Capítulo 45
Luca
No puedo dejar de pensar en Bianca, y lo peor es que tampoco quiero hacerlo.
No sé qué es lo que le ha dado a mi cerebro para tenerlo tan enganchado.
Me decantaría por pensar que se debe a lo bien que sabe usar la boca; sin embargo, soy consciente de que, antes de esa increíble mamada en el pasillo, ya estaba obsesionado con ella.
Incluso ahora, de camino a ver al irlandés y con todos los problemas que tengo encima, no puedo sacarme de la cabeza la forma en la que anoche cayó agotada después del sexo.
Tuve que llevarla en brazos a la cama y enseguida se quedó dormida.
Saco mi teléfono y, tras abrir la galería, busco la fotografía que le hice mientras dormía.
Es una jodida belleza, eso siempre lo he tenido claro, aunque ahora hay algo distinto en ella.
No sé qué es, y tal vez se trate solo de mi percepción, pero no soy capaz de ignorarlo.
El todoterreno se detiene y me apresuro a guardar el teléfono antes de salir.
Varios hombres de Kincaid ya me esperan en la puerta principal.
En esta ocasión no he querido que mi hermano me acompañe.
Él sospecha que nuestro socio irlandés ha tenido algo que ver con la filtración a los federales.
Yo no sé qué pensar. Si es cierto, lo más probable es que esta reunión acabe en desastre y he sido lo bastante imprudente como para no acudir acompañado.
Espero de verdad que las sospechas de Vin sean infundadas o esto está a punto de ponerse muy feo.
Me adentro en la casa, acompañado por los tipos de la puerta. Me guían hasta la misma sala de estar en la que he estado con anterioridad y, una vez ahí, me dejan solo hasta que llega Kincaid.
—De Santis, no voy a decir que me sorprende tu visita. He escuchado que las cosas no van bien con tu gente. Espero que no hayas venido exclusivamente a pedir mi ayuda —dice, entrando en la sala.
Me hace un gesto con la mano para que tome asiento y, cuando ambos estamos acomodados, lo miro con gesto duro.
—Por casualidad, no habrás escuchado también el nombre de la persona que nos ha delatado, ¿verdad?
Kincaid sonríe y se recuesta hacia atrás.
—Esa pregunta ha sonado a acusación. ¿Quieres reformularla?
Inspiro hondo por la nariz y niego con la cabeza.
—Lo que quiero es que me digas que no has tenido nada que ver con esto. En nuestra última reunión, sugeriste jugársela a Rossetti. Incluso llegaste a mencionar que tienes contactos en la Policía.
Se queda callado unos segundos y después exhala con fuerza.
—De Santis, debería sentirme ofendido por tu acusación.
Te di el acceso perfecto a la familia Rossetti, metiéndote en su casa para que secuestraras a su hija.
He estado boicoteando sus operaciones y también saqué a mis hombres de tu territorio, tal como acordamos.
Hasta ahora, yo he cumplido siempre con el trato que hicimos; sin embargo, tú, después de dos años, sigues siendo el lacayo de tu suegro.
—Me pongo en pie de un salto y coloco la mano sobre la empuñadura de mi pistola.
Enseguida, los hombres de Kincaid se acercan corriendo—.
Tranquilos, chicos, no nos pongamos nerviosos.
—Yo no soy el lacayo de nadie. Te prometí el puerto y voy a dártelo, pero si has tenido algo que ver con la filtración…
—Entiendo que dudes de mí, pero te aseguro que lo que menos me conviene es meterme en una guerra abierta con toda la Cosa Nostra. No soy imbécil, De Santis. Mejor pregúntate quién tiene acceso a toda la información sobre las operaciones de vuestra organización.
Cualquiera que pertenezca a ella. Aunque los detalles más comprometidos los tratamos en privado, no tenemos por costumbre escondernos en reuniones sociales, como el cumpleaños del capo.
Ya lo había pensado. Lo más probable es que el traidor nos escuchara hablar en la fiesta, pero ¿cómo logró acceder a las localizaciones de los almacenes?
—Tú tienes ojos y oídos en todas partes, ¿no? —inquiero, arqueando una ceja.
Kincaid se levanta con lentitud y niega con la cabeza.
—Yo no he sido —afirma.
—La palabra de un hombre sin honor no sirve para nada.
—Cierto, pero eres un hombre inteligente. ¿Quién ha sido el mayor damnificado por el acoso policial? ¿Adriano Valente? —Asiento. Por supuesto que lo sabe—. ¿Y qué tiene Valente que los demás cabezas de familia ansían? Resuelve esa incógnita y tendrás al culpable.
Me detengo a pensarlo unos segundos. Valente es el Don del estado de Massachusetts, su base central está en Boston. Él y Rossetti son los únicos de la costa este que tienen acceso al mar. ¿El puerto de Boston?
—¿Estás insinuando que el traidor está entre nosotros?
—Tú solito has llegado a esa conclusión, amigo.
—No soy tu amigo —siseo entre dientes—. Es posible que entre los tuyos no exista la lealtad, pero nosotros nos regimos por un código de silencio. El precio por dar información a la Policía es demasiado caro como para arriesgarse.
—¡Oh, sí! ¿La omertà ? He escuchado hablar de ello. El castigo para la traición es la muerte, la tuya y la de todos los que lleven tu apellido. Personalmente, me parece un poco exagerado, pero no seré yo el que critique vuestras costumbres.
—Ningún Don arriesgaría la vida de sus seres queridos solo para obtener el puerto de Boston.
—¿Estás seguro? ¿Ni siquiera Luciano Rossetti?
—Se acerca más y sonríe con suficiencia—.
Actualmente es el que tiene más poder de vosotros tres, pero con Valente fuera de juego…
Y no hablo de que lo detengan o lo maten, solo tiene que debilitarlo lo justo para quedarse con sus negocios.
Con los dos grandes puertos de mercancías de la costa este en sus manos, Rossetti sería imparable y después solo tendría que ir a por ti para hacerse con el monopolio.
Eso no nos conviene a ninguno de los dos.
Frunzo el ceño. Mi suegro no puede tener más poder del que ya dispone, pues, de ser así, acabaría conmigo sin ningún esfuerzo. Sacudo la cabeza de un lado a otro. No termino de verlo claro.
—Nuestro capo jamás se lo permitiría —afirmo—. Si Valente cae, no dudará en poner a otro en su lugar.
—¿Otro? ¿Pietro Santoro, tal vez? —Vuelve a sonreír, negando con la cabeza—.
¿Qué te hace pensar que ese no es el plan de Rossetti?
Ya se está asociando más de la cuenta con él.
Se casó con su hija y quiere volver a emparentar a ambas familias con el compromiso de su hija menor con el hijo de Santoro.
Se convertirían en un solo frente unido en tu contra, De Santis.
Contengo el aliento. La simple idea de que esa posibilidad pueda llegar a ser cierta me produce escalofríos.
¿Rossetti estaría dispuesto a ir en contra del marido de su propia hija?
Sí, lo haría para conseguir más poder, y ese sería nuestro fin, estoy seguro.
Estrecho la mirada sobre Kincaid. No sé si dice la verdad o solo intenta lanzar la pelota a otro tejado. No me fío de él, al menos no del todo.
—Espero que estés diciendo la verdad. Si me entero de que tú has sido el responsable de la filtración, tendrás esa guerra que no deseas. Puede que pierda a muchos de los míos, pero me aseguraré de que ninguno de tus hombres siga respirando cuando termine con ellos.
—No esperaba menos de ti. Ahora, cuéntame, ¿has hecho algún avance con tu suegro? Necesito el puerto, De Santis. Tengo grandes planes para él.
—Estoy en ello. La primera parte del plan era lograr recuperar al cliente que nos robaste y eso está hecho, la segunda…
—¿Embarazar a su hija? —pregunta, demostrando, una vez más, que está enterado de todo lo que sucede en nuestra organización—. ¿Cómo llevas esa tarea?
—¿Me estás preguntando sobre mi vida sexual, Kincaid?
Ríe y niega con la cabeza.
—Si de ella depende ganarte a Rossetti y conseguirme el puerto, sí.
Inspiro hondo y, tras sacar el paquete de cigarrillos, me llevo uno a la boca y lo enciendo.
—Mi vida sexual no puede ser más satisfactoria. Te aseguro que, muy pronto, Rossetti tendrá a su heredero y tú conseguirás el maldito puerto.
—Te veo muy seguro de ti mismo. Sé que no me has pedido ayuda con eso, pero…
—Más te vale que no termines esa frase —siseo, cortándolo.
—No seas mal pensado. Solo iba a recomendarte una clínica de reproducción asistida que hay en la ciudad. No deberías dejar al azar algo tan importante como la gestación del heredero De Santis Rossetti.
—No necesito ayuda para embarazar a mi esposa. Puedo hacerlo yo mismo, te lo aseguro. De hecho, debería marcharme ya. Esta noche salimos a cenar y aún tengo asuntos que resolver durante el día de hoy. —Kincaid asiente y, tras despedirnos, uno de sus hombres me acompaña a la salida.
Nada más llegar al coche, busco el número de mi hermano entre los contactos de mi teléfono y lo llamo. Responde al segundo tono.
—Luca, ¿cómo ha ido la reunión con Kincaid? —pregunta nada más descolgar.
—Aún no lo sé. Él asegura que no ha tenido nada que ver con la filtración, pero no termino de creerle. Quiero que lo investigues a fondo. Ponle vigilancia las veinticuatro horas. Quiero saber todo lo que hace y lo que ha hecho durante las últimas semanas, incluso meses.
—Te advertí que no era buena idea asociarnos con ese hijo de puta.
—No sé si es culpable, pero prefiero agotar todas las posibilidades.
—Perfecto. Me pondré con ello de inmediato. Mañana, a primera hora, tendrá a un equipo de vigilancia pegado a su culo y te aseguro que sacaré de su armario todos los cuerpos que tenga escondidos.
Nos despedimos y cuelgo. Ya lo investigamos hace dos años, cuando decidí asociarme con él, pero entonces no encontramos nada preocupante. Lo más probable es que el resultado sea el mismo; no obstante, necesito intentarlo al menos. Todas las precauciones son pocas cuando se trata del puto irlandés.