Capítulo 48
Bianca
Intento mantener la calma mientras froto la tela con cuidado. En cuanto la mancha desaparece, me acerco al secamanos y dejo que el aire caliente seque la zona durante unos segundos, después regreso al lavabo y me miro en el espejo. No se me notan los nervios o, al menos, eso espero.
—Respira, Bianca. —Leo las dos palabras que llevo tatuadas en la parte interna de las muñecas—. Cu furza e curaggiu si vince tuttu. —Inspiro hondo. Solo tengo que mantener la calma.
Exhalo con fuerza y me dirijo a la salida. No puedo seguir ocultándome de los problemas. Abro la puerta de un tirón y, cuando estoy a punto de salir, se cruzan en mi camino unos ojos ambarinos que conozco a la perfección.
—Te he estado llamando —dice Ryan sin apartar la mirada de la mía.
Echo un vistazo a un lado y a otro del pasillo en el que se encuentra y estiro el brazo en su dirección.
—Ven aquí —susurro, agarrándolo por la camisa y tirando de él hacia el interior del baño. Cierro la puerta y lo encaro—. ¡¿Te has vuelto loco?! ¡¿Qué demonios estás haciendo?!
—No habría venido si contestaras a alguna de mis llamadas.
Bufo y me cruzo de brazos. ¿Esto va en serio?
—Ryan, como has podido comprobar ahí fuera, estoy acompañada.
No podía responderte. ¡¿Qué mierda te pasa?
! El tarado aquí es mi marido, ¿recuerdas?
Nosotros dos estamos hechos de otra pasta.
Valoramos la situación, tomamos decisiones y solo entonces actuamos.
No nos dejamos llevar por impulsos. Así es como hemos llegado hasta aquí, y tú, apareciendo por sorpresa en el restaurante, estás poniendo en riesgo todo el plan.
Se me queda mirando muy serio y después asiente.
—Lo siento. Tienes razón, pero estaba preocupado por ti. Creo que no terminas de ser consciente del riesgo que corres en esa casa. Si De Santis se entera de que tú estás detrás de todo lo que ha pasado en su vida, antes incluso de que os casarais, no dudaría en matarte.
—Deja que sea yo quien me ocupe de mi marido.
Puedo manejarlo. Lo he hecho hasta ahora, ¿no?
Conocía el riesgo cuando me metí en esto.
Hemos invertido demasiado tiempo y esfuerzo en este plan como para que ahora se vaya a la mierda porque tú no sabes controlar tus impulsos. ¡Espabila, joder! Estamos muy cerca.
—Ya he dicho que lo siento —masculla, apartando la mirada.
Respiro hondo y trato de tranquilizarme. Sé que Ryan solo se preocupa por mí, pero necesito que deje de hacerlo y se centre en su parte del plan.
—¿Qué es eso tan urgente que tenías que decirme por teléfono? —inquiero.
—Necesito que te adentres cuanto antes en los negocios de la asociación.
—Eso ya lo sé, pero debo hacerlo con cautela para que nadie sospeche de mí.
Da gracias a que pude conseguir información de las últimas transacciones durante la fiesta de cumpleaños del capo.
Romeo se jugó el cuello entrando en su despacho para sacar las localizaciones de los almacenes de su ordenador.
—No es suficiente. Con eso solo hemos dado el primer golpe. Mi contacto en los federales espera más información y nosotros necesitamos que vayan a por los demás cabezas de familia para que acusen a tu padre de traición.
—¡Lo sé! —exclamo, perdiendo la paciencia—. Te recuerdo que es mi jodido plan.
—Lo que no sabes es que tu querido maridito vino a visitarme esta mañana. —Frunzo el ceño—. Sospecha que fui yo quien los delató.
—Y no se equivoca —mascullo—. Era de esperar que sucediera algo así. Tú siempre vas un paso por delante de él.
—Gracias a Romeo y a ti.
—Ahora más que nunca tenemos que ser cautelosos. No puedo hacer algo que me delate, porque entonces a la que acusarán y condenarán por traición será a mí.
—Y precisamente por eso estoy tan preocupado. Como no has respondido en todo el día a ninguna de mis llamadas, creí que De Santis te había descubierto.
—Eso no va a pasar. Lo tengo bajo control.
—Sí, ya me comentó esta mañana que se está esforzando mucho para dejarte embarazada. —Pongo los ojos en blanco—. ¿Es cierto?
Inspiro hondo por la nariz y aparto la mirada. Esa es la razón por la que he estado evitando hablar con él durante todo el día. Puede que sea muy valiente para algunas cosas, pero para otras… Mierda. Tampoco puedo mentirle. Ryan no se lo merece.
—Haré lo que sea necesario para acabar con mi padre de una vez por todas —afirmo, y busco su mirada—.
Por suerte, toda esta mierda terminará muy pronto y no tendré que llegar a esos extremos, pero, si fuese así, no dudaría en dejar que me embarazara, Ryan.
Tenemos menos de tres meses para hacer que Luciano Rossetti se hunda.
—Solo espero que no nos arrastre con él —masculla.
—Descuida, sé cuáles son tus aspiraciones. Estamos en esto juntos. Yo consigo librarme de mi padre para siempre y tú expandir tus negocios en la costa este, empezando por el puerto de Nueva York.
—Entonces… ¿no ha cambiado nada? —inquiere, estrechando la mirada sobre mí.
—Claro que no.
—¿Estás segura? Ahí fuera os estuve observando y no me pareció que tu relación con De Santis fuese tan fría y distante como siempre has asegurado. —Exhala con fuerza y hunde los dedos en su pelo rubio—. Me estoy jugando mucho por ti, Bianca. Llevo años apoyándote.
Esbozo una sonrisa ladeada y me cruzo de brazos.
—Claro, porque todo esto lo haces por simple altruismo, ¿verdad?
No nos engañemos, Ryan. Ambos sacamos lo que queremos de este acuerdo.
De no ser así, ya habríamos delatado a toda la Cosa Nostra.
Si siguen en pie es precisamente porque tú los necesitas.
A mí me importa una mierda que acaben todos muertos o en la cárcel.
—Ir a por todos ellos es un suicidio, y lo sabes. Tienen demasiado poder. Además, ¿estarías dispuesta a incriminar a tu querido maridito?
—Por supuesto —respondo tras titubear. Ni siquiera sé por qué lo he hecho. Me acerco a la puerta y la abro un par de centímetros para echar un vistazo al exterior. Luego vuelvo a cerrarla—. Vete de una vez, antes de que consigas que nos maten a los dos.
—Está bien, pero mantenme informado.
Se acerca a mí y está a punto de besarme; sin embargo, antes de que sus labios toquen los míos, por algún motivo que ni siquiera entiendo, giro la cabeza y termina depositando un beso fugaz en mi mejilla.
—Márchate ya —susurro, empujándolo por los hombros.
Nada más quedarme sola en el baño, exhalo con fuerza y me llevo las manos a la cabeza. Después de años de espera, casi puedo tocar la libertad con la punta de los dedos. Voy a lograrlo. Nada ni nadie hará que me detenga.
Luca
Muevo el peso de una pierna a otra. Estoy nervioso. Estoy cabreado. No, más que eso: estoy furioso.
No tardo en escuchar los tacones de Bianca acercándose. Me giro y no aparto la mirada de ella. Sé que otros hombres la están mirando. Es imposible no hacerlo. Y solo imaginarlo me enciende aún más la sangre.
—Ponte la chaqueta —gruño, empujándosela contra el pecho cuando llega a mi lado.
Bianca pone los ojos en blanco. Eso me enfurece todavía más. Intento calmarme, respiro hondo, despacio, pero no sirve de nada. Al menos se coloca la chaqueta sin protestar.
No quiero matar a nadie hoy.
—¿Tu amigo ya se ha ido? —me pregunta mientras se arregla el pelo por encima del cuello de la chaqueta.
—No es mi amigo. Solo un conocido —respondo seco.
Poco después de que Bianca se fuera al baño, otro camarero vino a buscar al irlandés para llevarlo a su mesa. Parece que no mentía y tenía reserva. Aun así, no me creo que su aparición haya sido casual. Hace tiempo que dejé de creer en las coincidencias.
Niego con la cabeza y le indico a Bianca con la barbilla que camine delante de mí hacia la salida. No sirve de nada seguir dándole vueltas a lo de Kincaid. A partir de mañana estará vigilado, y espero que Vincenzo encuentre algo que nos ayude a entender qué pretende.
En la puerta me entregan las llaves del Ferrari y salimos al exterior.
El maldito coche rosa llama tanto la atención que varias personas se quedan mirándolo.
Vuelvo a bufar. La rabia sigue ahí, ardiendo por dentro.
Intento calmarme, pero no lo consigo. Y, conociendo a Bianca, sé que sus comentarios no van a ayudar.
Odio sentirme así. Cuando dejo que la ira me controle, siempre termino haciendo alguna locura.
Rodeo el coche sin decir nada, y estoy a punto de meterme dentro cuando una voz llama mi atención.
Me suena. Miro hacia el lugar de donde viene y lo veo.
Es el maldito camarero. Está en la acera, caminando de un lado a otro, fumando y riéndose mientras habla por teléfono.
Aprieto los puños. Me planteo ir a por él y romperle la cara.
No es justo que se encuentre ahí, tranquilo y sonriente, cuando hace un rato estuvo a punto de provocar una desgracia.
Lo observo unos segundos más, hasta que se mete en un callejón junto al restaurante.
Yo estaba frente a la entrada principal y no lo vi salir por ahí.
Seguro que es una salida lateral. Por instinto, miro alrededor buscando cámaras o algo que pueda incriminarme si decido hacer algo.
No veo ninguna y el callejón está bastante oscuro.
—¡Luca! ¡Luca! —me grita Bianca desde dentro del coche. Resoplo, me meto en el asiento y cierro la puerta—. ¿Qué demonios te pasa?
No respondo. Arranco, me abrocho el cinturón y conduzco. Pero, cuando pasamos junto al callejón, lo veo de nuevo. Continúa ahí, apoyado en la pared, al lado de unos contenedores de basura.
Aprieto el volante con fuerza. Intento ignorarlo, pero una voz en mi cabeza no deja de insistir: «Vuelve y acaba con esto».
Me imagino lo que habría pasado si no hubiese probado yo antes el postre…
Bianca en una cama de hospital, pálida, sin vida.
El pensamiento me golpea como un puñetazo.
Disminuyo la velocidad y aparco el Ferrari.
—Quédate aquí —murmuro, quitándome el cinturón.
—¿Qué? ¿A dónde vas?
—Vuelvo enseguida. No salgas del coche, Bianca —le ordeno antes de salir.
Dice algo más, pero la ignoro y cierro la puerta. Camino rápido hacia el restaurante, mejor dicho, hacia el callejón. Y, mientras avanzo, solo puedo pensar que quizá hoy sí termine matando a alguien.