Lupara Bianca Capítulo 40
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Capítulo 40

Luca

Este ha sido, sin duda, el viaje en avión más divertido que he tenido nunca.

Aparte de dormir a ratos, he dedicado la mayor parte del tiempo a provocar a mi pequeña y preciosa esposa.

Es curioso, creí que discutir con ella era excitante, pero ni por asomo se acerca a la satisfacción que me produce ver cómo lucha para contenerse cada vez que trato de seducirla.

Durante las primeras horas solo me ignoró, después empezó a molestarse por mis comentarios y me respondía con frases cortantes y resoplidos, y, cuando ya casi estábamos a punto de aterrizar, su nivel de desesperación aumentó y acabó cambiándose de asiento solo para huir de mí.

Por supuesto, la seguí y no me detuve hasta lograr una reacción positiva.

Una pequeña sonrisa, eso fue lo máximo que pude obtener de ella, pero me doy por satisfecho.

A insistente no me gana nadie, y eso de fingir que esta misma mañana no estábamos follando como dos putos animales en celo es algo por lo que voy a hacerle pagar en cuanto lleguemos a casa.

¡A la mierda la clínica! Pienso embarazarla por el método tradicional, porque si algo tengo claro es que ya no hay vuelta atrás.

No le permitiré que siga negando esta atracción brutal que hay entre nosotros.

Me desea, lo sé, puedo percibirlo en cada uno de sus movimientos, en cómo me mira, en cómo se estremece cuando me tiene cerca.

Puede fingir que no es así, pero su cuerpo la delata.

Nada más tomar tierra, mi teléfono empieza a sonar con docenas de notificaciones, recordándome que mis problemas actuales son mucho más serios que tener que lidiar con una mujer cabezota.

Tengo a mis hombres trabajando para encontrar al culpable de la filtración.

Al menos nosotros no hemos tenido demasiadas pérdidas, pero Adriano Valente está muy jodido.

Los federales irrumpieron en varios de sus almacenes y se llevaron millones de dólares en armas, además de arrestar a unos cuantos soldati .

Lo lamento por él y, por supuesto, haré todo lo que esté en mis manos para ayudarlo a superar este bache.

No he olvidado que fue uno de los pocos que permaneció a nuestro lado cuando mi padre se convirtió en un traidor.

Por el momento, voy a encargarme de intentar averiguar qué fue lo que sucedió.

Nuestro capo está convencido de que se trata de una filtración interna o, lo que es lo mismo, que uno de nosotros está de mierda hasta las orejas.

La situación lo tiene muy cabreado, y tampoco es para menos.

Nuestros padres y abuelos lucharon para construir unas bases sólidas de negocios en este país y ahora están más cerca que nunca de derrumbarse.

Su teoría no es del todo descabellada; al fin y al cabo, no todo el mundo tiene acceso a la información necesaria para poner en marcha un dispositivo policial que incluya redadas a nivel nacional.

Sigo a Bianca fuera del avión mientras leo uno a uno todos los mensajes que he recibido durante el vuelo.

Mis abogados, junto con los de Valente, ya han logrado la liberación bajo fianza de varios de sus soldati .

Leo un último mensaje cuando ya casi hemos llegado al lugar donde nos esperan los vehículos que vamos a usar para regresar a casa del aeropuerto; es de Adriano, me pide que hable con esos hombres y averigüe todo lo que pueda.

Él está ocupado intentando reunir varios cargamentos de armas para cumplir con distintos clientes europeos.

—Vin, tú y yo tenemos trabajo —digo, señalando uno de los vehículos.

Mi madre se detiene junto al otro y echa un vistazo en mi dirección.

—¿Ocurre algo? —pregunta, frunciendo el ceño.

—Nada que deba preocuparte. Volved a casa —ordeno.

Asiente y se mete en la parte trasera del todoterreno sin quejarse. Tras ella se suben mi cuñada y Elmo. Bianca se encamina hacia la puerta delantera del pasajero, pero la intercepto antes de que pueda abrirla.

—¿Qué quieres ahora, Luca? —pregunta con una exhalación profunda.

Se la ve agotada, y tampoco es de extrañar.

Ha pasado las últimas noches durmiendo en una bañera.

Además, no sé hasta qué punto su sonambulismo le permite descansar.

Durante las once horas de vuelo ni siquiera ha cabeceado una sola vez.

Cualquiera en su lugar estaría cansado y tremendamente irritable.

Me acerco más a ella y, cuando intenta retroceder, la sujeto con fuerza por la nuca.

—Se te ha agotado el tiempo, Diavuletta. Ve a casa y duerme unas horas, pero, cuando llegue, espero encontrarte desnuda en mi cama —susurro contra sus labios.

Me empuja por el pecho con ambas manos, y solo por esta vez le permito que me aparte. Mentiría si dijese que no me pone cachondo la forma en la que alza la barbilla de manera desafian te y me taladra con la mirada.

—No soy tu puta personal, De Santis. Si quieres que una mujer te espere desnuda en tu cama, estoy segura de que puedes costeártelo. Ahora, apártate de mi camino.

Contengo una sonrisa mientras me hago a un lado.

Tampoco esperaba que accediera a mis demandas sin presentar batalla.

Al fin y al cabo, estamos hablando de mi esposa, la mujer más obstinada y cabezota que he conocido nunca.

Yo mismo le abro la puerta y espero a que se meta en el vehículo.

Antes de cerrarla, saludo con un cabeceo a Serra, que está tras el volante.

Él se encargará de que las mujeres de la familia lleguen a casa sanas y salvas.

En cuanto se marchan, le hago un gesto con la cabeza a mi hermano y nos subimos al otro todoterreno.

—¿Vas a contarme qué está pasando entre Bianca y tú? —pregunta Vincenzo tras un buen rato en silencio que he dedicado a responder distintos mensajes.

Alzo la vista de la pantalla de mi teléfono y frunzo el ceño.

—¿Se supone que tengo que darte explicaciones de lo que hago o no hago con mi esposa?

—Creí que lo vuestro era solo fachada. ¿Qué ha cambiado?

Inspiro hondo por la nariz y le lanzo una mirada de advertencia.

—No es asunto tuyo, Vincenzo. ¿Qué problema tienes con Bianca?

—El mismo que tenías tú hace solo unos días. Es una niña malcriada y caprichosa. No me fío de ella. Es más, la estoy investigando.

—¡¿Cómo dices?! —exclamo.

—Dijiste que podía hacerlo. Sé que oculta algo, hermano.

Bufo y me pinzo el puente de la nariz. Lo que me faltaba ahora es tener una pelea con mi hermano por semejante estupidez. ¡Bianca es un jodido libro abierto, joder! Lo que ves es lo que hay.

—Haz lo que te dé la gana —farfullo, volviendo a mi teléfono.

—Entonces ¿lo del embarazo va en serio?

—Aún no, pero lo será muy pronto. —Alzo la cabeza y arqueo una ceja en su dirección—. Créeme, me esforzaré al máximo para que se convierta en una realidad lo antes posible.

Bianca

Los escasos cuarenta minutos que tardamos en llegar a casa se me hacen eternos. Pocas veces en toda mi vida me he sentido tan agotada, y no solo físicamente. Mi mente es un maldito hervidero de pensamientos inconexos y absurdos en el que el protagonista principal no es otro que Luca De Santis.

Sabía que lo que ocurrió entre nosotros lo cambiaría todo, pero jamás imaginé que mi irritante maridito iba a convertirse en un puto acosador de manual.

Juegos de seducción, caricias para nada fortuitas, frases con doble sentido, miradas provocativas…

El muy hijo de perra ha sacado todo su arsenal y resistirme a él me ha costado más de lo que nunca creí posible.

Romeo estaciona el todoterreno frente a la puerta principal de la casa. Stella, Elmo e Ilenia no tardan en salir y se adentran en el interior sin ni siquiera despedirse. Cuando estoy a punto de hacer lo mismo, mi amigo me sujeta por la muñeca para retenerme en el vehículo.

—¿Estás bien? —pregunta, mirándome a los ojos.

—Sí, solo muy cansada. Ya sabes que no llevo nada bien viajar acompañada, y menos durante tantas horas.

—¿Por qué no te has encerrado en la habitación privada? Al menos, podrías haber descansado unas horas.

—Esa zona estaba ocupada por la viuda De Santis —respondo, poniendo los ojos en blanco.

—Ya veo que el viaje en familia a Sicilia no ha servido para estrechar lazos con tu suegra. ¿Ha sido muy malo?

Suspiro y me encojo de hombros. En realidad, a excepción de las noches de incomodidad en la bañera, tampoco ha estado tan mal.

Incluso podría llegar a decir que he disfrutado de algunos momentos.

Acude a mi mente la imagen de Luca hundiéndose en mi interior una y otra vez, mis gemidos, el olor a sexo, sus dientes clavándose en mi piel…

¡Mierda, no puedo sacármelo de la cabeza!