Capítulo 53
Bianca
Observo cómo el pequeño demonio da un golpe tras otro al enorme saco de boxeo. Está sudado, sin aliento y probablemente exhausto, pero el muy cabezota no se rinde.
—Elmo, déjalo ya —digo, negando con la cabeza.
Se detiene y me mira, respirando de manera agitada.
—Le he dado doscientas veces.
Pongo los ojos en blanco. El chico, aparte de insistente, también es exagerado. Me pregunto a quién habrá salido.
—Lo que tú digas. Bebe agua y descansa. Lo que menos me apetece es tener que soportar las quejas de tu padre si te desmayas por deshidratación.
El crío se encoge de hombros y pasa por mi lado caminando de forma chulesca. Es igualito a su tío. La misma sonrisa ladina, la misma mirada perdonavidas… Si es que mirar a Elmo es como ver una versión en miniatura de mi marido.
Mientras el crío se vacía una botella de agua casi sin respirar, echo un nuevo vistazo en dirección a la puerta.
Romeo no ha aparecido en el gimnasio. Últimamente quedamos sobre el mediodía porque por las mañanas suelo estar en el despacho de Luca, ayudándolo con lo que me pida.
Hoy, sin embargo, me ha tocado compartir varias horas junto a su hermano y, cuando le pregunté dónde estaba mi amigo, me respondió con un gruñido: «Trabajando».
Apuesto a que está vigilando a Ryan. Ese es el puesto que le han asignado estas últimas semanas.
Pobre idiota. Por suerte, el resto del tiempo me ignoró por completo.
Lo prefiero así. Evito peleas y discusiones innecesarias.
Le he prometido a Luca que intentaré llevarme bien con su familia, pero a veces no me lo ponen nada fácil.
Entre las provocaciones de su madre y las pullas malintencionadas de Vincenzo, estoy llegando al límite de mi propia paciencia.
Me muerdo la lengua constantemente y trato de no caer en su juego; no obstante, cada día me cuesta más contenerme.
Me están buscando y, tarde o temprano, van a encontrarme.
Espero que sea más tarde que temprano. Ahora mismo no me conviene crear un conflicto con mi marido.
Al fin estoy logrando obtener más información sobre las operaciones de la Cosa Nostra.
El contacto de Ryan en los federales los tiene atosigados con tantas redadas e intervenciones.
Muchos miembros de la organización han sido detenidos y estamos consiguiendo que los cabezas de familia empiecen a dudar de la lealtad de mi padre.
Solo necesitamos un golpe más, algo grande que acabe con su credibilidad de una vez por todas.
Elmo decide marcharse, así que tomo su relevo en el saco de boxeo.
Cada puñetazo que suelto tiene dueño. Me imagino su cara cuando se dé cuenta de que ha perdido todo aquello por lo que ha luchado toda su vida.
Sus propios amigos y socios serán los que lo despojen de ese poder del que tanto presume, y yo…
Yo estaré allí, en primera fila, riéndome de su desgracia.
El sonido de mi teléfono móvil me obliga a detenerme. Me quito los guantes de camino a cogerlo. Cuando echo un vistazo a la pantalla y leo el nombre de Sarah, todas mis alarmas saltan. Enseguida atiendo la llamada.
—Hola, Bianca. Esta vez has sido rápida.
Pongo los ojos en blanco y vuelvo a mirar hacia la puerta del gimnasio. Elmo la ha dejado entreabierta.
—Me pillas sola, pero no puedo hablar demasiado. ¿Ocurre algo?
—Sí. Tu querido maridito acaba de llamarme. Ha conseguido el puerto.
Frunzo el ceño. ¿Mi padre le ha cedido el puerto, y todos los negocios que conllevan tenerlo, a Luca? ¿Por qué? ¿Qué es lo que le ha pedido a cambio?
—¡Genial! Tú ya tienes lo que querías, ahora solo falta que yo consiga lo que quiero.
—Estamos más cerca que nunca. Los rumores de traición no pueden acallarse con facilidad. Debe de estar desesperado para pedirle ayuda a De Santis.
—¿Ayuda para qué? —inquiero.
—No tengo ni idea. Tu marido no quiso darme explicaciones.
—Se acaba el tiempo. Dos semanas. Eso es todo lo que nos queda.
—Tal vez tú puedas sacarle algo más.
Escucho unas pisadas y contengo el aliento. En solo un par de segundos, Luca empuja la puerta y me mira desde el umbral.
—Lo intentaré, tía Sarah. Ahora tengo que dejarte.
—¿Es él? ¿Ha llegado ya?
—Sí, tía Sarah. Te llamaré mañana. Adiós. —Cuelgo la llamada justo cuando él está ya junto a mí.
—¿Qué haces aquí? —pregunta, esbozando media sonrisa—. Te he estado buscando por todos lados.
—Vine a descargar un poco de energía. Hasta hace un rato estaba aquí tu sobrino. —Me sujeta por la cintura y hunde el rostro en mi cuello—. Luca, ¿qué haces? Estoy sudada.
—Como si eso me importara. —Siento sus dientes rozando mi piel y un escalofrío me recorre la columna.
No entiendo cómo consigue que me sienta así con solo un roce.
Cada día tengo que repetirme que Luca no es más que una pieza en mi plan, que yo tengo el control, que yo muevo los hilos.
La mayoría del tiempo es así, pero en momentos como este, cuando me toca, cuando me besa…
, todo cambia. Entonces, soy yo la que deja de mandar, la que se vuelve vulnerable, la que termina siendo suya, aunque no quiera admitirlo.
Y lo odio por eso. Lo odio porque me desarma sin esforzarse.
Porque me mira como si pudiera leerme, como si supiera con exactitud dónde tocar para romper todas mis defensas.
Porque consigue que olvide quién soy, qué hago aquí y por qué empecé todo esto.
Carraspeo y lo aparto, empujándolo por los hombros. Él alza la cabeza sin dejar de sonreír. El muy cabrón sabe cómo me afecta y se aprovecha de ello. Sus manos siguen en mi cintura, apretando lo suficiente como para recordarme que tiene ese poder sobre mí.
—¿Cómo ha ido la reunión con mi padre? —pregunto.
—Excelente. El viejo está contra las cuerdas. ¿Sabes que Pietro Santoro ha decidido no seguir haciendo negocios con él?
Frunzo el ceño, aunque lo que más me apetece en este instante es reír a carcajadas. ¡Que les jodan! A mi padre y al hijo de puta de Santoro.
—¿Siguen pensando que él es el responsable de las filtraciones a la Policía? —Luca asiente—. ¿Tú también lo crees?
—Todo apunta hacia él. Sus negocios han sido los menos perjudicados; todos los demás hemos sufrido pérdidas importantes. Además, ni uno de sus hombres ha sido detenido. Cuanto más cerca de su territorio, más afectados.
—Pero…
Inspira hondo por la nariz y se encoge de hombros.
—Si Maurizio Leone no tuviese dudas, a estas alturas ya lo habría juzgado y ejecutado por su traición. Sí, tu padre es el más beneficiado en todo esto, pero ¿por qué, entonces, acaba de pasar más de una hora pidiéndome ayuda para encontrar al culpable? Puede que alguien se la esté jugando.
—¿Quién puede ser esa persona?
—No tengo ni idea, pero más vale que aparezca cuanto antes porque no le auguro un futuro demasiado largo si sigue así.
—¿Vas a ayudar a mi padre?
Esboza media sonrisa y aparta un mechón húmedo de mi pelo con la punta de los dedos enguantados.
—He conseguido sacarle algo muy valioso a cambio de investigarlo. Lo que él no sabe es que ya lo estaba haciendo, pero no soy capaz de encontrar ninguna pista que me lleve al culpable.
El puerto y sus negocios, eso es lo que le ha sacado a mi padre. Podría preguntárselo, pero no quiero que nuestra conversación parezca un interrogatorio. Ya ha sido suficiente por hoy.
—Si es culpable, que pague por ello. No te ensucies las manos por él, Luca. No vale la pena —comento de manera casual.
—No lo hago por él. Aunque no sea tu persona favorita, es tu padre.
—Ya no llevo su apellido.
—Lo sé, y solo por eso estarás a salvo si deciden ejecutarlo, pero tu hermana no.
Eso es algo que ya tengo calculado, aunque, una vez más, me sorprende que Luca piense en ello. ¡Mierda! Si en el fondo va a ser un buen tipo. Un tarado sin escrúpulos, pero buen tipo. ¿Eso tiene sentido?
—Por el momento, Rina está a salvo en el internado. Esperemos que esto se resuelva antes de que vuelva a casa.
—Sí, voy a poner a todos los hombres que no sean imprescindibles a trabajar en ello.
Alguien tiene que saber algo. —Asiento y Luca desliza la mirada hacia mi vientre—.
Por cierto, tu padre me ha preguntado cómo llevas el embarazo.
Se me pasó decirle que pasas varias horas al día haciendo ejercicio como una loca.
—No necesita saberlo —comento sonriendo.
—No sería muy prudente si estuvieses embarazada.
Busca mi mirada y niego con la cabeza.
—No lo estoy —afirmo.
—No lo sabes. Puede que…
—No lo estoy, Luca —repito.
Por un segundo, su expresión cambia. Algo parecido a la decepción cruza su rostro antes de que vuelva a recomponerse.
No voy a decirle que es imposible que me quede embarazada, que llevo tomando anticonceptivos desde los trece años, pero tampoco pienso alimentar esperanzas que no deberían existir.
Lo del embarazo debía ser solo una obligación, una forma de llegar a mi padre; sin embargo, es evidente que para Luca no lo es.
Solo un ciego no vería que él sí quiere un hijo de verdad, y yo ya cargo con demasiadas mentiras y engaños en mi paquete personal.