de mí.

Con un bufido, Bianca al fin obedece, aunque, al pasar a mi lado, la escucho mascullar en voz baja lo que parece ser algo así como: «Tarado, hijo de perra».

Salgo tras ella y la azoto de nuevo a modo de castigo.

—Vuelve a hacer eso y…

—Sigue caminando, Diavuletta. Solo sigue caminando —ordeno divertido.

Bianca

Dicen que tomar una copa de vino al día es bueno para la salud, favorece el riego sanguíneo, te ayuda a relajarte…

Bueno, en eso último estoy de acuerdo, de no ser por la botella que casi me he terminado, dudo que pudiese sobrevivir a una cena familiar en la que mi suegra y mi cuñado se han propuesto sacarme de mis casillas.

Aunque soy muy consciente de que el alcohol es un arma de doble filo en esta situación.

Relaja, sí, pero también desinhibe, y ahora mismo necesito controlarme o terminaré haciendo alguna locura.

Estoy a punto de empezar a beber agua cuando noto la mano de Luca sobre mi muslo.

—Deja ya el vino —susurra para que solo yo pueda escucharlo.

Lo fulmino con la mirada. ¿En serio? Apenas he abierto la boca en toda la noche.

Me estoy conteniendo lo mejor que puedo mientras su madre no deja de provocarme con sus comentarios.

Esbozo una sonrisa arrogante y, tras alcanzar una nueva botella, me sirvo otra copa generosa justo delante de sus narices.

Él niega con la cabeza, aunque no me lo impide y tampoco dice nada cuando sigo bebiendo.

Ahora ya no lo estoy haciendo para relajarme, es por pura cabezonería.

¿Cuándo he pasado de controlar la situación a actuar por impulso?

Me temo que mi marido está siendo una mala influencia.

Las conversaciones se siguen sucediendo en la mesa.

Elmo hace ya un buen rato que se ha ido a la cama y, aunque he querido marcharme también nada más terminar el postre, a mi querido maridito se le ha ocurrido que era una buena idea ponerse a charlar con su madre sobre la misa que van a hacer el próximo mes para rememorar el fallecimiento de Donato De Santis.

Por supuesto, va a ser una celebración muy íntima a la que solo sus parientes más cercanos asistirán.

Donato murió como un traidor y para el resto de la organización es como si nunca hubiese existido.

—¿Podemos irnos ya? —le pregunto a Luca cuando me parece que ya se han puesto de acuerdo en todos los detalles.

Como siempre, mi esposo ha aceptado todas las condiciones que su madre ha impuesto.

Ya es normal que no le niegue nada, sin embargo, cuando el tema tiene que ver con su padre, directamente se convierte en un títere.

Stella sabe a la perfección que él se siente culpable por haberlo matado y se aprovecha de ello, aunque es verdad que puede que no lo haga de forma consciente.

Desde luego, perder a tu marido como ella lo hizo y a manos de tu propio hijo debe de destrozar a cualquiera.

—Aún no hemos terminado —responde ella antes de que Luca pueda decir algo.

Lo miro, buscando apoyo, pero él solo niega con la cabeza. No va a enfrentarse a su madre. Suelto un bufido y me termino la copa de vino de un trago. Tengo la sensación de que la noche no va a acabar bien.

—¿Te estamos aburriendo, Bianca? —suelta mi cuñado. Él también se ha dedicado a beber vino más que a comer.

Mi primera reacción es darle una respuesta cortante, pero, tras respirar hondo, esbozo una falsa sonrisa y niego con la cabeza.

—En absoluto, solo estoy cansada —respondo.

—Deberías prestar atención, muchacha —interviene Stella—. Se supone que algún día serás la señora de la casa y tendrás que ocuparte de estos asuntos.

No respondo. Solo asiento con la cabeza y me contengo para no decirle que su marido lleva muerto ocho malditos años y el cabeza de familia es Luca, por lo que eso me convierte a mí en la jodida señora De Santis.

—No cuentes demasiado con ello, mamá —se mofa Vincenzo—. A Bianca le gusta más inmiscuirse en los asuntos de los hombres en vez de cumplir con sus obligaciones.

—Vin, es suficiente —le advierte Luca.

Pongo los ojos en blanco. Al menos ha salido en mi defensa, pero no bastará. Sé que Vincenzo no va a detenerse, hoy no. El alcohol lo ha envalentonado.

—Vamos, hermano, no te enfades. Solo digo que tu esposa no es precisamente… adecuada para dirigir esta casa.

—Déjala en paz —ordena Luca con frialdad.

—Ya que hablamos de comportamientos adecuados… —Mi suegra me mira con superioridad—. Yo elegiré tu ropa para la misa. No permitiré que aparezcas vestida como una…

—Le sugiero que piense muy bien cómo va a terminar esa frase —la interrumpo con una calma que no siento en absoluto.

Noto cómo me hierve la sangre. La rabia me sube con fuerza, pero respiro hondo y me obligo a no explotar. Si no salgo de aquí pronto, juro que voy a asesinar a mi jodida suegra.

—¡Oye, respeta a mi madre! —exclama Vincenzo.

—Te he dicho que cierres la puta boca —sisea Luca.

Me pongo en pie con brusquedad y miro a mi marido. Si él quiere quedarse, es su problema. Yo me largo de aquí antes de hacer o decir algo de lo que vaya a arrepentirme.

—Les deseo una buena noche —digo, sonriendo de manera tensa. Luca también se levanta—. Quédate tú, si quieres. Yo me voy a dormir.

—No, te acompaño.

Escuchamos la carcajada de Vincenzo y su hermano le lanza una nueva mirada de advertencia que él ignora.

—Primero dejas que se meta en los negocios y ahora es ella quien toma las decisiones. Ya sabemos quién lleva los pantalones en vuestro matrimonio, hermano.

El silencio cae en el comedor como una jarra de agua fría. Incluso Stella mira a su hijo mayor con reprobación. Lo que acaba de decir es muy grave. Luca se abalanza sobre él antes de que pueda reaccionar. Lo levanta, sujetándolo por la camisa.

—Vuelve a soltar un jodido comentario más de ese tipo y te meteré una bala en la cabeza —gruñe, empujándolo con fuerza contra la pared.

El muy idiota se ríe.

—Mírate, hermanito. Estás amaestrado como un perrito. Sí que la tiene que chupar bien.

Luca vuelve a zarandearlo. Se nota lo mucho que se está conteniendo para no darle una buena paliza. Por una vez, él es quien mantiene la calma mientras yo… Lo intento, juro que lo hago, pero no soy capaz de frenar las palabras que salen de mi boca.

—Eso es cierto, la chupo bien y, por lo que me ha contado Romeo, tú tampoco lo haces nada mal.

Luca gira la cabeza en mi dirección con la velocidad de un látigo.

Se escucha un jadeo ahogado, creo que viene de Ilenia, o tal vez ha sido Stella.

Cierro los ojos y me maldigo a mí misma por ser tan bocazas.

Me importa una mierda lo que le pase a mi cuñado, pero Romeo…

¡Maldita sea! Esto no me lo va a perdonar.