Lupara Bianca Capítulo 38
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Capítulo 38

Luca

Con la mandíbula apretada y todo el cuerpo en tensión, sigo arremetiendo con las caderas una y otra vez.

«Me estoy follando a mi esposa». Ese pensamiento me hace sonreír.

Mentiría si dijese que este último par de años no he fantaseado miles de veces con ello, que no me he imaginado tenerla justo debajo de mí, aguantando mis embestidas mientras gemía mi nombre igual que lo está haciendo ahora mismo.

Sin embargo, ni en mis más vívidas fantasías pude llegar a intuir lo mucho que disfrutaría de este momento, de verla retorcerse de placer, de sentir su piel empapada en sudor restregándose contra la mía, y su sabor…

¡Dios santo! Aún puedo notarlo en mi boca.

Su coño es tan dulce que podría tomarlo como desayuno todas las mañanas.

Deslizo la mano por el centro de su pecho, la mantengo sujeta y alzo una de sus piernas.

Su tobillo queda apoyado en mi hombro. El cambio de posición me permite hundirme aún más en ella.

Bianca vuelve a gemir y la embisto con más fuerza todavía.

Tal vez esté siendo demasiado brusco. Si es así, a ella no parece importarle.

Acelero mis arremetidas. Me estoy conteniendo para explotar como una puta olla a presión.

Necesito ver cómo se corre de nuevo. Dudo que pueda sacar nunca de mi mente la imagen de su rostro contraído, la mirada encendida y el cuerpo arqueado de puro placer.

Desciendo la mano por su vientre, y estoy a punto de acariciar su clítoris, para que al fin ambos encontremos la liberación, cuando escucho unos golpes en la puerta. Me detengo de golpe y frunzo el ceño.

—¡No pares! —exclama Bianca.

Bajo su pierna y me inclino sobre ella para taparle la boca con la mano. Vuelven a sonar los golpes. Alguien está llamando a la puerta.

—Luca, ¿estás despierto? —La voz de mi hermano se filtra en el dormitorio y mascullo una maldición.

—¡Lárgate! —vocifero.

Me muevo de nuevo, esta vez más lento. No puedo quedarme quieto. Si lo hago, es posible que me exploten las pelotas.

—Necesito que salgas. Es importante.

Bianca enrosca las piernas alrededor de mi cintura. Hay una amenaza velada en sus ojos. «Si te vas ahora, te mato». Vuelvo a maldecir y, sin apartar la mano de su boca, cubro su cuerpo con el mío. No quiero que nadie la escuche, ni siquiera mi hermano. Sus gemidos son solo para mí.

—Esto va a ser muy rápido —susurro para que solo ella pueda oírme.

Me clavo de nuevo en su interior con un golpe de caderas seco y profundo.

Sus ojos se cierran y noto sus uñas en mi espalda.

Repito el mismo movimiento otra vez, y después otra y otra, y otra más.

Cada arremetida es más violenta y rápida que la anterior.

En solo unos segundos todo su cuerpo se tensa como la jodida cuerda de una guitarra, pero no me detengo.

Bianca tiembla y gime bajo mi mano. Solo cuando estoy seguro de que ya no puede seguir corriéndose, aparto la mano de su boca, la sujeto por las caderas y con una penetración profunda exploto en su interior.

Exhalo con fuerza y me dejo caer sobre ella.

Hundo el rostro en su cuello e intento recuperar el aliento.

Los golpes en la madera se repiten y sigo escuchando a Vincenzo decir mi nombre; sin embargo, lo ignoro.

Inspiro hondo y el olor de Bianca, mezclado con un leve aroma a sudor y sexo, invade mi nariz.

—Luca, me estás aplastando —susurra, aún con la respiración alterada.

Me aparto un poco, lo suficiente para poder apoyarme sobre el colchón con ambas manos, y vuelvo a besarla. Esta vez no profundizo en su boca, solo me dedico a lamer y mordisquear sus labios.

—¡Maldita sea, Luca! ¡Sal de una puta vez! —grita mi hermano desde el pasillo.

Resoplo y hago una mueca al salir de su interior.

Está claro que Vincenzo no va a dejar de insistir.

Necesito librarme de él para regresar a la cama con Bianca cuanto antes.

Esto no ha acabado aquí. En cuanto me recupere, volveré a follarla de nuevo.

A regañadientes, me levanto y me pongo el pantalón, maldiciendo al jodido universo por la interrupción.

Antes de abrir la puerta, me giro a medias para echar un último vistazo en dirección a la cama.

Bianca sigue ahí, desnuda sobre el colchón, su pecho sube y baja con violencia con cada respiración.

Incluso con el pelo alborotado, sudada y con los labios hinchados por mis besos, es tan hermosa que parece irreal.

Una diosa sacada de mis más obscenas fantasías, mi diosa.

Inspiro hondo y sacudo la cabeza de un lado a otro.

No voy a permitir que nunca nadie vuelva a tocarla.

A partir de este momento, Bianca es solo mía y mataré a cualquiera que intente arrebatármela.

Con una exhalación profunda, abro la puerta de un tirón y salgo al pasillo. Al verme, Vincenzo frunce el ceño.

—¿Qué mierda quieres? —siseo con rabia.

Su mirada me recorre de pies a cabeza y abre mucho los ojos.

—¿Estabas…? Creí que tu matrimonio era solo una fachada. ¿Desde cuándo te tiras a tu esposa? Espera… ¿Lo del embarazo es verdad?

—Vincenzo, deja de tocarme las pelotas. ¿En serio me has interrumpido para preguntarme tonterías?

Sacude la cabeza de un lado a otro y resopla.

—No, estamos en serios problemas. El capo ha ordenado que todos los que nos encontremos aún aquí nos reunamos en su despacho. El resto se unirán por videoconferencia.

—¿Qué ha pasado? —inquiero, empezando a preocuparme.

—Los putos federales han interceptado varios cargamentos y almacenes por todo el país. No solo nos afecta a nosotros. Es a nivel nacional, Luca. Toda la organización está en el punto de mira.

Me paro a pensarlo unos segundos. Hace muchos años que no teníamos problemas con los federales.

Maurizio Leone es un hombre muy influyente y poderoso.

Se codea con altos mandos de la Policía y tiene a varios políticos en nómina.

Si ahora han decidido venir a por nosotros, la situación podría desmadrarse en muy poco tiempo.

—¿Hay detenidos? —pregunto, pinzándome el puente de la nariz.

—Una veintena de hombres, la mayoría soldati y algún antonegra .

—Está bien. Dame dos minutos. Me visto y vamos juntos al despacho.

Vincenzo asiente con la cabeza y enseguida regreso al dormitorio. Al echar un vistazo en dirección a la cama, descubro que Bianca ya no está allí. Agudizo el oído y la escucho moverse en el baño, y después el sonido de la ducha.

Suspiro. ¿Cómo es posible que, con el enorme problema que se nos viene encima, solo pueda pensar en entrar ahí y volver a enterrarme en su interior?

Sacudo la cabeza para intentar poner mis ideas en orden.

Mi prioridad ahora mismo debe ser minimizar los daños.

Lo más probable es que alguien se haya ido de la lengua, y, si no encontramos al culpable, acabaremos todos entre rejas.

Echo un nuevo vistazo hacia la puerta del baño y aprieto la mandíbula. Lo demás tendrá que esperar.