Capítulo 51
Luca
Su piel es cálida, suave, viva. Me doy cuenta de cuánto me había acostumbrado a no sentir nada. Hundo los dedos en su cintura y la alzo para colocarla sobre el capó del coche.
No estoy acostumbrado a esto, cercanía real, a notar cada respiración en la yema de mis dedos.
Es extraño, casi incómodo al principio, como si mi cuerpo no supiera qué hacer con algo tan simple, pero no quiero soltarla.
No puedo. Su piel responde, se tensa, se estremece bajo mis dedos.
Y aquí estoy yo, con las manos que siempre han destruido, tocando algo que no quiero dañar, algo que, por primera vez en mucho tiempo, me hace sentir humano. No hay dolor aquí. No hay violencia.
Me aferro a sus caderas, a su espalda, a su cuello, y no quiero soltarla.
Es como si todo el mundo desapareciera y solamente existiéramos nosotros dos, piel con piel, sin secretos, sin máscaras.
No quiero volver a cubrirme nunca más las manos porque ahora sé lo que es tocarla de verdad y nada volverá a ser suficiente si no es así.
«Entiendo que desearías haberte casado con una mujer similar en carácter a Ilenia o a tu madre, una esposa sumisa, obediente e invisible que te esperara en casa con una sonrisa y las piernas abiertas…
Yo nunca voy a ser esa mujer. Ni sumisa ni obediente ni invisible, y lo de las piernas…
Si me das a elegir, prefiero que dos manos fuertes me las abran».
—Tenías razón —digo con la respiración acelerada—.
Lo más conveniente para mí sería haberme casado con una mujer como Ilenia.
Eres irritante, provocadora y acabas con la poca paciencia que tengo…
—Agarro sus muslos con fuerza y los separo, dejando sus bragas de encaje negro a la vista—.
Pero no deseo a nadie más que a ti, Diavuletta.
—Odio que me llames así —susurra mientras me acomodo entre sus piernas abiertas.
Esbozo una media sonrisa y me encojo de hombros.
—Lo sé. —Deslizo el dorso de la mano por su monte de venus, sintiendo la rugosidad del encaje en mi piel—. Yo odio que actúes como si no estuvieses deseando en todo momento tenerme cerca, olerme, saborearme, sentirme dentro de ti, porque ambos sabemos que es mentira.
—Deja la charla para otro momento, ¿quieres? —dice, inclinándose hacia delante para alcanzar mi cinturón.
Lo desabrocha, después el botón y la cremallera. Cuando baja la cinturilla del pantalón, liberando mi erección, la agarra en su puño cerrado y sonríe de oreja a oreja.
—El apodo es apropiado. Eres una pequeña diablilla —mascullo entre dientes mientras su mano se mueve de arriba abajo en mi polla.
Desliza el pulgar por la punta, recogiendo un par de gotas de líquido preseminal, y se lleva el dedo a la boca.
La forma en la que sonríe casi hace que me corra de puro gusto.
¿Una mujer como Ilenia? No, ninguna estaría a su altura.
¿Para qué quiero una esposa aburrida y sumisa?
La quiero a ella, para siempre. No debajo de mí ni detrás; la quiero a mi lado, como una igual.
Me importa una mierda lo que digan los demás, las costumbres y tradiciones.
Mataré a cualquiera que intente impedírmelo.
Algún día me convertiré en el jodido rey de la costa este y ella será mi reina.
Intenta agarrar de nuevo mi polla, pero la empujo y hago que se tumbe sobre la carrocería.
Si vuelve a tocarme, es posible que no logre contenerme.
Sería vergonzoso correrme en su mano como un puto adolescente.
Además, conociéndola, seguro que estaría burlándose de mí por ello hasta el día de mi muerte.
Coloco las manos en una de las tiras laterales que sujetan el tanga a su cintura y, con un tirón brusco, esta se rasga, después hago lo mismo con la otra y se lo quito.
Me lo guardo en el bolsillo trasero del pantalón y esbozo una sonrisa ladeada sin dejar de mirar su carne húmeda y rosada. ¡Es preciosa, joder! Y mía, solo mía.
—Estás empapada por mí, ¿verdad? —pregunto, deslizando el dorso de los dedos por su centro sin llegar a profundizar. Por primera vez puedo sentir el calor que desprende, y eso me pone aún más duro si es posible.
Bianca gime y se retuerce con los ojos cerrados.
—Sigues charlando, Luca —se queja.
Sonrío de nuevo, negando con la cabeza. No, nunca la cambiaría por otra menos…
Menos Bianca. A pesar de que me vuelve loco la mayor parte del tiempo, me encanta que sea tan peleona, que no me dé la razón si cree que no la tengo, que discuta conmigo y luche a muerte por sus propias convicciones. La quiero tal como es.
Mi mano se queda quieta y contengo la respiración.
«La quiero», aún no sé cómo ni de qué manera, pero eso es lo que siento.
Es posible que esté confundiendo el deseo con algo más, pero no lo creo.
Esta sensación que me invade el pecho cada vez que la tengo cerca, que la toco, que la beso…
Es mucho más que deseo. Contra todo pronóstico, y en contra de mi propia voluntad, me he enamorado de mi esposa.
Carraspeo y sacudo la cabeza de un lado a otro.
Al mirarla, me doy cuenta de que me observa con el ceño fruncido, ajena al enorme descubrimiento que acabo de hacer.
No puedo evitar preguntarme si ella siente lo mismo.
Sé que, si se lo pregunto ahora, no obtendré una respuesta.
No, Bianca no es el tipo de mujer que habla sobre sus sentimientos.
Además, no creo que este sea el momento adecuado, y apuesto a que ella tampoco.
—¿Impaciente? —pregunto, haciendo verdaderos esfuerzos para que no se note cómo me tiembla la voz.
La sonrisa arrogante que esboza me hace augurar que su respuesta no va a ser de mi agrado.
—Tanto que, si no me follas de una maldita vez, saldré ahí fuera y le pediré al primer hombre que encuentre que termine lo que tú has empezado.
Me abalanzo sobre ella con rabia. Con una mano rodeo su cuello y con la otra aprieto su sexo, hundiendo dos dedos en su interior de golpe. Bianca suelta un pequeño grito agudo y cierra los ojos.
—Mírame —gruño, apretando un poco su garganta, lo suficiente para amenazarla, pero sin privarla de aire.
Sus ojos se abren, verdes, chispeantes y llenos de vida—.
No quiero oírte hablar de la posibilidad de que otro hombre pueda tocarte; no quiero oírtelo decir ni en broma.
—Hundo un tercer dedo en su interior y los retuerzo, arrancándole un nuevo jadeo—.
Tu coño me pertenece, tu cuerpo… —Ejerzo más presión en su garganta y sus ojos se abren como platos—.
Tu respiración, cada jodido latido de tu corazón. Eres mía y de nadie más.
—Luca… —susurra sin aliento.
Aflojo un poco el agarre en su garganta, para que pueda volver a respirar, y saco los dedos de su interior. Cojo mi polla y restriego la punta por sus pliegues empapados.
—Eso es. Luca, ese es mi puto nombre y el único que volverá a salir de tu boca.
—Me detengo justo en su entrada y la sujeto por la barbilla, hundiendo el pulgar en su boca.
Sin necesidad de ordenárselo, Bianca lo succiona con ganas—.
¿Ves cómo sí puedes ser una buena chica?
—Detiene el movimiento de su boca y me lanza una mirada poco amigable—.
¿Esto es lo que quieres? —pregunto, adentrándome en ella un par de centímetros.
Saco el dedo de su boca y esparzo su saliva por el labio inferior.
—Te estás pasando —se queja, aunque enseguida gime cuando, con un empellón brusco, me clavo hasta el fondo.
—¿Qué decías? —pregunto, conteniéndome para no repetirlo de nuevo.
—Te odio, De Santis —gruñe entre dientes.
Me inclino sobre ella y, sujetándola por la nuca, pego mi frente a la suya y me retiro despacio.
Bianca exhala con fuerza y su aliento baña mi rostro.
Su olor floral aturde mi alterado cerebro.
Ese olor es una jodida droga que no quiero dejar.
Teniéndola así, tan cerca, no puedo evitar pensar que ella es todo lo que necesito para sentirme completo.
Haré cualquier cosa que me pida, cualquier cosa que desee mientras pueda mantenerla a mi lado.
—No es cierto —susurro contra sus labios.
Abre los ojos y su mirada me desarma por completo.
Sé que, después de esto, ya no habrá vuelta atrás.
Estoy a punto de bajar todas mis defensas, y solo espero que ella sepa valorarlo, porque si me falla, si me traiciona…
, no creo que logre superar algo así—. Me amas, pero aún no estás lista para tener esta conversación —digo justo antes de embestirla de nuevo con fuerza.
En solo unos segundos nos convertimos en verdaderos animales salvajes.
La follo con dureza, tan fuerte que me veo obligado a sujetarla por las caderas para que no se deslice por la superficie de la carrocería.
Bianca gime y jadea con cada empellón. Cuando noto que está a punto de correrse, la embisto aún con más fuerza si es posible y sigo moviendo las caderas de delante hacia atrás.
Un grito ronco rasga su garganta y todo su cuerpo tiembla.
Su espalda se arquea en el preciso instante en el que un latigazo de placer recorre mi columna.
Solo entonces me libero, derramándome en su interior.
El orgasmo dura segundos que parecen horas, y, cuando el placer remite, caigo a plomo sobre ella, con el rostro en su cuello y aún profundamente enterrado en su coño.
Poco a poco, nuestras respiraciones se van ralentizando.
Siento cómo la mano de Bianca se mueve en mi espalda, recorre mi hombro con una leve caricia y sube por mi cuello hasta llegar a la cabeza.
Sus dedos crean una especie de remolinos en mi pelo húmedo por el sudor. Alzo la cabeza y busco su mirada.
—Han sido treinta segundos muy intensos —dice en tono burlón.
Río por la nariz y niego con la cabeza. Solo ella podría soltar un comentario como ese después de lo que acabamos de hacer.
Cojo una de sus manos, la que no está jugueteando con mi pelo, y la sostengo con cuidado, sintiendo la suavidad de su piel sobre la mía.
Me sigue pareciendo mentira que no le resulte asqueroso ni incómodo tocar las cicatrices de mis quemaduras.
Uso el pulgar para repasar las líneas de su palma y sigo descendiendo hasta el interior de la muñeca.
Leo en voz alta la palabra que tiene tatuada.
— Furza. ¿Por qué te lo…? —dejo la pregunta a medias cuando bajo la tinta noto una rugosidad.
Frunzo el ceño y vuelvo a repasarlo con el dedo.
Es una cicatriz, o más bien varias. Alzo su mano para ver mejor la zona.
Son varias líneas juntas, como si fuesen cicatrices de…
¿cortes? Bianca parece darse cuenta de lo que estoy mirando y enseguida intenta alejar la mano.
No se lo permito. Me aparto un poco de ella y agarro su otra mano.
Bajo la palabra curaggiu tiene las mismas cicatrices.
Busco su mirada sin poder pronunciar lo que se me está pasando por la cabeza.
Esos cortes no pueden ser accidentales. Pero, conociendo a Bianca, ella no sería capaz de…
No, es imposible. La mujer que yo conozco es valiente y luchadora.
Jamás pensaría siquiera en la posibilidad de renunciar a su propia vida.
—Déjame —pide, tirando de sus manos.
—¿No vas a explicármelo? —Niega con la cabeza y aparta la mirada—. Bianca, esos cortes no han sido accidentales, ¿verdad?
Suspira y vuelve a mirarme. Enseguida noto el cambio.
La chica cariñosa y juguetona, que hace solo un instante estaba acariciando mi cabello, ha desaparecido por completo.
En su lugar, solo hay una mujer dura y fría, como cada vez que intenta protegerse de algo.
Bianca tiene su propia coraza. Yo uso los guantes a modo de máscara, ella el sarcasmo y la indiferencia.
—No tengo nada que explicarte. —Me empuja por los hombros para intentar bajarse del coche, pero no la dejo.
—Solo contesta a mi pregunta. ¿Fueron accidentales?
Bufa con fuerza y se acomoda el cabello rubio con los dedos.
—Ya lo sabes, Luca. Solo quieres que te lo confirme.
—¿Lo estás haciendo? —Se encoge de hombros, como si no estuviese confesando que ha intentado suicidarse en algún momento de su vida.
—¿Puedes apartarte ya? Me gustaría irme a casa.
—¿Por qué? —pregunto, ignorando su comentario.
Vuelve a bufar y me empuja por los hombros; sin embargo, no me muevo ni un centímetro.
—A veces, solo… no ves salida. Todo pesa, todo duele, y te convences de que desaparecer es más fácil que seguir peleando. No es racional, no es valiente, y tampoco cobarde. Es solo estar cansada. Exhausta. Creer, aunque sea por un segundo, que no hay otra manera.
Enmarco su bello rostro con ambas manos y la obligo a mirarme.
—Siempre hay otra manera, Bianca.
—Lo sé, pero a veces, para salir adelante, tienes que renunciar a partes de ti que te gustan y abrazar otras que odias. Cuando entendí eso, y estuve dispuesta a hacerlo, supe que jamás debí intentar esa locura.
Inspiro hondo por la nariz. Podría seguir presionándola para que me cuente qué fue exactamente lo que la llevó a tomar esa decisión, pero sé que no voy a conseguir sacarle nada más.
—Me alegra que lo tengas tan claro porque no voy a permitir que vayas a ningún lado. Pasarás el resto de tus días conmigo, Diavuletta.
—Eso ha sonado a amenaza —comenta, arqueando una ceja.
—Es una promesa.