Capítulo 49
Luca
Mi padre siempre decía que los hombres llevamos veneno dentro y solo hay tres maneras de sacarlo: bebiendo, follando o usando la violencia. Podría haber elegido cualquiera de las dos primeras, pero ahora mismo estrellar mi puño contra la cara de este camarero me resulta mucho más liberador.
No he querido usar mi arma. No. Esto quiero solucionarlo a la vieja usanza: con esfuerzo, sudor y sangre. La suya.
Un nuevo gemido sale de su boca cubierta de sangre cuando le clavo los nudillos en el estómago.
Se dobla hacia delante, pero lo agarro, lo empujo contra la pared de ladrillo y sigo golpeándolo una y otra vez.
Primero con la derecha, luego con la izquierda.
Cuando pierde el conocimiento y cae al suelo, empiezo a patearlo por todo el cuerpo sin parar.
El sudor me corre por la espalda. Tengo la camisa empapada y el pecho me arde mientras respiro con fuerza. Le doy otra patada, esta vez en la cara, y escucho un crujido. Otro hueso roto. Bien. Aún me quedan unos cuantos más.
Me detengo un momento para recuperar el aliento, pero cuando voy a volver a golpearlo, escucho el rugido de un motor potente.
Me giro de golpe. Las luces traseras de un coche entran marcha atrás en el callejón.
El tono rosa metalizado brilla bajo la única farola.
Se trata de Bianca. No tengo ninguna duda.
Con la respiración todavía acelerada, miro el cuerpo inmóvil y lleno de sangre del camarero.
«Mierda. ¿Cómo voy a explicar esto?».
La puerta del conductor se abre y el sonido de sus tacones retumba en el callejón oscuro.
Se acerca despacio. No soy capaz de descifrar la expresión de su rostro.
¿Está cabreada? No creo que, como final de una cita desastrosa, ver a tu marido darle una paliza de muerte a un pobre diablo sea lo más apropiado.
—¿En serio? —Se detiene a tan solo un par de metros y cruza los brazos sobre el pecho—. No podías dejarlo pasar, ¿verdad, De Santis?
Frunzo el ceño y aprieto con fuerza mis puños doloridos.
—Podría haberte matado —siseo entre dientes, aún con la respiración acelerada.
Clava su mirada en la mía y niega con la cabeza.
—Si ya sabía yo que casarme con un tarado no era buena idea —masculla justo antes de dar media vuelta y empezar a caminar de vuelta al vehículo.
Espera… ¿Se va? ¿Tan cabreada está? Soy un monstruo, un puto tarado, como ella siempre me llama, pero hasta hoy nunca me había mostrado de esta forma.
Recuerdo todas esas veces que Bianca ha expresado su rechazo por las muestras de poder de personas como su padre y como yo.
«No es casualidad, Luca. Elegís lo mismo: el poder primero, todo lo demás después, y ese camino me lo sé de memoria.
Solo lleva al sufrimiento y la destrucción de todos los que os rodean».
El corazón se me acelera aún más, si es posible, y un nudo de angustia me cierra la garganta. No quiero que se marche sin mí.
—Bianca, espera… —pido, aunque suena como una súplica.
Se detiene de golpe, da media vuelta y alza una mano. Me fijo en que lleva el mando a distancia del Ferrari en ella. Presiona un botón y la puerta del maletero se abre.
—Vamos, hay que sacarlo de aquí. Ya tienes demasiados problemas con las autoridades como para que te carguen un asesinato.
Pestañeo rápido y me quedo inmóvil, intentando asimilar sus palabras. ¿No está cabreada? Al notar mi falta de reacción, chasquea la lengua y regresa junto a mí. Se agacha junto al camarero y hace una mueca de asco.
—No sé si está muerto… —susurro cuando logro volver a hablar.
—Si no lo está, hay que ponerle remedio, aunque lo más urgente ahora mismo es meterlo en el maletero y llevarlo a algún lugar apartado. —Se pone en pie y mira alrededor—. Estamos demasiado expuestos. Puede que haya cámaras o…
—No las hay —la corto.
—Di mejor que no las has visto. Dudo que un restaurante como este no tenga un buen sistema de seguridad. Por si acaso, envía a alguien a que les aprieten las tuercas a los dueños para que no se les ocurra abrir la boca en el caso de que la Policía haga preguntas.
Asiento, alucinando por el hecho de que se le haya ocurrido algo así.
Ya pensaba hacerlo, pero me sorprende que Bianca…
¡Dios santo! No parece inquietarle en absoluto que un hombre esté muerto o agonizando a solo unos pasos de ella.
¿Cuándo ha dejado de ser una princesita malcriada para convertirse en una criminal despiadada?
Carraspeo y sacudo la cabeza de un lado a otro. Tiene razón, hay que salir de aquí cuanto antes. Ya tendré tiempo de seguir en shock cuando el puto camarero esté desintegrándose en un bidón de ácido.
Entre los dos levantamos el cuerpo del chico, lo arrastramos hasta el coche, y, cuando estamos a punto de dejarlo en el interior del maletero, el muy cabrón abre los ojos y suelta un quejido ronco.
Tose por el esfuerzo, escupiendo un chorro de sangre espesa que va a parar al escote de Bianca.
Ella abre mucho los ojos y lo suelta. Me apresuro a agarrarlo antes de que se escurra y caiga al suelo.
Con esfuerzo, lo lanzo en al interior del maletero y cierro la puerta.
—¿Estás bien? —le pregunto, haciendo una mueca de asco al ver cómo la sangre se va escurriendo por su piel y mancha su vestido.
—Esta mancha no voy a poder quitarla. Me acaba de destrozar el vestido —se queja.
Se me escapa una sonrisa y me encojo de hombros.
—No voy a decir que lo lamento. En realidad, me evita el trabajo de destrozarlo yo mismo al llegar a casa.
Bianca me lanza una mirada dura.
—Ya veo que has recuperado el sentido del humor. Solo ha hecho falta que casi mates a un pobre idiota. —Me quito la chaqueta y se la tiendo para que pueda limpiarse con ella—. Por cierto, ¿a dónde lo vamos a llevar?
—Conozco un lugar que no está muy lejos. ¿Quieres que te acerque a casa primero?
Me devuelve la chaqueta y, tras abrir de nuevo el maletero, la lanzo al interior, cubriendo el rostro del tipo. Creo que ha vuelto a perder el conocimiento.
—Claro, lo más prudente es que andes paseando por toda la ciudad con un casi cadáver en el maletero —comenta en tono sarcástico—. No, voy contigo. ¿Qué tienes pensado hacer con él?
— Lupara bianca —respondo.
—Ya, lo suponía.
Da media vuelta y empieza a caminar hacia el lugar del conductor.
Estoy a punto de detenerla. Siempre me han enseñado que el hombre es el que conduce, y más cuando se trata de un vehículo de gran cilindrada, pero decido no hacerlo.
Bianca no es una mujer común. Si puede manejarme a mí, que a la vista está que es así, un coche no supone ningún reto para ella.
Rodeo el vehículo y me subo al asiento del acompañante.
Bianca arranca el motor y, con mucho cuidado, sale del callejón y se incorpora a la carretera.
Mientras la observo conducir en silencio, esa sensación extraña regresa a mi garganta.
No sé cómo consigue sorprenderme a cada momento con una faceta distinta de su personalidad.
Bianca, la niña malcriada; Bianca, la que lucha por hacerse escuchar en un mundo en el que solo los hombres tienen voz, y ahora la mujer insensible, con la mente fría y resolutiva.
¿Cuál de todas es la verdadera? ¿Alguna lo es?