Lupara Bianca Capítulo 39
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Capítulo 39

Bianca

Hago una mueca al subir las escalerillas del jet.

Hay partes de mi anatomía que ni siquiera conocía y todas están doloridas por lo que ha pasado esta mañana.

¿Me arrepiento? Un poco. ¿Lo he disfrutado?

Como una perra. Siempre he tenido la sensación de que el tarado de mi marido escondía a una bestia sexual en su interior y no me equivocaba.

Sin lugar a duda, ha sido el mejor polvo de mi vida y ahora no sé cómo demonios voy a superarlo.

Temo que me haya arruinado para cualquier otro hombre.

Al entrar en el avión, encuentro a mi querida suegra ya acomodada en uno de los asientos delanteros.

A su lado está Ilenia, como siempre, callada, recta y pasando desapercibida, como una buena esposa debe comportarse.

Elmo pulula alrededor de ambas saltando y riendo sin parar.

Se cruza en mi camino justo cuando estoy a punto de atravesar el estrecho pasillo en dirección a la cola.

—Entonces… ¿vas a tener un bebé? —pregunta, señalando mi barriga con el dedo índice.

Echo un vistazo a mi alrededor. Las dos mujeres están atentas a mi respuesta sin ningún tipo de disimulo.

—Ajá —digo de manera distraída.

—Elmo, deja de molestar a tu tía —le regaña su madre.

La miro con sorpresa. Es la primera vez que Ilenia se dirige a mí como «la tía» de su hijo. Siempre he sido Bianca o la esposa de Luca.

—Eh… No me molesta —susurro sin saber muy bien qué decir.

Tampoco es que la chica me haya tratado mal.

Nuestra relación ha sido nula durante estos dos años que llevo casada con Luca.

Al menos ella no me provoca ni nunca me ha juzgado por mi forma de ser, aunque, en realidad, dudo de que Ilenia sea capaz de juzgar algo o a alguien por sí misma, sin la ayuda de su marido o de la madre de él.

Stella no dice nada. Solo se me queda mirando, como siempre, con aires de superioridad.

Decido ignorarla y sigo avanzando hasta llegar a uno de los últimos asientos del avión.

Me dejo caer en él y apoyo la parte posterior de la cabeza en el respaldo con un suspiro.

Estoy agotada debido a las noches durmiendo en la bañera y a lo ocurrido esta mañana con Luca; sin embargo, lo que me tiene más inquieta es lo que sentí, y no solo en ese momento.

Toda esta semana he estado inmersa en una especie de realidad alterada de la que mi propio marido ha sido protagonista.

¿Qué es lo que ha cambiado? Él representa todo lo que odio.

Hace solo unos días apenas era capaz de soportar su presencia y ahora…

¡Maldita sea, fui yo quien le pidió que me tocara! Le supliqué que me follara.

Las imágenes de lo ocurrido en los últimos días se van sucediendo una a una en mi mente.

Luca y yo paseando por Trapani; cómo lo provoqué en el probador de la tienda de ropa; la primera noche compartiendo dormitorio; el puñetazo; los dos juntos en el baño mientras le maquillaba el ojo; nuestros mensajes, tan divertidos como excitantes; después recuerdo la forma en la que me trató frente a los demás, cómo me defendió y me otorgó un lugar que muy pocas mujeres han tenido a lo largo de la historia de la organización.

Hizo que Ricciardo Leone se disculpara conmigo, me dio voz.

«¿A quién se supone que pertenezco?».

«A mí, hasta que la jodida muerte nos separe».

Sus palabras se hacen eco en mi confuso cerebro y suspiro.

Después de esa declaración, a la que no quise dar importancia, no solo me apoyó en la locura de mentir respecto a mi embarazo, sino que también vino a buscarme al baño y me obligó a dormir a su lado, y cuando me abalancé sobre él, sonámbula, se mostró comprensivo y respetuoso.

Creo que eso fue precisamente lo que me hizo ceder, el darme cuenta de que, a pesar de toda su arrogancia y bravuconería, me respeta como mujer.

Escucho su voz en la parte delantera y un escalofrío me recorre de pies a cabeza.

No puedo caer de nuevo. Estos días en Sicilia deben quedar relegados a una especie de recuerdo irreal.

Al regresar a casa, todo será como antes.

Ya no tendremos que compartir dormitorio, así será más sencillo.

Volveremos a nuestra rutina, donde él se comporta como un capullo arrogante y yo me contengo para no asesinarlo mientras duerme.

Sin poder evitarlo, alzo la vista y lo veo ahí, de pie, hablando con su madre y con su hermano.

Gira la cabeza en mi dirección y nuestras miradas colisionan.

Sus labios no se mueven, pero me parece notar que está sonriendo por dentro, una de esas sonrisas que hacen mojar las bragas hasta a la más beata de las mujeres.

Vincenzo aparece tras él y le toca el hombro.

Aparto la mirada a mi regazo. ¿Cuándo me han empezado a temblar las manos?

Y, más importante aún, ¿por qué? ¡Solo es Luca De Santis, joder!

El insoportable Luca, el que es capaz de sacarme de mis casillas con solo una palabra.

—¿Interrumpo algún pensamiento profundo? —Su voz ronca me sobresalta.

Doy un respingo y alzo la cabeza de golpe.

Me está mirando con una ceja arqueada. Carraspeo e intento recuperar lo que aún queda de mi dignidad.

No creo que fingir que hace unas horas no le estaba suplicando que me follara sea lo más valiente que he hecho nunca, pero tampoco es que tenga demasiadas opciones.

—Si buscas la zona vip, está allí delante. —Señalo con el dedo índice el lugar donde se encuentra su familia—. Aquí solo nos sentamos los mortales comunes y corrientes.

Estrecha la mirada sobre mí y su boca se estira.

—Tú no tienes nada de corriente, Diavuletta —susurra.

Contengo el aliento cuando su voz rasgada me acaricia por dentro como un jodido guante de seda. ¡¿Qué mierda me pasa con este tipo?! ¡Lo odio, lo detesto! Sí, y también consigue ponerme cachonda con solo una frase.

Carraspeo y sonrío con suficiencia.

—¿Quieres algo o solamente has venido a molestarme? —Luca frunce el ceño—. Si quieres pasar un vuelo agradable, te recomiendo que regreses a la parte delantera y, de paso, me dejes a mí también disfrutar del viaje.

Durante unos segundos no dice nada, solo se me queda mirando fijamente. Entonces, exhala con fuerza y se deja caer en el asiento que está justo delante del mío.

—Te noto tensa. ¿Hay algo que pueda hacer para relajarte un poco?

—Largarte, eso me ayudaría bastante —mascullo de forma distraída mientras abro el libro que tengo sobre el regazo.

—Bianca, mírame. —Su orden, directa e intransigente, actúa como un maldito detonador en mi cerebro.

Alzo la vista y él vuelve a sonreír—. Puedes fingir que hace unas horas no estabas corriéndote en mi polla.

Dejaré que lo hagas hasta que lleguemos a casa, pero, cuando estemos allí, lo primero que haré será volver a follarte contra la primera superficie plana que se cruce en nuestro camino.

Trago saliva con fuerza. Aunque quiero hacerlo, no soy capaz de apartar la mirada de sus ojos azules.

—No puedes obligarme. Me diste tu palabra —logro decir con un hilo de voz.

El muy cabrón se inclina hacia delante y me sujeta por la barbilla.

—Haré que te corras tantas veces y con tanta fuerza que al terminar no recordarás ni tu propio nombre. Apunta eso, porque es otra promesa.

Exhalo con fuerza y niego con la cabeza.

—Luca, tenemos un trato.

—Se ha quedado obsoleto. Tendremos que redefinir los términos de ese acuerdo porque ya me has dado permiso para tocarte.

Te advertí que, si lo hacías, no te quitaría las manos de encima, y eso es precisamente lo que va a pasar.

—Se recuesta en su asiento y me observa con la cabeza ladeada y una sonrisa ladina instalada en los labios.

Desliza una mano enguantada por el reposabrazos del asiento a modo de caricia y con solo ese gesto ya me tiene empapada.

Me fijo en sus dedos, los mismos que no hace mucho hurgaban en mi sexo, arrancándome gemidos de placer.

Me muerdo el labio inferior y exhalo por la nariz, revolviéndome incómoda en mi asiento.

Tengo que detener esto. No puede ser que, con solo un gesto o una frase, me tenga así, caliente y terriblemente excitada. Lo que sea que esté haciendo conmigo no me gusta. Solo yo tengo el control de mi propio cuerpo y mis emociones, nadie más.

—Si ya has terminado con tu intento barato de seducción, te agradecería que te callaras —digo, regresando la mirada al libro.

Escucho su risa baja mientras finjo leer, aunque apenas soy capaz de concentrarme en seguir respirando.

—¿Está interesante la novela? —pregunta tras un rato en silencio. Asiento de manera mecánica. Luca vuelve a inclinarse hacia delante, me quita el libro de las manos, le da la vuelta y vuelve a entregármelo—. De nada.

«Mierda». El puto libro estaba al revés y no me había dado cuenta.

¿Se puede ser más patética? Sigo escuchando su risa, pero ni siquiera alzo la vista.

Necesito centrarme en cualquier cosa que no sea la presencia, la voz y el olor de Luca De Santis.

¿Cuánto dura el vuelo? Mucho, demasiado, más de lo que voy a ser capaz de soportar.