Capítulo 46
Bianca
El capullo de Romeo no ha aparecido por el gimnasio.
Justo cuando más lo necesito, decide esfumarse.
Si es que anda atontado desde que se ve a escondidas con su amante secreto.
Estoy decidida a averiguar quién es; al menos, esa tarea me mantendrá ocupada y evitaré pensar en otro tarado, uno con el que tuve la mala suerte de terminar casada.
Lo busco por casi toda la casa, pero no logro dar con él.
Al pasar por una de las salas de estar, encuentro a Ilenia sentada en el sofá; está bordando.
Mujer florero, madre abnegada y borda. ¿Se puede ser más cliché?
Es la esposa perfecta. «La esposa que Luca desearía tener», resuena en mi mente.
Sacudo la cabeza de un lado a otro y entro en la estancia.
—¿Has visto a Romeo? —le pregunto sin ni siquiera saludarla.
Mi cuñada me repasa con la mirada desde la cabeza hasta los pies y hace una mueca de disgusto. Seguro que no aprueba mi indumentaria. Llevo puestos un pantalón de licra ajustado y una camiseta con el hombro caído. Es lo más cómodo para entrenar. Me importa una mierda si no lo aprueba.
—Hace un rato estaba con Vincenzo. Creo que se fueron a su despacho.
Soy una mal pensada. Creí que me había dejado plantada para encontrarse con su amante y resulta que está trabajando.
—Gracias —mascullo.
Estoy a punto de marcharme cuando Ilenia me llama. Me giro de nuevo y la miro con curiosidad.
—¿Podemos hablar un momento? —pide.
Me acerco con desconfianza. Desde que me casé con Luca, no creo haber cruzado más de cinco palabras seguidas con Ilenia.
—¿En qué puedo ayudarte? —pregunto.
—Nada. Es solo que… —Mira a un lado y a otro, como si estuviese comprobando que no hay nadie cerca que pueda escucharla—. Sé que tú y yo no somos amigas, pero…
«Ni nunca lo seremos», pienso, aunque no lo verbalizo.
—No, no lo somos —digo.
—A pesar de provenir del mismo mundo, tenemos personalidades muy distintas. —Asiento. En eso tiene toda la razón. A mí me enseñaron a ser como ella: dócil, sumisa y conformista, solo que no tuvieron demasiado éxito. Vuelve a mirar a todos lados y suspira—. Lo que quiero decirte es que… te admiro.
—Ah, ¿sí?
Arqueo una ceja, interrogante, y ella asiente.
—Eres una mujer fuerte que no deja que los demás dicten su destino. Puede que no esté de acuerdo con muchas de las cosas que haces y dices, pero a veces me gustaría ser un poco más como tú y menos como… —Se queda callada y vuelve a mirar alrededor.
Esbozo una sonrisa ladeada y me cruzo de brazos.
—¿Menos como Stella?
Ilenia asiente con una risita baja.
—Te juro que algún día acabaré tirándola por una ventana. Ya no soporto todas sus críticas. «Ilenia, una buena esposa debe apoyar siempre a su marido», «Una buena esposa no hace eso», «Una buena esposa no piensa así». —Resopla con fuerza y casi se me escapa una carcajada.
Va a resultar que mi querida cuñadita no es tan perfecta como todos piensan. Al menos, me agrada saber que tiene una pizca de personalidad, aunque se empeñe en ocultarla.
—Bueno, si en algún momento decides darle el empujón, yo estaré encantada de echarte una mano para deshacerte del cadáver.
Abre mucho los ojos y niega con la cabeza.
—¡Oh, no! Era una forma de hablar. No voy a…
—Lo sé, Ilenia. Solo estaba bromeando —aclaro.
Carraspea y vuelve a su pose de mujer perfecta, con la espalda recta y los hombros hacia atrás.
—Si quieres aprender a bordar, puedo enseñarte. —Al ver mi gesto de disgusto, un amago de sonrisa se dibuja en sus labios—. No quieres, ¿verdad?
—Creo que paso, pero gracias por el ofrecimiento. Voy a buscar a Romeo.
—Claro, en el despacho.
Me despido con un cabeceo y hago todo el camino en dirección al despacho de la planta baja intentando no partirme de risa por lo absurdo de la conversación que acabo de mantener con mi cuñada.
Estoy tan distraída que ni siquiera recuerdo llamar a la puerta antes de abrirla.
Solo cuando ya he dado un paso al interior de la estancia soy consciente del enorme error que he cometido.
La imagen que se presenta ante mis ojos es, como poco, inquietante.
Vincenzo está arrodillado en el suelo delante de Romeo.
Mi amigo lo sujeta por la nuca y lo atrae hacia su entrepierna una y otra vez.
Desde mi posición no puedo verlo, pero basándome en el movimiento rítmico y los sonidos de succión, estoy bastante segura de lo que está pasando.
Romeo alza la mirada y sus ojos se abren como platos al verme junto a la puerta.
—¡Mierda! —Empuja a Vincenzo, y este se pone en pie a toda prisa mientras mi amigo se guarda la polla en los pantalones.
Abro la boca para decir algo, no sé qué, pero las palabras se quedan atascadas en mi garganta. Romeo y Vincenzo… ¿En serio? Cuesta creerlo. Si no lo acabara de ver con mis propios ojos, jamás hubiese imaginado que mi cuñado es gay. Mierda, ¿Luca lo sabe? No lo creo.
—Lo… Lo siento —balbuceo, y salgo del despacho casi a la carrera.
—Espera. ¡Bianca! ¡Bianca! —escucho los gritos de Romeo llamándome, pero no me detengo.
Ya casi he llegado al final del pasillo cuando siento su mano en mi muñeca. Se cruza delante de mí y me obliga a mirarlo.
—Oye, no tienes que darme explicaciones, ¿vale? Haré como si no hubiese visto nada —digo, intentando rodearlo, pero me corta el paso.
—Quería decírtelo, de verdad que sí. —Exhala con fuerza y hunde los dedos en su pelo castaño—. No es fácil, Bianca.
—Por supuesto que no. Te estás tirando al hermano de mi marido, un hombre casado y con un hijo.
Estrecha su mirada sobre mí y aprieta los labios.
—Me estás juzgando —sisea.
—No lo hago. Solo que no puedo entender cómo ha llegado a pasar esto. Eres un tipo listo, Romeo. Sabes que enredarte con…
—No me he enredado. Yo… Es mucho más que eso. —Abro los ojos desmesuradamente y él bufa de nuevo—. Puede que empezara como algo físico, pero ahora es algo más. Creo que lo quiero.
—¿Te has vuelto loco? Vincenzo tiene una familia y nunca admitirá que es gay —susurro para que nadie, aparte de él, pueda oírme.
—¿Crees que no lo sé? Es el jodido hermano del Don. Salir del armario no es una opción para él; sin embargo, eso no cambia lo que siento.
—¡Dios santo! Ahora preferiría que te estuvieses tirando a Ilenia —mascullo entre dientes mientras me pinzo el puente de la nariz.
—No quiero que pienses que esto va a afectar a tus planes. Sigo estando de tu parte, Bianca. Siempre estaré a tu lado.
Clavo mi mirada en la suya y suspiro. Por supuesto que sí. Nunca nadie me ha sido tan leal como Romeo. Sin él, es probable que no estuviese aquí. Le debo demasiado.
—Lo sé. Vamos, ve a tranquilizar a Vincenzo. Dile que no abriré la boca. Te prometo que vuestro secreto está a salvo conmigo.
Mi amigo esboza una sonrisa que no le llega a los ojos y me abraza de manera fugaz.
—Gracias. Te contaré todo después.
—Más te vale, y, por favor, espero no tener que volver a presenciar otra escena como la del despacho. Voy a arruinar a mi marido con toda la terapia que necesitaré para superar el trauma.
Romeo ríe y, tras darme un beso en la mejilla, se aleja por el pasillo en dirección al despacho.
Mientras lo observo, no puedo dejar de pensar en la mala suerte que tiene.
«Puede que yo haya terminado con el hermano tarado, pero al menos no está casado con otra».
Mi propio pensamiento me hace poner los ojos en blanco.
Como si me importara que Luca se acueste con otras.
Puede hacerlo, al igual que yo. No me importa nada, nada en absoluto, nadita.
Exhalo con fuerza y vuelvo a pinzarme el puente de la nariz. Bueno, es posible que un poco sí.