Lupara Bianca Capítulo 43
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Capítulo 43

Bianca

Hace más de media hora que Luca llegó a casa. Lo sé porque intentó entrar en mi dormitorio, pero tuve el buen juicio de pasar el cerrojo antes de acostarme.

«Tal vez te echo de menos». Vuelvo a rememorar ese dichoso mensaje que ha sido el culpable de que no haya pegado ojo desde que lo recibí. ¿Qué es lo que echa de menos? ¿Provocarme? ¿Follarme?

Mentiría si dijese que no deseo volver a sentirlo dentro de mí, encima, debajo, por todas partes.

Si algo estoy sacando en claro de todo esto es que Luca De Santis no es solo un tarado con cara bonita y cuerpo de dios griego, también es adictivo.

Sus besos, sus caricias, su forma de tocarme, como si todo su mundo empezara y terminara en cada poro de mi piel, es lo más placentero y excitante que nunca nadie me ha hecho sentir.

Espero durante una hora más en absoluto silencio y, cuando ya me duele el estómago por el hambre, decido salir.

Estoy segura de que Romeo se burlaría de mí el resto de nuestras vidas si me viese.

Apuesto a que la imagen de mí descalza, cruzando el pasillo de puntillas, a oscuras y atenta al más mínimo sonido resulta patética.

Tras pasar frente a la puerta del dormitorio de Luca, acelero el paso y logro llegar al fondo del pasillo sin hacer ruido.

Cuando llego a la cocina, como a toda prisa un sándwich, varias piezas de fruta y una chocolatina antes de hacer el camino de vuelta a mi habitación.

Me llevo un vaso de agua para no tener que volver a salir durante el resto de la noche.

Con un poco de suerte, al amanecer, Luca ya no estará y yo habré ganado algo de tiempo.

No confío en mí misma estando cerca de él.

Tengo la sensación de que, si me pone las manos encima, cederé, y eso es lo que menos me conviene.

Pretendo atravesar el pasillo de la misma forma que antes, pero mis planes se ven truncados cuando a mitad de camino, a punto de llegar a la altura de su puerta, esta se abre y Luca sale del dormitorio vestido solo con un pantalón de algodón y sus guantes.

Me quedo paralizada mirándolo, sin saber muy bien qué hacer o decir.

Trago saliva con fuerza, inspiro hondo y alzo la barbilla de manera desafiante.

—Buenas noches —susurro, pasando por su lado para dirigirme a mi habitación.

Ya casi lo he conseguido, pero el muy cabrón se cruza en mi camino, deteniendo mi avance. Esboza una sonrisa ladeada y niega con la cabeza.

—Ha sido divertido escucharte pasear por la casa como un ninja , pero lo de pasar desapercibida no es lo tuyo. Te aseguro que de espía no te ganarías la vida.

«No levantes la mirada. No levantes la mirada. No levantes la mirada», me repito mentalmente una y otra vez. Puede que, si no lo miro a los ojos, consiga volver a mi dormitorio sin hacer alguna estupidez como abalanzarme sobre él y lamer uno a uno todos los tatuajes que decoran su piel.

—Apártate —pido con menos seguridad de la que pretendía.

Mantengo la vista fija en el centro de su pecho desnudo. Luca da un paso hacia mí y me sujeta por la babilla.

—Bianca, mírame. —Me obliga a alzar la cabeza, tirando de ella hacia arriba.

Nuestras miradas coinciden y suspiro. Sé que ya estoy jodida.

No voy a poder detener lo que está a punto de pasar—.

No soy un monstruo. Si no deseas estar conmigo, solo dilo, y no te creeré, pero respetaré tu decisión.

No voy a obligarte a hacer nada que no quieras.

Grábate eso a fuego en tu loca cabecita.

—Los dedos que me sujetan la barbilla se deslizan por mi mejilla hasta abarcarla por completo con la palma de la mano.

—¿Por qué me haces esto? —susurro, aferrándome con fuerza al vaso que tengo entre las manos.

Luca se acerca aún más a mí y enreda su mano en mi pelo.

—La pregunta es… ¿por qué hemos esperado dos putos años?

En el mismo instante en el que noto que su otra mano se aferra a mi cintura, dejo caer el vaso y rodeo su cuello con los brazos.

Nuestras bocas colisionan y Luca me empuja contra la pared.

Sus labios se apartan de los míos y me inmoviliza una mano sobre la cabeza.

Su boca recorre mi cuello mientras con la otra mano sube el bajo de mi camisón.

—¡Santo Cristo! ¡Luca! —exclamo con los ojos cerrados cuando presiona con los dedos por encima de mis bragas.

—Eso es, Diavuletta. De tus labios no volverá a salir otro nombre que no sea el mío. Vas a gritarlo hoy, mañana, pasado y todos los jodidos días de tu vida, hasta que la muerte nos separe.

Luca

En el mismo instante en el que la miré a los ojos supe que dejaría de resistirse a mí.

Bianca me desea casi tanto como yo a ella.

Tengo la prueba de ello justo entre mis dedos empapados.

Hago que resbalen entre sus pliegues y soy recompensado con un nuevo gemido que sale de lo más profundo de su garganta.

Incluso con los guantes puedo notar su calor.

Está ardiendo. Es perfecta, joder, y mía, solo mía.

Aparto la mano de su coño y busco su mirada. Bianca respira agitada cuando deslizo el cuero húmedo por su labio inferior.

—Pruébalo —ordeno.

Tarda un par de segundos en abrir la boca.

Meto los dedos en su interior y espero a que los lama con lentitud y cuidado.

Ahora mismo desearía no llevar puestos los guantes para poder sentir su lengua en mi piel.

Mi polla da un respingo pidiendo atención.

Me pego más a ella y me mezo despacio contra su muslo mientras sigue chupando mis dedos.

Cuando ya no queda nada más que limpiar, echa la cabeza hacia atrás y esboza una sonrisa provocativa.

—Quítate los guantes —pide.

Niego con la cabeza. No creo que esté preparada para eso, aún no. Bianca mueve la pierna despacio, rozando mi erección, y se muerde el labio inferior.

—¿Vas a follarme aquí, en el pasillo?

—No me parece un mal lugar. Estamos solos. Puedes gritar todo lo que quieras que nadie te escuchará.

Arquea una ceja mientras desliza la mano por el centro de mi pecho.

—¿Qué te hace pensar que seré yo quien grite? —Su mano desciende por mi vientre hasta llegar a mi entrepierna. Cuando rodea mi polla con el puño sobre la tela de algodón, contengo un gemido de placer—. Esta vez serás tú el que suplique, De Santis.

Le da un leve apretón a mi polla y regresa a la zona de la cinturilla. Enseguida baja un poco el pantalón y mi erección sale de su encierro como un jodido resorte. Bianca mira hacia abajo y vuelve a sonreír. Intento besarla, pero se aparta y niega con la cabeza.

—No vuelvas a hacer eso —gruño.

La muy perra pone los ojos en blanco y me empuja unos centímetros.

—Por una vez, mantén la boca cerrada.

Escupe en su mano antes de agarrar de nuevo mi erección, esta vez piel con piel.

Se me corta el aliento cuando empieza a masturbarme, primero despacio, deslizando el pulgar por el glande cuando llega a la punta y después más rápido.

Me inclino sobre ella, la sujeto por la nuca y pego mis labios a los suyos mientras ella sigue moviendo la mano a un ritmo constante.

No la beso, solo me quedo ahí, bebiendo de su aliento y sintiendo uno de los mayores placeres que he experimentado nunca.

Muerdo su labio inferior y se me escapa un gemido.

—Usa la boca —siseo entre dientes con la respiración acelerada.

—Pídelo por favor.

Me aparto unos centímetros y rodeo su garganta con la mano. Ella deja de masturbarme y me mira desafiante.

—Yo no suplico, Bianca. Vas a ponerte de rodillas, te meterás mi polla en la boca y no dejarás de chuparla hasta que yo te lo diga. ¿Lo has entendido?

No responde, solo se me queda mirando fijamente.

Noto que su pulso se acelera bajo mis dedos y que contiene la respiración.

Si no quiere hacerlo, no la obligaré, pero sé que lo desea.

Mi esposa es una pequeña pervertida, y me encanta.

Aflojo el agarre en su garganta, retrocedo un paso y le hago un gesto con la barbilla para que se arrodille delante de mí.

Lo hace despacio y sin dejar de mirarme a los ojos.

Contengo el aliento y acomodo su cabello por encima del hombro para ver bien su rostro.

No quiero perderme ningún detalle. Con lentitud, Bianca vuelve a sacudir mi polla y acerca su boca a la punta.

Le da un pequeño lametón y una sonrisa ladina se dibuja en su rostro justo antes de engullirla casi por completo.

Maldigo en voz alta y me sujeto con fuerza a la pared mientras trato, con todas mis fuerzas, de no correrme.

Ella no se detiene. Sigue chupando con ansia, lamiendo desde la base hasta la punta, después se la mete hasta el fondo de la garganta y vuelve a lamerla despacio.

Esta es, sin duda, la mejor mamada que he recibido nunca.

Solo han pasado unos segundos y estoy al borde del orgasmo.

La detengo justo antes de que no haya vuelta atrás, tiro de ella y la levanto en peso. Sus piernas rodean mis caderas y la empujo de nuevo contra la pared. Solo necesito apartar sus bragas unos centímetros para clavarme en su interior de una sola estocada.

—¡Joder! —grita Bianca, echando la cabeza hacia atrás.

Muerdo su barbilla y la vuelvo a embestir.

—Sigue gritando —gruño.

La follo duro, sin piedad. Con cada una de mis arremetidas, su espalda golpea la pared, pero no me detengo hasta que noto cómo su coño me aprieta y todo su cuerpo se estremece.

Bianca jadea mi nombre una y otra vez, aferrándose a mi cuello.

Siento sus uñas arañando mi espalda, sus dientes clavándose en mi hombro, y, solo cuando estoy seguro de que se ha corrido, empujo con fuerza y me quedo quieto, profundamente enterrado en su interior hasta que no queda ni una gota de semen en mis pelotas.