Lupara Bianca Capítulo 36
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Capítulo 36

Bianca

La muerte de Augusto Colombo, aparte de para alejar a un ser despreciable del mundo, también ha servido para evitarnos dar explicaciones, además de que a mi padre no se le ocurrió volver a sacar el tema del posible compromiso de mi hermana con el hijo de Pietro Santoro.

Tal como yo lo veo, todo han sido ventajas.

La fiesta terminó de forma abrupta. La mayoría de los invitados ya están de camino a sus casas, incluyendo a mi padre.

Rina saldrá mañana por la mañana de vuelta al internado, donde, si yo no puedo conseguir que sean más, estará al menos otros dos meses.

Romeo también se ha adelantado junto a varios hombres de seguridad, que mañana se encargarán de recogernos en el aeropuerto de Filadelfia.

La puerta del baño se abre y mi marido aparece vestido solo con una toalla.

El cabrón tiene la maldita costumbre de pasearse casi en pelotas en mi presencia sin ningún pudor.

También puedo entender que, con el cuerpo que tiene, le guste exhibirlo, pero a mí no me ayuda demasiado.

Ya bastante confusa me tiene con sus actitudes tan… Ni siquiera sé cómo definirlas.

Hoy no solo me defendió ante Ricciardo Leone, sino que también accedió a mentir con el tema del embarazo, a pesar de conocer las consecuencias en el caso de que toda esta locura no salga bien.

Además, su comportamiento durante todo el día ha sido ejemplar, y con ello me refiero a que ni una sola vez me ha hecho sentir mal ni incómoda, incluso he tenido la sensación de que ha sido un poco menos odioso de lo habitual.

—Vamos a tener que apresurar el tema de la clínica. Después del bombazo que soltamos en la fiesta, tu padre no va a quedarse tranquilo. Dudo que se lo haya tragado —comenta mientras se frota el pelo con una toalla más pequeña.

Clavo la vista en sus hombros anchos y cubiertos de tatuajes, me fijo en la forma en la que los músculos de sus brazos se flexionan con cada movimiento, en cómo varias gotas de agua se escurren por el centro de su pecho siguiendo el fino rastro de vello por el centro de su abdomen hasta perderse en el borde de la toalla.

Trago saliva y aprieto los muslos al notar un cosquilleo que se instala en mi bajo vientre.

El hijo de perra es demasiado guapo para mi propio bien.

Carraspeo y me obligo a apartar la mirada antes de ponerme en pie de forma brusca.

—¿Has terminado ya en el baño?

Deja de secarse el pelo y lanza la toalla al suelo de cualquier manera.

—Sí. ¿Has escuchado lo que he dicho? Como tu padre se entere de que le hemos mentido, vamos a meternos en un gran lío.

—Lo sé, pero ahora estoy demasiado agotada como para pensar en ello. Voy a darme una ducha y me acuesto ya.

—¿En la bañera? —pregunta, arqueando una ceja.

—¿Dónde si no?

Luca señala la cama con la barbilla y se encoge de hombros.

—Deja de hacer el idiota, Bianca. Prometo despertarte si te pones en plan pervertida conmigo; si sigues durmiendo en esa bañera, acabarás con la espalda destrozada.

—Si tanto te preocupa mi espalda, puedes dormir tú en el baño y yo me quedo en la cama.

—¡Y una mierda!

—Entonces, me despido. Que pases buena noche —digo al pasar por su lado en dirección al baño.

Tardo apenas unos minutos en ducharme, y tras vestirme con un camisón precioso de seda que compré en Palermo hace un par de días, acomodo las mantas en la bañera y me meto en su interior.

Al principio no siento gran incomodidad; sin embargo, con el paso de los minutos, empiezo a notar molestias en la zona lumbar; me remuevo incómoda, cambio de postura mil veces, pero el dolor sigue aumentando hasta que se vuelve casi insoportable.

Resoplo, gimo de puro dolor y sigo cambiando de posición para aliviarme un poco, aunque sin ningún resultado.

Estoy a punto de salir y buscar la manera de dormir en el suelo cuando escucho golpes en la puerta. Me incorporo despacio, sufriendo con cada pequeño movimiento.

—Bianca, abre la puta puerta —ordena Luca desde el dormitorio.

Con dificultad, logro incorporarme y llegar a la puerta, aunque lo hago encorvada y sujetándome la parte baja de la espalda. En cuanto quito el cerrojo, la puerta se abre de golpe y un muy cabreado Luca me mira frunciendo el ceño.

—¿Qué pasa? —inquiero.

—Sal del baño. Esto ya ha ido demasiado lejos.

—¿De qué demonios estás hablando?

—Te escucho dar vueltas en la bañera y quejarte por el dolor desde la cama, Bianca. Sal de ahí.

Me cruzo de brazos y alzo la barbilla de manera desafiante.

—No puedes obligarme a dormir contigo —afirmo.

Soy muy consciente del error que acabo de cometer cuando veo el brillo de determinación que ilumina su mirada.

—Tienes dos opciones, puedes salir del baño por tu propio pie o yo mismo te llevaré sobre el hombro, y te aseguro que no seré nada amable contigo.

—Me duele la espalda.

—Exactamente por eso aún no lo he hecho por las malas. —Estira un brazo, señalando el interior del dormitorio—. Sal. Ahora. Mismo.

Nos quedamos mirándonos a los ojos durante unos segundos. Entonces, al ver que no me muevo, Luca resopla y da un paso en mi dirección.

—¡Está bien! —exclamo cuando ya se ha agachado para cogerme en brazos.

Salgo del baño con la cabeza bien alta. El dolor ya no es tan intenso como cuando estaba en la bañera.

Solo necesito moverme un poco para que desaparezca del todo o, mejor aún, dormir en una jodida cama de verdad.

Sin decir ni una sola palabra más, aparto las mantas y me tumbo sobre el colchón.

Noto un alivio inmediato en la zona lumbar y suspiro de puro gusto.

—¿Ves? No era tan difícil —susurra Luca tras acostarse a mi espalda.

Me contengo para no mandarlo a la mierda a él y su maldita fanfarronería, aunque una vez más tengo que admitir que me gusta un poquito que se preocupe por mí. Ni siquiera sé por qué, pero es así. Lo más probable es que me esté volviendo loca.

Luca

Alguien me está tocando el pecho. Es como un sueño extraño; sin embargo, al abrir los ojos, descubro que estoy viviendo una especie de déjà vú . Es Bianca la que tiene sus manos en mi pecho y las mueve con lentitud, acariciándome desde los hombros hasta la parte alta del abdomen.

—Maldita sea —farfullo, espabilándome de golpe.

Su cabeza baja y deposita un beso húmedo en la base de mi cuello, después siento cómo su lengua se desliza más arriba hasta llegar a mi barbilla.

—Vamos a jugar. Prometo ser una buena chica —dice en un susurro casi inaudible.

—No, no vamos a jugar a nada. —La sujeto por los hombros y la aparto un poco—. Bianca, estás sonámbula otra vez. Despierta. —Intenta besarme, pero la mantengo alejada—. ¡Joder, despierta! —La zarandeo un poco y al fin logro que me mire.

—¿Qué…? —Su expresión de confusión me recuerda a la otra vez que sucedió lo mismo. Su siguiente reacción fue darme un puñetazo en un ojo. Me aseguro de mantenerme a una distancia suficiente para que no vuelva a ocurrir y hablo con un tono calmado y muy despacio.

—Estabas sonámbula. No te he tocado —aclaro.

Pestañea rápido y echa un vistazo a su alrededor, como si estuviese intentando ubicarse. La empujo despacio de vuelta a su sitio en la cama y me quedo mirándola unos segundos.

—Gracias —susurra cuando ya parece volver a ser ella misma.

—Sigue durmiendo. Aún nos quedan un par de horas antes de tener que levantarnos. Buenas noches. —Me giro sobre mí mismo para darle la espalda y exhalo con fuerza.

—Buenas noches —responde.

Nada más acostarme con ella en la cama, supe que había tomado una mala decisión.

No es normal que alguien cuente las respiraciones de otra persona, ¿cierto?

O que la observe mientras duerme por el simple placer de verla descansar.

Sin embargo, eso fue justo lo que yo hice hasta caer dormido por puro agotamiento, pero tener que rechazar a Bianca…

cuando no puedo pensar en otra cosa más que en follarla las veinticuatro horas del día es, sin duda, lo que me ha convencido de que jamás debí obligarla a salir del baño.

Solo han pasado unos minutos desde que me he girado para intentar volverme a dormir cuando noto de nuevo sus manos sobre mí, esta vez rodeando mi abdomen hasta posarse sobre la parte baja de mi vientre.

Inspiro hondo y me vuelvo para detenerla, pero, cuando la miro a los ojos, me doy cuenta de que algo raro está pasando.

Parece muy lúcida, demasiado, y, por algún motivo, eso me acelera el corazón.

—¿Estás dormida? —No responde, pero sus manos regresan a mi pecho.

Me empuja despacio y se sube a horcajadas sobre mis caderas—.

Bianca, detente. —Gimo cuando baja la cabeza para pellizcar una de mis tetillas con los dientes.

Noto que mi polla se endurece en cuestión de segundos.

La deseo tanto… Pero no puedo aprovecharme de la situación.

No lo haré. Vuelvo a apartarla y esta vez la sujeto con fuerza por los hombros—. ¡Despierta, maldita sea! —gruño.

Bianca pestañea y esboza media sonrisa ladeada.

—Estoy despierta —susurra con un hilo de voz.

—¿Estás…? ¿Por qué…? —Trago saliva con fuerza y balbuceo como si mi mente hubiese entrado en cortocircuito.

«Estoy despierta». Sus palabras resuenan en mi cabeza como una jodida campana sacándome del estado de aturdimiento en el que me encontraba. Tenso la mandíbula y exhalo una enorme bocanada.

—Estoy despierta, Luca —repite.

Enmarco su rostro con ambas manos y clavo mi mirada en la suya.

—Si quieres que te toque, vas a tener que pedírmelo —gruño entre dientes. Ni siquiera sé cómo estoy logrando contenerme. Bianca asiente con la cabeza—. Eso no me sirve. Dilo en voz alta.

Respira hondo y vuelve a esbozar esa sonrisa que me deja sin aliento.

—Hazlo. Tócame —pide.

¡Dios santo! Estoy perdido. Aquí, ahora, en este preciso instante tengo la certeza absoluta de que nada en mi vida volverá a ser igual.