Capítulo 50
Bianca
Mi idea de cita dista mucho de pasar gran parte de la noche en un almacén polvoriento y abandonado observando cómo un cadáver se desintegra en ácido puro; no obstante, tengo que admitir que, en esta ocasión, la impulsividad y falta de autocontrol de mi marido me ha venido bien.
Ayudándolo con esto, le estoy demostrando que soy una de las suyas y que puede confiar en mí.
Es un movimiento arriesgado. He pasado años creando esa imagen de niña malcriada y caprichosa que solo se preocupa por sí misma, pero ha llegado el momento de cambiar de estrategia.
El tiempo apremia y necesito encontrar la forma de obtener más información sobre las operaciones de la organización.
Con un poco de suerte, después de esta noche, Luca considerará la opción de permitir que me inmiscuya de forma activa en la organización.
Apoyada en el capó del Ferrari, hago una mueca de asco al ver que uno de los brazos ensangrentado y medio desollado del camarero sale a la superficie.
—Te dije que el bidón era demasiado pequeño —susurro.
No espero a que sea él quien se ocupe del problema. Yo misma me acerco al bidón e, imitando lo que ha hecho él anteriormente, estoy a punto de empujar el brazo de vuelta al líquido espeso y maloliente.
—¡¿Qué demonios haces?! —exclama Luca, sujetándome por la muñeca antes de que pueda llegar a tocar el brazo. Lo miro confusa por su tono de voz y él chasquea la lengua—. Eso de ahí es ácido fluoroantimónico. ¿Sabes qué podría haberte pasado si llegas a tocarlo sin guantes?
Me fijo en sus manos. A veces olvido que nunca he visto las cicatrices que se esconden bajo el cuero.
Yo, al igual que todo su entorno, sé qué fue lo que le pasó.
De hecho, muchos de los miembros de la Cosa Nostra estaban presentes el día en el que Luca sumergió el cadáver de su padre en un recipiente muy parecido al que tengo justo frente a mí.
No dudó en empujarlo con las manos desnudas.
Se rumorea que ni siquiera se quejó cuando la piel empezó a deshacerse y la sangre goteaba.
Supongo que el dolor de haber matado a tu propio padre fue capaz de opacar todo lo demás.
Agarro su mano con cuidado, después cojo la otra y busco su mirada.
—Cuéntame qué se siente —pido en un susurro.
Suspira y aparta la mirada. Estoy segura de que va a alejarse de mí cuando empieza a hablar.
—Primero es un latigazo que te roba el aire, luego la carne se abre, se hunde, como si alguien estuviera deshaciéndola desde dentro.
No es como una quemadura normal. Ese ácido no arde…
, devora. La piel no tiene tiempo de defenderse, no hay reflejo que la salve.
Primero sientes cómo la superficie se vuelve blanda y en segundos empieza a disolverse capa a capa.
No es solo el dolor, es la sensación de que el propio cuerpo se rinde, que la carne se derrite sin resistencia.
No se detiene ahí, sigue avanzando, sigue mordiendo, como si quisiera tragarse todo lo que toca.
—Se calla un segundo y toma una respiración profunda—.
Lo peor es que no deja cicatrices bonitas ni historias heroicas.
Solo una marca permanente que te recuerda, todos los días, que algo capaz de borrar cuerpos también puede destrozar partes de ti.
Lo observo en silencio. De Santis, el tarado impulsivo, el hombre arrogante que jamás duda, el que siembra caos y terror allá por donde pasa, pero ahora no.
En este momento sus hombros están tensos; su respiración, contenida; su mirada, perdida en algún lugar donde yo no puedo alcanzarlo.
Hay algo roto detrás de esos ojos. Algo que intenta ocultar, pero que vibra entre nosotros como electricidad.
Siento el impulso absurdo de abrazarlo, de decirle que no tiene que cargar con todo él solo. Pero no lo hago. No puedo. Aun así, esta versión suya me arrastra. Me atrae. Me obliga a verlo distinto. Vulnerable. Humano. Y eso es lo más peligroso de todo.
—Muéstramelo —pido con hilo de voz.
Luca niega con la cabeza y está a punto de alejarse; no obstante, lo sujeto con más fuerza.
—No quieres verlo, Bianca. Es desagradable.
—Deja que sea yo quien lo decida.
Vuelve a negar y se aparta de mí. Empuja el brazo del camarero hasta que queda completamente sumergido en el ácido y después le coloca la tapa. Exhala con fuerza y masculla una maldición.
—¿Por qué nunca soy capaz de negarte nada? —murmura, creo que para sí mismo, pero puedo escucharlo a la perfección.
Aún de espaldas a mí, intuyo que se está quitando los guantes. Me mantengo inmóvil, casi sin respirar, hasta que se da la vuelta, regresa a mi lado y levanta ambas manos. Creí estar preparada para verlo, pero no es así.
Las manos que siempre parecían fuertes y seguras ahora son otra cosa. Piel quemada. Marcada. Dura y frágil al mismo tiempo. No son monstruosas; sin embargo, tampoco son las manos de un hombre intocable. Sus cicatrices cuentan una historia de dolor y tragedia.
Me quedo sin aire. No de horror, no de pena.
De algo mucho más incómodo. Algo que me aprieta el pecho porque, por primera vez, veo a Luca De Santis sin su máscara.
Sin poder. Sin control. Solo él y esas manos que le recuerdan que incluso los que se creen dioses sangran.
Lo odio por hacerme sentir esto, y lo deseo por lo mismo.
Deslizo el dedo índice por la palma de su mano con extrema lentitud. Luca cierra los ojos y contiene la respiración.
—¿Duele? —pregunto, deteniéndome.
Niega con la cabeza y tensa la mandíbula con fuerza.
—No, es agradable —sisea entre dientes.
Se me escapa una sonrisa y sigo recorriendo su mano con las puntas de los dedos.
Siento la piel dura y tensa. Es áspera, irregular, con zonas gruesas y otras finas.
No hay suavidad, solo rigidez. La superficie está caliente, seca, con pequeños relieves que se notan bajo los dedos.
Cuando aprieto un poco, no cede. Parece frágil y resistente al mismo tiempo.
Termino con una y después paso a la otra.
No dejo ninguna cicatriz ni marca sin acariciar.
Después de unos minutos en absoluto silencio, ya siento como si las conociera de toda la vida, cada porción de piel, cada arruga y pliegue áspero y suave a la vez.
Alzo su mano y la acerco a mi rostro. Ladeo un poco la cabeza y deposito un beso suave en la palma.
Luca abre los ojos de golpe y su garganta se mueve con violencia al tragar saliva.
—Tampoco está tan mal —digo, esbozando media sonrisa.
Sus ojos azules brillan. Desliza el dedo pulgar sobre mi labio inferior y vuelve a negar con la cabeza.
—No sabes lo que acabas de hacer, ¿verdad? Ahora ya no podré volver a tocarte de ninguna otra forma que no sea así, piel con piel.
La intensidad de su mirada me quema, me desgarra de dentro hacia fuera, como un volcán de lava ardiente recorriendo mis entrañas. Mi respiración se descontrola. No estoy segura de si es por lo que he hecho o por lo que él acaba de decir.
—No voy a quejarme —suelto sin poder evitarlo.
Luca deja escapar una risa corta, pero no hay diversión en ella. Es más bien incredulidad. Me observa como si no terminara de creer que estoy aquí, tocando así, como si fuese lo más natural del mundo, algo que él siempre ha odiado de sí mismo.
Sus dedos tiemblan un segundo antes de enredarse en mi pelo. Se acerca un poco más, lo suficiente como para que sienta su aliento, para que note la tensión en sus hombros, para que me dé cuenta de lo mucho que se está conteniendo.
—Tienes algo de mí que nunca nadie ha tenido antes, Diavuletta —susurra contra mis labios.
Lucho contra mi propia mente. Sé que lo que estoy haciendo, que lo que estoy sintiendo no está bien.
Se supone que Luca solo es un peón más en mi tablero de ajedrez.
Me casé con él porque sabía que él nunca se doblegaría ante mi padre.
Era el mal menor, el efecto colateral, y hasta este preciso momento nunca me había sentido culpable por ello.
La razón me dice que, sea lo que sea que estoy sintiendo, tengo que detenerlo cuanto antes, pero su mirada…
¡Maldita sea! La forma en la que me mira solo me hace desear abrazarlo y pedirle perdón por utilizarlo en esta lucha que no le pertenece.
Esta vez soy yo quien traga saliva con fuerza y hago lo posible por contener las lágrimas que pugnan por salir de mis ojos.
Sigo prendada de su mirada. Una de sus manos sostiene mi nuca y la otra está anclada en mi cintura.
Esas manos que solo yo puedo ver y sentir, que de alguna forma las siento mías.
Exhalo profundamente y rodeo su cuello con los brazos.
Su frente roza la mía. No me besa, no me empuja, no hace nada más.
Y, aun así, siento que acabo de cruzar una línea de la que ya no hay vuelta atrás.
—Bésame —pido.
Su boca cae sobre la mía como una jodida apisonadora, aplasta mis labios, hunde la lengua entre ellos y me estrecha contra su cuerpo como si estuviese dispuesto a que nos fusionáramos.
Apenas soy capaz de seguirle el ritmo. Gimo en su boca cuando tira de mi pelo hacia atrás.
Rompe nuestro beso y me mira con fuego en los ojos.
—Puedo llevarte a casa y follarte en la cama, o usar la carrocería de tu bonito Ferrari. Tú decides —dice con la respiración alterada.
Echo un vistazo al coche. Está justo ahí. Esbozo una sonrisa traviesa y muerdo su labio inferior.
—Si lo rayas, me comprarás otro, y lo quiero amarillo.
—Hecho —gruñe, volviendo a cubrir mi boca con la suya.