Lupara Bianca Capítulo 52
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Capítulo 52

Luca

Diez semanas después

Mi cerebro, aún a medio despertar, tarda unos segundos en asimilar qué es lo que está pasando. Estoy tumbado en la cama, con Bianca sobre mí, y su mano está envolviendo mi erección. Pestañeo rápido, estiro la mano para alcanzar el interruptor de la lámpara y enciendo la luz.

—¿Bianca? —la llamo, aunque estoy casi seguro de que no me escucha.

—Vamos a jugar —susurra, y su mano se aferra con más fuerza a mi polla.

Chasqueo la lengua y le sujeto la muñeca para apartarla de mi entrepierna.

—Estate quieta. No es hora de jugar. —Consigo sacar su mano del interior de mi bóxer y enmarco su rostro con las manos. Tiene los ojos abiertos, pero no parece verme—. Sigue durmiendo. Aún es temprano.

—Vamos a jugar —repite.

—No. Jugaremos después; ahora, duerme. —Tras insistir un par de veces más, logro que se relaje y se tumbe a mi lado. La atraigo a mi costado y dejo que su cabeza descanse sobre mi pecho.

—No se lo digas a nadie —masculla con voz somnolienta.

Se me escapa una sonrisa.

—Descuida, tu secreto está a salvo conmigo.

En solo unos segundos, su respiración se vuelve pesada. Intento seguir durmiendo, pero ya no soy capaz de hacerlo. Me quedo mirando el techo, sosteniéndola contra mi cuerpo, acariciando su brazo y su hombro con la punta de los dedos.

Durante estas últimas semanas ya me he acostumbrado a su sonambulismo. La mayoría de las veces se pone en modo pervertido, como hoy; otras, solo deambula por el dormitorio, diciendo cosas sin sentido hasta que la traigo de vuelta a la cama.

Bianca ha querido regresar a su habitación muchas veces por ese motivo, aunque yo no se lo he permitido.

En realidad, tuvimos una gran pelea cuando volvimos de nuestra cita fallida.

A mi esposa no le hizo demasiada gracia descubrir que todas sus cosas habían sido trasladadas a mi habitación.

Esa noche se encerró en su dormitorio a modo de protesta, o lo que sea que quisiera demostrar.

Me importó una mierda, ya que, a la mañana siguiente, ordené que se llevaran todos los muebles, incluyendo el colchón.

Ahora ya no tiene a dónde huir. Su lugar está a mi lado, en mi cama.

Antes de que el despertador suene, salgo de la cama sin hacer movimientos bruscos para no despertarla. Me doy una ducha rápida y, tras vestirme, regreso al dormitorio. Bianca sigue dormida, bocabajo, vestida con uno de esos jodidos camisones que me vuelven loco.

Me siento en el borde de la cama y aparto un mechón rubio de su frente.

¿Cómo es posible que lleve más de dos años casado con esta mujer y hasta hace poco no me había fijado en lo maravillosa que es?

Sí, es cierto que sigue siendo cabezota, descarada y caprichosa en muchos aspectos, pero esas partes de ella son las que la hacen tan especial.

Suspiro y, tras acercar la nariz a su cuello para inhalar su perfume, deposito un beso fugaz en lo alto de su cabeza antes de levantarme.

Estoy a punto de irme cuando la escucho decir mi nombre. Me giro de inmediato.

—¿Dónde vas? —pregunta, pestañeando rápido para enfocar la vista.

—Tu padre quiere que me reúna con él. Sigue durmiendo.

Mi respuesta parece espabilarla de golpe. Se incorpora rápido y estrecha la mirada sobre mí.

—Puedo acompañarte.

—No es necesario. Mejor quédate aquí y prepara todo para el intercambio que tenemos pactado con los mexicanos. Necesitamos encontrar un lugar seguro cuanto antes. Estamos perdiendo dinero.

Asiente y me acerco de nuevo a la cama. Me inclino sobre ella y aplasto mis labios contra los suyos. Es Bianca quien rompe el beso, empujándome por los hombros.

—¿No te marchabas ya? —inquiere con la respiración acelerada.

—Pídemelo y volveré a meterme en la cama contigo.

Sonríe y arquea una ceja con diversión.

—¿Y qué pasa con mi padre?

—Le diré que no puedo asistir a nuestra reunión porque debo satisfacer las necesidades sexuales de su hija. Estoy seguro de que lo entenderá. Un hombre tiene prioridades.

Me empuja de nuevo por los hombros, negando con la cabeza.

—Lárgate de aquí, idiota.

—¿Sabes? Me encanta que seas tan cariñosa conmigo —comento en tono sarcástico mientras me alejo caminando de espaldas hacia la puerta.

—Por supuesto, por mi maridito lo que sea —responde en mi mismo tono.

Río y sacudo la cabeza de un lado a otro.

—Aún es temprano. Duerme un rato más antes de ponerte a trabajar.

—¿Vincenzo se va contigo? —Niego con la cabeza y ella hace una mueca de disgusto—. Entonces, sí que me quedaré un rato más en la cama.

—Pórtate bien con él. Lo está intentando. No está acostumbrado a que una mujer lo supere en inteligencia; al menos, no en lo que se refiere a nuestros negocios.

—Tampoco es tan difícil.

—Bianca… —siseo a modo de advertencia.

Pone los ojos en blanco y se deja caer de espaldas sobre el colchón.

—Sí, lo sé. No está bien herir el ego del imbécil de tu hermano. —Antes de que vuelva a advertirla, me mira y esboza una sonrisa traviesa—. Es broma. Podré superarlo. Ahora, vete y déjame dormir.

—Recuerda que esta noche cenamos con mi familia.

—¡Genial! Aún no ha empezado el día y ya me lo has estropeado. ¡¿Quieres largarte de una maldita vez?!

Suelto una carcajada y abandono la habitación mientras la escucho maldecir en voz baja.

Tengo la esperanza de que, en algún momento, mi esposa empiece a relacionarse con el resto de mi familia de otra manera que no sea a base de discusiones y peleas estúpidas.

Por el momento, hemos acordado que cenaremos con ellos dos veces por semana.

No se puede decir que hasta ahora esté teniendo éxito en mi propósito.

Mi madre y ella suelen ignorarse la mayor parte del tiempo, pero al menos Vincenzo empieza a aceptar que trabaje con nosotros.

Tampoco es que le haya dejado otra opción.

Hemos discutido al respecto, pero, como cabeza de familia, la última palabra es la mía.

Además, mi caprichosa y malcriada mujer ha resultado ser una cajita de sorpresas.

Se le da bien crear nuevas rutas de transporte para nuestras mercancías.

Ahora que los federales nos están atosigando más que nunca, nos vienen bien las ideas que aporta, casi siempre acertadas.

Tiene la frialdad necesaria para pensar con claridad, incluso en los momentos más tensos, y ese es un atributo que ni Vincenzo ni yo poseemos.

Gracias a ella, hemos logrado esquivar redadas policiales e intervenciones federales en más de una ocasión.

Cuando estoy a punto de salir de casa, soy interceptado por Vincenzo.

—Buenos días, hermano —saludo, ajustándome la pistola en la cinturilla del pantalón—. ¿Hay alguna novedad sobre Kincaid? Han pasado más de dos meses y aún no sabemos si es él quien nos está jodiendo.

—No. Sigo vigilándolo, pero apenas sale de su casa. Es extraño porque hasta hace solo unos meses viajaba constantemente a Europa y, sin embargo, ahora no se mueve.

—Tal vez sepa que lo estamos siguiendo.

—Es posible. Me estoy centrando bastante en averiguar qué es lo que hacía en Europa. Esos viajes son, como poco, muy raros.

—¿A qué te refieres? —pregunto, frunciendo el ceño.

—Por lo que he podido enterarme, viajaba solo a París, otras veces a Berlín, Madrid, Londres, Lisboa…

Lo curioso es que no he encontrado indicios de que se reuniera con alguien en esos viajes relámpago.

Solo se quedaba en un hotel durante dos o tres días, a veces algo más, y después regresaba a Atlantic City.

—Quizá tenga una amante o algo así y la visite en esos hoteles —comento en broma.

—No descarto esa posibilidad. Seguiré investigándolo.

—Hazlo, yo tengo que irme ya.

—¿Vas a reunirte con Rossetti? —Asiento—. ¿Por qué no te llevas a tu esposa?

—Porque ella tiene trabajo pendiente aquí. Quiero que la ayudes a encontrar un lugar seguro para el intercambio con los mexicanos. Necesitamos esa heroína cuanto antes y ellos las armas.

—¿Hablas en serio? —Bufa, negando con la cabeza.

Por supuesto, no está contento con mi decisión, para no variar—.

Luca, una cosa es meter a esa mujer en negocios menores, o mostrarle un mapa y dejar que trace una ruta.

Admito que se le da bien pensar bajo presión y, por algún motivo, evita la mayoría de las redadas de los federales, pero hacerla partícipe de una operación tan importante como el intercambio con los mexicanos…

Es una maldita locura, y lo sabes. No solo depende de nosotros.

Esta operación es a gran escala. Ningún Don estará de acuerdo en que una mujer se implique en ella.

—¿Crees que no puede estar a la altura? Ha demostrado…

—¡¿Qué?! —me corta, alzando la voz. Le lanzo una mirada de advertencia, que él ignora, y vuelve a resoplar—. ¡¿Qué demonios es lo que ha demostrado?! Hasta hace solo un par de meses no se te habría ocurrido meterla en los negocios de la organización.

—Pues ahora sí. Es mi maldita decisión, Vincenzo —siseo entre dientes.

—Sabes que la lealtad de una mujer no se mide en lo bien que la chupa, ¿verdad?

Me abalanzo sobre él y lo agarro por la camisa.

—Respeta a mi mujer —escupo contra su rostro.

Alza ambas manos y aparta la mirada. Lo suelto con un empujón, aunque sigo planteándome la posibilidad de darle un jodido puñetazo en la boca por lo que acaba de decir.

—Tú eres el jefe, Luca. Únicamente espero que no te estés equivocando —masculla antes de dar media vuelta y marcharse cabreado.

Respiro hondo para tratar de tranquilizarme y hundo los dedos en mi pelo.

Puedo entender que mi hermano no confíe en Bianca, hasta hace poco ella era solo la hija de Rossetti, el mismo hombre al que pretendo despojar de su territorio, pero él no la conoce como yo.

Estoy seguro de que jamás me traicionaría.