Capítulo 44
Bianca
Al abrir los ojos me siento confusa. Estoy en mi dormitorio, pero no recuerdo haberme quedado dormida.
Inspiro hondo y el aroma a alcohol y tabaco invade mi nariz.
Huele a Luca. Las imágenes de lo que pasó anoche en el pasillo acuden a mi mente con total claridad.
Fue intenso, increíble y… ¡Mierda! ¿Por qué no recuerdo nada más aparte del intenso y desgarrador orgasmo que casi me partió por la mitad?
Me siento de golpe y hago una mueca con los labios.
Vuelvo a estar dolorida en partes que ni siquiera conocía de mi propia anatomía.
Miro a un lado y a otro. Él no está aquí, pero las mantas están revueltas al otro lado de la cama.
¿Habrá dormido conmigo? ¿Cómo es posible que haya perdido la consciencia por un polvo?
Nunca antes me había pasado algo similar.
Escucho voces y sonidos tras la puerta y me pongo en pie. Parece como si alguien estuviese arrastrando muebles por el pasillo. Me enfundo el camisón y, descalza, me acerco a la puerta y la abro de un tirón.
Encuentro a Luca de pie en mitad del pasillo, junto a él están dos hombres vestidos con mono de trabajo que cargan varios paquetes enormes en dirección a su dormitorio.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunto para llamar su atención.
Luca gira la cabeza hacia mí y frunce el ceño.
—Bianca, vuelve a la habitación —ordena.
Arqueo una ceja y voy hacia él. No va a darme órdenes como a un puto perro.
—He preguntado qué está pasando. ¿Qué son todos esos paquetes?
Resopla y le hace un gesto al tipo que ahora mismo está con él para que se adentre en su dormitorio. Este enseguida lo hace, y, cuando nos quedamos solos en el pasillo, vuelve a fulminarme con la mirada.
—No me apetece matar a nadie hoy, pero, si sigues exhibiéndote en camisón por toda la casa, esos dos desgraciados acabarán con una bala en la cabeza —sisea cabreado.
Pestañeo confusa y frunzo el ceño.
—¿De qué demonios hablas? Siempre voy en camisón por casa.
—Exacto, y solo porque sé lo que se siente al pasar dos putos años viéndote así aún no los he matado. Alguno de ellos va a mirarte, Bianca, eso si no lo ha hecho ya, y esa será su sentencia de muerte.
Estrecho la mirada sobre él.
—¿Te has dado un golpe en la cabeza o algo?
Resopla con fuerza y me agarra del brazo. Antes de que pueda decir nada más, estoy siendo arrastrada de vuelta a mi dormitorio.
—¡Ey! ¡¿Qué mierda haces?! —exclamo cuando me suelta para cerrar la puerta.
—Estoy evitando un jodido baño de sangre. No vas a salir de aquí con esas pintas.
—¿Y tú vas a impedírmelo? —lo provoco, cruzándome de brazos.
—No vayas por ahí. Puedo pasar por alto muchas cosas, pero no que un hijo de puta cualquiera ponga sus ojos sobre ti y siga respirando.
—¿A qué viene ese arranque de testosterona y qué son esos paquetes que están metiendo en tu habitación?
Exhala con fuerza y cierra los ojos unos segundos; cuando vuelve a abrirlos, ya no parece tan alterado.
—Son muebles nuevos. Cama, mesitas, cómoda… Todo a estrenar.
—¿Qué les ha pasado a los otros? —inquiero, confusa.
—Que estaban usados. Ahora podrás dormir en mi cama con la seguridad de que ningún trasero desnudo, aparte del tuyo, se ha restregado por el colchón.
Frunzo el ceño y sacudo la cabeza de un lado a otro. ¿Ha cambiado los muebles por lo que yo le dije? Espera…, ¿por qué da por hecho que voy a dormir con él?
—Luca, no sé si me he despertado con el cerebro fundido o es que tú has tomado demasiado café esta mañana, pero lo cierto es que no entiendo nada de lo que dices. Yo tengo mi cama, ¿por qué querría dormir en la tuya?
Se acerca más y, tomándome desprevenida, rodea mi cintura con el brazo y me pega a su cuerpo.
—Porque no pienso permitir que pases una sola noche lejos de mí.
Esto de dormir en dormitorios separados se ha terminado.
Eres mi esposa y ocuparás tu lugar en mi cama.
—Voy a quejarme, pero me corta antes de que pueda decir una sola palabra—.
Antes de que sueltes alguna estupidez, te advierto que no aceptaré discusiones sobre este tema.
—En serio, ¿te has dado un golpe en la cabeza? —pregunto de nuevo, intentando apartarme de él, pero me tiene bien sujeta.
—Ninguno desde tu puñetazo. —Se acerca para besarme. Me aparto y él resopla con fuerza—. Anoche te advertí que no volvieras a hacer eso. ¿Qué ganas llevándome la contraria, Diavuletta?
—¿Puedes soltarme un momento? Me estás asfixiando con tanta testosterona.
—Por supuesto, pero antes bésame.
—¿Qué?
—Ya me has oído. Pega tu jodida boca a la mía ya mismo.
—Oye, te estás viniendo muy arriba, ¿no crees?
Vuelve a tirar de mí con fuerza y hunde los dientes en mi cuello.
—Sigue resistiéndote y solo lograrás ponerme aún más cachondo.
—Alza la cabeza y su mirada regresa a la mía—.
Tú decides, bésame y me marcharé a sacar a esos tipos de la casa; mientras tanto, tú puedes darte una ducha.
La otra opción es que sigas provocándome.
Entonces, te arrancaré este bonito camisón, te tumbaré sobre la cama y no dejaré que salgas de este dormitorio en todo el día.
—Trago saliva con fuerza. La segunda opción resulta increíblemente tentadora.
Luca suelta una carcajada y niega con la cabeza—.
Te lo estás pensando, ¿verdad? Si tardas dos segundos más, no te dejaré elegir.
Antes de que pueda cometer otra locura más, pego mis labios a los suyos de manera fugaz; sin embargo, cuando estoy a punto de retirarme, Luca me sujeta por la nuca y hunde la lengua en mi boca.
Casi gimo de puro gusto al notar su sabor.
Es adictivo, como todo él. Tras unos segundos, en los que apenas me permite respirar, retrocede un par de pasos, rompiendo el beso, y sonríe con suficiencia.
—¿Contento? —pregunto tras carraspear. Intento actuar con indiferencia, como si no me estuviesen temblando las piernas con tanta fuerza que apenas puedo mantenerme en pie.
—No, pero lo estaré. Tengo asuntos de los que ocuparme durante el día, pero esta noche tú y yo saldremos a cenar. —Arqueo una ceja, interrogante—. Sí, es justo lo que estás pensando. Una cita, la primera en nuestra relación.
—¿Qué relación? —pregunto alucinada.
Luca chasquea la lengua y vuelve a cabecear.
—Nos vemos esta noche, Diavuletta. Hazme un favor y no te metas en demasiados líos.
—Da media vuelta y camina en dirección a la salida, pero, antes de abrir la puerta, se detiene y vuelve a girarse a medias—.
Por cierto, para la cena ponte el conjunto de ropa interior que te estabas probando en Sicilia.
No tienes ni idea de las veces que he fantaseado con quitártelo.
En cuanto me quedo sola en la habitación, resoplo con fuerza y me cubro el rostro con ambas manos. ¿Qué demonios acaba de pasar aquí? ¿Una cita? ¿Relación? Mi marido se ha vuelto loco o está a punto de volverme loca a mí; me decanto más por la segunda opción.