Lupara Bianca Capítulo 37
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Capítulo 37

Bianca

En un momento estoy sentada a horcajadas sobre él y al instante siguiente mi cuerpo es aplastado contra el colchón.

Sus labios presionan los míos con fuerza, tanta que me veo obligada a separarlos y Luca aprovecha para hundir su lengua en mi boca.

Su sabor a alcohol y cigarrillos invade mi paladar.

Debería resultarme desagradable, pero no es así. Solo me hace desearlo aún más.

Un gemido ronco sube por mi garganta cuando sus manos enfundadas en cuero empiezan a explorar mi cuerpo, desde mis muslos desnudos, ascendiendo por mis caderas y arrastrando el camisón a su paso.

Por primera vez, me pregunto cómo se sentirán sus manos desnudas sobre mi piel.

Si no estuviese demasiado ocupada enroscando mi lengua en la suya, le pediría que se quitara los guantes; en su lugar, decido usar yo también las manos para explorar su espalda.

Con cada pasada de mis dedos por su piel, puedo notar cómo su corazón se acelera y sus movimientos se vuelven erráticos y más agresivos.

Luca deja de besarme unos segundos, lo justo para alzarme de la cama como si pesara menos que una pluma y con la otra mano arrastrar el camisón por mi cabeza.

Lo lanza sobre el hombro antes de pegar de nuevo sus labios a los míos con un gruñido profundo.

Sigo moviendo mis manos por su espalda, acariciando y arañando sus músculos en tensión hasta llegar a su trasero.

Lo agarro con ambas manos y lo empujo contra mí.

Enseguida siento que su erección se me clava en el muslo.

Nuestras lenguas siguen rozándose y empujándose.

Un nuevo gemido muere en su boca cuando noto una de sus manos recorriendo mi cuello y después descendiendo por mi cuerpo.

Agarra uno de mis pechos desnudos y lo amasa con dureza.

Deseo gemir otra vez, pero apenas soy capaz de respirar.

Lo empujo un poco y Luca se aparta unos centímetros.

Nuestras respiraciones aceleradas colisionan y nos miramos a los ojos.

Ni siquiera puedo pensar en lo que estoy haciendo.

Tal vez sea un error, pero estoy dispuesta a asumir las consecuencias.

El suave cuero del guante me hace cosquillas durante su descenso por mi vientre. Contengo el aliento cuando sus dedos acarician el borde de mis pequeñas bragas de encaje y el muy cabrón sonríe con suficiencia.

—Dime que estás mojada y caliente para mí, Diavuletta —susurra con voz ronca.

Respondo con un nuevo gemido que rasga mi garganta en el momento en el que introduce la mano en el interior de mis bragas.

Separo más las piernas para darle un mejor acceso y cierro los ojos con fuerza.

Luca entierra el rostro en mi cuello y, en el mismo instante en que sus dientes se clavan en mi piel, desliza un dedo entre mis pliegues empapados.

—¡Dios santo! —exclamo arqueándome.

Escucho su risa baja. Con solo un roce he estado a punto de correrme. ¿Cómo es posible? Nunca antes había estado tan excitada. Luca alza la cabeza y con su otra mano rodea mi garganta, obligándome a mirarlo.

—Yo soy tu dios, pero no tengo nada de santo. —Vuelve a acariciar mi sexo, esta vez con dos dedos—. ¿Quieres que te folle? —Asiento con la cabeza, vergonzosamente rápido—. No soy sordo ni entiendo lenguaje de signos, Bianca. Habla.

—Sí —logro decir con voz temblorosa.

—Sí, ¿qué? —Me acaricia de nuevo; esta vez se entretiene trazando círculos perezosos alrededor de mi clítoris. Gimo en alto y vuelvo a arquearme cuando un latigazo de placer me recorre de pies a cabeza—. No te he escuchado. ¿Qué es lo que quieres que te haga? Pídemelo.

Ejerce más fuerza en la mano con la que rodea mi garganta, aunque no la bastante como para cortarme el flujo de oxígeno.

Es una especie de advertencia o amenaza.

Luca de Santis quiere dejar claro que tiene el control sobre mí, que ahora, en este preciso instante, mientras me retuerzo de placer bajo su cuerpo, soy solo una muñeca de trapo sin voluntad.

Podría rebelarme, estoy segura de que, en otras circunstancias, esa sería mi primera reacción, pero no lo hago porque no quiero que se detenga.

Me gusta lo que me está haciendo; todo, incluido su jueguecito de poder.

No se trata de asumir el rol de una mujer sumisa y obediente. Nunca antes me había sentido tan poderosa. Luca parece leerme la mente porque esboza una media sonrisa de satisfacción.

—Quiero que me folles —susurro sin apartar la mirada.

Inspira hondo y saca la mano de mis bragas. Con extrema lentitud, y sin dejar de mirarme a los ojos, se lleva el dedo índice y corazón a la boca. Lame primero uno y después el otro.

—Lo haré, pero antes quiero comerme ese coñito dulce y jugoso que tanto me has negado. Cuando termine contigo, Bianca, vas a arrepentirte de haber esperado dos jodidos años para pedirme que te tocara.

Su declaración me deja sin aliento y aún más excitada, si eso es posible.

Luca desciende por mi cuerpo, esparciendo un rastro de saliva entre mis pechos y en mi vientre, hasta acomodarse entre mis muslos.

Me quita las bragas y separa más mis piernas.

Lo observo con el corazón latiendo a toda velocidad y un cosquilleo cada vez más intenso abriéndose paso en mi bajo vientre.

El primer roce de su lengua en mi clítoris me arranca un gemido tan alto e intenso que me veo obligada a cubrirme la boca con la mano.

Entonces, siento sus dientes y sus labios.

El muy cabrón no tiene piedad. Lame y mordisquea mi sexo lo justo para llevarme al borde del clímax, y, cuando casi lo he alcanzado, se detiene e introduce dos dedos de golpe en mi interior.

Vuelve a usar la boca, reavivando el incipiente orgasmo que amenaza con destruirme, mientras mete y saca los dedos cada vez más rápido y con mayor ímpetu.

—¡Luca! —casi grito, moviendo las caderas para rozarme contra su boca.

Me obliga a detenerme colocando una mano en mi vientre y sigue lamiendo y follándome con los dedos, rozando el punto justo durante el tiempo exacto y deteniéndose antes de que pueda correrme.

En pocos minutos ya estoy bañada en sudor y completamente desesperada por alcanzar la liberación.

Todo mi cuerpo se encuentra en tensión, me duele la mandíbula de apretar tanto los dientes y una presión molesta a la vez que placentera se ha instalado en la parte baja de mi abdomen.

Lo único en lo que puedo pensar, lo que más deseo y ansío, es correrme de una vez, aunque no sé si podré sobrevivir a ello.

Vuelve a suceder, casi puedo notar cómo el clímax me alcanza.

Esta vez no voy a permitir que me lo arrebate.

Coloco las manos en su cabeza y empujo su rostro contra mi sexo.

Me importa una mierda si no puede respirar.

Si muere, al menos lo hará regalándome el mejor y más placentero orgasmo que he experimentado nunca.

Luca deja de sujetarme para que pueda mover las caderas.

Solo sigue lamiéndome y follándome con los dedos, el resto lo hago yo.

Me restriego contra su boca, primero de delante hacia atrás, y pronto empiezo a notar cómo el placer se propaga por cada centímetro de mi cuerpo, de manera errática y agresiva.

En solo unos segundos estoy gimiendo y jadeando mientras el orgasmo más placentero que he sentido nunca arrasa conmigo, dejándome medio inconsciente.

Apenas noto como Luca repta por mi cuerpo, y al instante siguiente lo tengo de nuevo sobre mí, hundiendo la lengua en mi boca, obligándome a saborearme a mí misma en sus labios.

—Ahora sí voy a follarte —dice tras romper el beso.

Intento espabilarme, recuperar la capacidad de raciocinio y hacer algo más que quedarme tumbada sobre el colchón sin apenas fuerzas para moverme, pero es como si mi cerebro hubiese entrado en cortocircuito y se negara a cumplir mis órdenes.

Solo cuando Luca se acomoda entre mis muslos y noto su polla dura como el acero presionando mi centro, soy consciente de que está haciendo conmigo justo aquello de lo que siempre me he burlado en los hombres.

El muy cabrón ha conseguido nublarme la mente con un orgasmo, y eso que ni siquiera me ha follado aún.

Poco a poco, consigo recuperar la consciencia y la movilidad.

Luca se mueve despacio, rozando su erección contra mi clítoris hinchado y dolorido sin llegar a introducirse en mi interior.

Acaricia mis pechos, muerde mis pezones sin dejar de balancearse de atrás hacia delante. Quiero… No, necesito sentirlo dentro.

—Deja de torturarme. —Las palabras salen de mi boca con una exhalación. Apenas soy capaz de reconocer mi propia voz.

El muy hijo de puta se detiene y me sujeta por la barbilla.

—¿Tortura? No sabes lo que eso, Diavuletta.

He pasado los dos últimos años casado con el pecado hecho mujer sin poder tocarla.

Eso sí es una tortura. Los vestidos provocativos —se mueve hasta colocar la punta en mi abertura, se adentra un par de centímetros y vuelve a salir—, esos camisones cortos —se introduce de nuevo unos centímetros—, la bromita del probador…

—Gruño cuando se retira de nuevo—. Es frustrante, ¿verdad?

Desear algo con todas tus fuerzas y que te lo nieguen.

Así es como yo me siento cada vez que te tengo cerca.

—Me estás matando —susurro sin ningún tipo de vergüenza.

—No, sobrevivirás para suplicarme que vuelva a follarte.

Desliza la lengua por mi barbilla, y cuando llega a los labios, los mordisquea despacio.

Noto que se coloca de nuevo en mi abertura y vuelve a adentrarse un par de centímetros.

Contengo el aliento. Estoy segura de que va a retroceder, pero esta vez no lo hace.

Se abre paso en mi interior, estirándome y dilatándome para que pueda acoger todo su tamaño.

Cuando al fin llega al fondo, se queda muy quieto y exhala con fuerza.

Su aliento caliente golpea mi rostro. Me siento tan llena que temo moverme y que algo dentro de mí se rompa o se rasgue sin querer.

Luca pega su frente húmeda a la mía y empieza a retirarse muy despacio.

—No te detengas ahora —le pido, aunque por mi tono de voz casi parece una súplica.

—No podría hacerlo, aunque quisiera —gruñe justo antes de embestirme con fuerza.