Capítulo 42
Luca
Los cuatro soldati que los abogados han conseguido liberar aseguran no tener ni idea de quién nos ha delatado.
Les creo. Estoy convencido de que el traidor está entre los altos mandos de la organización.
¿Cómo, si no, han conseguido obtener tanta información?
Los federales no han ido solo a por uno de nosotros; todos hemos sufrido pérdidas, aunque el más damnificado es Valente.
Tras recordarles que, si abren la boca, el único futuro que tendrán será en un bidón de ácido, Vincenzo y yo viajamos a Boston para ofrecerle todo nuestro apoyo a su suegro.
Algunos de sus hombres aún siguen bajo custodia policial.
Los cargos contra ellos son demasiados como para lograr su libertad bajo fianza.
No obstante, esos cabos sueltos son algo que no podemos permitirnos.
Hace ya más de media hora que nos hemos encerrado en el despacho de Valente. El pobre hombre está exhausto y derrotado, pero al fin parece haber resuelto el problema con sus clientes. Bebemos mientras buscamos la forma de solucionar el tema de los detenidos.
—Silenciarlos es la mejor opción —sugiere mi hermano.
Valente le da un trago largo a su copa y niega con la cabeza.
—Solo hacían su trabajo. Son hombres leales.
—Todos lo son hasta que se dan cuenta de que pasarán el resto de sus días en una celda. Si no los matamos ahora, nos arriesgamos a que se vayan de la lengua en alguno de los interrogatorios a los que seguramente los están sometiendo —insiste Vincenzo.
Me pinzo el puente de la nariz antes de darle una nueva calada a mi cigarrillo.
Ya casi son las diez de la noche y aún no he comido nada.
Estoy cansado y con ganas de darme una ducha.
Sin poder evitarlo, mi mente regresa al momento en el que me despedí de Bianca en el aeropuerto.
«Ve a casa y duerme unas horas, pero, cuando llegue, espero encontrarte desnuda en mi cama».
¿Lo hará? Casi estoy seguro de que la respuesta a esa pregunta no va a ser de mi agrado, aunque mantengo la esperanza de estar equivocado.
Saco mi teléfono y decido enviarle un mensaje. Tal vez vaya a despertarla, pero me da igual. Necesito hablar con ella. Después de este día de mierda, lo que más me apetece es enfrascarme en uno de nuestros intercambios de provocaciones. Eso es algo que siempre logra animarme.
¿Estás dormida?
Tecleo el mensaje y, antes de cambiar de idea, le doy a enviar.
Me quedo mirando la pantalla como un idiota mientras escucho que mi hermano y Adriano siguen discutiendo sobre cuál es la mejor forma de actuar. Tras unos segundos, veo que Bianca se conecta a la aplicación de mensajería instantánea.
Lo estaba hasta que me has despertado.
Una respuesta directa y cortante. No esperaba otra cosa.
No tardaré en volver a casa. Espero que hayas cumplido mi orden
y ahora mismo estés desnuda sobre mi cama.
Envío el mensaje y me quedo esperando su contestación, que tarda solo unos segundos en aparecer.
¿La misma cama en la que metes a cualquiera de tus conquistas?
Creo que paso. No tocaré un colchón donde a saber
cuántas mujeres han restregado sus culos desnudos.
Contengo una carcajada y niego con la cabeza.
Recuerdo que, no hace mucho, Bianca me encontró durmiendo con una de las chicas del servicio.
La despedí después de la cena en la que mi esposa se emborrachó.
Ni siquiera sé por qué lo hice. Supongo que de alguna manera creí que era lo correcto, y ahora me alegro de haber tomado esa decisión.
Es lógico que Bianca no quiera acostarse en la misma cama donde me follo a otras mujeres.
Suenas como una novia celosa, Diavuletta. ¿Lo estás?
Inspiro hondo y golpeteo con las puntas de los dedos enguantados sobre el reposabrazos del sillón.
En absoluto.
Frunzo el ceño por lo escueto del mensaje, pero enseguida llega otro.
Por cierto, soy tu esposa, no tu novia.
Esta vez soy incapaz de contener la sonrisa. Tecleo a toda velocidad:
Y ahora estás marcando territorio.
Bien. Eso me pone cachondo.
Luca, si no tienes nada importante que decirme,
voy a seguir durmiendo.
¿No te parece importante que esté empalmado
en mitad de una reunión importante?
Lo verdaderamente patético es que me estés
escribiendo estupideces durante esa reunión tan importante.
Vuelvo a sonreír. Joder, disfruto demasiado de sus respuestas rápidas e ingeniosas.
Tal vez te echo de menos.
Le doy a enviar y solo entonces me doy cuenta de lo que he escrito de forma impulsiva.
Contengo el aliento. ¿Es cierto? ¿La echo de menos?
Estoy seguro de que quiero follarla de nuevo, y, sí, puede que extrañe un poco su humor retorcido y esos comentarios sarcásticos, pero… ¡Mierda, creo que sí la echo de menos!
—Luca, ¿estás con nosotros? —pregunta Valente, obligándome a apartar la mirada de la pantalla.
Guardo el teléfono y me termino el resto de la copa de un solo trago.
—Sí. Entiendo tus reticencias, Adriano, pero esos hombres tienen que morir.
Nos arriesgamos a acabar todos encerrados si se les ocurre abrir la boca.
—Me levanto y muevo el cuello de un lado a otro para desentumecerlo—.
Tengo algunos contactos en la prisión estatal.
En cuanto los trasladen allí, ordenaré que los silencien de forma permanente.
Valente asiente con pesar. Sabe que no hay otra opción. La única manera de ayudarlos en estos momentos es hacerse cargo de que sus familias no lo pasen mal, y estoy seguro de que lo hará.
—Ya es tarde y estoy agotado. Ha sido un día muy largo —comenta mi hermano.
—Cierto. Os agradezco mucho vuestra ayuda. ¿Queréis quedaros a dormir? Puedo ordenar que os preparen un par de habitaciones.
—Te lo agradezco, pero prefiero volver a casa —contesto.
Mi hermano me mira, frunciendo el ceño.
—Luca, son más de cinco horas de viaje por carretera hasta Filadelfia. Llegaremos de madrugada.
—Por eso deberíamos salir ya. —Me acerco a Adriano y me despido de él con un apretón de manos—. Te avisaré cuando todo esté solucionado, y, si necesitas algo más, no dudes en llamarme.
Asiente y no tardamos en marcharnos. Aprovecho el trayecto de vuelta para hacer algunas compras en línea, pero no me atrevo a abrir la aplicación de mensajería instantánea.
Sé que Bianca no me ha respondido al último mensaje; de ser así, me habría saltado una notificación.
Me arrepiento de haberlo enviado; aunque sea cierto que la echo de menos, no debí decírselo a Bianca.
Estoy hecho un jodido lío. Deseo a mi esposa, eso es algo seguro, pero lo demás…
¿Por qué siento la necesidad de estar con ella en todo momento?
¿Por qué no puedo sacarla de mi cabeza ni un segundo?
Tal vez me esté volviendo loco, o quizá algo peor.
Sea lo que sea, no puedo ni quiero hacer nada para evitarlo.