Lupara Bianca Capítulo 47
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Capítulo 47

Luca

Cuando llegamos al restaurante, mi humor no ha hecho más que empeorar.

Mi esposa no solo se ha salido con la suya al usar un dichoso vestido que apenas le cubre el trasero, también me ha tocado conducir hasta aquí el jodido Ferrari rosa que se compró en Sicilia.

Hoy mismo, durante una reunión por videollamada con los cabezas de familia de la organización, acordamos mantener un perfil bajo y no llamar la atención, al menos hasta que la situación con los federales se calme un poco, y unas horas después estoy atravesando la ciudad al volante de un puto deportivo rosa metalizado.

—¿Vas a pasar toda la noche enfurruñado? —pregunta Bianca en cuanto el camarero nos deja los platos con la comida sobre la mesa.

Le lanzo una mirada poco amistosa. Se ha quitado la jodida chaqueta antes de sentarse. Si es que no sé por qué sigo aquí. Debería estar en mi casa, lejos de esta maldita bruja que acabará volviéndome loco.

Su teléfono vuelve a vibrar sobre la mesa. No ha dejado de hacerlo en toda la noche. Por primera vez, estiro el cuello y veo el nombre de Sarah en la pantalla.

—Cógelo —gruño.

Bianca rechaza la llamada y le da la vuelta al aparato.

—Es mi tía, mañana la llamaré. No quiero interrumpir esta maravillosa velada con mi querido esposo. —Casi me echo a reír por su tono sarcástico, y no precisamente porque me haya hecho gracia, es que es una respuesta muy suya—. ¿Te resulto graciosa? —pregunta al ver mi expresión.

Trago un pedazo de carne y le doy un sorbo a la copa de vino antes de contestar.

—Graciosa no, solo irritante.

Bianca sigue comiendo de su plato en silencio durante un buen rato, aunque parece pensativa e incluso algo inquieta.

—Te entiendo —suelta cuando ya casi hemos terminado de comer.

Mastico el último bocado y, tras dejar los cubiertos sobre el plato, lo aparto unos centímetros hacia el centro de la mesa.

—Si me explicas de qué hablas, tal vez yo también lo entienda.

—Me refiero a tu rechazo hacia mí.

—¿Rechazo? —inquiero, arqueando una ceja—. He pasado dos putos años ansiando meterme entre tus piernas y, por si no te has dado cuenta, sigo queriendo hacerlo.

Una vez más, pone los ojos en blanco.

—No hablo de sexo, Luca. Eres un hombre, claro que quieres follarme.

Está escrito en tu jodido ADN . Hablo de mí como persona, como esposa.

Entiendo que desearías haberte casado con una mujer similar en carácter a Ilenia o a tu madre, una esposa sumisa, obediente e invisible que te esperara en casa con una sonrisa y las piernas abiertas.

Esbozo media sonrisa y alcanzo de nuevo mi copa.

—Sí, eso hubiese sido lo más apropiado —digo antes de beber.

—Pues lo siento por ti, porque yo nunca voy a ser esa mujer. Ni sumisa ni obediente ni invisible, y lo de las piernas… Si me das a elegir, prefiero que dos manos fuertes me las abran.

Me atraganto con el vino al escuchar lo último que ha dicho. La muy perra se ríe mien tras yo trato de recuperarme. Cuando al fin lo logro, la miro con dureza.

—Al menos, en público, controla tu lenguaje —le advierto.

Veo cómo se prepara para replicar, pero, antes de que pueda hacerlo, el camarero nos interrumpe. Retira los platos y nos da la carta de postres.

—Cualquier cosa que no lleve frutos secos —le pide Bianca.

—Lo mismo para mí —farfullo. Se marcha y de inmediato retomo la conversación—. A mí también me gustaría entenderlo —comento para llamar su atención.

Mi esposa me mira con una ceja arqueada.

—¿El qué?

—Por qué me odias.

Estrecha la mirada sobre mí y niega con la cabeza.

—Luca, yo no te odio. Bueno, al menos, no todo el tiempo. A veces te comportas como un verdadero patán y…

—No es solo eso —la corto—. Nunca me has soportado. Incluso de niña, siempre te mantenías alejada de mí, y cómo olvidar que me ofreciste sexo a cambio de romper nuestro compromiso.

Suspira y le da un trago largo a su copa de vino.

—Eres igual que mi padre —dice casi en un susurro.

—No es cierto. Somos muy distintos —rebato.

—Puedes disfrazarlo como quieras, pero yo lo conozco a él y a ti también.

No te mueves por amor ni por lealtad, solo por poder.

No es casualidad, Luca. Elegís lo mismo: el poder primero, todo lo demás después, y ese camino me lo sé de memoria.

Solo lleva al sufrimiento y la destrucción de todos los que os rodean.

Me quedo pensando en su declaración unos segundos. No es la primera vez que la escucho hablar así de su padre, con tanto rencor.

—¿Qué te ha hecho para que sientas tanto odio hacia él?

Bianca se me queda mirando, pestañea rápido y abre la boca para responder.

—De Santis. —Enseguida reconozco la voz que sale de detrás de mí.

Escucho sus pisadas y, al alzar la mirada, encuentro al jodido irlandés de pie a mi lado. ¡¿Qué mierda hace aquí?! ¡Hijo de puta! Va a conseguir que nos maten. Se detiene junto a la mesa y sonríe en dirección a Bianca.

—Kincaid, ¿puedo ayudarte en algo? —casi escupo las palabras.

El camarero decide que es el mejor momento para aparecer con nuestros postres. Los deja sobre la mesa mientras yo sigo conteniéndome para no cargarme al puto irlandés aquí mismo.

—Estaba esperando a que me llevaran a mi mesa y te he visto. Espero no estar interrumpiendo algo importante. —Vuelve a mirar a Bianca—. Perdón, no me he presentado. Mi nombre es Ryan Kincaid.

Bianca estrecha su mano y esboza un amago de sonrisa.

—Encantada, señor Kincaid.

—No, por favor, solo Ryan.

Bianca

«Voy a matarlo. Juro que me lo cargo». Intento no mirar a ninguno de los dos hombres. ¡Maldita sea, creí que esto solo pasaba en las películas!, pero aquí están, mi marido y mi amante frente a frente.

Mantienen lo que a simple vista puede parecer una charla cordial, aunque, por la tensión en los hombros de Luca y la forma en la que aprieta la servilleta en un puño, estoy segura de que es de todo menos amigable.

Tampoco me extraña. Se supone que yo nunca debería haber conocido a su socio irlandés y este encuentro, que no tiene nada de fortuito, a pesar de que Ryan lo haya pintado así, es un riesgo para todos.

Veo cómo Luca come un bocado de su postre y decido imitarlo.

Tengo que mantener la calma y aparentar una tranquilidad que, en realidad, no siento.

Trato de disimular el temblor en mis manos al sujetar la cucharilla.

Tampoco estoy segura de que pueda tragar bocado, ya que un nudo de nervios y angustia se ha instalado en mi garganta.

Estoy a punto de probar el primer trozo de la tarta de chocolate cuando mi marido me da un manotazo en la muñeca. La cucharilla se escurre entre mis dedos y el trozo de postre sale volando por los aires.

—¡¿Qué haces?! —inquiero, abriendo mucho los ojos.

Se pone en pie de golpe y me mira, frunciendo el ceño.

—¡¿Lo has comido?! —Niego con la cabeza—. Tiene nueces. ¿Estás bien?

—Sí, apenas me rozó los labios —susurro.

Me atrevo a mirar a Ryan, que nos observa a ambos en silencio. El camarero, alertado por el tono brusco y elevado de Luca, se acerca a ver qué sucede.

—Señor…

—¡Una mierda «señor»! —vocifera mi marido—. ¡¿Qué parte de «sin frutos secos» no has entendido?! ¡Esta mierda tiene nueces! ¡Mi esposa es alérgica!

El chico me mira a mí con gesto de terror.

No lo culpo. Cualquiera se cagaría en los pantalones si tuviese a Luca De Santis gritándole en mitad de un restaurante, incluso si no sabe quién es y a qué se dedica.

Su físico y su porte resultan imponentes, transmiten esa especie de aura de poder y peligro capaz de amedrentar al más valiente de los hombres.

—Señora, le pido perdón. Ha sido un error —susurra.

—¡No la mires a ella, pedazo de inútil! Soy yo quien te está hablando.

—Luca, déjalo ya —pido en un susurro. Me ignora y sigue gritándole al camarero. Ryan observa la escena con gesto divertido—. ¡Luca! —grito para que me haga caso.

—¡¿Qué?! Podría haberte matado.

—Pero estoy bien. —Resoplo con fuerza y me coloco entre Luca y el camarero—. Trae la cuenta, por favor.

—Puedo… Les cambiaré los postres. Tenemos algunos sin frutos secos —balbucea el chico.

—¡¿No la has escuchado?! ¡La puta cuenta, joder!

El camarero se marcha casi corriendo y Luca se gira, bufando como un maldito toro a punto de embestir.

—Señora De Santis, se ha ensuciado el vestido —dice Ryan, señalando la prenda a la altura de mi escote.

Bajo la mirada y descubro que tengo una pequeña mancha de chocolate, seguramente de cuando Luca me tiró la tarta.

—Da igual, ponte la chaqueta y vámonos —gruñe mi marido, dejando un puñado de billetes sobre la mesa.

—Dame un minuto, iré a limpiarme al baño.

—Bianca…

—¡Dame un puto minuto, Luca! —Esta vez soy yo quien levanta la voz y él me mira como si estuviese a punto de salirle humo por las orejas.

—Un minuto —sisea entre dientes.

Kincaid

Ni siquiera recuerdo cuántas veces la he llamado hoy. Es una maldita obsesión. Necesito saber que Bianca está bien. Todo se está saliendo de control. Necesito hablar con ella y recordarle los motivos por los que debemos actuar lo antes posible.

Al entrar en el restaurante en el que Romeo me ha asegurado que estará Bianca, ignoro la mirada provocativa de la camarera que insiste en acompañarme a mi mesa. Hace unos años no hubiese dudado en follármela, pero ahora… ¡Maldita sea, ahora solo tengo ojos para ella!

Me detengo de golpe al verla sentada en una mesa.

Está preciosa, como siempre. La camarera me pide que la siga, pero rechazo su invitación con un gesto de mi mano y sigo observando a Bianca.

Ella aún no me ha visto y su acompañante tampoco.

Su pelo rubio le enmarca el rostro de facciones sutiles y delicadas.

Tiene el aspecto de un ángel y el carácter de un demonio.

Esa dualidad fue lo que me atrajo de ella nada más conocerla hace seis años.

Se supone que Bianca iba a ser solo un peón en mi juego, que la usaría para hacer negocios con la Cosa Nostra, pero al conocerla más a fondo caí rendido a sus pies.

Aparte de ser una de las mujeres más hermosas que he conocido nunca, Bianca es inteligente, ingeniosa, fría en algunos momentos sí, pero también apasionada, al menos en lo que se refiere al sexo.

Deslizo la mirada en dirección a su boca, la misma que tanto placer me ha proporcionado en incontables ocasiones.

¡Es perfecta, joder! Da igual cómo nos conocimos, voy a conservarla.

En cuanto todo esto termine, haré cualquier cosa para que se quede conmigo.

Su risa llega al lugar donde estoy y contengo el aliento.

¿Por qué se ríe con él? Frunzo el ceño y aprieto los puños con fuerza.

Fue un error aceptar que se casara con el imbécil de De Santis.

Se supone que su matrimonio era solo un trámite, pero ya han pasado dos años y sigue siendo su mujer; suya, no mía.

Continúan conversando unos segundos más mientras yo los observo con atención. Se me revuelven las tripas al verlos juntos. Aquí, en este bonito restaurante, sentados a una mesa para dos, en total intimidad, parecen una pareja de verdad, felices y enamorados.

«No necesito ayuda para embarazar a mi esposa. Puedo hacerlo yo mismo, te lo aseguro». Trato de mantener la calma al recordar las palabras de De Santis. ¿Será cierto que él y Bianca…?

¡Maldita sea! Si la ha tocado, es hombre muerto. Esto tiene que acabar ya. No voy a dejar que ese cabrón siga apoderándose de lo que me pertenece. Acabaré con él y Bianca volverá a mi lado. Solo es cuestión de tiempo.

—Señor, su mesa… —me recuerda la camarera.

Carraspeo y señalo con la barbilla en dirección al lugar donde Bianca y De Santis siguen conversando ajenos a mi presencia.

—Enseguida. Acabo de ver a unos conocidos y quiero saludarlos.

La camarera asiente y enseguida me dirijo a ellos. Estoy siendo demasiado impulsivo y ese no es mi estilo, pero ahora mismo me importa una mierda el plan, mi organización, el puerto… Lo único en lo que puedo pensar es en recuperar a Bianca.